PICO DE POBREZA EN MALLORCA EN PLENO VERANO

Camareros en chabolas y pinches okupando una cárcel: la vida sin turistas en Palma

Sin turismo, el mercado laboral español se desploma en muchas regiones. En Mallorca, cada vez más trabajadores de temporada se ven abocados a la indigencia por la falta de turistas

Foto: Juan abraza a su perra en un alféizar de la cárcel vieja de Palma. (David Brunat)
Juan abraza a su perra en un alféizar de la cárcel vieja de Palma. (David Brunat)

“Qué fácil es acabar viviendo entre cartones sin nada que echarte a la boca y qué difícil es salir de esto”, suspira Pedro*, sevillano, albañil, 23 años viviendo en Mallorca y un mes como mendigo en los bajos de un parque frente al paseo marítimo de Palma. Junto a Pedro viven unas 50 personas, casi todas en la misma situación. Trabajadores precarios con las vidas rotas debido a la crisis del coronavirus. Todos ellos deberían estar hoy, en pleno julio, trabajando. Uno de camarero, otro de pinche de cocina, otro cobrando hamacas en la playa, otro de guía turístico para los cruceros. Y sin embargo están aquí, en cubículos con paredes de cartón y chatarra, buscando trabajo por la mañana y yendo a por el almuerzo al comedor social por la tarde.

Pedro está sentado sobre su colchón junto a José, gallego, que está tumbado en el suyo. Atardece y un día más no ha habido suerte para ellos ahí fuera. Ambos se conocen de hace años en la obra. Dos metros de cartones a lado y lado y una sábana sostenida con unas pinzas dan forma a su chabola. Antes del coronavirus, cada uno ganaba para alquilar una habitación. Comparten desgracias y víveres: una garrafa de agua, un bote de Nesquik, unas galletas.

Unas 50 personas viven en el subterráneo del parque de los Ceibos de Palma. (D. B.)
Unas 50 personas viven en el subterráneo del parque de los Ceibos de Palma. (D. B.)

Un residente del campamento del parque de los Ceibos muestra su nuevo hogar. (D. B.)
Un residente del campamento del parque de los Ceibos muestra su nuevo hogar. (D. B.)

“Hay días en que me despierto, me veo aquí y me quiero morir. No quiero darle mucho a la cabeza porque me deprimo. Me da vergüenza ir a mendigar y no me gusta que me den limosna en el comedor social”, confiesa Pedro. “Yo hasta marzo pagaba la habitación, pero me echaron porque se me acabó el dinero. Y ya no hay obras, está todo parado. Solo queda esperar a septiembre”. A su lado, José asiente, él ha pasado por lo mismo. Media vida trabajando en Mallorca y esta es la primera vez que duerme en la calle. Estos días se saca unas monedas moviendo cacharros en una tienda de antigüedades y artículos de segunda mano. “Lo que gano es para comprar agua lo primero. Y ya luego un poco de comida y lavar la ropa”.

En una economía tan dependiente del turismo como la española, los visitantes extranjeros marcan la frontera entre una vida digna y la mendicidad

En una economía tan dependiente del turismo como la española, los visitantes extranjeros marcan la frontera entre una vida digna y la mendicidad. A más turistas, mayor desarrollo y bienestar social. Pero a la que fallan, el castillo de naipes se desmorona, más en un mercado laboral marcado por salarios bajos y poca capacidad de ahorro. Baleares, junto a las Islas Canarias, es la comunidad más dependiente de todas. Un 85% de su PIB depende del turismo. Según un estudio elaborado por el Gobierno autonómico en abril, ese PIB caerá más del 30% este año, más del triple de lo que el FMI vaticina para España.

Las chabolas y los espacios comunes del asentamiento están limpios y reina la tranquilidad. (D. B.)
Las chabolas y los espacios comunes del asentamiento están limpios y reina la tranquilidad. (D. B.)
Interior de una chabola en el asentamiento del parque de los Ceibos. (D. B.)
Interior de una chabola en el asentamiento del parque de los Ceibos. (D. B.)

Un campamento limpio y ordenado

Un vistazo rápido al campamento de chabolas en los bajos del parque de los Ceibos, conocido en Palma como parque Pocoyó, demuestra que estamos ante algo poco habitual. Las chabolas se han ido levantando ordenadamente una al lado de la otra. El suelo está impoluto. No hay restos de basura. No huele mal. No hay ruido y varias personas esperan pacientemente a que la ducha quede libre. Se trata de un cubículo con una cortina que toma el agua de la boca de riego del parque, al otro lado de la verja metálica. “Lo jardineros nos permiten usar la manguera siempre que la volvamos a dejar en su sitio”, dice Manolo, envuelto en una toalla.

Somos gente normal que hace unas semanas tenía un piso o una habitación donde dormir

Hasta la Policía Local les ha llevado a personas sin hogar a sabiendas de que es un lugar digno dentro de las circunstancias. “Somos gente normal que hasta hace unas semanas tenía un piso o una habitación donde dormir, aunque cuando vives entre cartones la gente piensa que eres un ladrón o un yonqui y te desprecia. Es duro verte en esta situación cuando tú hasta hace cuatro días estabas en el otro lado”, dice Manolo mientras se seca. Aquí nadie se droga, y si quiere hacerlo es enviado lejos y repudiado por la comunidad. No se admiten peleas, ni gritos ni ruido cuando anochece.

El asentamiento de trabajadores sin recursos está en un subterráneo en la zona turística de Palma. (D. B.)
El asentamiento de trabajadores sin recursos está en un subterráneo en la zona turística de Palma. (D. B.)

Los residentes de este ‘campamento del covid’ no quieren aparecer en fotografías. Unos porque tienen familia en la Península que no conoce su situación, otros porque tienen muchos conocidos en la isla y quieren evitar la vergüenza. “¿Cómo pido yo trabajo si ven que estoy viviendo entre cartones?”, dice José, el gallego. Andrés, argentino, que ha ido encadenando trabajos precarios durante años, lo lleva a lo personal: “No me saques una foto, lo último que quiero es darle a mi ex la alegría de verme durmiendo en la calle”, sonríe mientras rebaña unos macarrones con tomate en una bandeja de plástico que le han dado en el comedor social Tardor.

En realidad, este asentamiento en los bajos del parque tiene casi un año de antigüedad. Pero ha sido en estos meses de estado de alarma cuando se ha llenado hasta conformar un poblado incómodo, pues sirve como metáfora de esta crudísima crisis que justo acaba de comenzar. Abajo, en un subterráneo oscuro, fuera de la vista de la sociedad, van cayendo los trabajadores que el sistema ya no quiere. Arriba, en el verde parque con vistas al Mediterráneo junto al casco histórico de Palma, los pocos turistas pasean en bermudas disfrutando del sol y los locales van y vienen, ajenos a la tragedia que bulle bajo sus pies.

Josefa y Paco viven en una habitación de la cárcel vieja de Palma. (D. B.)
Josefa y Paco viven en una habitación de la cárcel vieja de Palma. (D. B.)

“No me quiero imaginar qué pasará en otoño, me produce mucha incertidumbre. Antes del estado de alarma había en Palma unas 200 personas sin hogar, ahora es el doble o más, no los he podido contar aún. Cada día me encuentro a alguien nuevo durmiendo en la calle, cuando antes eran siempre los mismos”, resume Eva Pons, responsable del programa de personas sin hogar de Médicos del Mundo en Baleares.

Una persona sin hogar se nota porque se va deteriorando, pero el que acaba de caer es diferente, hasta la mirada es distinta

"Ves que son personas con apariencia normalizada. Una persona sin hogar se nota porque con el tiempo se va deteriorando, pero en la persona que acaba de caer su presencia es diferente, hasta la mirada es distinta. Es gente que hasta hace dos días estaba integrada en la sociedad. Cada mañana viene muchísima gente a mi despacho, las colas llegan hasta la esquina, y me tengo que asegurar de que realmente son personas sin hogar porque parecen como tú o como yo. Y sí, lo son”.

Los edificios residenciales de la cárcel vieja de Palma han sido ocupados en el estado de alarma. (D. B.)
Los edificios residenciales de la cárcel vieja de Palma han sido ocupados en el estado de alarma. (D. B.)

La cárcel como último refugio

Juan es el último en llegar al parque Pocoyó, pero no lo encontramos allí, sino en la cárcel vieja de Palma, donde ha vivido casi todo el estado de alarma. Su condena a 14 años de prisión terminó justo a mediados de marzo. Sus expectativas vitales se fueron al garete. “Los últimos tres años de condena he trabajado, tengo un curso de reciclaje de Ecoembes, otro de jardinería. Lo tenía ya casi hecho para empezar con un trabajito al salir, eso me dijeron los de reinserción social. Pero con el coronavirus se esfumó el trabajo”, cuenta mientras empuja un carro de supermercado lleno de bolsas con sus enseres, con el que cruzará toda Palma. Un amigo le acompaña. Es el que le ha recomendado que se mude de asentamiento.

La cárcel vieja es el otro refugio de las personas que han caído en la mendicidad estos meses en Palma. La instalación lleva 10 años abandonada y ha sido desde su cierre un foco de suciedad, vandalismo y ocupación. En los últimos tres o cuatro años, se había asentado una pequeña comunidad estable de okupas. Pero desde la irrupción del coronavirus, son ya más de 40 y siguen llegando. “Ayer mismo vinieron varios, que si teníamos un hueco para ellos. Pero aquí ya no cabemos más, las antiguas casas de los funcionarios están todas ocupadas, y la policía nos ha dicho que no dejemos entrar a más gente. Les tenemos que decir que no”, cuenta Olga, una de las más antiguas del lugar, cuatro años ya viviendo entre los escombros de la cárcel junto a su marido.

José, toda una vida de camarero en Mallorca, vive de okupa en la cárcel vieja de Palma. (D. B.)
José, toda una vida de camarero en Mallorca, vive de okupa en la cárcel vieja de Palma. (D. B.)

Al descalabro del turismo se suma otra agravante: Mallorca es uno de los lugares de España con el precio de la vivienda más alto. Una simple habitación no baja de 300 euros más gastos. Miles de personas necesitan trabajar mucho en la temporada de verano (de mayo a septiembre) para ahorrar y subsistir en invierno. Sin ingresos en verano, los números de una vida digna no salen.

Cada verano trabajaba como camarero. Unos 2.000 euros al mes. Pero este año ya me han dicho que no me contratan

“Cada verano trabajaba como camarero en un restaurante en Cala Blava. Unos 1.600 euros más las propinas, total, 2.000 al mes. Pero este año ya me han dicho que no me contratan. Han cogido a unos chavales por 900 euros que no saben ni presentar un lenguado 'meunière'. Así que aquí me ves, viviendo de okupa en la cárcel”, narra José. “¿Que cómo voy a salir de esta? No tengo ni idea. Iré a pedir una ayuda, aunque no sé si me la darán. Y a buscar trabajo en restaurantes y bares. Por ahora, no hay nada”.

Juan es uno de los más jóvenes. Tiene poco más de 30 años y es de los más risueños. Lleva en la cárcel un par de meses. Vive con su perra en uno de los pisos más altos. “Yo en verano hago de todo. Estoy con las hamacas en la playa y haciendo trabajillos que van saliendo. Pero este año no hay hamacas y voy tirando con algunos encargos que me piden, llevar cosas de un sitio a otro, es poca cosa, pero tendré que hacer lo que sea y sin protestar”.

Antonia lleva varios años ocupando una de las viviendas más amplias de la cárcel vieja de Palma. (D. B.)
Antonia lleva varios años ocupando una de las viviendas más amplias de la cárcel vieja de Palma. (D. B.)

Adiós a la economía sumergida

No es solo que los trabajos legales asociados al turismo se hayan evaporado. También ha desaparecido la economía sumergida que permitía a cientos de personas en la isla (miles en el resto de España) comer cada día. “Hasta los 'sin techo', cuando les preguntabas, te decían 'estoy jodido pero voy tirando'. Estaba el que aparca coches en las zonas comerciales, el que va a un Mercadona y ayuda a la gente con las bolsas, otros que tenían algún trabajo temporal en negro en los meses de más actividad… Ahora ya no tienen ni eso”, cuenta Pons. “Necesitan dinero urgentemente porque no ingresan nada y nadie quiere dormir en un albergue. Antes prefieren la calle. Y hay tanta demanda que les tengo que dar cita para dentro de dos semanas para tratar de gestionarles una renta”.

En el patio de entrada de la cárcel vieja de Palma, todo es incertidumbre entre los residentes. Josefa tiene 62 años y hasta hace uno ganaba un dinero cuidando de una mujer mayor. Con eso comía y pagaba una habitación junto a su marido. Pero la anciana murió y no ha vuelto a encontrar un trabajo. Antonia vive junto a una veintena de gatos que mantienen el recinto libre de ratas y come gracias a la mitad de la paga de su marido, preso en la cárcel nueva que se encuentra allí mismo, al otro lado de la autovía.

Tengo esperanza de encontrar algo, de camarera, de fregaplatos, me da lo mismo. Aunque sea barriendo las calles

“Mañana me apunto al paro si abren la oficina. Tengo 47 años y soy apta para trabajar. Tengo esperanza de encontrar algo, de camarera, de fregaplatos, me da lo mismo. Aunque sea barriendo las calles. El que busca algo encuentra. No quiero estar toda la vida aquí”, exclama, y sus compañeros asienten. “Si me dicen que mañana a las seis tengo que estar en un trabajo, estoy allí a la cinco”, dice, y da una palmada convencida. “¿Pero la cuestión es quién te da el trabajo? Yo he aparcado coches muchos veranos, cada día sacabas algo para comer. Este año no”.

Olga remata en el corrillo: “Lo único que queremos es una vivienda social, que nos den la oportunidad de vivir con dignidad. No digo que nos la regalen, pero que pongan un precio que podamos pagar, pero necesitamos ese impulso. Si no, muchos no saldrán de esto en la vida”.

*Algunos nombres propios de este reportaje han sido modificados por petición de los protagonistas.

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