Varias cartas la incriminan

La bajada a los infiernos de Anboto, la mujer que alcanzó la cumbre de ETA

De los comandos a la dirección de la banda, Marixol Iparraguirre afronta esta semana su primer juicio en España por ordenar la muerte de un militar

Foto: Marixol Iparragirre Genetxea, alias 'Anboto'.
Marixol Iparragirre Genetxea, alias 'Anboto'.

Hablar de Marixol Iparragirre, 'Anboto', es hablar de ETA. Desde el inicio de los 80 hasta 2020, su historia y la de la banda avanzan por vías paralelas. De inicio al final. Rabia, venganza, muerte, clandestinidad, ascenso, disolución y cárcel. Para desembocar como no podía ser de otro modo en la Audiencia Nacional, que juzgará a la histórica dirigente por primera vez este miércoles por uno de la doce de atentados con los que se la vincula y que dibujan su evolución. Desde los comandos hasta la cumbre de ETA en un salto de 30 años.

La foto en blanco y negro de Iparraguirre empapeló durante los 90 las puertas de las comisarias. Expresión desafiante en un rostro dulce desmentido por la crueldad y precisión de sus órdenes que fue reflejando en varias cartas que ahora se esgrimirán como prueba. El idilio de Anboto con la organización terrorista arranca en 1981, cuando con apenas 20 años, su novio José Manuel Aristimuño murió en un enfrentamiento a tiros con la policía. Frente al féretro de su pareja, cubierto con el anagrama de ETA, una ikurriña y varias flores, juró odio eterno.

Nacida en Escoriaza, Guipúzcoa, en 1961, estaba predestinada a la militancia. Su padre, Santiago Iparragirre, huyó a Francia para evitar una detención como cooperador por ocultar explosivos en su caserío. Fallecido Aristimuño, Anboto fue manteniendo relaciones sentimentales con destacados dirigentes, desde José Javier Arizkuren Ruiz, 'Kantauri', hasta Mikel Antza. Miembro en los inicios del comando Araba, se enroló tras su desarticulación al comando Madrid y ascendió como la espuma, 15 asesinatos mediante. Su primera muerte fue la del cartero Estanislao Galíndez, en Amurrio (Álava). Seguirían muchas más.

Su padre, Santiago Iparragirre, huyó a Francia para evitar una detención como cooperador por ocultar explosivos en su caserío

El alias con el que ha pasado a la historia, el de su bautismo etarra, se tomó de un monte vizcaíno en el que se refugiaba la dama Mari que, según la leyenda, se bebe la vida de los hombres y los hace infelices. Pasó de apretar el gatillo o el detonador a ordenar a otros que lo hicieran. A partir de 1992, tras la captura en Bidart de los tres jefes de la banda Pakito, Txelis y Fiti, tocó techo.

La subida a la cumbre se prolongó hasta 2004 cuando una operación de la policía francesa descabezó, una vez más, a la banda. Para entonces, María Soledad —Marixol por la contracción del nombre compuesto— era la jefa de los comandos legales y se encargaba de gestionar el cobro del impuesto revolucionario. Se refugiaba, ya con Mikel Albizu Iriarte, 'Antza', en una casona del pueblecito de Salies-de-Béarn propiedad de un matrimonio de nacionalidad francesa. Fue el principio del fin. Tras el arresto, ambos fueron condenados a 20 años de los que han cumplido la mitad. Ahora ella afronta en España procedimientos con acusaciones que suman cientos de años.

El asesinato de León

En el primero que la sentará en el banquillo se determinará si ordenó el asesinato en León del comandante de artillería Luciano Cortizo Alonso en 1995. El militar falleció por la explosión de una bomba lapa colocada bajo el asiento del conductor de su Ford Orión, que hirió de gravedad a su hija, Beatriz, que lo acompañaba, y causó lesiones a cuatro personas que paseaban por la zona. Una de esas misivas, técnicas, detalladas y crueles, ya sirvió para condenar a 110 años de cárcel a Sergio Polo, el etarra que la colocó.

La carta que la arrincona, adelantada por 'Vozpópuli' y 'El Mundo', comienza con un saludo a Polo, al que informa de que pasa los días pegada a la radio. "Quedan cinco días para que leas esto, a ver si mientras tanto algo ha hecho 'booom", le dice. En esas líneas firmadas con su nombre y la despedida final, "hasta que el enemigo se rinda", se lamenta por lo que parecen haber sido varios intentos fallidos de perpetrar el atentado. "Aun así, sé que estamos insistiendo, el que la sigue la consigue, no nos falta moral", continúa.

Ofrece después numerosos consejos para evitar errores. "Nos comentas que tienes aún los 'paquetes de tabaco'. Antes de colocarlos, destrípalos, están hechos con clorato y ves un poco si hay algún cambio en la mecha", dice, y detalla los riesgos de emplear 'cohetes' por su inestabilidad y el riesgo de que estallen si se entierran a causa de la presión. Esta carta, principal prueba de cargo en el juicio de esta semana, no sería la única. En una segunda Iparraguirre proponía "tirar patas arriba" el Guggenheim.

Su compromiso con ETA, inquebrantable, no acabó con su encarcelamiento. Durante los años de plomo y de dirección, renunció al cuidado del hijo que comparte con Antza y que fue confiado durante años a una pareja de anarquistas franceses para que fuera educado en una escuela libertaria de la isla francesa de Oleron. El niño quedó después a cargo de su abuelo y recuperó a su padre tras el cumplimiento de la pena en Francia.

En 2012, en uno de sus traslados a la Sala de lo Criminal del Palacio de Justicia de París para la revisión de la condena gala, demostró su lealtad aún viva con gritos de "gora ETA". Lo hizo de nuevo con su último servicio: la lectura del comunicado de disolución de la banda. La organización la eligió junto a Josu Ternera para escenificar el "final de su trayectoria" y desmantelamiento total de sus estructuras.

En un tirabuzón de ironía, el final de esta historia acaba en la cárcel de Brieva (Ávila). En octubre de 2019, Anboto fue trasladada a esta prisión de mujeres en la que comparte recinto con el cuñado del Rey, Iñaki Urdangarin. Ordenó el asesinato de su suegro, el rey emérito Juan Carlos, en una acción fallida en 1997.

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