El espejismo en tiendas de barrio: "En cuanto pueda, la gente volverá al centro comercial"
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Sería prematuro cantar victoria

El espejismo en tiendas de barrio: "En cuanto pueda, la gente volverá al centro comercial"

Hay pequeño comercio al que el estado de alarma le está ayudando. Se venden más muslos de pollo porque se guisa más en casa. Pero algunos comerciantes creen que esta euforia pasará

Foto: El espejismo en tiendas de barrio: "En cuanto pueda, la gente volverá al centro comercial"
El espejismo en tiendas de barrio: "En cuanto pueda, la gente volverá al centro comercial"

"¡Qué alegría verte, guapina! Aquí seguimos, entre hierbas".

Son las 11 de la mañana y el Herbolario Ámbar acaba de abrir sus puertas. Paloma recibe a los clientes con un inconfundible acento asturiano y llena de energía. El negocio no es suyo y apenas lleva unos meses trabajando en él, pero reconoce que aún no nota crisis alguna en el consumo. Lo achaca fundamentalmente a dos factores. El primero es que uno de sus vecinos ilustres, el Mercado de Santa María de la Cabeza, haya permanecido abierto durante todo el estado de alarma. El segundo es que las puertas del herbolario tampoco han cerrado. "Vinieron muchos clientes nuevos, porque éramos los únicos abiertos por la tarde", explica.

Sería prematuro cantar victoria en el pequeño comercio de este distrito madrileño. Muchos aprovechan este estado de euforia en el consumo de proximidad, pero otros lo definen como amor pasajero. Hay muchos locales cerrados, otros con el cartel de 'se alquila', otros con el de 'liquidación total', como una pequeña tienda de accesorios para mascotas en la calle Rafael de Riego. También otros han echado el cierre definitivo, como una papelería de la calle Ferrocarril, donde Silvia, la propietaria del herbolario, compraba material hasta antes del confinamiento.

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A media mañana, el mercado está más lleno que cualquier laborable anterior a la pandemia. Es jueves y llegó el pescado. El suelo de algunos puestos luce lleno de señales, como si quisieran que los clientes amenizaran la espera jugando al Twister de las distancias físicas. El despiste lógico de las nuevas normas y las caras, tan parecidas con las mascarillas puestas, son el caldo de cultivo perfecto para los que quieren colarse. Una tribu que permanece y pervive desde las anteriores normalidades.

El ritmo no ha parado estas semanas. Tampoco la facturación. “Estamos trabajando más que nunca”, coinciden desde uno de los puestos de charcutería, una pollería y otro de los puestos de fruta y verdura. Han perdido la hostelería pero han ganado clientes, a pesar de que Fernando, uno de los carniceros, echa de menos a clientas que venían desde otros municipios de la comunidad para comprar en su puesto.

Señales en el suelo del mercado. (A. C.)
Señales en el suelo del mercado. (A. C.)

Las pescaderías que estaban llenas antes ahora rebosan, las colas para entrar a Mercadona dan la vuelta a la manzana. Los vigilantes de seguridad, con paciencia infinita, nos enseñan cómo y dónde debemos colocarnos. En algunos momentos, la sensación es que todos ganan en este nuevo escenario en el que, entre otras rutinas, ha quedado cercenada la de coger el coche para ir al híper de las afueras. Peluquerías y locales para manicura y pedicura cuelgan a las puertas carteles en los que imploran puntualidad a sus clientes.

Arturo Belchí es el dueño de un pequeño negocio de comida preparada llamado En Porciones. Cerró las tres primeras semanas del estado de alarma e implantó a la fuerza el servicio a domicilio para tener la cocina abierta. “El 80% de mis clientes son las oficinas del barrio, y esas siguen cerradas. Si cierro el año con la mitad de facturación, me doy con un canto en los dientes”, afirma. Los clientes que ganó con la venta a domicilio están decayendo esta semana, porque algunos se han atrevido a salir a la calle. Había miedo, dice. A salir y a la comida preparada por otros.

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Poco antes de todo esto, estaba a punto de firmar con una de las grandes plataformas de entrega en casa, pero el acuerdo se truncó. Ahora, dice, no tiene tanta prisa por entrar, porque el canon para entrar es demasiado alto y le deja poco margen. “Voy a mantenerme así, con la entrega en el barrio y los pedidos por WhatsApp”, comenta mientras sale, reluciente del horno, una bandeja de empanadillas.

Esa misma sensación tienen las empleadas de otro negocio cercano, también de comida preparada, llamado El Pollo Dorado. Las dos mujeres que trabajan esta mañana cortan a una velocidad de vértigo los ingredientes de lo que parece ser una ensalada campera. Al principio, comentan, las ventas estaban el mismo ritmo que el resto de comercios. Pura hipotensión. Ahora parece que las cosas se animan, pero es pronto para sacar conclusiones. En el local, huele a rebozado y a guiso.

El Mercado de Santa María de la Cabeza. (A. C.)
El Mercado de Santa María de la Cabeza. (A. C.)

Una mesa de dos por dos bloquea la entrada a la librería De Cuento. Sobre ella, un taco de marcapáginas, un frasco de alcohol y otro de gel. Es un negocio familiar regentado por tres hermanos. Solo uno atiende a estas horas. Está pegado al teléfono buscando un libro para un cliente. El libro es ‘El hombre más rico de Babilonia’, de George S. Clason, una obra que se editó por primera vez hace casi un siglo, en 1926. Una vez reservado, cuenta, con optimismo contenido, que los clientes parecen deseosos de sumar ejemplares a las estanterías de sus casas. “Parece que tenían muchas ganas de que abriéramos”, dice.

Su hermana Paz cree que este recibimiento será puntual. “Es una gozada que no paremos, pero en cuanto pueda, la gente volverá a comprar a los centros comerciales”, dice resignada, mientras recuerda que sin Feria del Libro, nada será lo mismo para negocios como el suyo.

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Y están las deudas. La carnicería del hermano de Dani sigue pendiente de cobrar 12.000 euros de varios restaurantes. Mejor suerte ha corrido el propio Dani, que tiene una pollería. “Los restaurantes que me compran me pagan al momento, y vendo más que antes. Fíjate que hasta cosas que antes tenían peor salida, como los muslos, ahora vuelan. Se nota que la gente guisa más en casa”, dice. Si fuera por él, las cosas deberían ser así siempre, vendiendo más pero abiertos solo media jornada.

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