Así es España en fase 0: ¿estamos reviviendo poco a poco o es que simplemente es lunes?
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CON EL CIERRE MEDIO BAJADO

Así es España en fase 0: ¿estamos reviviendo poco a poco o es que simplemente es lunes?

Muchos establecimientos aún no han abierto ni especifican su retorno, pero los que lo hacen, están recibiendo más visitas de las que esperaban

Foto: Así es España en fase 0: ¿estamos reviviendo poco a poco o es que simplemente es lunes?
Así es España en fase 0: ¿estamos reviviendo poco a poco o es que simplemente es lunes?

Un hombre de punta en blanco, traje de pata de gallo, corbata, sombrero a juego con el traje y mascarilla a juego con nada, desciende por Ribera de Curtidores. Mira al extraño que le observa, y como hace el extraño, se pregunta qué pinta ahí. La calle madrileña, efervescente mercadillo dominical hasta el pasado 8 de marzo, está hoy prácticamente vacía, salvo algún comercio ocasional abierto. Abundan los carteles de “se vende” o “se alquila”, que probablemente datan del tiempo precoronavirus. La mayoría de tiendas, explican, no tuvieron tiempo para prepararse, así que dejaron las cosas como estaban. Ni siquiera un cartel de despedida.

Es lo que cuenta un anticuario, que ha sacado parte de su mercancía en la calle. “No, no, esto hasta el día 11 nada, estamos limpiando”, responde cuando explicamos que somos periodistas. “Date cuenta que esto es una tienda de antigüedades, hay que limpiarlo, prepararlo y desinfectarlo todo al máximo, y el día 13 de marzo no nos dieron tiempo a hacer nada”. ¿Trabajará también por cita, el requisito que se exige desde hoy para la apertura de los locales comerciales? “¿Por cita? Claro, a mí si me dice un cliente que venga a las siete de la mañana, vengo”.

Ha venido gente a las 10 de la mañana a esperar que abriésemos y no la hemos podido atender porque no habían pedido cita

Es posible interpretar la calle desierta como un signo de que la posibilidad de abrir no equivale a un gran seguimiento, pero también es posible que hoy, el día que tradicionalmente cierran la mayoría de los comercios y que, en el Rastro, supone la resaca de la jornada estrella, sea el peor día para salir de compras, con el cielo encapotado y el ambiente bochornoso. En definitiva, es posible tanto que esto sea la nueva anormalidad a la que nos tendremos que acostumbrarnos como que simplemente sea un lunes cualquiera, un poco más resacoso. Un limbo comercial entre el confinamiento y la fase 1, donde entonces sí, la carrera comercial volverá a empezar.

Lo explica la dueña de un establecimiento a un matrimonio mayor, cerca de la plaza de Cascorro. “Yo hasta el lunes que viene no abro, pero voy a ir preparando y limpiando todo porque lo dejé manga por hombro”, responde. Al fin y al cabo, la mayor parte de personas que aguardan en las calles son ancianos que quieren que les arreglen un aparato electrónico o hacer una fotocopia, del DNIs. En definitiva, como cualquier lunes por la mañana, es el momento de liquidar recados.

Sergio, responsable de Fotocasión, en la espaciosa tienda. (Foto: Héctor G . Barnés)
Sergio, responsable de Fotocasión, en la espaciosa tienda. (Foto: Héctor G . Barnés)

Entre las contadas tiendas de Ribera, se encuentra Fotocasión, un caso excepcional. Como explican sus responsables al otro lado del cierre medio echado, han tenido que ponerse las pilas en cuestión de días. La tienda, una de las más espaciosas de la zona, tiene tres plantas, y en una de ellas puede llegar a haber 15 personas atendiendo a los clientes. La regla es clara: solo una persona por dependiente, y siempre con cita. “Ha venido gente a las 10 de la mañana antes de que abriese la tienda, pero no los hemos podido atender porque no tenían cita”, lamentan. Su alto grado de especialización y amplio stock, así como la fidelidad de sus clientes, da una pista de qué tiendas navegarán mejor esta etapa de transición.

¿Aquí se necesita cita?

Tras un mes y medio cerradas, uno de los establecimientos más anhelados son las ferreterías, tan solo superados por las farmacias, nuevo eje de la vida comercial urbana. 10 personas, ninguna de las cuales baja de los 60 años, hace cola delante a la Freiduría de Embajadores esperando para entrar a FerrOkey, una de las tiendas más grandes de la zona. “¿Es necesario tener cita?”, se pregunta la gente. “Espero que no, porque yo no tengo”, responde un hombre con la barra de pan bajo el brazo. El dependiente nos saca de dudas: “¡Por favor, estamos atendiendo solo urgencias!”, grita a lo largo de la calle al ver que la gente comienza a acumularse. A partir del día 11, ya podrán atender a todo el público, añade.

Muchos establecimientos siguen cerrados, y de ellos prácticamente ninguno anuncia su vuelta. El cartel de “¡nos vemos!” sigue en los escaparates

El problema es que el concepto de “emergencia”, en estas circunstancias, es relativo. Una mujer se acerca al paciente trabajador con algo en las manos que parecen las bisagras de una puerta, o tal vez se trate de un casco de bombilla. Cuando le explican que no pueden atenderle, se da la vuelta y le dice a su marido: “Vámonos, cariño, que lo nuestro no es urgente”. Sin embargo, la gente que lleva un rato haciendo cola se inquieta pero no se marcha. ¿Será lo suyo urgente o no? Esperarán hasta que se lo digan.

Personas haciendo cola ante una ferretería madrileña. (Foto: Héctor G. Barnés)
Personas haciendo cola ante una ferretería madrileña. (Foto: Héctor G. Barnés)

La confusión reina. En la otra sucursal de la cadena, en Cascorro, también hay otra decena de personas desperdigada a lo largo de los 24 metros que la separación escrupulosa les obliga a cumplir. “Oye, ¿sabes si abren hoy los bancos?”, le pregunta una jubilada a su amiga. Sin embargo, a unos metros, la Ferretería Victorino-Martín parece cerrada. No hay ningún cartel en la puerta. Esa es la tónica habitual. Una ambigüedad informativa en muchas tiendas que aún no se sabe si abrirán, cuándo y en qué condiciones, quizá simplemente porque no han tenido tiempo para decidirlo. En la mayoría de escaparates, aún pervive el “nos vemos pronto”.

Lo que también parece funcionar viento en popa son las peluquerías. “¿No eres pintor? No puedo atenderte, disculpa”, responde el propietario de la peluquería Ilyas en la calle Embajadores. ¿Mucho curro? “Sí, mucho curro, mucho curro”, responde agobiado mientras su cliente, el único que cabe en el establecimiento, espera. Apenas unos metros más arriba, la barbería Bearbero también parece haber experimentando un ‘boom’ previsible tras un mes y medio sin poder acicalarse. Cuatro peluqueros con cuatro barbas, cuatro clientes con cuatro barbas y ocho mascarillas en total encima de ellas muestran que negocios como el suyo pueden recuperar rápidamente lo perdido. Sin embargo, la sucursal de Paseo de Valencia de la cadena Marco Aldany, que tiene más de 400 sucursales en toda España, está cerrada, a pesar de que lleva cogiendo cita desde el pasado 30 de abril. Tan solo un cartel en la puerta proporciona un número de teléfono para reservar.

"Ya era hora de reabrir"

A primera hora del lunes, no son muchas las librerías de la zona que han reabierto sus puertas. No lo ha hecho Traficantes, no lo hecho Vivir Del Cuento, tampoco TuuuLibrería. Sí lo ha hecho la Librería del Mercado, que se encuentra en la calle Tribulete, en uno de los bajos del Mercado de San Fernando. El pasado domingo por la tarde, su dueña, Cristina García Mateos, mandó un mail a sus clientes explicando que a partir de este lunes volvería a entregar en el establecimiento pedidos realizados previamente. “amos a ir poco a poco, con seguridad y garantías para todos nosotros”, explicaba.

Un mensaje que se repite. (Héctor G. Barnés)
Un mensaje que se repite. (Héctor G. Barnés)

Hoy, los atiende como tantos otros con el cierre medio bajado, su rostro tras una pantalla protectora transparente. “Gracias al correo mucha gente ha empezado a pedirme libros, así que por ahora no puedo quejarme”, explica. La medida le parece positiva, porque es la mejor manera de volver a la actividad económica sin poner en riesgo la salud. En apenas unas horas, los clientes habituales han vuelto a dar señales de vida, y ya ha preparado unas cuantas peticiones. La reapertura ha provocado unas cuantas sinergias: el kiosko de la esquina, que podría haber abierto este tiempo pero no lo ha hecho, también se ha sumado a la fase 0. “¡Después de 41 días cerrados ya teníamos que abrir!”

El mayor anhelo de algunos clientes, no obstante, parecen ser los bazares orientales y las tiendas de alimentación, que en su práctica totalidad siguen cerradas. En la calle Moratines, otro matrimonio de paseantes se cruza con dos vecinos comerciantes de origen asiático, presumiblemente, padre e hijo. “¡A ver si abrís ya, eh, a ver si abrís ya!”, bromean, antes de añadir: “Me alegro de que estéis bien”. Ese será el signo de que la normalidad ha vuelto. Cuando los bazares vuelvan a abrir, y no haga falta hacer una incierta cola para terminar con los recados del lunes por la mañana.

Málaga: "Tenía que haberse explicado mejor"

Óscar Salguero cumple el próximo lunes 47 años. Lleva desde 1994 trabajando de peluquero. En su local de Pedregalejo, a un minuto andado del Mediterráneo malagueño, la Peluquería Pepe (heredó el negocio de su padre), atiende a clientes cada 20 minutos. Acaba de salir un médico de urgencias del Hospital Regional de Málaga. Al igual que Óscar, lleva puesta la mascarilla.

El pasado miércoles ya empezó a atender las citas previas. Es lunes, 13 horas, y ya tiene hasta el miércoles ocupado, de 8 de la mañana a 22 horas, solo descansando de 14.30 a 15.30 horas. Antes del estado de alarma empezaba a trabajar a la 9 y solía cerrar a las 20.30 (incluidas dos horas de descanso para el almuerzo).

Su procedimiento para que no haya rastro de coronavirus es limpiar el sillón con agua con un 2% de lejía y lavarse las manos con jabón

El teléfono suena. “No me dejan ni trabajar”, suelta. Deja las tijeras y la maquinilla.

— Si, ¿dígame? Voy tirando, bien, bien— contesta.

Acuerda la cita para la semana que viene. El martes a las 13 horas.

— A esa hora te pongo. Tú te traes la mascarilla cuando vengas. Bueno, te voy a dejar que estoy trabajando.

Foto: Agustín Rivera.
Foto: Agustín Rivera.

Voy a tener que descolgar”, dice con gracia el peluquero, experimentado ‘iron-man’ en varias pruebas nacionales e internacionales y que estaba deseando volver a trabajar.

Su procedimiento para que no haya rastro de coronavirus en su peluquería (trabaja solo, aunque tiene suficiente demanda como para haber contratado a otra persona) es limpiar el sillón con agua con un 2% de lejía y lavarse las manos con jabón detrás de cada cliente. Echarle en las manos o en los guantes del cliente gel hidroalcohólico al entrar y tener una capa de corte de un solo uso.

“La gente está a tope, más de uno se ha tenido que cortar el pelo en su casa. Esta mañana he cogido a dos que han venido con trasquilones y lo he tenido que arreglar”, cuenta Óscar con simpatía, tras resaltar que sabe de compañeros a los que no les ha dado tiempo a conseguir material como las batas de plástico de un solo uso. Él mismo ha conseguido ‘in extremis’ cinco litros de gel hidroalcohólico de un amigo que trabaja en una farmacia.

La sangría económica ha sido más que evidente, aunque ya haya conseguido beneficiarse de las ayudas de autónomos

Considera que el Gobierno quizá podría haber esperado una semana más antes de abrir de nuevo las peluquerías. “Se tendría que haber explicado mejor. En el BOE no ha salido lo nuestro hasta el último día; hay gente que estaba cogiendo cita sin saber si se podría abrir o no. Hasta el último día no se sabía y creo que es un poco precipitado”.

La sangría económica ha sido más que evidente, aunque ya haya conseguido beneficiarse de las ayudas de autónomos: una prestación de 660 euros y otra de 402 euros que ya tiene abonadas en cuenta. “Mejor ni pensar lo que he perdido… bueno, bastante. Unos 50 días habrá estado cerrado… pues miles de euros. Y esto no lo voy a recuperar. Ahora habrá dos o tres semanas de bulla y luego se normalizará la cosa”.

Dos clientes (padre e hijo parecen: entre ellos no hay distancia física) están a punto de entrar en la peluquería. Óscar se está lavando las manos. “¡Hola, buenas tardes!”. Cuelga el teléfono. Y otra llamada para pedir cita.

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