Pimpón, videollamadas y mascarillas: así deja a raya al virus un centro de discapacidad
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LOS CUIDADORES SE VUELCAN EN LA HIGIENE

Pimpón, videollamadas y mascarillas: así deja a raya al virus un centro de discapacidad

Conviven en una residencia de la fundación A la Par, suplen a los cuidadores que están de baja y se apoyan unos a otros para consolar a quienes tienen a familiares enfermos

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Andrés tiene 36 años y discapacidad intelectual. Vive en una residencia tutelada por la Comunidad de Madrid con otras 10 personas con funcionalidades similares. A su madre, de 60 años, la ingresaron hace unos días por coronavirus. No pudo ir a verla. Ni siquiera hablar por teléfono con ella. La mujer, que se encontraba en la unidad de cuidados intensivos, también tenía discapacidad intelectual y no era sencillo encontrar el momento y el personal que la ayudara a comunicarse con su hijo. A la tristeza propia del confinamiento que prevé el estado de alarma, que le impide salir los fines de semana a ver a su familia, el corazón de Andrés sumaba, por lo tanto, la incertidumbre de no saber siquiera cómo estaba evolucionando su madre.

placeholder Los residentes son consciente de la suerte que tienen de poder salir al aire libre. (EC)
Los residentes son consciente de la suerte que tienen de poder salir al aire libre. (EC)

Por suerte, Andrés tiene otra familia. Los cuidadores y los compañeros con los que reside en la vivienda tutelada de la fundación A la Par (anteriormente denominada Carmen Pardo-Valcarce) le consolaron con palabras de ánimo y gestos que demostraban cariño. "Seguro que tu madre está bien, en el hospital está muy cuidada, aún es joven y fuerte", eran algunas de las cosas que le decían. Pero no se limitaron a levantar su alma con palmadas en la espalda. Le ayudaron a montar videoconferencias con su madre que le dieron la vida al bueno de Andrés. Ahora la mujer ha mejorado, está en planta, y el joven lo sabe, porque ha vuelto a hablar con ella. Está muy agradecido a los médicos, pero también a esos compañeros que ahora considera hermanos y a sus monitores, que también son como otros padres y madres para él.

Estos últimos han visto una evolución muy llamativa en los residentes desde que comenzó el confinamiento. Dos de los educadores dieron positivo, por lo que tuvieron que quedarse en sus casas para mantener la cuarentena, cuenta Myriam Becerril, trabajadora social y directora del área de vida independiente de la fundación. "No quisimos meter más personal para evitar introducir más factores de riesgo en la instalación, por lo que los que estábamos nos hicimos cargo de las mismas tareas, y esto lo detectaron los residentes", añade. "Vieron que teníamos muchas más tareas que antes y no dudaron en arrimar el hombro", relata Becerril, todavía emocionada.

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Ana ha recuperado una antigua máquina de coser para hacer mascarillas. (EC)

"Ahora sale de muchos de ellos poner la mesa o hacer otras tareas que antes requerían estar más encima", asegura la trabajadora social, que explica que, "como en toda familia", en la residencia también hay "piques" entre los miembros. "Ahora se han reducido mucho, porque son conscientes de que muchos compañeros lo están pasando mal y que necesitan ayuda", agrega. "Nosotros, además, les explicamos que son muy afortunados, porque están en un lugar en el que les puede dar el sol, que tiene zonas verdes y que pueden pasear, algo que ahora mismo está al alcance de pocos", valora Becerril, consciente de que ellos "se dan perfecta cuenta de la suerte que tienen".

Foto: Una pancarta con el lema "resistiremos" colgada en la entrada principal de una residencia geriátrica en Sevilla. (EFE)

"Escriben cuentos, juegan partidos de pimpón y algunos están recuperando aficiones antiguas", describe. Ana, de 43 años, por ejemplo, dijo que le gustaba coser. Los monitores desempolvaron una máquina de coser que nadie usaba y ahora la mujer está "intentando hacer mascarillas". "Ven la televisión, porque quieren estar enterados de lo que pasa, y nos preguntan continuamente que cuándo va a acabar esto, una cuestión muy difícil de contestar", afirma Becerril, que considera que todos los residentes están dándonos "una lección una vez más". "Han reaccionado mejor de lo que esperábamos", resume la representante de la fundación, quien destaca también la cantidad de actos de generosidad que está presenciando.

placeholder Algunos de los residentes hacen deporte y actividades lúdicas. (EC)
Algunos de los residentes hacen deporte y actividades lúdicas. (EC)

"El otro día, un hombre que suele tener un comportamiento muy infantil y que acumula muchas mochilas le regaló a otro compañero una de estas bolsas porque él no tenía ninguna; es cierto que fue un gesto pequeño, pero para él era algo muy grande", recuerda la trabajadora social, que confiesa que la adaptación a esta nueva situación ha sido dura para todos, pero necesaria para mantener vivas a las 11 personas que habitan en la instalación, extremo que estos días no está resultando fácil en vista del elevado número de fallecidos que están registrando las residencias. "Están siendo un polvorín, pero aquí, de momento, tan solo ha habido un usuario con síntomas", asegura.

Habitaciones individuales y mucha desinfección

"Fue en la primera semana, cuando también dieron positivo los dos educadores mencionados; le aislamos, porque afortunadamente todos tienen su habitación propia, y aplicamos todos los protocolos a rajatabla", rememora. La fundación ya aplicaba estrictas medidas de higiene, pero las incrementó. "Llamamos a una empresa de limpieza para que viniera a desinfectar la casa dos veces al día", apunta Becerril, quien destaca también que la fundación ya tenía algo de material de protección que, unido al que fueron donando posteriormente actores externos y a la asistencia sanitaria de la enfermera y el médico psiquiatra del grupo, permitió contener ese supuesto caso. "Fue hace 20 días y no hemos vuelto a tener a nadie con síntomas", subraya la trabajadora social, que tiene claro que el confinamiento les está afectando, como a todo el mundo.

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La limpieza es muy importante estos días. (EC)

"Nos vamos desesperando, por supuesto, y todos quieren volver a la normalidad; estamos intentando que todos contacten con sus familias a través de videollamadas, porque no ir con ellos los fines de semana les está afectando", admite Becerril, que cuenta que en la instalación conviven los 11 residentes mencionados, que tienen entre 23 y 56 años y que provienen en su mayor parte de familias desestructuradas. "Por eso no pueden irse los sábados con ellas", argumenta. "No tenía sentido mandarlas a casa cuando se decretó el estado de alarma porque no iban a estar mejor allí", justifica la educadora.

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