Por qué Occidente solo toma decisiones drásticas cuando ya es demasiado tarde
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CHARLA CON LUIS MILLER, VICEDIRECTOR DEL IPP

Por qué Occidente solo toma decisiones drásticas cuando ya es demasiado tarde

Hablamos con el sociólogo del CSIC sobre la paradoja de la aceptabilidad social, la necesidad de pensar en medidas a largo plazo o el peligro del surgimiento de un Estado policial

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Por qué Occidente solo toma decisiones drásticas cuando ya es demasiado tarde

Primero, viene lo sanitario. Cifras, mapas, líneas ascendentes que muestran el abismo al que nos asomamos día tras día. Luego, a medida que nos hemos acostumbrado por mera saturación, llega la necesidad de dar sentido (sociológico, político, económico) a lo que vivimos. Entender no solo la realidad, sino nuestra percepción de la misma para comprender cómo nos está afectando.

Durante la última década, el sociólogo y científico del CSIC Luis Miller, vicedirector del IPP (Instituto de Políticas y Bienes Públicos), ha intentado analizar los efectos y consecuencias de la crisis económica, como la influencia del desempleo sobre los valores del individuo. Con algo de sorna, el otro día hacía la siguiente reflexión: “Hace exactamente 20 años, llamábamos ‘experimento sociológico’ a confinar a 10 jóvenes en una casa durante tres meses. Eso no era ni un minipiloto de laboratorio del experimento natural global que estamos viviendo. Nos pasaremos años estudiándolo”.

Terreno abonado, por lo tanto, para la hipótesis social. El Confidencial se ha puesto en contacto con Miller para hablar del hoy pero también del día después, de la sociedad que nacerá después del confinamiento, y que tanto preocupa al sociólogo. Comenzamos con su tuit viral, en el que hablaba de la paradoja de la aceptabilidad social, o por qué cuando una decisión comienza a ser aceptable, es ya tarde para tomarla.

PREGUNTA. Comencemos por esa paradoja. En su explicación, recordaba que “las medidas más duras solo son socialmente aceptables cuando la percepción del riesgo es muy alta, pero entonces ya es tarde para esas medidas”.

RESPUESTA. Por lo general, todos los gobiernos democráticos suelen tomar medidas que tienen una amplia aceptación social. Para ello, hacen todo tipo de estudios de opinión o lanzan globos sonda para comprobarlo. En condiciones normales, los gobiernos lo que hacen casi continuamente es reaccionar a lo que creen que quiere la ciudadanía, porque es lo que les hace tener más posibilidades de ser reelegidos.

En una situación de crisis es complicado, porque la clave se encuentra en anticipar en cada momento cuál es el siguiente paso a dar y llevar la delantera al estado de opinión. Se están encontrando una situación que no es la natural de reaccionar a lo que quiere la opinión pública. Por eso tenemos la sensación de que van a remolque de las circunstancias.

El momento más peligroso será cuando el virus comience a dar tregua

Es una paradoja, pero no una condena, porque la opinión pública no sale de la nada, son los propios gobiernos los que la crean. Con lo cual, una de las técnicas que deberían utilizar, y de hecho lo están haciendo aunque no sea todo lo rápido que quisiéramos, es modular la información que se da y si son necesarias medidas muy drásticas, draconianas, hacer que la percepción del riesgo sea más alta. Por eso deberíamos pedir a los gobiernos que se anticipen con la información que ya tienen con las medidas que pueden ser más efectivas y que creen las condiciones de opinión para que se puedan ser implementadas.

P. En este sentido, la aceptabilidad es ahora casi completa. No lo era el 9 de marzo, pongamos, el día que se comenzaron a cerrar colegios.

R. Totalmente. El debate sobre los inicios me parece menos interesante, porque en todas partes han hecho lo mismo. El otro día un funcionario en México hablaba de esta misma paradoja a su gobierno, porque ellos están ahora con ese mismo titubeo de restringir movilidad o no hacerlo. O colegas de Reino Unido, Alemania y Holanda, donde hasta el lunes no se tomaron medidas más drásticas. Estamos viendo el mismo patrón en todas partes.

Es dinámico, todo cambia rápidamente. Lo que sería muy interesante es que parte de los gobiernos se centrase en el futuro, y no en el lejano, sino en el otoño. La parte del gobierno que no esté gestionando directamente la crisis debería estar pensando cómo se va a gestionar la situación en el verano y en el otoño. En lugar de debatir sobre por qué no se tomaron medidas antes, deberíamos pensar cuál va ser el siguiente paso para llegar con tiempo.

Con los datos que tenemos, en algún momento de los próximos dos o tres meses tendremos la sensación de que el virus nos dará una tregua. Si es así, ese momento será el más peligroso, y deberíamos tener preparadas las campañas para cuando salgamos del confinamiento y recuperemos la normalidad. Ahí es donde sería importante que las instituciones públicas, aunque sea difícil, se partieran y algunas agencias gubernamentales gestionasen cuál es la siguiente medida que se va a poner en marcha cuando la situación sea más normal.

P. Tanto a nivel de medidas para la población como económicas, sociales o psicológicas.

R. Pensaba incluso en temas de gestión de la enfermedad. Necesitaremos campañas, por ejemplo, como las del sida. Sería bueno que parte de las instituciones públicas trabajasen en distintos escenarios, uno de los cuales sería que en varios meses, coincidiendo con el verano, esto se relaje, y cómo hacer para que no haya una recaída, para que cuando llegue el otoño y las gripes estemos preparados. Hay terreno para anticiparse y no lamentarse por perder oportunidades, sino trabajar ya.

P. Siempre es fácil realizar lecturas a posteriori.

R. Si estuviéramos hablando solo de la gestión de un gobierno podríamos darle muchas vueltas, pero la situación es global y ha puesto de manifiesto la incapacidad de las sociedades para anticiparse a este tipo de crisis que requieren medidas muy impopulares en un momento determinado.

Es probable que no se estén poniendo suficientes esfuerzos en cómo van a ser las medidas que hagan que no volvamos a la casilla de salida muy rápido

Vimos en la distancia de lo que pasó en China, luego Italia, y ayer una colega del Reino Unido me decía que las noticias de Madrid eran terroríficas. Está siendo secuencial, la capacidad de aprendizaje por parte de los gobiernos en este tipo de circunstancias es enorme. Es difícil, pero lo importante es que no se pongan todos los recursos en gestionar la crisis justo ahora, sino que una pequeña cantidad de esfuerzo y recurso se destine a adelantarnos a los siguientes pasos, cómo vamos a ir saliendo del confinamiento. Por lo que vemos, es probable que no se estén realizando suficientes esfuerzos en cómo van a ser las medidas que hagan que no volvamos a la casilla de salida muy rápido. Qué vamos a hacer para interiorizar las medidas de autoprotección. Es el momento de empezar a pensar en el medio plazo.

P. La velocidad a la que cambia la situación nos lleva al cortoplacismo.

R. No es una situación únicamente de esta crisis. Cuando hablas con un alto cargo de la administración, suele decir algo en plan “lo urgente impide trabajar sobre lo importante”. Siempre es la misma frase. Una de las oportunidades que deberíamos aprovechar es pensar que hay muchos Estados que sí tienen agencias gubernamentales que no están en la gestión del día a día sino en cuestiones estratégicas, a medio plazo. Si solo nos concentramos en la crisis nos pasará como con la crisis económica anterior, que fue larguísima porque todo el rato volvíamos sobre la gestión de la propia crisis sin pensar en planes a medio y largo plazo.

P. De hecho, siempre se ha reprochado que aquella crisis no nos enseñó nada, volvimos al punto de partida. No sé si hay otra percepción ahora.

R. En el terreno económico sí se aprendieron cosas. Como Europa tardó tanto en poner en marcha planes económicos, ahora está siendo mucho más rápido, al menos en el plano del discurso. Lo tenemos tan cerca que se está actuando de forma muy rápida. En el plano más social, es probable que tuviéramos pocos referentes. Es tan nuevo que vamos a aprender mucho por el camino, sobre todo en la salida de esta situación. Hay un montón de dudas sobre cómo vamos a volver a la normalidad y habría que plantearse distintos escenarios.

Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

P. Uno de los sesgos es el de normalidad, pensamos que todo va a seguir como era hasta el momento. No sé si ha sido una terapia de shock.

R. No estoy completamente de acuerdo. A nivel de cada ser humano, somos bastante flexibles. La sociología ha estudiado por ejemplo las sociedades que se han autoexcluido en el siglo XIX en EEUU o situaciones extremas como secuestros o raptos, y el ser humano sobrevive. Otra cosa son las secuelas. Saldremos de esta situación y estamos equipados para salir de este tipo de situaciones, pero al mismo tiempo creo que las consecuencias son importantes.

La diversidad que hay ahora mismo en los hogares es enorme, por ejemplo. Una de las cosas a las que más vueltas le doy es que cada hogar es un microcosmos donde no tenemos ni idea de lo que está pasando. Pienso en las personas vulnerables, con problemas de salud psicológica, amenazadas por su entorno familiar… Ahí es donde debemos fijarnos, no tanto a si vamos a salir o no, porque lo vamos a hacer, sino qué consecuencias se van a dar especialmente entre los más vulnerables.

P. Que son ancianos, víctimas de malos tratos… 4,7 millones de personas viven solas.

R. No es una cuestión única de esta crisis. La mayoría de información que tenemos está muy enfocada a familias de clase media, en mejor o peor situación, pero a un tipo de familia dominante. Habrá muchísimas situaciones insostenibles, y todos esos debates que estamos teniendo sobre aprendizaje virtual, actividades en casa… en muchos hogares no va con ellos.

"Las consecuencias del virus sobre la confianza en los demás pueden ser enormes. La necesitamos para todas nuestras interacciones sociales"

P. Como sociólogo, ¿qué es lo que más le preocupa de esta situación?

R. En concreto, me gustaría estudiar algo que va a ser negativo y algo que va a ser positivo. Lo positivo, como sabemos de muchos desastres naturales que no son responsabilidad de ningún gobierno, es que suelen incrementar rápido los niveles de cooperación solidaria, de altruismo. Por lo menos, en el corto plazo, vamos a ver el incremento de valores positivos como la generosidad.

La parte negativa es cómo va a afectar esto a la confianza social entre extraños. Cuando vayamos saliendo del confinamiento, ¿vamos a confiar en los demás de la misma forma en que confiábamos? Esto es esencial, porque la mayoría de nuestras interacciones sociales se basan en cierto grado de confianza, no les pedimos a los demás sus credenciales, no dudamos de si son delincuentes… Pero estamos en una situación con un virus que se transmite de manera aérea entre personas asintomáticas, lo que podría tener unas consecuencias enormes. Necesitamos la confianza para interacciones económicas, sociales, etc.

P. Salir al supermercado produce una sensación extrañísima: una mezcla de desconfianza y recelo, no solo hacia los demás sino hacia uno mismo.

R. Es una de las cuestiones que nos llevará más tiempo entender bien. Por utilizar la metáfora del virus, la desconfianza que genera por probabilidad de contagio, ¿va a saltar a otras esferas? Es una de las claves, si se va a crear un clima más generalizado de desconfianza o si vamos a volver a la normalidad de una forma rápida. Entiendo que será más bien lo primero, por eso me preocupan muchísimo los meses cuando recobremos la normalidad, porque el Estado es importante para la creación de confianza social.

Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Se están planteando muchísimas propuestas de hacer seguimiento vía móvil, test masivos para detectar rápido el virus y aislarlo… Esto ayuda a combatir el virus, pero también a generar cierta confianza de que la situación está bajo control.

P. Hay otro tema preocupante en este contexto, que es la reacción excesivamente vigilante de parte de la población. Son cada vez más los testimonios de, por ejemplo, padres con niños con TEA, que denuncian que han sido insultados por la calle al pasear con ellos.

R. Que las personas de forma individual lo hagan es consecuencia de algo que llevamos viendo desde hace varias décadas, que es cómo poco a poco vamos cediendo parcelas de nuestra libertad en aras de la seguridad. Ya desde finales del XX y principios del XXI, sobre todo desde el 11S, ha habido un cambio a nivel global en el que cada vez estamos más dispuestos a aceptar un Estado policial para que nos proteja. En aquel momento era el terrorismo, ahora es un virus global. Lo enmarcaría en un cambio de paradigma muy importante en el que todos estamos asumiendo que la seguridad comienza a ser tan importante que estamos dispuestos a perseguir a cualquiera en aras de ella.

Esto hace que muy rápido entremos en debates que, si nos parásemos a pensar, nos parecerían una locura. Por ejemplo, poner una aplicación móvil a las personas y monitorizarlos. Era la clase de dispositivos que utilizábamos para conductas desviadas. Ahora, cada persona, lo quiera o no, puede ser un desviado porque se ha contagiado, y estamos dispuestos a utilizar medios coercitivos con una aceptabilidad social enorme, porque nos preocupa tantísimo el riesgo de que nos pase algo que estamos abandonando parcelas enormes de nuestra libertad.

Una vez entramos en histeria colectiva, comenzamos a aceptar comportamientos que no habríamos aceptado antes

En todo este tipo de movimientos siempre salen los zelotes, este grupo bíblico que estaba dispuesto a que se cumplieran las normas por encima de todo. Surgen en el caldo de cultivo de esta preocupación total por la seguridad que nos hace perder libertad.

P. Lo que nos devuelve al principio: tenemos una conciencia del riesgo tan alto que aceptamos cosas que no habríamos aceptado hace dos semanas.

R. Totalmente. Hay cuestiones que sociedades liberales como las europeas teníamos muy claras. Por ejemplo, no nos gusta que sin ningún tipo de orden judicial un policía entre en nuestra casa. Tenemos leyes que nos protegen contra los abusos del Estado y de nosotros mismos. En sociedades liberales nos hemos cuidado mucho de que no se produzcan este tipo de arbitrariedades. Una vez entramos en histeria colectiva, aceptamos una serie de comportamientos, y esto va cada vez más rápido. Por eso vuelvo a la idea de que una salida ordenada en la que no tengamos que caer en un Estado policial es algo a lo que tenemos que darle muchas vueltas, porque el riesgo de que ocurra es grande.

P. ¿Alguna propuesta para el día después?

R. Sobre todo, lo que debemos tener preparadas son campañas muy pedagógicas sobre que esto no se ha acabado. Se están desarrollando campañas muy efectivas como “el virus lo vencemos entre todos”, pero todo esto no puede desaparecer inmediatamente. Es bueno que podamos empezar a salir a la calle pero necesitamos información permanente y mucha pedagogía sobre qué deberíamos hacer para contener la propagación del virus. Es importante verlo como algo gradual, donde se tiene que ir acompasando y recuperando libertades conforme sea razonable, pero que no se pierda el clima de alerta individual para que esto no rebote en unos pocos meses.

Miller, antes del confinamiento.
Miller, antes del confinamiento.

Todo esto será tan rápido que no provocará un cambio radical en la mayoría de la población. No creo que la mayoría de ciudadanos españoles vayan a ir con máscaras por la calle en julio, pero hay que evitar que se olvide todo. Si hemos desarrollado una serie de medidas de higiene, distanciamiento, que las sigamos manteniendo.

P. Un artículo sugería que las catástrofes, como el terremoto de L’Aquila de 2009, dan lugar a sociedades más redistributivas. ¿Ocurrirá lo mismo con la nuestra?

R. Creo que sí. Espero desde ya y en los próximos meses que aumenten los niveles de cooperación solidaria, de altruismo. Lo que no se sabe es cuánto dura el efecto. Por tanto, sé que es difícil pero algo muy interesante sería cómo podrían las instituciones públicas, incluso las privadas, canalizar esta energía positiva. Cuando hay un terremoto, está claro dónde va: a desescombrar, a construir edificios… ¿cómo vamos a canalizar esa energía positiva actualmente? No está claro.

P. ¿Cómo veremos todo esto cuando haya terminado?

R. Dependerá de dónde estemos. Distintas partes de la población lo recordarán de forma distinta, una gran parte lo hará con tristeza y rabia, por la pérdida de seres queridos, por el desempleo, por la pérdida de proyectos profesionales y vitales que han tenido que posponerse o cancelarse. Necesitaremos más que un año para que las heridas cicatricen, y cuando lo hagan, la mayoría lo recordará como algo épico.

Se están creando una serie de ventanas de oportunidad que van a hacer que esa reconversión del Estado de bienestar sea mucho más digerible

Aunque se vivirán situaciones dramáticas, lo que una gran parte de la población va a recordar es la experiencia del confinamiento. Cuando pasen bastantes años y se hayan olvidado las situaciones dramáticas lo recordaremos como ese momento que vivimos intensamente.

P. Vamos a ser una generación de abuelos muy pesados.

R. Durante la crisis económica hablábamos a menudo de los derechos perdidos, pero lo hacíamos con respecto a la situación de mayor bienestar económico y social que fue la segunda mitad del siglo XX. Todo lo evaluábamos en relación a ese mundo del pleno empleo, de la creación de los sistemas de bienestar. Ahora es distinto, porque llevamos varias décadas marcadas por la incertidumbre. Ya venimos bastante chamuscados, con esa sensación de que a lo mejor hay algo en nuestro futuro que nos sorprenda. Estamos acostumbrándonos a vivir en esta situación de incertidumbre más o menos controlada porque vamos saliendo. Lo que hacemos es acostumbrarnos.

P. La sensación de que aquella Arcadia ya desapareció.

R. Pero al mismo tiempo, surgen nuevas oportunidades. Por ejemplo, es muy probable que esta crisis sí sea el pistoletazo definitivo no de la renta básica pero sí de rentas garantizadas bastante ambiciosas. Se están creando una serie de ventanas de oportunidad que van a hacer, por ejemplo, que esa reconversión necesaria del Estado de bienestar sea mucho más digerible socialmente. Si ya hay cierto consenso con que es necesaria una renta garantizada para los más vulnerables, será el momento de ponerse en marcha. Es una situación de incertidumbre donde los liderazgos son muy importantes, porque permiten tomar decisiones que pueden no entenderse en un primer momento pero otorgan ventajas respecto al futuro.

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