papel crucial del sistema público sanitario

En primera persona: "Vivo en Florencia, mi mujer es médica y me toca dormir en el sofá"

El esfuerzo que le pedimos al sistema de salud solo tiene sentido si somos capaces de proporcionarle los medios necesarios para que el personal sanitario pueda hacer su trabajo.

Foto: La Basílica de San Miniato al Monte, iluminada con los colores de la bandera de Italia en Florencia (EFE)
La Basílica de San Miniato al Monte, iluminada con los colores de la bandera de Italia en Florencia (EFE)
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Empiezo mi tercera semana de encierro en Florencia, donde me ha pillado la explosión del coronavirus, en compañía de mi familia. La ciudad se fue vaciando de turistas a gran velocidad conforme las noticias sobre el contagio progresaban, ofreciendo imágenes de unas pacíficas calles y plazas que no se veían aquí desde hace muchos años. Ahora plazas y calles desiertas, más que pacíficas. Impresiona ver el tranvía ir tontamente de aquí para allá completamente vacío, manteniendo una cadencia de otros tiempos.

Disciplinado, sólo he salido de casa un par de veces a hacer la compra en el supermercado más próximo. En la larga cola, inevitable, miro a mis semejantes con una mezcla de solidaridad y aprensión, mientras esperamos pacientes y distanciados que llegue nuestro turno. Un guardia de seguridad en la puerta del supermercado nos va llamando para que entremos uno por uno, conforme van saliendo los que ya terminaron. Me pongo los guantes de plástico que se dispensan a la entrada, que hay que usar obligatoriamente, y hago la compra para toda la semana. Sin exagerar, pero tratando de minimizar el número de veces que visito el supermercado. No puedo sino pensar que las cajeras son ahora otro de esos grupos de riesgo que debiéramos proteger específicamente. Las necesitamos. No pondría la mano en el fuego por la capacidad antivírica de las destartaladas mascarillas que endosan como protección, quizás más psicológica que física.

Llego a casa cargado de mochila, bolsa grande de Ikea y carrito de la compra, con una mezcla de preocupación, por si habré estado cerca de algún infectado, y de satisfacción, por haber salido justificadamente de casa por un ratito (yo no tengo perro). Una especie de recreo. Recreo relativo, porque he hecho casi dos horas de cola. Nada más entrar me quito los zapatos (un nuevo hábito para mí, que no siento fascinación alguna por las zapatillas de estar por casa) y me lavo las manos. Después de guardar la compra lavo las superficies donde he apoyado las cosas, el asa del carrito de la compra, y me vuelvo a lavar las manos. Unas manos que ya empiezan a quejarse de la agresión cotidiana de tanto frote jabonoso.

Aprovecho este encierro sobrevenido para intentar lograr esa vieja aspiración de “ponerme al día” con todos los temas de trabajo atrasados. Afortunadamente con un ordenador y una red wifi puedo trabajar sin problemas. Los resultados relativos a ponerme al día no son muy brillantes, pero tampoco descorazonadores. Me doy un aprobado por los pelos. Voy a ver si mejoro la nota esta semana.

Procuro subir y bajar varias veces al día los cuatro pisos del edificio donde estoy para hacer algo de ejercicio y no acabar este encierro pareciendo un personaje de Botero. Y echo mano de mis aficiones para mantener la moral alta y la mente despierta. Estos días me acompaña la narración de Leonardo Padura sobre el asesinato de Trotski, estoy volviendo a ver algunas de esas películas buenas que lo merecen (ayer “The Post”, con Meryl Streep y Tom Hanks) y me entretengo en escribir unos apuntes de matemáticas para mi hija, que aún me hace caso.

Mi mujer, que trabaja en el hospital Careggi de Florencia (nada relacionado con el virus), me cuenta que siguen sin disponer de mascarillas adecuadas, ni para ellos ni para los enfermos de otras patologías que comparten inevitablemente algunas instalaciones con los infectados del coronavirus. Tampoco les han hecho pruebas para ver si estaban infectados (no hay suficientes tampones para hacer los test), aunque les han recomendado que se tomen la temperatura dos veces al día. Hoy a esa recomendación se ha añadido otra, la de que minimice el contacto con su familia. Por si acaso. Así que a partir de hoy me toca dormir en el sofá.

Lo que me lleva a pensar que el tema de la logística va a ser esencial en la superación de la pandemia. Porque el esfuerzo que le pedimos al sistema de salud sólo tiene sentido si somos capaces de proporcionarle los medios necesarios para que el personal sanitario pueda hacer su trabajo. Parece una obviedad, pero las noticias que me llegan de España indican que seguimos sin suficientes tampones para pruebas, mascarillas adecuadas, ni ventiladores pulmonares. En Italia se ha nombrado una especie de comisario general de logística cuya misión es la de centralizar la búsqueda por todo el mundo del material sanitario que hace falta, reasignar tareas productivas para asegurar el suministro de los productos necesarios que pueden obtenerse dentro del país, y organizar la distribución de todo ese material con criterios objetivos atendiendo a las necesidades relativas de las regiones. En pocos días el panorama está cambiando (aunque aún queda mucho tajo, por decirlo todo). Parece una buena idea.

Me pregunto si estaremos pensando en el país que queremos tener cuando esto pase. En particular me tranquilizaría saber que hay alguien que está ya diseñando un plan económico de acción para “el día después”. Sería bueno aprovechar la presumible expansión del gasto público no solo para compensar las pérdidas sufridas, sino para tener un país mejor dotado de infraestructuras básicas, más equilibrado y en mejores condiciones para enfrentarnos a la próxima crisis.

Esta pandemia nos ha hecho ser conscientes del papel crucial del sistema público sanitario, de la dependencia externa de algunos suministros clave, de la fragilidad de una población con una alta esperanza de vida, pero -la otra cara de la moneda- muy envejecida, o de las consecuencias de la imprevisión, el populismo y la insolidaridad.

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