No hay una epidemia hasta que Fernando Simón no se vuelve el rey de los telediarios
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EL MÉDICO EN BOTAS DE MONTAÑA

No hay una epidemia hasta que Fernando Simón no se vuelve el rey de los telediarios

Si su rostro está en la tele, su salud está en peligro. Este médico se ha convertido en un personaje indispensable con cada nueva crisis. El público valora su templanza durante esta crisis del coronavirus

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No hay una epidemia hasta que Fernando Simón no se vuelve el rey de los telediarios

Cuando en el Ministerio de Sanidad hay una crisis se escucha desde hace años una frase: "Esto es para Simón". Fernando Simón Soria, (Zaragoza, 1963) amante de la montaña y médico al frente del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), es, desde que el ébola llegó a España en 2014, el calmante de los españoles, la persona encargada de salir en televisión para algo tan importante como explicar sin alarmar ni quitar importancia.

Una persona que trabajó con él en el gabinete de Sanidad explica que Simón es lo que aparenta: "No compadrea con los políticos, mantiene las distancias con ellos. Lo que cuenta a los medios es lo que dice en las reuniones privadas, con el mismo tono y rigor. Fuera del atril es igual". Sin traje ni corbata, transmite autenticidad. "Aunque no le gusta la exposición pública, Simón entiende que salir a los medios es parte de su trabajo. Con el ébola estaba agotado pero no ponía mala cara si tenía que hacerlo".

Pero quizá la mejor forma de valorar el papel de Simón es ver qué pasaba con los políticos y las epidemias antes de que él llegara.

"Es menos grave que la gripe". Cuando Lorenzo Milá dijo la frase esta semana le llovieron rosas por su temple desdramatizado. Cuando el Ministro de Sanidad, Jesús Sancho Rof, dijo la misma frase, pero referida al síndrome tóxico en 1981, por poco lo sacan envuelto en alquitrán y plumas.

Claro que la frase precedía a esta otra: "Lo causa un bichito del que conocemos el nombre y el primer apellido. Nos falta el segundo. Es tan pequeño que, si se cae de la mesa, se mata". El exministro, que ahora tiene 79 años, la tilda de leyenda urbana, pero lo cierto es que le costó su carrera política.

Aquella crisis, como esta, se caracterizaba por una neumonía atípica cuyo origen era un misterio. En una de sus primeras intervenciones para calmar a la población, en mayo de 1981, el ministro salió a decir que el micoplasma se trasladaba de persona a persona por el aire, como una gripe, y que las afirmaciones hechas por algunos médicos que apuntaban a una intoxicación alimentaria "carecen del más mínimo rigor científico".

Esta fue la primera y más sonada fricción entre un Ministro de Sanidad y la tozuda realidad científica de una crisis sanitaria. Sin demasiadas atribuciones, con casi todas las competencias transferidas, la cartera de Sanidad puede ser una perita en dulce para devolver favores o colocar a miembros del partido, a los que basta con rodear bien de expertos en salud pública. Todo eso, siempre que no se vean envueltos en una sobrevenida crisis internacional por culpa de un estallido epidemiológico, claro.

Sanidad puede ser una perita en dulce para devolver favores o poner a cargos del partido... ¡siempre que no acontezca una crisis sanitaria internacional!

En el año 2001, la crisis de la encefalopatía espongiforme bovina (mal de las vacas locas) pilló de lleno a Celia Villalobos, que intentó tirar de la naturalidad que ha caracterizado la carrera de la política malagueña. Salió mal. "Le digo al ama de casa que no eche huesos de vaca cuando haga una comida, aunque ya no se venden, sino de cerdo", explicó célebremente a Onda Cero. Los huesos de vaca no habían sido prohibidos por el Gobierno —Europa sí acordó sacar de la cadena alimentaria el espinazo, cerebro, encéfalo, ojos, médula espinal, intestino y amígdalas— y se podían adquirir sin problema.

Las recomendaciones científicas iban por un lado y la campechanía de la ministra por el otro, lo que acabó provocando más confusión y alarma social mientras que el entonces ministro de Agricultura, Miguel Arias Cañete, se removía en su despacho y se afanaba en comer carne en público para aplacar la 'crisis del caldito'.

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En general, lo más recomendable para un portavoz no experto en comunicación de crisis es mantener a toda costa el perfil bajo y cacarear los mensajes de la OMS. Incluso cuando esta se equivoca y sobreestima la alerta, como le sucedió con la Gripe A de 2009, lo peor que le pasó a Trinidad Jiménez es que años después le reprochaban haberse gastado una millonada en cajas de Tamiflu y Relenza, los medicamentos específicos, que acabaron caducando en las estanterías de los almacenes del ministerio.

Cómo no comunicar un crisis

La crisis del ébola en 2014 supuso el gran salto a los focos de Simón. Lo que acababa de suceder era lo que todos los manuales de comunicación de crisis dicen que no hay que hacer. El contexto era que, tras haber repatriado a dos sacerdotes-misioneros, la enfermedad acabó contagiando a la auxiliar de enfermería Teresa Romero y, por tanto, entrando en España. Se organizó una rueda de prensa presidida por Ana Mato y donde había otros seis altos cargos políticos del ministerio y la Comunidad de Madrid.

Foto de archivo de la ministra de Sanidad, Ana Mato, junto a la directora general de Salud Pública, Mercedes Vinuesa, y el director general de Atención Primaria de la Comunidad de Madrid, Antonio Alemany. (EFE)
Foto de archivo de la ministra de Sanidad, Ana Mato, junto a la directora general de Salud Pública, Mercedes Vinuesa, y el director general de Atención Primaria de la Comunidad de Madrid, Antonio Alemany. (EFE)

Siete portavoces en lugar de uno. Voces inexpertas en la materia —la mayoría llevaban el discurso escrito— en lugar de un discurso técnico. La ministra mirando hacia todas partes y evitando responder a las preguntas, pasando el micrófono de forma cómica a otros cuando las preguntas iban directamente dirigidas a ella. Inseguridad manifiesta. Redes sociales institucionales que no informaban. Responsabilidades que nadie asumía. Políticos culpando a la enfermera. En fin, un desastre.

En aquel momento, Moncloa tomó cartas en el asunto y cuando el telón volvió a levantarse el que estaba en el escenario era este epidemiólogo de ojos azul-grisáceos y voz quebradiza que ayer decía "buenos días a todos, como ya es costumbre cada día, aquí estoy para hablarles un poquito de la situación relacionada con el coronavirus".

Foto de archivo de la reunión del Comité Especial para la Gestión en España del Ébola celebrada en La Moncloa y presidida por Soraya Saénz de Santamaría. En último plano aparece Simón. (EFE)
Foto de archivo de la reunión del Comité Especial para la Gestión en España del Ébola celebrada en La Moncloa y presidida por Soraya Saénz de Santamaría. En último plano aparece Simón. (EFE)

"El primer impacto comunicativo del ébola fue espantoso, con Ana Mato de negro, casi llorando. Entonces comprobamos que cuando Simón entraba en medios conseguía transmitir tan fácilmente seriedad y rigor tranquilizador", cuenta una persona que vivió aquellos días en Sanidad. Aun así, el Gobierno de Rajoy, que había hecho del perfil bajo una seña de identidad, dudó de qué hacer con ese médico capaz de llegar con botas de montaña a las reuniones. "Al principio había reticencias por el perfil comunicativo que se quería dar a la gestión. Moncloa era más partidaria de dar un comunicado diario y menos comparecencias, pero tras ver la acogida de la primera comparecencia de Simón decidieron que saliera lo máximo posible". Mato no lo sabía pero su carrea política ya estaba agonizando. La de Simón como icono estaba despuntando.

Allí comenzó el idilio con los ministros del ramo. Simón es a la salud pública lo que Rafael Matesanz fue durante décadas a los trasplantes, una voz autorizada sin sesgo político y que transmite credibilidad. Un seguro en momentos de zozobra de las instituciones. "Él opina que el sistema sanitario español es de los mejores de Europa y lo transmite muy bien. Además, coordina entre las comunidades, la OMS, las autoridades sanitarias europeas. Es de lo mejor que hay en Europa", opina una persona que trabajó con él.

Aquel año, Simón fue nominado a un premio de la Asociación Nacional de Informadores de la Salud por su labor comunicativa, basada en, como él mismo señalaba, "información técnica de calidad desde el primer momento". Sin quitarle al ébola un ápice de peligrosidad pero recordando continuamente que la posibilidad de que cualquier ciudadano del país acabase infectado era bajísima. Otra cosa importante es que no compadrea con la prensa, es accesible pero no mercadea con las exclucivas. Los datos de afectados están accesibles a todos por igual y a la vez que al público. No hay medios amigos y enemigos.

De qué planeta viniste

Cuando le tocó dar el salto como portavoz ya llevaba un par de años al frente del CCAES. Antes de eso, su currículum vitae es conocido. Se formó en su ciudad natal como médico y epidemiólogo y adquirió experiencia trabajando en Francia e Inglaterra.

Antes de recalar en el Instituto de Salud Carlos III, Simón recorrió África y Latinoamérica como experto en salud pública y epidemiología para varias organizaciones, hasta que en el año 2003 recaló como investigador en la Unidad de Alerta y Respuesta del ISCIII, donde estuvo hasta que en 2011 le encargaron dar forma al centro que dirige actualmente.

El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, durante la reunión del Comité de Seguimiento del coronavirus. (EFE)
El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, durante la reunión del Comité de Seguimiento del coronavirus. (EFE)

En estos años ha investigado y publicado artículos sobre epidemias como el zika, la dirofilariasis o enfermedad del gusano en el corazón, la gripe, el virus del Dengue, los rotavirus, la legionelosis o incluso los efectos de las olas de calor sobre la mortalidad.

Además de profesor de epidemiología en la Escuela Nacional de Sanidad, Simón forma parte de varios comités y grupos de trabajo en la Unión Europea, el Centro Europeo de Control y Prevención de Enfermedades o la Organización Mundial de la Salud.

Cada vez más amenazas

En los últimos quince años llevamos ya cinco enfermedades declaradas como Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESCII) por la OMS.

La nueva gripe A (H1N1) en abril de 2009. La diseminación internacional del poliovirus salvaje en mayo de 2014. El ébola en África Occidental en octubre de 2014, con otro brote replicado en Kivu (República Democrática del Congo) en 2018 y aún vivo. El virus del Zika en Brasil en febrero de 2016.

Entre medias han aparecido también el SARS (de 2003 a 2005), la gripe aviar (H5N1) o la Enfermedad Respiratoria de Oriente Medio, más conocida como MERS.

Un hombre camina junto al hospital de Yaba, donde está ingresado el primer caso de COVID-19 en África. (EFE)
Un hombre camina junto al hospital de Yaba, donde está ingresado el primer caso de COVID-19 en África. (EFE)

Es la ancestral lucha del hombre contra los microorganismos, solo que en los últimos años parece acrecentarse por la globalización y otros factores, algunos de ellos aún tan desconocidos como el origen de este nuevo coronavirus. Todo este repaso sale de uno de los últimos estudios publicados por Simón, en la revista 'Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica'.

Los últimos párrafos del artículo, de 2016, resultan casi proféticos. Escribía que las grandes emergencias de salud pública internacionales "son situaciones trágicas que afectan siempre negativamente, de una u otra forma, a grandes grupos de población. Sin embargo, también representan una importante oportunidad para aprender tanto de las enfermedades y los patógenos como de nuestras fortalezas y debilidades para controlarlas y responder ante ellas", señalaba Simón. "Es, probablemente, responsabilidad de los profesionales sanitarios aprovechar esa oportunidad y conseguir que las lecciones aprendidas en el proceso sirvan para mejorar nuestras capacidades de preparación y respuesta ante la siguiente emergencia de salud pública de importancia internacional".

Que iba a ser esta.

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