El desahucio de Marina: la anciana de 86 años que no puede pagar la residencia
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Necesita una plaza concertada

El desahucio de Marina: la anciana de 86 años que no puede pagar la residencia

La anciana paga 1.700€ por una plaza privada desde que se cayó y se rompió la cadera, pero el dinero de toda una vida de trabajo está menguando mes a mes: “Solo pido que me ayuden”

Foto: El desahucio de Marina: la anciana de 86 años que no puede pagar la residencia
El desahucio de Marina: la anciana de 86 años que no puede pagar la residencia

El tiempo juega en contra de Marina. A sus 86 años, ve cómo pasan los días sin que llegue una solución a un problema que le quita más el sueño que su maltrecha cadera. “¿Qué será de mí cuando se me acabe el dinero?”, se pregunta torpemente la octogenaria. Vive en una residencia privada pagando 1.700 euros al mes a falta de que la Administración le gestione una plaza concertada, y sus ahorros de toda una vida marcada por la austeridad están próximos a acabarse. “¿Qué va a pasar cuando se acabe?”, insiste.

Marina estrenó vida el pasado mes de octubre. Y no le costó dar el paso. Acostumbrada a una vida solitaria desde que falleció su marido, renunció a vivir en su casa para mudarse a una residencia privada. El detonante, una mala caída con la que se partió la cadera.

Trabajar, trabajar y trabajar. Esa ha sido su vida para llegar a juntar unos 18.000 euros a sus 86 años

“Fui a agarrar el andador, se escurrió y me caí”, explica con una voz templada y resignada Marina Gómez, natural de Villanueva de Córdoba. A punto estuvo de no superar la operación y los muchos días en la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de Pozoblanco, en el valle de los Pedroches.

Marina Gómez, de 86 años, en la Residencia Virgen de Luna. (Fernando Ruso)
Marina Gómez, de 86 años, en la Residencia Virgen de Luna. (Fernando Ruso)

Entonces ella no lo sabía, pero estaba ante un punto de inflexión de consecuencias no sospechadas para lo que le queda de familia. Su marido, Juan, falleció hace 22 años y a su hijo lo mató con 47 años una vaca. “Se ve que estaba recién parida y se le echó encima”, recuerda. Cuando fueron a buscarlo, ya había muerto. El golpe fue duro para todos, y especialmente para Marina, a la que solo le quedan dos hijas, Adela y Rosario. Esta última emigró a Tarragona hace décadas.

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Sola ha vivido hasta que una prótesis de cadera entró en su vida. “Yo me las apañaba bien, arreglaba la comida, la limpieza…”, explica entrecortando su discurso Marina, enchufada a un respirador durante todo el día. "Pero en mi casa no podía vivir más, y menos de esta manera —explica señalando con la mirada la cadera—; tenía miedo a la noche, temía que me pasara algo, y solo tenía de ayuda el botón de la teleasistencia”.

El dinero se va: 1.700 euros de coste al mes

Así que Marina habló con su hija Adela para proponerle dar el paso a una residencia, a la que ya iba solo de día y de lunes a viernes. La decisión fue bien aceptada por todos, que veían que atenderla se hacía imposible después de la operación. Allí, en la residencia Virgen de Luna, estaría bien atendida. Eso sí, la factura pasó de unos 500 euros al mes hasta los 1.700, una cifra que mes a mes ha ido consumiendo con implacable voracidad los ahorros de toda una vida de trabajo.

“Mi marido y yo lo hablábamos, sabíamos que tenía que tener un dinero previsto para cuando él faltase. Nosotros nunca hemos sido de gastar, aquí en el pueblo llevábamos una vida tranquila. No entendíamos de fiestas ni de nada. Solo trabajar en el campo y ahorrar para tener la tranquilidad el día de mañana”, explica de forma reposada, casi a trompicones.

De Francia, recibe una pensión de 15 euros al mes por sus meses de vendimia; de las arcas españolas, percibe la pensión de viudedad, 667 euros

Marina y su esposo Juan se conocieron en el campo. Él era pastor y ella segaba el cultivo que tocara. Cebada, trigo o garbanzos. A ella le gustó que fuese simpático y, después de tres años de novios, se casaron. “No sé en qué año me casé… ¿Cuántos años hace ya?... Yo ya de eso no me acuerdo”, repasa en su cabeza con la ayuda de su hija Adela.

Marina sí recuerda la boda, y la celebración. Llevaron dulces caseros a un salón y allí se divirtieron. “Lo típico de la época nuestra”, apunta.

—De luna de miel, ¿adónde se fue?

—Al campo, a trabajar. Solo viajaba cuando iba a Francia a trabajar de temporera de la uva. Me iba con mis hijos, que también trabajaban.

Marina, junto a su amiga Francisca, en el salón de la residencia. (Fernando Ruso)
Marina, junto a su amiga Francisca, en el salón de la residencia. (Fernando Ruso)

Trabajar, trabajar y trabajar. Esa ha sido su vida para llegar a juntar unos 18.000 euros a sus 86 años. De eso queda ya poco. De Francia, recibe una pensión de 15 euros al mes por sus meses de vendimia; de las arcas españolas, percibe la pensión de viudedad, 667 euros.

“Me gustaría que me ayudaran”

Todos los meses, su hija Adela le enseña el saldo en el teléfono móvil. Ver “la cartilla”, como Marina se refiere a los números del banco, le da tranquilidad, aunque ella desconoce que su hija la tiene engañada para evitarle sofocos. “Le enseño una captura de la pantalla de cuando había dinero para que no se asuste; es muy triste, pero no quiero que ella haga sus cálculos y sepa el tiempo que le queda en la residencia. Tiene ya una edad y lleva las cosas de otra manera”, justifica Adela.

A la Administración le pedimos que agilice los trámites, que hay personas mayores que se mueren sin que se solucione su problema

Así, engañada, respira tranquila Marina.

—Marina, ¿y qué ha pasado con el dinero?

—Se va acabando, se va acabando. Se va. Mi hija me enseña la cartilla todos los meses.

—¿Y qué va a pasar cuando se acabe?

—Pues no lo sé. Ya de eso no sé nada. [Solloza] Me gustaría que me ayudaran. Y ya yo no me puedo mover para arreglar nada.

Su hija explica que todo está en manos de la Junta de Andalucía, que ya valoró a su madre después de su operación de cadera y que solo tiene pendiente asignarle los recursos apropiados: o ayuda a domicilio o, lo que la familia y Marina quiere, una plaza concertada en la residencia Virgen de Luna, una de las más cotizadas del valle de los Pedroches. “Nosotros queremos una plaza porque ella está muy contenta, con sus amigas aquí; además, las personas mayores se desubican”, defiende Adela.

En Andalucía, mueren 25 personas dependientes al día sin recibir la prestación

“Aquí la pregunta es cuándo”, se pregunta la hija, incapaz de descifrar los ritmos de la Administración. “Hemos ido varias veces a preguntar y la respuesta que nos dan es que hay una lista de espera”, denuncia Adela, descontenta por el trato “muy tosco” que le da la Junta. “Sabemos que es un problema habitual en el valle, pero, claro, a mí me preocupa mi madre”, defiende.

“A la Administración le pedimos que agilicen los trámites, que hay personas mayores que se mueren sin que se solucione su problema. Es una necesidad y muy grande. Pedimos lo que le pertenece, no estamos pidiendo limosna. Hay más casos como el de mi madre”, reclama Adela.

Algo acuciante en Los Pedroches

La Plataforma Ciudadana de Personas Mayores y Dependientes, fundada en Pozoblanco y con representación en toda la comarca hace escasos dos años, insiste en reclamar a la Junta de Andalucía que agilice las valoraciones en la zona, “especialmente envejecida y con bajo poder adquisitivo”, explica su presidenta, María José Vázquez. “La inmensa mayoría se ha dedicado a la agricultura y, sobre todo, a la ganadería, lo que ha generado que las pensiones sean de apenas 600 euros. Eso hace inasequible los costes de una residencia privada”, razona.

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La presidenta urge a la Administración con un dato en la mano: “en Andalucía mueren 25 personas dependientes al día sin recibir la prestación”. Por eso han llevado su protesta varias veces a la calle con manifestaciones en el ayuntamiento de Pozoblanco y ante la sede de la Consejería de Sanidad de la Junta, competente en materia de dependencia.

Su receta para solucionar la situación es sencilla: más plazas concertadas y acortar los plazos en la valoración. Una medida que daría oxígeno a la cartera de muchos mayores en el valle de los Pedroches.

El Valle de los Pedroches tiene escasez de plazas por el envejecimiento de su población. (Fernando Ruso)
El Valle de los Pedroches tiene escasez de plazas por el envejecimiento de su población. (Fernando Ruso)

En la residencia Virgen de Luna Marina ha recuperado amistades. “Hablamos de que se ha muerto Fulanita o Menganita, esos son nuestros temas de conversación”, asegura Marina, que comparte confidencias con su amiga Francisca, tres años mayor que ella. Ambas se conocen de toda la vida. Sus hijos fueron juntos al colegio, las dos vivían cerca y coincidían frecuentemente en la calle, hasta que a Francisca se la llevaron al centro de mayores. Al reencontrarse no se han vuelto a separar. “Yo no quiero que se la lleven, porque me voy a quedar sola”, se queja Francisca. “Me viene muy bien porque hablamos muchos y nos damos mucha compañía”, explica emocionada a El Confidencial.

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Los problemas económicos no aparecen en las conversaciones. El pudor de los mayores por no atribular a sus vecinos de cama evita disgustos innecesarios a tales edades. De las 33 plazas de esta residencia, 20 son concertadas con la Junta de Andalucía. La diferencia entre unos y otros es abismal. De 1.700 euros en el caso de los que más pagan al 75 por ciento de la pensión —unos 500 euros—, sin tocar las pagas extra, para los que menos tienen que abonar.

“Cuando llega principios de mes, me pregunto cuántos sacrificios tienen que hacer las familias para poder pagar”, asegura la directora de la residencia Virgen de Luna, Antonia Gutiérrez. “Hay familias llorando porque no pueden pagar, y esto es un drama”, lamenta.

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Antonia asegura que, a pesar de las exigencias económicas, no hay ninguna plaza privada en el valle de los Pedroches, que tiene una población muy envejecida. De las plazas concertadas, van saliendo a medida que se producen fallecimientos, pero aun en estos casos hay otros problemas de retraso en la adjudicación para nuevos usuarios.

“Un problema de plazos”

“Tengo dos plazas vacías, incluso desde hace un mes y medio”, se queja. “El problema de la Administración es los plazos. ¿Se tarda un mes y medio en comunicarse con las familias que lo necesitan? No entiendo cómo esto sucede cuando todo está informatizado. Y más cuando en la comarca hay falta de plazas”, argumenta Gutiérrez.

En el caso de Marina, la directora explica que nunca ha conseguido que le dieran su plaza y que, dado su delicado estado de salud, “es imposible que esté en casa”. “Le hemos echado una mano en bajarle el precio todo lo que hemos podido, porque ella no está para irse a su casa”, insiste. “Su problema es que no pueden pagar, se han gastado todos los ahorros, sus hijos han puesto lo que han podido, pero es que ya no pueden más”, zanja.

"En la residencia estoy bien atendida, aquí no tengo miedo por las noches"

La opción que valoran ahora los hijos es pedir un préstamo bancario, algo que se antoja complicado dada la situación económica de la familia. Adela está en el paro, con su marido prejubilado de una empresa de la construcción; Rosario es viuda y sigue pagando la hipoteca de su casa. “¿Quién nos va a dar un préstamo?”, se pregunta la primogénita.

El fruto de una vida, a punto de desvanecerse

Otra opción es vender la casa familiar, una opción que Marina no quiere ni oír. “Yo no quisiera venderla, porque tengo a mis hijas…”, interrumpe entre lágrimas. “Y me gustaría dejársela a ellas cuando yo falte. Porque es toda una vida de trabajo, pero si no hay más remedio… eso sería lo último”.

Pero esta operación no es tan sencilla. En el valle de los Pedroches y en Villanueva de Córdoba en particular hay un exceso de oferta, muchas casas como la de Marina para pocos compradores. “Hay muchas casas iguales que esta o mejores a la venta, pero nadie las quiere comprar”, explica Adela. “Además, eso sería la puntilla para mi madre”, subraya.

Marina, atendida por las cuidadoras de la residencia. (Foto Fernando Ruso)
Marina, atendida por las cuidadoras de la residencia. (Foto Fernando Ruso)

Marina y Juan compraron la casa siete años después de casarse. Es una pareada de doble altura en un terreno muy largo. Más bien fría. De techos altos. Al fondo hay un patio. Allí están las fotos que no le caben en la mesilla de noche de su habitación en la residencia. Imágenes de su boda en blanco y negro que hace meses que ya no ve. “La casa era de mis suegros y cuando la compramos tenía el suelo de tierra; fuimos solándola con lo que ganamos en la vendimia de temporeros, siempre estábamos haciéndole arreglos”, explica la octogenaria.

Hace un par de veranos, unas lluvias torrenciales anegaron toda la casa. A Marina el agua le pilló sola en casa y, como pudo, logró subirse a una cama para refugiarse. “Corría como un río”, describe agitada. Nadie sabe el tiempo que estuvo allí. Cuando llegó su hija en su ayuda ya había vecinos. “Si me llega a pillar ahora, con la cadera así, donde me pille me quedo”, vaticina. Desde entonces le tiene miedo a vivir en su casa.

“En la residencia estoy bien atendida, aquí no tengo miedo por las noches”, advierte. “Eso sí, por mucho que aquí nos cuiden de maravilla —zanja Marina—; todos lo decimos, que como en casa, en ningún sitio”.

Adela la escucha atentamente, esperando que su madre no tenga que volver a pisar su casa. “Nosotros no podemos atenderla, no podemos bañarla, porque ella no se levanta de la sillita de ruedas y a peso no puedes, tiene que tener el oxígeno todo el día; y ojalá pudiéramos, porque con gusto lo haríamos, pero ella necesita algo más de lo que nosotros podemos ofrecerle”.

Por eso espera que todo se arregle antes de que el dinero se acabe. Una cruel cuenta atrás que solo la Administración puede parar.

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