UN AÑO Y MEDIO DESPUÉS DE SU SALIDA

Nostalgia marianista: ¿quién no echa ahora de menos a Rajoy?

Rajoy, el último exponente de la vieja política, vuelve con su libro. Una ola de nostalgia marianista recorre España ante el bloqueo actual y la política del corto plazo

Foto: Imagen: E. Villarino
Imagen: E. Villarino
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Juan Dúo ni siquiera era el alcalde pero pasará a la historia como “el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde". Fue bautizado el uno de diciembre de 2015 cuando Mariano Rajoy paró en Benavente (Zamora) volviendo de Tordesillas y se subió en un banco del parque, junto al Parador, para dar un discurso improvisado. "La gente sigue parándome por la calle para recordarme lo de aquel día".

Juan era el candidato del PP y acababa de ser el más votado, pero había perdido la alcaldía por el pacto entre PSOE e Izquierda Unida. Rajoy quiso argumentar algo con lo que ahora en su partido no estarían muy de acuerdo: que deberían poder gobernar las listas más votadas… En lugar de eso, pronunció un galimatías que ya es historia de España.

Hace unos meses, los dos protagonistas volvieron a encontrarse en Zamora.

—No sé si te acuerdas de mí, Mariano, pero soy el alcalde que quieren los vecinos —le dijo Juan.

—Me acuerdo, me acuerdo —respondió riéndose Rajoy.

Las escenas de aquella visita a Benavente han envejecido en un tiempo récord de la misma manera que algunas películas de Cine de Barrio: en su día nos dieron un poco de vergüenza y hoy se paladean con nostalgia y cierto cariño. Están rodadas en el ambiente de pequeña provincia en el que el presidente se movía como pez en el agua. Rajoy aparcó detrás del Parador, recorrió durante unas horas la calle principal del pueblo, compró lotería, entró en la Pastelería Tomás Campo para llevarse unas bombas (un dulce muy apreciado entre los populares), estuvo en la juguetería de Senén Guerrero para saludar a la familia del fallecido comerciante y en el Café Paraíso tomando algo. Al casino al final no tuvo tiempo de entrar.

Los vecinos echan de menos a Rajoy y el alcalde que quieren los vecinos echa de menos a Mariano. No son los únicos. Pacote, el más rojo del pueblo, amigo del edil, también extraña "su forma de ser" y su "sentido del humor". Y después de que saliera de Moncloa, algo parecido han dicho públicamente políticos tan distintos como Miquel Iceta, Gabriel Rufián o Andoni Ortuzar, antes muy críticos con él. En privado, el reconocimiento lo han hecho muchísimos más. De modo que la pregunta se abre camino: ¿Por qué España —o buena parte de ella— echa de menos a Rajoy? ¿Qué ha pasado desde aquel 31 de mayo de 2018 en el que lo dejamos tambaleándose en la calle Alcalá tras varios 'whiskys' en el Arahy?

Rajoy en el Camino de Santiago. (EFE)
Rajoy en el Camino de Santiago. (EFE)

"¿Quién nos iba a decir, verdad? Lo que nos hemos reído con sus gazapos y lo que nos indignaba su inacción. Ahora no hay inacción sino sobreactuación y postureo, así que preferimos la austeridad de Rajoy. Ahora hay sobreabundancia de información", resume Joan Navarro, director del área de Asuntos Públicos de Llorente y Cuenta desde 2010 y ex alto cargo en gobiernos del PSOE. "Rajoy es el último representante de la vieja política. Él, como Rubalcaba o Zapatero, tenían una sacralidad institucional. Respetaban los límites institucionales, cosa que los líderes actuales ya no hacen", insiste.

La leyenda dice que Rajoy entró en política de casualidad, casi sin querer. "Le pidieron que se metiese en las listas de las primeras autonómica gallegas. Por rellenar. Pero Alianza Popular dio un subidón, UCD se desplomó y él acabó saliendo. Toda su carrera política ha sido un poco así, un accidente detrás de otro. Frente a la ambición desmedida y la prisa por llegar que tienen los candidatos de hoy, él iba a su aire", asegura una fuente muy cercana al expresidente. Quizá a su aire, pero estuvo 27 años de cargo en cargo, siempre de excedencia de su registro de la propiedad, y fue enterrando a todos sus rivales políticos.

"El contraste es muy brusco porque en menos de dos años ha cambiado totalmente la gestión de la comunicación política", dice el ensayista, exdiputado del PP y exsecretario de Estado José María Lassalle. "Hemos pasado de un relato templado, moderado, de sensatez y reflexión, equilibrado… De una gestión pragmática a una gestión emocional. Ahora se apela directamente a los aspectos mórbidos frente a la reflexión o el sentido común", dice. A Rajoy se le echa de menos por lo mismo por lo que se le criticaba entonces: su parsimonia, tranquilidad, templanza y la búsqueda de la normalidad. "Ahora la política se vive en la búsqueda constante de la excepcionalidad, que es lo contrario de la normalidad. Todo es un tsunami. Es como un 'reality show' en el que si un día te ofrecen algo muy fuerte, al día siguiente tienen que superarlo para llamar tu atención".

A Rajoy se le echa de menos por lo mismo por lo que se le criticaba: su parsimonia, tranquilidad, templanza y la búsqueda de la normalidad

Parecen incluso olvidadas las grandes manchas de corrupción que atormentaron su mandato, como la propia Gürtel que desencadenó la moción de censura y le acabó costando el puesto. Desde que salió de Moncloa es como si la anotación "M. Rajoy" de los papeles de Bárcenas se estuviese borrando en el imaginario colectivo. "Mucha gente se lo ha perdonado porque era auténtico, incluso cuando metía la pata. No era impostura. Sus sucesores, tanto en el PP como fuera, a su lado parecen actores", dice Navarro.

Su visita a Benavente de 2015 se planificó con muy poca antelación. Sobre la marcha, a Rajoy y a Maíllo se les ocurrió volver a un pueblo en el que casi diez años antes, en 2006, vivieron una jornada de vértigo. "Él era portavoz de la oposición por entonces, pero la UGT y una plataforma ciudadana leyeron que iba a venir en 'La Opinión' y le hicieron una encerrona, pusieron hasta un camión de basura para cerrarle el paso", rememora Juan Dúo.

Lo tuvieron que esconder en la iglesia románica del pueblo, donde Dúo le hizo entrega de un cuadro de la Virgen de la Vega. "Le dijimos que mejor íbamos a suspender el acto y él dijo que no, que se quedaba. Al final acabó rodeado de partidarios que le pedían que les dirigiese unas palabras. Se subió en un banco del parque y dio un discurso. Parecía un oso perseguido por abejas. Es un cachondo mental", rememora el alcalde que quieren los vecinos.

Juan Dúo señalando el banco donde Rajoy se pronunció sobre el alcalde y los vecinos. (Foto: Á. Villarino)
Juan Dúo señalando el banco donde Rajoy se pronunció sobre el alcalde y los vecinos. (Foto: Á. Villarino)

Un banco en Benavente era de alguna forma su hábitat ideal. Rajoy siempre procuraba mantener el contacto con esa España que no es Madrid. Se jactaba de visitar a menudo la página que sigue la evolución de los embalses, como hacen los agricultores. Y el Marca era realmente su periódico de cabecera. Él presumía de ese contacto con los pueblos, con las diputaciones… Las noches electorales las seguía pegado al ordenador jugando con los resultados y demostrando que, pese a ese aire de político circunstancial, conocía perfectamente cómo habían ido las pasadas elecciones en todas las circunscripciones. Cuando en un pueblo destacaba el resultado del PP, llamaba al alcalde para felicitarlo.

Los que trabajaron con él dibujan un político de otro siglo. Cuentan que no se agobiaba por las portadas de la prensa del día siguiente y que solo en 2012, con la prima de riesgo disparada, seguía en una aplicación en el móvil su evolución constantemente. Cuando alguno de sus colaboradores trasnochó esperando una portada impactante de la Gürtel, el presidente al día siguiente le espetó: "¿Pero por qué os hacéis daño? Eso por la noche ya no tiene arreglo. Si es muy grave, alguien avisa siempre".

Aunque aún no han pasado dos años, Rajoy es ya un político de otros tiempos. Juan Dúo dice que los de ahora no paran de mirar una pantalla y que a Rajoy no le vio nunca con un teléfono en la mano. "Yo no creo que el cambio que ha vivido la política española sea generacional, sino que tiene más que ver con la excepcionalidad, con el momento Weimar que vivimos", acota Lassalle. "Vamos al límite del abismo todo el rato, en un bloque en el que nadie es capaz de reformar ni lo más básico. Todo se construye sobre una constante guerra civil, sobre una tribalización que lleva a la barbarie. Y vamos a más", insiste.

"No es tanto que España se haya hecho marianista, sino que Rajoy es el último referente de hacer política previa a la actual"


Abelardo Bethencourt, director general de la consultora electoral Public, trabajó durante años en Moncloa como jefe de gabinete de Jorge Moragas. Para él, la clave de la 'nostalgia Rajoy' no es tanto el personaje, sino lo que representa: la vieja política. "En la serie 'Years and years' hay un momento en el que un personaje pregunta: '¿Os acordáis de cuando la política era aburrida?'. Y lo decía con cierta nostalgia. No es tanto que España se haya hecho marianista sino que Mariano Rajoy es el último referente de hacer política previa a la actual, más centrada en los temas, abordados con mayor profundidad. Aunque a corto plazo podía ser más aburrido o menos producto de consumo para televisión o redes sociales, el ciudadano pensaba que los políticos se dedicaban más a lo suyo. Rajoy es el último exponente de esa política y por eso lo echamos de menos".

Lassalle antepone también a Rajoy al "cesarismo" actual, a los liderazgos que necesitan la adhesión inquebrantable a sus planteamientos. "Ahora se trata de afianzar liderazgos, dirigidos a una parroquia cada vez más pequeña. Frente a ello, Rajoy es el estilo frío, distanciado, que de alguna manera se veía entonces como carente de principios porque era una política del día a día, en minúsculas, diseñada para enfriar el debate, contribuir a la normalidad y desterrar la épica. Frente a eso, se ha impuesto el cuerpo a cuerpo, siempre al límite de del civismo. Y todo en mayúsculas, aunque no tenga contenido… buscando siempre la épica. La política que representa Rajoy es más gris, más de matiz, más diplomática… y en el fondo requiere una inteligencia compleja. La que se hace ahora es binaria, simplista, no requiere la experiencia ni del saber hacer de los políticos de larga trayectoria. Por eso lo echan de menos quienes anhelan una política menos volcánica", resume.

Rajoy en el Congreso. (EFE)
Rajoy en el Congreso. (EFE)

Según la teoría que distingue a los políticos como zorros (los de la gestión del día a día, dedicados a solventar los problemas que aparecen) o erizos (los de las grandes ideas, los salvapatrias, los llamados a hacer historia), Rajoy sería el patriarca de los zorros. Era un conservador de provincias, poco sospechoso de simpatizar con el independentismo, pero cuando Carles Puigdemont declaró la independencia su respuesta fue mandarle una carta para ver si realmente la había declarado. Su pensamiento lo dejó condensado en varias frases con aire de proverbio oriental. "A veces se acierta y otras no. Otras, ni siquiera sabemos si hemos acertado", dijo sobre su gestión en Cataluña. "A veces, la mejor decisión es no tomar ninguna decisión, y esa es también una decisión", resumió sobre cuando resistió las presiones para pedir el rescate total para España.

Los que le trataron insisten en que no había pose. "Él hacía gala de su previsibilidad. Rajoy era tal y como se podía ver. Es muy difícil que alguien con tantos años bajo el escrutinio público tenga una pose pero además es que no quería interpretar un personaje, se negaba cuando algún asesor lo intentaba. Fue fiel a sí mismo desde que fue presidente de la diputación", señala Bethencourt.

En la campaña electoral de 2016, en la que el PP subió respecto a los comicios de 2015, Bethencourt y otros responsables de la campaña del PP explotaron esa autenticidad. Rajoy salía caminando rápido con ropa deportiva no muy moderna. "Desdeñaba a aquellos que pudieran aconsejarle mantener una pose u otra. Había que controlar las apariciones públicas y el mensaje pero siempre supeditado a la realidad de su persona y de su partido. No permitía que fabricáramos unas cualidades que no tenía, decía que no iba a interpretar un papel. Era el candidato más senior de todos y eso usamos".

Cuando se retiró de la política y volvió al registro, Rajoy anunció que sería fiel a Pablo Casado y ha cumplido. No quiere repetir el camino transitado por Aznar, que se dedicó a hacerle la vida imposible y a criticarlo de forma cada vez más ostensible. Rajoy solo rompe su silencio ahora con la publicación de un libro ('Una España mejor') que sale a la venta la semana que viene. A sus 64 años sigue caminando y ya no fuma ni puros. Ha fichado por la mayor agencia de conferenciantes de España para hacer bolos por Latinoamérica. Recibe una vez a la semana a fieles en largas sobremesas en reservados en Madrid.

Ernesto Sevilla y Mariano Rajoy
Ernesto Sevilla y Mariano Rajoy

Por la calle, recibe principalmente agasajos. El verano pasado fue a un chiringuito en Formentera y fue jaleado por la clientela al grito de "¡presidente, presidente!"; cuando unos jóvenes de despedida de soltero iban en un AVE y se lo encontraron se tomó una copa con ellos; cuando Ernesto Sevilla volvía de resaca en los Goya y se cruzó con Rajoy en el hotel inmortalizó el momento para las redes. "Para mucha gente, Rajoy es esa mermelada que no compras en el supermercado pero que cuando desaparece la añoras porque la veías en casa de tu abuela. A este ritmo acabará en camisetas", ironiza un popular.

El revival marianista no estaba ni mucho menos previsto en el guion oficial del PP de Casado, que buscaba reivindicar a Aznar

El revival marianista no estaba ni mucho menos previsto en el guion oficial del PP. En otoño de 2018, después de que Pablo Casado llegase a presidente del PP, organizó una convención ideológica para reamar al PP. La idea fuerza era volver al aznarismo. Ostensiblemente, Aznar pasó los tres días sentado en primera fila e impertérrito junto a Casado mientras que Rajoy solo acudió a dar una charla a su estilo, sentado en un sillón. Cuando Pío García Escudero reclamó aplausos para los líderes del partido hizo una pausa cuando mencionó a Aznar y los cientos de congregados, en su mayoría cargos del partido, aplaudieron con lo que parecía fervor. Pero después García Escudero nombró a Rajoy y el aplausómetro se disparó.

Casado, que se dio cuenta, subió poco después a la tribuna y enumeró a los dos a la vez, muy rápido, pidiendo un aplauso para ambos para evitar que se notase que, pese a la línea oficial de regreso al aznarismo, entre los delegados el favorito era Rajoy. Un año después y un batacazo electoral por medio, Casado ha recuperado señas de identidad marianistas: desmovilizar a la izquierda a base de no decir nada y rodearse de tecnócratas.

Rajoy, a su salida del Arahy. (Reuters)
Rajoy, a su salida del Arahy. (Reuters)

Además de la nostalgia por la vieja política, Rajoy suma otro factor. Al contrario que Zapatero o González, él no perdió unas elecciones. Su último Gobierno, precario y en minoría, sufría un desgaste continuado. Pero acababa de alcanzar un acuerdo para aprobar los presupuestos que, en principio, le garantizaban llegar hasta 2020 en Moncloa. "La forma de la salida le da cierto halo de mártir. A Rajoy no lo echan los ciudadanos, sino una votación en el Congreso, que no había pasado antes aunque sea democrático. Esa diferencia yo creo que provoca cierto enfado entre muchos españoles que lo consideraban injusto", señala Bethencourt.

Para rematar ese aura, cuando era evidente que la moción de censura iba a prosperar, Rajoy no dimitió para dar paso a Soraya y parar el ascenso de la oposición, ni tampoco se encastilló. Dejó su escaño vacío y se fue a un reservado con sus amigos a comer y a beber. ¿Puede haber algo más español?

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