el coche se empotró contra un camión

Cocaína y marihuana al volante: murieron 3 personas pero el conductor está en libertad

En el accidente fallecieron tres personas: el conductor del camión y dos de los acompañantes, uno menor de edad; el conductor se encuentra en libertad

Foto: Zona donde se produjo el accidente en Montamarta (Zamora). (EFE)
Zona donde se produjo el accidente en Montamarta (Zamora). (EFE)

Rubén, 38 años, camina libre y con la cabeza erguida. Ninguno de los viandantes que se cruza con él por las calles de Zamora se imagina que su conciencia lleva meses sin descansar. Al menos debería ser así, porque de su espalda cuelgan tres muertes, pero quién sabe.

El pasado 25 de septiembre a Rubén le dio por esnifar unas rayas de cocaína, fumar algo de marihuana y ponerse al volante de su Peugeot 208. A su lado, en el asiento del copiloto, se colocó su amigo David, de 21 años y en la parte de atrás Mario, menor de edad. Era un miércoles por la noche. Al más joven sus padres no le querían dejar salir a dar una vuelta, pero era tan buen chaval, tan aplicado y trabajador que cedieron ante sus insistentes ruegos. Aunque el padre de Mario conocía a Rubén, la madre le advirtió: "Ve despacito, no quiero ninguna tontería con el coche". La respuesta fue de esas tranquilizadoras: "Mejor que conmigo no va a estar con nadie. Ya me conoces, soy prudente".

Los tres salieron de la localidad zamorana de Peque en dirección a Zamora. En total 115 kilómetros por la A-52 y luego por la A-66. En esta última vía, a la altura del kilómetro 257, Ángel Muñoz, que cumpliría 49 años el próximo 15 de noviembre, sufrió una avería en su camión articulado con remolque y tuvo que parar en el arcén. Lo hizo con precaución y como marcan las normas: "Hizo señales de preseñalización de emergencia activadas así como señales V-2, vehículo-obstáculo en la vía, que indican parada o estacionamiento", afirma el atestado de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil. Después se enfundó el chaleco amarillo y bajó de la cabina. Eran las 22.30 y ya había oscurecido.

Todavía está por determinar la velocidad a la que Rubén conducía bajo los efectos de las drogas, pero las fuentes consultadas por El Confidencial apuntan a que podría exceder considerablemente el límite de la vía, fijado en 120 kilómetros por hora. Lo cierto es que el joven atropelló a Ángel y se empotró contra el remolque del camión. Fue un golpe terrible, seco y sorpresivo. En el arcén no quedaron señales de frenada. Es decir, el conductor se comió literalmente el camión. Mario, que todo apunta a que no vio venir la muerte porque iba chateando con su novia, y David, ambos amigos del conductor, perdieron la vida al instante. A Ángel, el camionero, lo intentaron reanimar sin éxito.

Está por determinar la velocidad a la que Rubén conducía, pero las fuentes consultadas apuntan a que podría exceder por mucho el límite de la vía

Los agentes de la Guardia Civil de Tráfico, expertos en reconstruir accidentes y delimitar lo que sucedió, aseguran: "El tramo donde se produce el siniestro es recto (…). El vehículo parado y debidamente señalizado comienza a ser perceptible más de un kilómetro antes, concretamente 1.275 metros antes del punto de conflicto (…). El conductor del Peugeot dispuso de 30 segundos para reaccionar ante el obstáculo en la vía (…). Se determina que la distancia y tiempo de reacción son suficientes para que un conductor con permanente atención en la conducción garantice la seguridad de los ocupantes de su vehículo y la del resto de usuarios de la vía".

Si se podía ver el camión parado en el arcén a más de un kilómetro de distancia, ¿a qué velocidad real circulaba Rubén y dónde iba mirando? Esto fue lo que le preguntaron los agentes cuando se presentó con su madre, una conocida abogada de Zamora, a prestar declaración. Su testimonio se produjo tres días después, no en el momento de accidente, lo que, sin duda, le resta espontaneidad. "No recuerdo con exactitud a que velocidad iba, pero lo normal es que ponga el limitador a 120 km/h. Me percaté de la presencia del camión en el arcén después del accidente, lo vi al bajarme de mi coche. No recuerdo nada más".

Es entonces cuando los agentes le preguntan si había consumido drogas y atención a la contestación: "Conscientemente no, pero por la tarde del día del accidente, cuando estaba vendimiando en la zona de la Carballeda, alguien del grupo me ofreció un cigarro de liar que iban pasándose y después de inhalar, le dije que me daba mal sabor y lo pasé al siguiente. Desconozco la composición del pitillo". El atestado de la Guardia Civil recoge que se le hizo la prueba toxicológica y dio positivo por por marihuana y por cocaína.

Las excusas esperpénticas no son inhabituales en los accidentes de circulación. Con esa respuesta, Rubén parece sugerir que nunca ha probado ninguna de esas dos sustancias porque le dio "mal sabor". ¿Qué ocurriría si en el móvil de uno de los fallecidos hubiese pruebas respecto a la droga que dejasen al superviviente como un auténtico mentiroso?

Mientras las familias de los tres fallecidos ponen flores en sus tumbas, Rubén sigue libre. La jueza de instrucción, a pesar de los tres muertos, de la cocaína y de la marihuana, no ha tenido a bien ni llamarle a su presencia, ni meterlo en prisión provisional. No son pocos los expertos en tráfico que defienden que cuando un individuo se sube a un coche drogado y/o bebido en su cabeza sabe que en esas condiciones no se puede conducir y que puede ser un peligro, hasta el punto de matar a alguien. Si eso ocurre se llama homicidio con dolo eventual y puede ser condenado hasta con 15 años de prisión. La habitualidad es que se considere homicidio imprudente cuya horquilla de penas se mueve entre 1 y 4 años de cárcel. Y mientras no haya un cambio en la legislación o los jueces entiendan el dolo eventual, matar a personas con un vehículo va a salir muy barato. Esos muertos anónimos tienen una vida y familias detrás. Ángel estaba casado y fruto de ese amor habían nacido dos preciosas gemelas que ahora han cumplido los 13 años.

Las tres están destrozadas, pero la que más presión ha tenido que aguantar ha sido la viuda. Además de sostener a su familia con la ausencia de su marido, se ha tenido que enfrentar a la liquidación de la empresa. Su marido, haciendo un soberano esfuerzo económico, acababa de comprar un pequeño negocio de trasportes, concretamente a su antiguo jefe, que se había jubilado. Su muerte ha supuesto la quiebra y el despido de todos sus trabajadores. Por su parte, los padres de David, que residen en el sur, y los de Mario, están rotos, doblados por la mitad del dolor. Solo las pastillas, la ayuda del psicólogo y de sus seres queridos evitan que se pasen el día metidos en la cama llorando y deseando que se trate de un sueño, una pesadilla. Rubén no ha tenido la gallardía ni la dignidad de llamarles para disculparse. Quizá, cobarde de él, tiene miedo de que la madre de Mario le reproche: "Me prometiste que ibas a ir con cuidado, me juraste que ibas a ser prudente, y me has robado a mi hijo".

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