TERCERA JORNADA DEL JUICIO DE LA CAM

"La señora Carmen estaba ensangrentada y de pie junto a su Porsche Cayenne"

Los empleados trataron de meter el cuerpo en el vehículo, pero era muy corpulento; llamaron a la ambulancia y, cuando vieron que había casquillos, también a la policía

Foto: Miguel López, único acusado por el asesinato de Carmen Martínez. (EFE)
Miguel López, único acusado por el asesinato de Carmen Martínez. (EFE)

El hijo del expresidente de la Caja de Ahorros del Mediterráneo, que acusa a su cuñado de haber asesinado a su madre, era el testigo estelar de la tercera jornada del juicio. No tanto por lo que hubiera visto u oído de los hechos —no estuvo en el concesionario la noche del crimen— sino por quién es: el hijo de la víctima y su heredero universal. También fue el primero en llegar, acompañado de su esposa, Lola Sánchez, y ambos recibieron cordialmente a dos empleados de Novocar también citados este miércoles. A Herminio Fuentes, el primero que vio a la víctima, María del Carmen Martínez, agonizando, su hijo lo saludó y departieron tranquilamente unos minutos. A continuación, su esposa hizo lo mismo con Andrés López, pero para entonces ya había llegado el abogado del cuñado. “Usted no puede hablar con los testigos, usted es parte acusadora”, dijo tajante, interrumpiendo la feliz estampa costumbrista. “¿Yooooo?”, se sorprendió la esposa de Vicente Sala Martínez, quien al oírlo volvió del aparte al que se había ido para charlar con el abogado que lo representa como acusación. Pasados unos minutos, se anunció la audiencia pública. Y fueron entrando uno por uno.

"La señora Carmen estaba ensangrentada y de pie junto a su Porsche Cayenne"

La sesión en general acusó un cierto cuñadismo judicial. Tanto fuera como luego dentro de la sala. Los tres primeros testigos, Herminio, Andrés y Cristina Lillo, la recepcionista del establecimiento de compraventa de vehículos donde asesinaron a doña Carmen, se limitaron a lo que la ley espera de ellos: que digan lo que vieron y lo que oyeron, si lo recuerdan. Otra cosa fue el cuarto y último, el testigo que también acusa, aunque no tanto por la declaración en sí como por el planteamiento de las acusaciones, y en particular por “la batalla” que, según él mismo reconoció irónicamente al final, libró el abogado de Sala Martínez para preguntar lo que quería y como quería, y no lo que la magistrada considerara apropiado. Más allá del escepticismo de algún espectador y de las risas de los periodistas en la sala de prensa —en la sala del juicio no se permiten esas expresiones—, lo decisivo es el efecto que ese tensar la cuerda produzca en las seis mujeres y tres hombres que, como jurado, tienen que decidir el veredicto del caso.

El primer testigo se presentó como “el encargado del lavadero y de los recados”. “Herminio, esté tranquilo que lo veo un poco nervioso”, le había dicho amablemente la magistrada. El hombre empezó a responder al fiscal. La tarde del 9 de diciembre de 2016, Miguel López, su jefe, le pidió que fuera a un almacén de la ciudad a recoger unos muebles para una obra de la oficina. Cuando volvió, al filo de las siete, vio lo que le pareció “un hombre” golpeado, pero era “la señora Carmen”, “ensangrentada y de pie” junto a su Porsche Cayenne, en el lavadero de Novocar. Herminio corrió a llamar a un compañero, volvieron, y la encontraron “apoyada” en el coche. Trataron de meterla en el asiento del vehículo, pero quizá por su corpulencia —alta y de más de 100 kilos de peso— no pudieron. Llamaron a la ambulancia, y cuando vieron que había casquillos, Herminio pidió también que llamaran a la policía. Murió sobre las siete de la tarde.

Era la segunda vez que iba a por muebles esa semana. El fiscal y la acusación particular sostienen que las dos salidas formaban parte del mismo plan trazado por López: enviaba al del lavadero a por muebles y así él metía el coche en el lavadero, a pesar de que “normalmente” los coches, una vez lavados, se sacaban al aparcamiento hasta que el cliente —o doña Carmen, al fin y al cabo, la dueña de todo aquello— venían a recogerlos. ¿Indicios del plan? Herminio todo lo que aportó fue que “Miguel estaba nervioso” la segunda tarde, la del crimen. Andrés López, sin embargo, que estuvo hablando con el acusado y con unos clientes aquella tarde después de que, según las acusaciones, Miguel hubiera disparado a su suegra, y mientras ella se desangraba en el lavadero, ha declarado que “estaba normal, como siempre”.

Juicio de la viuda de la CAM. (EFE)
Juicio de la viuda de la CAM. (EFE)

La defensa no ha entrado a calibrar nervios. Pero sí ha explicado por qué el coche de la suegra, a diferencia del resto de los clientes, desde hacía un tiempo se dejaba en el lavadero aun después de lavarse: la mujer se había quejado de que el coche se lo habían dado sucio. “Yo ese día no estaba, a mí eso me lo dijo Miguel”, ha declarado Herminio. Quizá por eso, porque él no estaba, no solo no lo podía recordar sino que su ausencia también explicaría por qué el coche estaba sucio. Esto último da igual. El caso es que la dueña, del coche y del concesionario, se enfadó, según han recordado los otros dos testigos. Y en especial la recepcionista, Cristina Lillo, quien ha contado que se enfadó “bastante, como se enfadaba ella, que tenía un genio particular”. Terminadas las declaraciones a pie de obra de los tres primeros testigos, faltaba la del testigo estelar. La jueza ha concedido un receso. Una pausa.

Vicente Sala Martínez (Alicante, 1965) es uno de esos ejemplares de provincias que cualquiera querría como yerno. Con 18 años, nada más acabar COU, entró a trabajar en la empresa de plásticos de su padre, “don Vicente Sala”, que es como recuerdan al expresidente de la CAM en Alicante. Mientras cursaba Económicas por las mañanas, por la tarde trabajaba. Licenciado en 1989, se dedicó a tiempo completo a dirigir las empresas y desde 2000 —un año antes, el padre había asumido la presidencia de la CAM, incompatible con la de sus empresas— pilotó en exclusiva la expansión latinoamericana del buque insignia del grupo, Samar Internacional. Católico practicante, casado y con dos hijos, siempre fue fiel al padre, fallecido en 2011. Luego fue uña y carne con su madre, con quien iba a misa los fines de semana. La viuda heredó del marido la acción de oro y el poder efectivo vinculado, y la ejerció siempre en su favor. Su madre, de hecho, lo nombró a él heredero universal, a diferencia del reparto igualitario que entre el primogénito y sus tres hermanas había dispuesto el padre en su testamento. De todo eso nos hemos enterado hoy en la declaración como testigo de este heredero ejemplar.

El acusado es su cuñado, Miguel López (Benetússer, Valencia, 1967), yerno de la víctima. El hijo ideal y el yerno advenedizo, de eso ha ido buena parte de la declaración del hijo testigo. Pero ni siquiera la teoría sobre el móvil del crimen que sostienen las acusaciones —la guerra por la herencia empresarial del matrimonio Sala Martínez— ha justificado a ojos de la magistrada que preside el jurado el sentido de algunas preguntas del fiscal y de muchas del abogado de la acusación. “El objeto de este enjuiciamiento es un asesinato, del que este señor no ha sido testigo, y llevan dos horas preguntándole en torno a indicios periféricos sobre problemas familiares y societarios. Por favor, centre ya el objeto del litigio”, reconvino la presidenta, Francisca Bru, al abogado Francisco Ruiz Marco, que acusa en nombre del hijo.

La presidenta ha frenado una decena de veces a Ruiz Marco, empeñado en formular las preguntas de manera que daba por ciertos hechos e informes que aún no han sido objeto de prueba, y por tanto tampoco ratificados, ante el jurado. “Le pongo un ejemplo para que usted…”, ha llegado a afirmar Ruiz Marco en lo que parecía que iba a ser un 'mansplanning' de libro. “No, no me ponga ningún ejemplo”, ha cortado la magistrada. Cuando Ruiz Marco ha tratado de subrayar la gravedad del caso —“estamos juzgando un crimen”—, Bru ha tirado de ironía: “¿No me diga?”.

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