según el sumario del caso de gabriel

Las mil y una versiones de Ana Julia sobre la muerte de su primogénita

El Confidencial accede a la versión que Ana Julia dio a su última pareja sobre la muerte de su hija y a la que ofreció a un amigo a los pocos días del suceso

Foto: Ana Julia Quezada, en una foto de archivo. (Cordon Press)
Ana Julia Quezada, en una foto de archivo. (Cordon Press)

En apenas una semana, comienza en la Audiencia Provincial de Almería el juicio a Ana Julia Quezada por el asesinato del pequeño Gabriel, de ocho años de edad. En la vista oral, que salvo sorpresa de última hora será pública, los asistentes y un jurado popular conocerán las versiones de unos y otros y los datos científicos objetivos en torno al crimen del hijo de Ángel y Patricia. Sin embargo, en la vida de la acusada hay otra muerte: la de su primogénita, Ricalda Josefina Gil Quezada.

Falleció en Burgos el 10 de marzo de 1996, cuando apenas tenía cuatro años. Ana Julia nunca prestó declaración por aquel episodio, ni policial ni judicial. Se amparó en su estrés postraumático para rehuir las preguntas. Sin embargo, El Confidencial ha podido conocer varias de las versiones que dio, entre ellas la que ofreció a su última pareja: “Me habló del accidente de su hija. Me explicó que se vino de República Dominicana a principios de los años noventa, que ya tenía una hija y que tuvo que dejarla allí al cuidado de la abuela materna. Cuando logró una mínima estabilidad en España se la trajo, pero se quejaba de algo: 'Es que mi madre no me advirtió de que la niña era sonámbula'. Me contó que una noche, durmiendo en casa, Ricalda se despertó y que, como era sonámbula, caminó y se encaramó a una mesita. Y siguió diciendo: 'En casa teníamos ventanas de esas de las que haces un pequeño clic y la ventana se abre casi sola. La pequeña apretó, y se precipitó al vacío'. Lo contaba con mucha pena. Me explicó que si había conseguido sobrevivir al dolor fue por su otra hija, Judith, que por entonces tenía dos años. También que tuvo que atiborrarse a pastillas para soportar el dolor. Me dijo: 'Tuve que ir al entierro drogada. No me enteré de nada”.

Ana Julia Quezada, ante el juez.
Ana Julia Quezada, ante el juez.

Fue el primer marido de Ana Julia, Miguel Ángel Redondo, camionero de profesión, quien encontró el cadáver. “A mí me contó que mientras la niña vivió en República Dominicana, estaba al cuidado de la abuela y que vivía en una chabola en la localidad de La Cabuyas. Parece ser que cuando la abuela salía, la menor se quedaba encerrada a ratos y que esta se escapaba por la ventana para ir a jugar. La noche en que falleció, yo estaba en casa, dormía con Ana Julia y las niñas, Judith y Ricalda, en otra habitación juntas. Me levanté pronto. Me asomé a la habitación como siempre, porque tenía la costumbre de darles un beso, y comprobé que la cama de Ricalda estaba vacía. La busqué por toda la casa. Me fijé que en la habitación de juego había una mesita pegada a la ventana y la persiana un poco levantada con la ventana abierta. Terminé de subirla y al asomarme vi a la niña en el suelo del patio interior. Bajé corriendo, reventé una puerta de una patada y cuando accedí a ella ya estaba fría. A Ana le dio un ataque de ansiedad. Yo no sabía qué hacer. Lo curioso es que en el tiempo que vivió con nosotros, nunca antes tuvo un episodio de sonambulismo, al menos que yo viese. Ana Julia, a los pocos días de fallecer la pequeña, me explicó que ella sí se la había encontrado en el hueco entre las dos ventanas, las teníamos dobles. Le reproché que no me lo hubiera dicho, pero se excusó: 'Ya la regañé yo. No pensé que lo volvería a hacer”.

"A mí me resultó muy raro, pero el juez determinó que había sido un accidente y así se quedó", cuenta un amigo de la pareja en Burgos

A José Ángel, un amigo de Burgos, la actitud de Ana Julia tras la supuesta caída le resultó llamativa: “Recibimos una llamada en la que nos contaba que la niña que acaba de traerse de República Dominicana se había caído por la ventana de un séptimo piso. Me resultó llamativa su falta de empatía con lo sucedido. Es más, no trascurrió una semana y vino a pasar unos días con mi mujer y conmigo a Lerma, que es donde residimos. Nos contó varias veces lo ocurrido con su hija, pero cada día relataba algo distinto. En una versión, la ventana estaba abierta, en otra, estaba cerrada. A mí me resultó muy raro, pero el juez determinó que había sido un accidente y así se quedó”.

Ciertamente, el caso quedó archivado como un accidente, pero en uno de los informes de la Guardia Civil que constan en el sumario del asesinato del pequeño Gabriel se afirma: “Se desprenden claros indicios que señalan que la muerte de Ricalda realmente pudo no ser accidental (…). La dificultad de que una niña de tan solo cuatro años, en estado de sonambulismo (que nunca había padecido) se precipitara desde un edificio, debiendo subir a una mesa, abrir la ventana interna (que requiere de cierta maña y fuerza para hacerlo) no hace si no ahondar en la hipótesis de que fuera la propia Ana Julia la que segara la vida de aquella menor”. El caso ha prescrito y, aunque las sospechas son fundadas, no parece que la verdad pueda conocerse jamás.

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