UNA MADRE CONTRA ETA

"Mi madre igual desarticula un comando que te hace la mejor tortilla de patatas"

Los hijos, los compañeros, los jefes, las mujeres... Una de las agentes que más etarras ha cazado en los últimos 30 años desvela el otro lado de los policías de Información

Foto: Inés, durante su periodo como analista. (EC)
Inés, durante su periodo como analista. (EC)

Inés cumple ahora 30 años en la Policía Nacional. Es fuerte, alegre y decidida. Tiene principios firmes y ganas de acción. La práctica totalidad de estas tres décadas las ha pasado en la Comisaría General de Información, donde trabajan esos hombres y mujeres abnegados que se emplean a destajo en acabar con los enemigos más complejos de la sociedad y del estado, los terroristas. Muchos de ellos gastan años de sus vidas en interminables vigilancias que sirven para captar unos pocos datos, en llevar a cabo peligrosos seguimientos con el fin de averiguar sus guaridas, en ejercer como agentes dobles para de averiguar cómo piensan, en escuchar sus conversaciones para establecer conexiones.

El caso de esta heroína sin rostro no es una excepción. Inés abre por primera vez su corazón, que no su identidad -porque este no es su verdadero nombre-, a los ciudadanos a los que protege. Con el permiso de sus superiores, como no podía ser de otra manera -la lealtad, ante todo-, explica que lo suyo es vocacional. Incluso vital. Su abuela enviudó joven, por lo que su madre tuvo que echarse a la espalda a toda la familia. Era maestra, pero ganaba más como costurera. "Era muy buena diseñadora; formó a una de sus hermanas, que trabajó como composturera para Christian Dior y Óscar de la Renta; mi tía adaptaba los delicados vestidos que éstos creaban a cada clienta", recuerda.

"Luego mi madre se casó con mi padre, pero éste murió a los 47 años de una trombosis cerebral, con lo que nuevamente ella se encontró con que tenía que volver a sacar a su familia sola", cuenta Inés, que por aquel entonces tenía 14 años y una hermana de 11. La situación le hizo sentir la responsabilidad en sus propias carnes. "Traté de ser lo menos gravosa posible para mi madre, que nos enseñó a ser autosuficientes y esto significa esfuerzo y valores", asegura la funcionaria, que no olvidará nunca una de las frases que pronunció su progenitora. "Te corvertirás en la persona que quieras ser", le repetía de vez en cuando.

"Daba clases particulares, cuidaba niños, pintaba el gimnasio... Así me pagué el carné de conducir, la academia o el gym", relata Inés, que tiene buenos recuerdos de esta última instalación. "Ahí conocí a varios policías, que contaban anécdotas de lo que vivían de servicio; para mí eran superhéroes, buenas personas que dedicaban su tiempo al servicio de los demás", rememora la mujer, que decidió entrar en el cuerpo precisamente por ese modelo de gente.

"A mi madre le dio mucho miedo cuando le dije que quería ser policía", afirma. Pero lo tenía muy claro. Con 20 años, aprobó las oposiciones. Los jefes la seleccionaron ya en la misma Escuela de Ávila para ir a Información, el destino con mayúsculas. "Siempre me he preguntado por qué se fijaron en mí entre 800 personas; supongo que vieron a alguien con muchas ganas, dispuesta a todo, extrovertida... Y la verdad que yo era una entusiasta", se autocalifica Inés, que tras los tres meses de prácticas se marchó directa al País Vasco, donde comenzó la mayor aventura de su vida. "Descubrí paisajes maravillosos, gente cordial, muy abierta, con ganas de agradar; me cautivó la tierra", valora hoy. A los dos meses, en septiembre de 1991, la Comisaría General se la trajo de vuelta a Madrid, pero a un equipo que subía constantemente al norte. Se incorporó a un grupo de vigilancias y seguimientos conformado por diez personas -siete mujeres y tres hombres- que viajaban periódicamente a Navarra y al País Vasco, entre otros lugares, tras el rastro de etarras.

Un surfista pasa junto a una pintada a favor de la banda terrorista ETA en el barrio de Gros de San Sebastian. (EFE)
Un surfista pasa junto a una pintada a favor de la banda terrorista ETA en el barrio de Gros de San Sebastian. (EFE)

En aquella época, era inusual que los equipos estuvieran compuestos por tantas chicas. Era un mundo de hombres. Sin embargo, en ese momento alguien quiso apostar por ellas. Y fue un acierto, entiende la propia Inés. "Pasábamos desapercibidas, podíamos acceder a sitios donde los compañeros llamaban mucho la atención; éramos jóvenes, por lo que alternar en un bar, entrar en una herriko o vigilar los movimientos de un coche eran tareas más sencillas para nosotras, que no levantábamos sospechas", sostiene. "Los etarras jamás hubieran imaginado entonces que dos mujeres les seguían en mitad de la noche", añade.

De hecho, según cuenta, una vez se les rompió el embrague del coche en el que viajaban ella y otra compañera en medio de un seguimiento por el monte. "Nos quedamos tiradas y fueron precisamente aquellos a quienes vigilábamos los que nos ayudaron; nos llevaron a su casa, nos ofrecieron un bocadillo y hasta nos pidieron el teléfono antes de irnos; claro, éramos unas chicas de veintipocos, solas... qué van a hacer", revela.

Unas vividoras contra ETA

Casi siempre, cuando subían a Euskadi, se hacían pasar por gente muy diversa. "Yo he sido enfermera, profesora, estudiante de periodismo y hasta catadora de vinos de una bodega", asegura Inés, que admite aun así que la tapadera de universitaria ha sido la más socorrida. "Vivíamos en un piso en San Sebastián y dábamos la imagen de estar estudiando, de que nuestro papá nos pagaba todo y de que éramos unas vividoras", recuerda. "En ocasiones, llegamos a estar las siete del grupo juntas en el mismo dispositivo", cuenta con el orgullo que siempre le sale cuando menciona a sus compañeras. En una ocasión, destaca a modo de anécdota, "el padre de una de ellas subió a ver a su hija y, antes de acceder al piso, se cruzó con una vecina que le paró para echarle un sermón". "Menos estudiar, estas niñas hacen de todo; menudos horarios; además, entran y salen chicos a diario", le dijo la señora, un comentario que Inés recupera con una sonrisa y los ojos muy abiertos. Admite, sin embargo, que no es el único chascarrillo que ha vivido en este sentido.

"Mi madre vivía en un barrio de las afueras de Madrid y un día un vecino la paró y le dijo que me había visto en una zona muy mala de la ciudad; en concreto, en la zona de las putas haciendo una esquina", rememora la funcionaria, que acto seguido deja claro por qué estaba allí. "Yo hacía una vigilancia, en realidad", apunta la agente antiterrorista, que por aquella época se movió por toda España tras los malos. Acudió, por ejemplo, a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 para evitar que los abertzales utilizaran el evento internacional para hacer propaganda.

Ella y otra compañera siguieron a varios activistas durante días hasta la mismísima puerta del estadio de la ciudad condal, donde pretendían exhibir pancartas contra España. "Entramos sin arma por los controles habituales, como dos espectadoras más; nos sentamos una a la izquierda y otra a la derecha del que iba a llevar a cabo las acciones reivindicativas y, cuando éste se puso en pie para sacar el cartel, se lo quitamos como si fuéramos unas aficionadas más; que esto es España y tal, dijimos; nadie se imaginó siquiera que fuéramos policías; era fundamental que no nos destaparan", relata la funcionaria satisfecha de que su escondida labor impidiera cualquier símbolo de protesta que empañara los juegos. Nadie se enteró siquiera de que había habido un intento de alterar el orden público.

En paralelo a esta actuación, Inés y su grupo hacían seguimientos a miembros de ETA que actuaban por todo el país. Era la época en la que adquirió especial protagonismo el denominado comando Ekaitz, que se atentó y asesinó por la zona del Levante entre 1991 y 1992. José Luis Urrusolo Sistiaga, Idoia López Riaño 'la Tigresa' o Idoia Martínez García 'Alba' eran algunos de sus componentes.

Todos ellos estuvieron detrás del asesinato en Valencia del directivo de Ferrovial Edmundo Casñ Pérez-Serrano en marzo de 1991, de la explosión de un coche bomba en el cuartel de la Guardia Civil de Torremolinos al mes siguiente, del asesinato en Madrid de los tedax de la Policía Nacional Andrés Muñoz Pérez y Valentín Martín Sánchez en junio de 1991, de la matanza de los policías locales de Muchamiel José Luis Jiménez Vargas y Víctor Manuel Puerta Viera y de un operario municipal de la misma localidad tres meses más tarde, de la muerte en Barcelona de los policías Javier Delgado González-Navarro y José Antonio Garrido Martínez en diciembre de ese mismo año o del asesinato del cabo de la Guardia Civil Enrique Martínez Hernández también en la ciudad condal en marzo de 1992.

La información recabada por el equipo de Inés sirvió para poner entre rejas a no pocos terroristas. Ella y sus compañeros apuntaban todos sus movimientos, con quién se veían, dónde y cuándo, con quién hablaban, quiénes eran sus proveedores, quiénes daban las órdenes, dónde planificaban cometer sus actuaciones. Todo servía para poder elaborar el plan adecuado, el que luego acabaría con los etarras engrilletados. "Nosotras no solíamos detener, generalmente era el GEO, porque era gente que llevaba pistolas hasta en los tobillos", recuerda aún con mucho respeto la entonces joven policía, que tras las Olimpiadas fue destinada a un grupo que centrado en vigilar etarras establecidos en Guipúzcoa y Francia. "Fue lo más duro", juzga hoy. "Nada más llegar, empezó a haber altercados; un compañero salió volando por una bomba, no murió porque el explosivo se retardó; hubo muchos atentados sin muerte, pero para mí era un baño de realidad", explica.

Mi reflejo en los escaparates

"Comencé a tomar muchas precauciones, aunque intenté que todas ellas interfirieran lo menos posible en mi rutina, que no me cortaran la vida; miraba siempre debajo del coche, hacía dos veces cada rotonda para detectar si me seguían, miraba el reflejo de los escaparates", asegura Inés, que siempre se queda con lo positivo y destaca la buena sintonía que tenía con sus compañeros de equipo. Sobre todo, con las chicas. "Había una gran complicidad con todas ellas, con una mirada nos decíamos todo", cuenta la funcionaria, que menciona cómo, una vez, durante una vigilancia, se percató de que los terroristas podían tener contramedidas.

"Teníamos compañeros de apoyo que, cuando pasábamos cerca de ellos, nos decían mediante señas si había gente detrás de nosotros; un gesto fue suficiente para alertarnos", relata la agente de la lucha antiterrorista, que por supuesto no contaba entonces con los medios que hay ahora para hacer el mismo trabajo. No había dispositivos electrónicos, ni móviles, ni siquiera era posible sacar un walkie talkie sin levantar sospechas. "Una mirada, un pequeño movimiento, un pestañeo, un mover la mano de una determinada manera eran suficientes para saber que yo tenía que continuar siguiendo a uno de los malos y que mi compañera se encargaba del otro", explica.

Fue en ese contexto, en febrero de 1993, cuando agentes de la Policía Nacional en colaboración con las autoridades francesas desmantelaron la principal fábrica de armas y explosivos de ETA en la localidad gala de Bidart. La operación permitió intervinir toneladas de material explosivo y cientos de metralletas, pistolas y morteros en el sótano de una casa situada a apenas un kilómetro del sitio donde un año antes había sido detenida la cúpula de ETA. En el subsuelo de la vivienda, los terroristas habían levantado un laboratorio, un taller e incluso una galería de tiro para que los miembros de la banda practicaran.

Fue un golpe importante contra la organización, porque además la Policía descubrió mucha documentación relevante que sirvió para desmantelar posteriores comandos y descubrir zulos. Sin embargo, lo que Inés no se quita aún de la cabeza es el tirotero que los etarras perpetraron contra un policía que trabajaba en la oficina del DNI en diciembre de ese año. "Estábamos al lado y escuchamos los disparos, salimos corriendo, tratamos de cercarles por la que consideramos que era la única vía de escape, fuimos unos por un lado y otros por otro, pero no dimos con ellos, fue frustrante; los tuvimos tan cerca...", cuenta con rabia la funcionaria, que sabía perfectamente que los asesinos formaban parte del comando Donosti, el mismo que ella vigilaba.

El frontón de Hernani (Gipuzkoa) con una pintada en rojo en la que se lee 'Siempre con el pueblo. Muchas gracias. Gora ETA'. (EFE)
El frontón de Hernani (Gipuzkoa) con una pintada en rojo en la que se lee 'Siempre con el pueblo. Muchas gracias. Gora ETA'. (EFE)

Inés ve a sus compañeros como hermanos, pero por supuesto éstos no eran su única familia. Se quedó embarazada precisamente aquel 1993. "Estuve viajando y trabajando en operativos hasta el quinto mes, que fue cuando me enteré de que esperaba un niño", asegura con naturalidad. En cuanto fue consciente de que llevaba un bebé dentro, se lo contó a sus jefes, que le pidieron que dejara de viajar y que se cuidara. Ella se resistió, porque se sentía bien, pero finalmente accedió y asumió con resignación una tarea de oficina. Estaba cómoda con su despacho y su ordenador, pero no satisfecha. Por eso, cuando su pequeño cumplió dos años, volvió a llamar a la puerta del despacho de su superior. "Yo soy operativa, quiero volver a viajar, eso quiero", le trasladó con seguridad impropia de su edad.

Fue entonces cuando pasó a engrosar el equipo de vigilancias y seguimientos que apoyaba a los policías que investigaban todo el entramado financiero de la banda terrorista. Se trataba de la pata más firme de ETA, la que tenía más arraigo social, la más difícil de desmantelar, que de hecho requirió de una finura jurídica por parte de la Audiencia Nacional, de la Fiscalía y de asociaciones de víctimas que ejercían la acusación particular -como Dignidad y Justicia- hasta el momento nunca vista. Las fuezas de seguridad consiguieron desmantelar la trama de las herriko tabernas, de Saki y hasta del aparato de propaganda que tenía su punta de lanza en el entonces diario Egin, que cerró finalmente gracias al trabajo policial.

Inés volvió en aquella época a trabajar con otra mujer de compañera, aunque ahora el equipo sí estaba conformado por mayoría de hombres. "Si había algo más complicado, nosotras nos encargábamos", sentencia con rostro de satisfacción. "Mi pareja laboral casi siempre ha sido mujer y la verdad es que todas han sido geniales", apunta con el orgullo anteriormente descrito. "Los de los hoteles nos regalaban bombones, querían ligar con nosotras, por la mañana nos preguntaban que dónde habíamos ido hasta tan tarde y les respondíamos que habíamos salido de fiesta, que habíamos estado toda la noche dándolo todo", sonríe antes de señalar que aun así el trabajo no era sencillo. Los malos tomaban muchas medidas de seguridad y en no pocas ocasiones ha estado a punto de que le pillen. "Se daban la vuelta de golpe para ver si alguien les seguía y cosas así", concreta Inés, que sin embargo, como siempre, prefiere quedarse con la botella medio llena.

"Lo bueno es que siempre hacían las mismas cosas y, en cuanto se las cogías, estaban perdidos; era mejor, por ejemplo, dejarles espacio y retomarles en otro punto", revela la funcionaria, que confiesa haber aprendido mucho dedicándose a estas tareas. "Puedes conocer muy bien a alguien cuando te conviertes en su sombra; eres capaz de saber, por sus gestos matutinos, si va a tener un buen día, por ejemplo", destaca.

Pero Inés tenía que compatibilizar esta ilusionante aunque dura labor profesional con su vida familiar, un punto en el que con su inseparable sencillez vuelve a romper estereotipos. "Me perdí fiestas del cole, cumpleaños, comuniones y hasta navidades; tuvo sarampión y mamá no le curó las heridas, pero nunca le ha faltado nada", admite con responsable tristeza pero también con la firmeza de quien se sabe la mejor madre del mundo.

"Mi hijo siempre ha estado cuidado, aunque hubiera épocas en las que no me viera durante dos semanas; mi familia me ha ayudado mucho en esto y hoy él es una buena persona, no tiene traumas, es un buen estudiante", describe. "Alguna vez ha pensado en ser policía, pero finalmente lo ha desechado; yo le he dicho que esto es vocacional y que, si está dispuesto, yo le apoyaré; si se lo vuelve a plantear, se lo volveré a repetir, porque sí estoy convencida de que el lema de la escuela es cierto, la Policía es dignidad, dedicación, servicio y entrega", precisa la funcionaria, que ablanda su corazón al hablar de la relación personal entre ella y su hijo. "Vivimos situaciones de mucha complicidad juntos", asegura.

"¿Ya, mamá? Si, hijo, ahora"

Antes de coger el coche, recuerda, los dos jugaban siempre al mismo 'juego'. "Mi hijo me preguntaba '¿ya, mamá?' Sí, le contestaba yo. Entonces, él tiraba las llaves al suelo, yo me agachaba a por ellas, miraba si había algún artefacto y luego me levantaba", describe con espontaneidad. "Él jamás contó nada de esto a nadie, ni siquiera decía que yo era policía", asevera con más satisfacción si cabe que cuando menciona a sus compañeras.

"Yo hice amistad con madres del cole, pero éstas no supieron que yo era del cuerpo hasta dos años después, y aun así pensaban que me dedicaba a expedir el DNI; él siempre guardó el secreto; veía dispositivos, walkie talkies, etc., pero aquello formaba parte de su intimidad y nunca lo reveló", cuenta con el mismo orgullo con el que menciona una de las frases que de vez en cuando dice su hijo. "Mi madre tan pronto está desmantelando un comando terrorista como te hace la mejor tortilla de patatas del mundo", le dice el joven con cariño en esa intimidad madre hijo. "Y es que es verdad que me sale muy buena", descubre con una gran sonrisa.

Pero no siempre ha sido fácil la conciliación. Cuando su hijo cumplió seis años, Inés se separó de su marido, uno de aquellos policías a los que conoció en el gimnasio antes de entrar en la academia. Él se fue por su lado y ella y el niño por el suyo. Ahí volvió a hablar con sus jefes. De nuevo no tenía disponibilidad para viajar. Volvió al trabajo analítico, se preparó las oposiciones para ascender, alcanzó la categoría de oficial, primero, y de subinspectora, después, se sacó un título de educación social en la UNED y, cuando su hijo alcanzó una edad en la que ya no requería tanta atención, decidió volver a las andadas.

Su experiencia en investigación sobre financiación del terrorismo le llevó a caer en un equipo que se dedicaba a rastrear las fuentes económicas de las organizaciones. "Esto es el futuro, si los terroristas no tienen dinero, acabamos con ellos, no tienen popsibilidades de hacer el mal sin dinero", asegura ilusionada. "Somos un grupo muy valioso para la Comisaría General de Información", subraya en un momento de su vida diferente a aquel en el que se hacía pasar por estudiante alocada.

"He vivido la vida que quería vivir", resume. "Es una vida normal, de verdad, la vida de un policía más; algunos hemos decidido tener hijos, otros no, pero no es más interesante que las vidas de otros compañeros", sostiene con humildad Inés, que sí quiere dejar claro que "un policía no es nada sin su equipo". Ayer, cuenta en relación al pasado 18 de junio, cuando participó en una operación que culminó con la detención de 10 yihadistas, "empezamos a las cuatro de la mañana, con lo que a las ocho ya estaba exhausta, como mis compañeros". "Sin embargo, dos de ellos, que terminaron su parte antes, se presentaron en mi zona para ayudarme; 'cómo te vamos a dejar sola', me dijeron", cuenta con la alegría de quien tiene dos familias. "Jamás he aprendido a coser, siempre me he pegado los botones con Loctite, pero me he convertido en la persona que quería ser", sentencia.

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