en pleno campo charro

Brotes verdes contra la cárcel: el cura que da una segunda oportunidad a los presos

La asociación salmantina ASDECOBA trabaja la tierra de forma comunitaria y elabora productos alimentarios artesanos y ecológicos bajo la marca 'Manos Verdes'

Foto: Bene carga dos bandejas de brotes de puerros para sembrar
Bene carga dos bandejas de brotes de puerros para sembrar

Nadie sabe dónde está la azada de Emiliano, y sin su azada Emiliano no puede cavar. Y si no cava él, ninguno lo hará porque nadie sabe cómo se tiene que hacer. Emiliano es el motor, la piedra angular del trabajo en esta huerta. Por eso todos se ponen a buscar su herramienta en unas tierras pertenecientes al municipio de Torresmenudas, en pleno Campo Charro salmantino.

Nada más llegar al terreno, Emiliano organiza el trabajo
Nada más llegar al terreno, Emiliano organiza el trabajo

Al final, la azada de Emiliano no aparece, pero no tiene ningún inconveniente en conformarse con otra, de mango más corto, que sí apareció. Hoy no pueden dejar pasar la oportunidad de plantar los 5000 puerros previstos, porque por la tarde se esperan lluvias y así se podrán ahorrar el riego.

Desde hace veinticinco años, Emiliano es el párroco de la iglesia del Barrio de Buenos Aires de Salamanca. Un barrio relativamente joven al que, desde su nacimiento, han asediado los problemas. Al paro de los años ochenta se le unió el asentamiento del narcotráfico entre sus calles. Ahora hace ya tiempo que se convirtió en un foco de violencia y conflictividad en la ciudad.

Emiliano organiza el trabajo
Emiliano organiza el trabajo

La proximidad a una población desprotegida, que sufría la estigmatización de la sociedad, fue uno de los motivos por los que Emiliano decidió, por propia voluntad, entrar en Topas como capellán en el año 1996. Al poco tiempo de estar allí descubrió que lo más importante para un recluso no es el antes, ni el durante, sino el después. "La cárcel no es un espacio de recuperación ni de reinserción. Es un espacio de sufrimiento y criminalización", asegura Emiliano.

En el equipo, solo Emiliano es agricultor. El resto ha aprendido todo lo que sabe de la huerta gracias a él

Para el cura de Buenos Aires, más del 80% de los que están en la cárcel lo están por todo lo que significa la propiedad privada en situaciones y conflictos que la sociedad no ha resuelto y que solo sabe arrinconar.

Para él, el trabajo —no necesariamente el empleo— es una herramienta clave para la recuperación. "Lo importante no es el empleo, es la dinámica comunitaria. Que la gente se sienta apoyada y tenga solucionada la base de su vida: techo, comida, salud, la parte educativa-cultural y las relaciones sociales", explica Emiliano.

Por eso, como todos los días que hay que sembrar, él es el primero que empieza a remover la tierra. Sabe que la mejor manera de enseñar es hacerlo con el ejemplo. Así que Emiliano se pone la azada al hombro, se interna unos metros en la tierra y desde allí distribuye el trabajo. Después, con energía juvenil, comienza a sacudir la tierra con su azada, que, en realidad, no es la suya.

Una vez repartidas las tareas, todos se implican en su trabajo
Una vez repartidas las tareas, todos se implican en su trabajo

Evaristo y Alou cogen otras dos azadas y le imitan levantando la tierra de otros dos surcos paralelos. Jesús y León se van al invernadero y regresan, en varios paseos, con bandejas de 200 brotes de puerros cada una. Bruno y José los van depositando a 15 centímetro de distancia cada uno en los surcos abiertos y, por último, Bene coge el rastrillo y va cubriendo con tierra las raíces de los puerros una vez ya colocados.

"La cárcel no es un espacio de reinserción, sino de sufrimiento y criminalización"

"Echa un poco más de tierra encima, Bene", grita Emiliano con la voz fatigada y la frente perlada por el esfuerzo. "Queremos que los puerros queden blanquitos". Bene vuelve sobre sus pasos y repasa con esmero, y sin rechistar, las zonas menos cubiertas.

La temperatura es agradable, no hace frío, pero tampoco calor. El viento sopla por rachas augurando la lluvia que el equipo de Emiliano espera para la tarde, pero que, por el momento, respeta su trabajo. Solo se escucha el sonido de la azada clavándose en la tierra y el piar de los pájaros que sobrevuelan el terreno de alrededor plagado de encinas bajo las que pacen tranquilas y adormecidas reses de diversos colores, con cuernos de diversas formas y diversos tamaños.

Todos están concentrados en su quehacer y apenas se comunican algunas instrucciones prácticas. El equipo funciona perfectamente y eso que solo uno de ellos puede decir que es agricultor. El resto ha aprendido todo lo que sabe de la huerta desde que trabaja con Emiliano.

Alou tiene 27 años y nació en Mali. Allí, en época de lluvias, trabajaba la tierra como su padre, y su abuelo antes, sembrando lechugas, tomates... "En la temporada seca la alquilábamos para que la trabajasen otros", recuerda Alou. Es el que más abrigado va, con un abrigo grueso sobre varias capas de ropa. Las puntas de sus rastas de pelo negro asoman bajo un gorro de lana.

Lleva más de tres años trabajando con Emiliano a la espera de conseguir los papeles que regularicen su situación en España. La soltura con la que maneja las herramientas y se mueve sobre la tierra destaca sobre los demás.

"Es un currante", asegura Jesús, quien pasa por allí sosteniendo en las manos una de las bandejas de puerros. Alou le sonríe cómplice y vuelve a descargar con fuerza la azada sobre la tierra.

Jesús tiene 62 años. Es una persona inquieta y trabajadora. Su físico da muestras de desgaste, pero no hay fragilidad en él. Todo lo contrario. Su mirada, tras los cristales de las gafas, desborda la resignación confiada de quien sabe cómo sobrevivir a 32 años de su vida en la cárcel.

No es el único. En realidad, esa es la particularidad común —excepto para Alou— que tiene este grupo de trabajadores. Todos han pasado por la cárcel, más o menos tiempo, por un motivo u otro.

Bruno nació en Bruselas hace 57 años. Sabe algo de la tierra porque trabajó en Barcelona recogiendo fresas. Pero de eso hace ya mucho tiempo. Fue antes de que le detuviese la Interpol y acabase en una peregrinación por prisiones del estado durante 11 años por delitos de narcotráfico; hasta que terminó en el centro penitenciario de Topas.

"Confieso que he tenido una vida descarriada", dice Bruno agobiado por el sudor que le produce el esfuerzo de ir dejando los puerros sobre la tierra. "Por eso agradezco a Emiliano su ayuda. Se lo agradezco mucho". Por el albergue de la asociación han pasado alrededor de 2500 personas. Hoy hay 26 viviendo en el centro adosado al edificio de la iglesia en habitaciones compartidas y con horarios restringidos.

Es el espacio principal de convivencia, donde todos se reúnen para las comidas. Incluso esos otros que viven en pisos tutelados propiedad del obispado o aquellos, los menos, que viven en pisos de alquiler que pagan gracias al sueldo de unos contratos temporales de seis meses que ASDECOBA consiguió con apoyo institucional.

Pero todos ellos, vivan donde vivan, saben que todos los días deben de estar puntualmente a las nueve de la mañana en la puerta de la iglesia para que les recoja la furgoneta que les lleve a trabajar la huerta y los invernaderos. Empezaron con un terreno de unos 2500 metros cuadrados y hoy, el tercer año de explotación, ya manejan una extensión de 8 hectáreas de tierras cedidas gratuitamente por los vecinos.

Pero Emiliano tampoco quiere engañar a los que trabajan con él ni a nadie que conozca el proyecto. "Sabemos que esto no es una vía de empleo porque estas personas no están capacitadas para hacerlo rentable económicamente", explica, "pero estamos convencidos de que la tierra es un instrumento fundamental para la recuperación de las vidas de muchas personas que están en situación de precariedad".

Jesús y Bruno hacen un pequeño descanso en el almacén, pegado a los invernaderos
Jesús y Bruno hacen un pequeño descanso en el almacén, pegado a los invernaderos

El viento empieza a soplar un poco más fuerte y el plástico de los invernaderos gualdrapea con fuerza. Junto a ellos José se toma un segundo de respiro después de haber terminado su primera parte del trabajo. Es salmantino de nacimiento. Un poco más joven que el resto, no demasiado. Tampoco es muy hablador. Hace tres años que estuvo trabajando en el proyecto pero se marchó a Sevilla "para pensar". Al cabo de unos meses regresó.

"Al principio te preguntas que por qué hay gente que dedica tanto esfuerzo en algo que no te aporta casi nada económicamente"

El tiempo que José estuvo pensando coincidió con una humilde herencia que le dejó su padre. Una vez que el dinero se acabó, regresó donde sabía que tenía las puertas abiertas.

"A mí lo que más me gusta es la siembra", dice José con un tono tímido, casi infantil. "Lo de quitar las hierbas y eso… es más aburrido".

En los invernaderos crece multitud de variedades de verduras que luego se utilizarán para el embotado
En los invernaderos crece multitud de variedades de verduras que luego se utilizarán para el embotado

León, a su lado, no dice nada. Es una persona menuda, con una barba larga y gris, salpicada con algunas canas más blancas. Parece joven, pero no lo es tanto. Pasó 26 años en la cárcel y seis en la calle. Ahora solo espera instrucciones de los demás.

"Me da igual", me responde a la pregunta con un hilillo de voz y la mirada asustada. "Yo no opino".

El seguimiento y el acompañamiento para estas personas es algo que también forma parte del trabajo para la asociación. Cuenta con dos trabajadores sociales. Uno dedicado más a la parte agraria y otro a la parte social. Pero no es suficiente para llegar al seguimiento constante e individualizado que consideran necesario.

Evaristo limpia la tierra de malas hierbas para que crezcan con más fuerza
Evaristo limpia la tierra de malas hierbas para que crezcan con más fuerza

Todas estas "son personas muy vulnerables en situaciones muy delicadas, con un equilibrio vital muy frágil", asegura Emiliano. "Ni siquiera sus familias entienden el problema que tienen. No son personas normalizadas y sus familiares les tratan como si lo fuesen. Eso les acaba haciendo más daño", explica el párroco.

A pesar de los problemas y limitaciones que arrastran estas personas, el trabajo en la huerta y los invernaderos da sus frutos. Una gran parte de los productos que se consiguen en el trabajo de la tierra se utilizan para el servicio de catering que ofrecen a personas mayores, gracias a acuerdos con el Ayuntamiento y la Diputación de Salamanca.

Actualmente tienen contratados 500 menús diarios urbanos y casi 50 en el entorno rural. Pero incluso con eso, se daba un gran excedente que ASDECOBA también quería aprovechar. Para ello creó la marca Manos Verdes: productos naturales y ecológicos que se preparan en el centro de transformación y conservación que ubicaron en la casa parroquial del pueblo Pino de Tormes.

Después de dos años de funcionamiento, Manos Verdes intenta comercializar sus productos de manera alternativa, conscientes de la dificultad de competir en el mercado industrial, pero también por una cuestión ética.

Jesús se encarga de tapar la cosecha con una lona para rebajar la temperatura en el invernadero
Jesús se encarga de tapar la cosecha con una lona para rebajar la temperatura en el invernadero

Maripaz es la única trabajadora fija en este centro. Lleva 10 años en el proyecto, y los últimos dos en su nuevo puesto de Pino de Tormes. Cuando empezó a trabajar con Emiliano su marido le recordaba que "la ONG no eres tú", achacándola su compromiso con el proyecto.

"Son personas muy vulnerables en situaciones muy delicadas, con un equilibrio vital muy frágil", asegura Emiliano

"Vivimos en una sociedad muy individualista y al principio te preguntas que por qué hay gente que dedica tanto esfuerzo en algo que no te aporta casi nada económicamente", explica Maripaz. "Pero una vez que te metes, cambia tu mentalidad".

Bene escogiendo patatas
Bene escogiendo patatas

Emiliano está convencido de que esta sociedad no va a dar soluciones a la vida de toda esta gente y se lo advierte a todos desde el principio. "Pero son personas, seres humanos a los que tenemos que facilitar la participación en algo que les exija esfuerzo. Así logramos que se sientan como uno más", explica el párroco, quien defiende el planteamiento "reivindicativo" del proyecto, que no quiere que se confunda en absoluto con la "caridad".

Producto final con la marca 'Manos verdes'
Producto final con la marca 'Manos verdes'

En apenas dos horas el campo de Torresmenudas queda sembrado de 5000 brotes verdes que ocultan bajo la tierra mucho más de lo que muestran en la superficie. No solo el alimento futuro, sino el esfuerzo de Emiliano y todo su equipo.

Mañana nadie olvidará la azada del párroco. Todavía queda mucho por hacer.

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