Penúltima sesión

Del espejismo de la independencia a, como mucho, desobediencia: turno de las defensas

Cuatro formas distintas de tratar de convencer al tribunal del 'procés' de que los hechos que se juzgan desde el pasado febrero no encajan en los graves delitos por los que acusa

Foto: Francesc Homs, Xavier Melero, y Andreu Van den Eyden. (EFE)
Francesc Homs, Xavier Melero, y Andreu Van den Eyden. (EFE)

‘Amanece que no es poco’ y ese Gila que llamaba al enemigo. Cuatro estilos. Cuatro abogados y siete acusados. Cuatro formas distintas de tratar de convencer al tribunal del ‘procés’ de que los hechos que se juzgan desde el pasado febrero no encajan en los graves delitos por los que acusa la Fiscalía y la Abogacía del Estado. Suerte o pericia dispar cuando todos los ojos, también los del tribunal en pleno, te miran.

De nueve y media de la mañana a ocho de la tarde. Fue el día de Andreu Van den Eynde, Javier Melero y Jordi Pina. Y de aperitivo, por sorpresa, de Josep Riba. El día de echar el resto y desmontar la rebelión, la sedición y la malversación. La desobediencia, ya menos, porque como quien se agarra a un clavo ardiendo, a un mal menor, a lo comido por lo servido, este es el único delito del muestrario expuesto por las acusaciones que, a los ojos de las defensas y con la boca chiquitita, encaja en la conducta de los que se sientan en el banquillo.

Del espejismo de la independencia a, como mucho, desobediencia: turno de las defensas

Hubo puntos inevitablemente comunes entre ellos. No fueron nuevos. No hubo violencia. No hubo violencia y la independencia fue un ‘fake’. Nada real. Melero, en defensa de Joaquim Forn, dijo que tras el día 27 de octubre, después de que Puigdemont saliera y declarara estrenada la república, no pasó nada. "No se arrió la bandera, no se comunicó nada al cuerpo diplomático ni se aprobaron decretos y leyes de desarrollo". Pina, en representación de Sànchez, Rull y Turull, expuso su experiencia personal: “El día 1 de octubre yo fui a votar y al día siguiente, a trabajar. Hablé con mi socia en Madrid y no le dije nada parecido a ‘estás en el extranjero”.

El teorema que confiere a esa declaración una cualidad puramente simbólica tiene un feo efecto no tan simbólico. La tomadura de pelo a la ciudadanía que se creyó a pies juntillas lo que resultó ser un órdago sin cartas. Quizá por eso, lo ciudadanos también salieron en los informes y, precisamente, se les llevó a la sala para evidenciar que “no son tontos”, que si fueron a votar fue por voluntad y por deseo propios, y que nadie les manipuló. Tontos no eran, pero les tomaron por tales, parece.

Más allá de estas tangentes, estas líneas que tocan la circunferencia en un punto, cada uno de los abogados impuso al informe su tono personal. Van den Eynde abrió la jornada y realizó una exposición entre la sinceridad y la pasión. Recordó uno de esos asuntos que otros han obviado y que no carecen de importancia: la anormalidad de la división de sumarios sobre el ‘procés’, o sobre el 1-O o sobre las estructuras para la Cataluña independiente. Como tentáculos de medusa que en ocasiones se entrelazan y en otras no. Y entró al ataque: contra la Fiscalía y su dicotomía con la Abogacía del Estado, contra el concepto imaginativo de rebelión, contra el papel de los Mossos, contra los documentos que sustentaban el plan. Técnico, sereno, cargado de argumentos. “Tenemos dos coches rotos y ellos hablan del apocalipsis. No les gusta la realidad, les gusta el ruido".

Melero se salió de la gráfica. Opinión generalizada, fue el mejor de los cuatro. Acuñó un término para la posteridad: “la rebelión posmoderna”. Si el termómetro que indica la calidad de un informe es la atención que se le presta, reventó la temperatura. Consiguió desatar la reflexión, a ratos la risa, a ratos la admiración por una inteligencia penal que ha venido demostrando desde un inicio y que logró conciliar a propios y ajenos. Estampó un final que casi arranca aplausos. Un guiño a la película ‘Amanece que no es poco’ que parafraseó para desear que las discusiones más graves entre españoles versen sobre Faulkner. Otra frase venía, inevitable, a la cabeza: “Todos somos contingentes, pero tú eres necesario”.

Melero se salió de la gráfica. Opinión generalizada, fue el mejor de los tres. Acuñó un término para la posteridad: “la rebelión posmoderna”

Pina, el más flojo. Puso de manifiesto desde el principio una excesiva identificación con los acusados, una dualidad abogado-defendido innecesaria, sobrante. La mostró en varios momentos. Personalizó tanto el informe que se puso como ejemplo una y otra vez. “En Cataluña, como en todo el mundo, cada uno es libre de hacer lo que quiera”, “igual esto no se entiende desde Madrid”. Todo para acabar con una referencia a su amistad con Sànchez, Rull y Turull: “Gracias a mis tres amigos. Sea cual sea la sentencia, podéis estar tranquilos porque sois gente de paz”. Por el camino, aprovechó para recordar que aunque jueces hay muchos, “jueces que han prevaricado, también”.

Del espejismo de la independencia a, como mucho, desobediencia: turno de las defensas

Fue él quien citó a Gila. “¿Es el enemigo?, que se ponga”, decía el cómico. Y el enemigo, el martes, fue el fiscal Javier Zaragoza. Presente solo por la mañana, por la tarde durante su ausencia debieron pitarle los oídos. Se cargó, con reproches, con ironía o con descalificación, hacia él y su “golpe de Estado” que aún resuena desde los titulares hasta el banquillo.

Riba, el último, que se estrenó fuera de hora y por una providencial indisposición de Marina Roig, que coloca su informe el primero de la mañana de este martes, con titulares frescos y presencia ilustre de asistentes como Torra, Torrent o el presidente de Òmnium, Marcel Mauri, se condujo en parámetros técnicos. Discreto y eficaz.

Distintas formar de decirlo y un mismo mensaje: no hubo rebelión, no hubo sedición, no hubo malversación.

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