base de datos recopilada por el confidencial

Violencia machista en la tercera edad: "Tuve que cuidar de mi agresor hasta que murió"

Una de cada seis mujeres asesinadas por sus parejas desde 2010 tenía más de 60 años. Los malos tratos se alargan durante más de 30 años y las víctimas los suelen ver como normales

Foto: Cientos de mujeres protestan en la Puerta del Sol de Madrid. (EFE)
Cientos de mujeres protestan en la Puerta del Sol de Madrid. (EFE)

Aurora (nombre ficticio) se casó con dudas. Durante los preparativos de su boda ya empezó a notar en su futuro marido una actitud posesiva, un amago de controlarlo todo, una especie de desprecio que al principio no fue capaz de identificar. Con el tiempo, todo se convirtió en bofetadas, empujones y tirones de pelo cada vez que no quería acostarse con él.

Acabó denunciando a su marido y fue en busca de un certificado de divorcio. Sin embargo, su marido enfermó y murió antes de poder firmar los papeles. Ella le cuidó hasta que falleció. Se convirtió en la viuda de su agresor.

La violencia machista en la tercera edad es una problemática que pasa desapercibida. Una de cada seis mujeres asesinadas por hombres desde 2010 tenía más de 60 años, tal y como ha podido comprobar El Confidencial tras analizar la información recopilada por este medio en una base de datos única sobre el detalle de cada uno de los homicidios machistas cometidos en esta década.

Desde 2017, el número de homicidos en la tercera edad ha repuntado. Y en los últimos 12 meses, mujeres de 78, 84, 90, 95, 67 y 60 años —esta última hace dos días— han sido asesinadas a manos de sus maridos. La proporción de estas víctimas ha llegado a alcanzar el 22%.

Aurora logró salir del círculo de la violencia machista, pero la mujer leonesa que ingresó el pasado 11 de enero en el Hospital de Ponferrada con un parte de lesiones se sumó tres días después a los ocho feminicidios perpetrados en lo que llevamos de año (enero es junto a julio el mes donde más asesinatos machistas se cometen). Tenía 95 años.

Hace dos días, esta vez en las Islas Canarias, una mujer moría a manos de su sobrino y pareja sentimental de 58 años. La víctima ya había sido asistida dos veces por maltrato, la primera en 2014 y la segunda en 2018, cuando acudió con un parte de lesiones al hospital, pero no había querido denunciarlo. Tenía 60 años.

“Voy a acabar contigo a puñaladas”

Cuando Natividad, psicóloga de profesión, se reúne con "sus niñas", lo hace en un local recogido y sin facilitar muchos datos sobre su dirección. Todos los miércoles abre la puerta para la terapia de grupo semanal. Sus participantes, de más de 60 años, comparten dos vínculos: la violencia machista y la edad.

El año pasado, la comisión para la investigación de malos tratos a mujeres ayudó a medio centenar de afectadas que ya entraban en la tercera edad. Natividad, junto con el resto de sus compañeras, trabaja todas las semanas para proporcionarles asesoramiento, enfrentarse a sus agresores y ofrecerles una salida.

Esta organización, ubicada en Madrid, es una de las pocas que gestionan una vertiente centrada en ayudar a este tipo de víctimas. Y es que el trabajo se torna muy complicado cuando sus opciones dejan de ser las mismas que las de otras mujeres por un motivo tan simple como el contexto social en el que crecieron.

Reventó de ira y cogió un cuchillo, gritándome que iba a terminar conmigo

Natividad lo ejemplifica describiendo la reacción de un agresor septuagenario cuando la policía se presentó en su casa. "'La voy a matar. No sé ni cuándo, ni cómo, pero la voy a matar’, eso le dijo al agente”, rememora. “Estos hombres tienen una mentalidad mucho más machista que los jóvenes y, sin embargo, la sociedad no es tan consciente de ello".

El problema de la violencia machista en mujeres mayores reside en su carácter estructural, que se alarga en el tiempo. En la mayoría de los casos, el noviazgo se inició en una situación política y social como la del franquismo, que inculcaba los valores del matrimonio tradicional y el papel de la mujer como propiedad y esposa sumisa. Así, la tendencia viraba hacia la normalización de los malos tratos con dos consecuencias: el silencio de la mujer y el abuso creciente del hombre.

“Es la edad. A las jóvenes se les puede recuperar porque hoy hay mucho apoyo, pero estas mujeres no han tenido nunca ingresos económicos, ni estudios ni recursos. Algunas son hasta analfabetas funcionales”, explica Natividad. “Por eso existe ese terror a denunciar”.

Cuando Nora Gladys, de 65 años, vio la muerte cerca, decidió que las autoridades tenían que saberlo. Después de tres décadas de maltrato, había conseguido una sentencia de divorcio. Tras disolverse el matrimonio, apenas recibió noticias de su agresor. Al menos así fue hasta que un día su exmarido se presentó en casa de su hija mientras tomaban un café.

En la vista del divorcio, el juez había dictado un año de uso del piso común para su agresor y otro para ella. Él nunca le quería dar las llaves, así que cuando llamó al timbre, no dudó dos veces y se las pidió.

"Reventó de ira y cogió un cuchillo gritándome que iba a terminar conmigo a puñaladas”, recuerda. “Dijo que la primera me la iba a dar tan fuerte que ya no iba a poder resistir más”. Su yerno, que también estaba en la casa, pudo frenar la agresión. Al día siguiente, Nora se presentó en comisaría.

"Era una presión constante"

Prácticamente al mismo tiempo que Aurora saludaba por primera vez a su futuro maltratador, Nora conocía en Uruguay al que iba a ser el suyo. Ella tenía 20 años y él, recién emigrado de España, superaba por poco la veintena. Cuarenta años después, sentada en el salón de su casa, reconoce que desde el principio notó en su pareja comportamientos machistas que intentó ignorar porque “estaba loca por él”.

Hubo dos actitudes que la marcaron de por vida. La primera fue la alerta inicial. Ocurrió muy al principio, nada más comenzar la relación, una tarde como otra cualquiera en la que Nora fue a cortarse el pelo.

Había quedado con su pareja para que la recogiera al terminar. Nada más salir de la peluquería, él llegó con su moto y así como frenó, volvió a acelerar sin decir nada. “Me dejó allí plantada, en la calle, porque me había cortado el pelo y no le gustaba”, recuerda. “Así empezó todo”.

Nora Gladys, en una fotografía reciente.
Nora Gladys, en una fotografía reciente.

El segundo recuerdo lo tiene grabado a fuego porque implicó a su hija pequeña que, por entonces, tenía siete años. Habían ido a buscarla a una fiesta de cumpleaños. Nora tardó cinco minutos más de lo previsto en recoger a la pequeña por lo que, cuando salió a la puerta, había vuelto a pasar: de nuevo plantada, esta vez con su hija, y dos kilómetros a pie por recorrer. “Llegamos agotadas. Al entrar por la puerta, lo primero que hizo fue tirarme un trapo a la cara y decirme que no era mi chófer”, afirma. Entre medias, gritos, insultos y bofetadas. No la dejaba estudiar, tampoco trabajar. Lo hizo durante un tiempo pero siempre enfrentándose a malas caras e insultos cuando llegaba más de cinco minutos tarde.

"Era una presión constante. Siempre tenía miedo de llegar tarde, de no haber comprado el pan, de haberme olvidado cualquier cosa que quisiera", recuerda Nora. Como represalia, su agresor la dejaba afuera, en el rellano. Si su hijo estaba en casa, siempre le abría él. Si no, ella aporreaba la puerta. Al menos así lo hizo hasta que un día le espetó: “Si la sigues golpeando, te rompo a patadas”.

Normalización de los malos tratos

Existen pocos estudios que analicen en profundidad esta tipología de violencia machista. La profesora universitaria Carmen Meneses, experta en género y exclusión social en la Universidad Comillas, ha realizado el más reciente y exhaustivo hasta la fecha.

Tras entrevistar a 833 mujeres en los centros de mayores de la Comunidad de Madrid, reveló que la violencia machista en la tercera edad sigue un patrón muy claro: un abuso físico y psicológico constante durante más de 30 años que deriva en una asimilación de los malos tratos. Como alternativa, a las víctimas solo les queda la muerte de su agresor o huir ellas a las residencias para la tercera edad.

“Se dan dos circunstancias. Por un lado, les cuesta ver que han sufrido violencia machista porque en su época no había conciencia sobre el machismo”, razona la profesora. “Por otro, al no conocerse estos casos en la sociedad, los recursos no se han enfocado de forma específica hacia ellas”.

El 20% de las encuestadas en el mayor estudio sobre la violencia machista en la tercera edad afirma que el maltrato debía "arreglarse en casa"


Es un círculo vicioso: si los casos no salen a la luz, las instituciones no se plantean solucionarlos y, por tanto, las víctimas siguen sin ser conscientes de su situación.

Cuando la profesora preguntó en las residencias, la mayoría de mujeres maltratadas podían identificar que los insultos y los gritos eran también maltrato machista y, de hecho, el 80% estaba de acuerdo en que la violencia machista en las parejas mayores está muy oculta. Sin embargo, todavía más de un 20% afirmaba que las situaciones de maltrato eran algo que debía aguantarse por amor y solucionarse en casa.

Además de no ser capaces de ponerle nombre a algo que han creído habitual, estas mujeres también han tenido que enfrentarse no solo a la incredulidad de sus familias sino a la de policías, abogados y jueces, que les han recomendado “volver a casa y arreglar las cosas” antes que poner una denuncia.

Aurora lo sabe bien. A su madre le costó asimilar que su hija era víctima de violencia machista porque ella no lo había vivido. Por suerte, cuando le contó todos los detalles, dijo: “Dejamos a los niños con las vecinas y nos vamos ya a la comisaría”.

Sin embargo, la profesora Meneses explica que después de haber escuchado durante más de 30 años que en el amor todo vale, muchas mujeres no son capaces de afrontar una decisión de tal calibre. "Si antes era complicado para ellas denunciar a sus maridos, con 75 años les resulta prácticamente imposible", explica.

A la falta de autoridades que afronten profesionalmente los casos se suma la dependencia económica, una de las principales razones que frenan a las mujeres mayores a la hora de intentar salir de una situación de maltrato. En los estudios de Meneses, por ejemplo, un tercio de las maltratadas afirmaron que en algún momento de su vida su agresor les impidió manejar su propio dinero.

Aurora ni siquiera podía comprar unas zapatillas para sus hijos sin que su marido se lo reprochara. “Cada céntimo que gastaba generaba una bronca”, cuenta. “A mí me frustraba porque él ganaba el triple que yo cuando trabajaba y, sin embargo, se lo gastaba todo en fiestas con sus compañeros”.

Con sospechas, pero sin números

En la Fundación Luz Casanova, también ubicada en Madrid, se dieron cuenta de la escasa atención a las mujeres mayores cuando en los centros para víctimas de violencia de género no había cifras significativas sobre sus circunstancias. Existía la sospecha pero no el número. Empezaron entonces a plantearse dónde estaba ese importante porcentaje de mujeres mayores agredidas por sus parejas.

Así las cosas, decidieron solicitar el informe de Meneses y crear un proyecto de atención especializada. Observaron que la prevalencia de la violencia psicológica era alarmante, pues un 75% de ellas había recibido insultos y a más de la mitad su agresor les había prohibido hablar con otras personas, expresar sus opiniones o salir con sus amistades.

Tras tener los resultados, el primer paso fue crear grupos de desarrollo personal para trabajar la autoestima de las víctimas y mejorar su asertividad. "Las mujeres salen de aquí siendo capaces de decir no, con una mejor concepción de su situación y con herramientas para actuar sin importar su edad", explica Elena Valverde, coordinadora de Igualdad en la fundación.

Los centros de día y las residencias de la tercera edad son lugares idóneos para detectar el maltrato

Además, fueron un poco más allá y apostaron por la formación de profesionales sanitarios —desde auxiliares de enfermería hasta médicos— en perspectiva de género para así hacer más fácil la detección de situaciones de maltrato en la tercera edad, una asignatura que aún creen pendiente en los servicios de atención primaria.

“Los centros de día y las residencias de tercera edad son los lugares idóneos para detectar maltrato. Por eso, es indispensable aprender a identificar sus características”, explica Elena Valverde. “Solo así podemos ofrecer la ayuda que necesitan tras varias décadas de maltrato”.

Tanto Nora como Aurora siguen muy de cerca todas las manifestaciones feministas que se están dando a lo largo y ancho de la Península. Incluso han participado en ellas. Ambas están de acuerdo en que debe promoverse una mayor acción del sector público en la violencia machista en edades avanzadas, pero insisten en que la lucha de todas las mujeres es imprescindible. “O nacemos enérgicas, o no nacemos”, concluye Aurora.

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