DE LA FUNDACIÓN AL ENCAJE EN LA ARENA INSTITUCIONAL

De Podemos a Vox: similitudes y diferencias de una irrupción electoral desde el margen

Las analogías estratégicas son numerosas e, incluso, parte de su diagnóstico, pero sus recetas y fundamentos políticos fueron desde un principio antagónicos. Ahora todo podría cambiar

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal, durante la noche electoral del pasado domingo. (Reuters)
El líder de Vox, Santiago Abascal, durante la noche electoral del pasado domingo. (Reuters)

Podemos y Vox se presentaron en sociedad hace ahora casi cinco años, con apenas 24 horas de diferencia. Primero lo hizo el que por entonces se denominó "el nuevo partido de Santiago Abascal y Ortega Lara", el 16 de enero de 2014 en Madrid. Al día siguiente lo hizo "el partido de La Tuerka", en el madrileño Teatro del Barrio, como continuación del manifiesto Mover Ficha, cuyo autor intelectual y primer firmante fue Juan Carlos Monedero. Los promotores de ambos proyectos habían tenido relación en mayor o menor medida con las formaciones más cercanas a sus respectivos espacios ideológicos. El PP en el caso de Vox e Izquierda Unida en el de Podemos.

La vinculación de los primeros fue más notoria, como en el caso de Lara o de Abascal. Este último ocupó durante años cargos orgánicos e institucionales en la formación popular, mientras que entre los promotores de Podemos, Pablo Iglesias o Monedero se habían limitado a tareas de asesoría política. Eran todos viejos conocidos para los medios quienes presentaron el proyecto de Vox en rueda de prensa, a los que hay que sumar también al exministro de UCD Ignacio Camuñas o la periodista Cristina Seguí. Alejo Vidal-Quadras no dejó su militancia en el PP hasta unas semanas después del lanzamiento de Vox, junto a otros "desencantados de la política del PP", para dosificar así los impactos mediáticos. Poco después se convertiría en el cabeza de lista de Vox en las elecciones europeas que encumbraron a Podemos y a Pablo Iglesias como número uno de la candidatura.

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Meses antes, Vidal-Quadras había coincidido en los platós de Intereconomía con un Pablo Iglesias prePodemos y afirmaba, en consonancia con su contertulio, que España estaba sumida en una crisis de sistema político. "Un tipo listo que me interesó desde el principio", reconocía el líder de Podemos en su libro de conversaciones con el periodista Enric Juliana, 'Nudo España' (Arpa). El programa de Intereconomía 'El gato al agua' vio nacer no solo a Vox sino también al tertuliano Pablo Iglesias, "encantado de cruzar las líneas enemigas".

Unos y otros se divorciaron de las cúpulas de sus partidos o formaciones de las que eran afines denunciando falta de participación interna, corrupción —el caso Bankia llegó a infectar a la vieja guardia de IU— y reclamando más "valentía" en sus planteamientos. Un PP auténtico y una izquierda también auténtica. Los promotores de Vox acusaban un alejamiento de las políticas emprendidas por Mariano Rajoy y una creciente "desilusión". Podemos lanzaba una opa hostil a Cayo Lara, generando una inquina recíproca que todavía pervive, por no haber sido capaz de capitalizar el 15-M ni de renovar la organización. Ambos enarbolaron la bandera de la "regeneración democrática" y la división de poderes efectiva, atacando la "escandalosa politización de la justicia" (según recoge el manifiesto fundacional de Vox).

Las similitudes estratégicas son numerosas e, incluso, una buena parte de su diagnóstico (cuando se fundaron en 2014), pero sus recetas y fundamentos políticos fueron desde un principio antagónicos. Al igual que sus trayectorias políticas. La ventana de oportunidad de Podemos llegó a través de las elecciones europeas, sin apenas estructura. Vox ha tenido que esperar casi cinco años para irrumpir en las instituciones, en una cita a la que estuvieron a punto de no presentarse para, como Podemos, hacerlo en unos comicios europeos beneficiándose de factores como el de la circunscripción única o que en ellas prime menos el voto útil en favor del voto del cabreo o toque de atención.

Vistalegre se convirtió en el animal mitológico de ambas formaciones. Si bien Podemos se situó en el radar mediático tras irrumpir con un millón de votos en las europeas y cinco eurodiputados, Vox lo hizo tras llenar el Palacio de Vistalegre en un multitudinario mitin. Abascal afirmó durante su intervención, tratando dar la vuelta a la ya mítica afirmación que en el mismo escenario había hecho Iglesias: "No asaltaremos el cielo, lo conquistaremos". El 'asalto a los cielos' de Iglesias tenía una inspiración marxista, pues con esta frase había descrito Karl Marx las aspiraciones de la Comuna de París, mientras que Abascal la volteó para revestirla de la mitología de la Reconquista. "La reconquista comienza en tierras andaluzas y se extenderá en el resto de España", volvía a incidir el argumentario de la formación tras las elecciones andaluzas.

A nivel discursivo, algunos de los conceptos y metáforas utilizados por Vox en el acto que supuso su mayoría de edad habían sonado casi tres años antes en boca de los principales dirigentes morados. El "desborde", "la España que madruga", la asunción de que Vox no es una organización política clásica sino un "instrumento" —en este caso, "al servicio de España"—, las apelaciones al "sentido común", a los "exiliados económicos", como el 15-M había denominado ya antes de Podemos a los jóvenes que tenían que emigrar por falta de trabajo, o a la patria, buscando resignificar este concepto, como todos los demás, según sus postulados. Mismos términos, distintos significados. Abascal también ha leído a Antonio Gramsci, el faro estratégico de Podemos, junto a Maquiavelo.

El empleo asociado de 'fake news', siguiendo la estela comunicativa de otros fenómenos políticos, ha sido ampliamente analizado en el caso de Vox

La polarización política ha beneficiado a ambas formaciones, y la ventana por la que se han colado es la crisis del bipartidismo. "Los grandes partidos han caducado, entre otras cosas por la carcoma de la corrupción o su aburguesamiento". La afirmación no es de un dirigente de Podemos, sino de Rocío Monasterio, vicesecretaria de Acción Social de Vox. Mariano Rajoy centralizó buena parte de su campaña en las generales en confrontar con Podemos, que siguió el juego, mientras que Susana Díaz hizo lo propio con Vox.

Sin demasiados recursos económicos ni grandes estructuras orgánicas, lograron así situarse en el centro de la agenda y acaparar los focos. Santiago Abascal ya no necesitará ocupar un escaño en el Parlamento Europeo para conseguir cuota de campaña hasta las elecciones generales. Todo ello sin evitar las tensiones con los medios de comunicación generalistas que los sitúan en el foco, cuando no el enfrentamiento directo o los vetos. Unas actitudes que también se reprocharon a Podemos. Abascal, como Iglesias cuando irrumpió en la arena política, lleva a gala ser un 'enfant terrible'. Las redes sociales y las herramientas telemáticas son los dispositivos de comunicación preferidos por ambas organizaciones para llegar a su público y, aunque no son suficientes, su utopía comunicativa pasa por prescindir de los intermediarios y los filtros periodísticos y, por tanto, de los medios de comunicación convencionales. El empleo asociado de 'fake news', siguiendo la estela comunicativa de otros fenómenos políticos como el de Trump o Bolsonaro, ha sido ampliamente analizado en el caso de Vox.

Antes de Vistalegre, el conflicto catalán desde el 1-O ya permitió a Vox adquirir visibilidad debido a que el partido se personó como acusación popular. Cataluña ha sido una de las claves del éxito de esta formación, la única que defiende programáticamente, como ya destacó en su manifiesto fundacional, el fin del Estado de las autonomías plasmado en la Constitución de 1978. Otra de las claves que aprovechó la formación para conectar con unas capas de población cada vez más numerosas fue su lucha contra la inmigración y su premeditado discurso políticamente incorrecto. Sobre todo a partir del pasado verano. Hace ahora cinco años, cuando Vox lanzó su manifiesto fundacional, evitó cualquier referencia a la inmigración, legal o ilegal, a lo largo de sus siete página. Ni una sola mención, ni siquiera en su "agenda para el cambio", que en nueve puntos resumía sus objetivos programáticos. Podemos también ha destacado por sus giros estratégicos, y es que las dos formaciones asientan sus raíces en el populismo (uno progresista, el otro blanco o reaccionario).

El encaje institucional y en los consensos políticos —de la derecha— por parte de Vox parece que será menos traumático que el de Podemos. Fuese por evolución propia o por generar un dique de contención, la derecha ya optó por alejarse del centro en cuestiones territoriales, relativas a la inmigración o el aborto. Pablo Casado ya arrancó su campaña para la presidencia del PP en las primarias internas afirmándose en un proyecto más conservador para "recuperar" tanto a los exvotantes populares que se habían ido a Ciudadanos como a los que lo habían hecho a Vox. Toda una declaración de intenciones, principalmente cuando la formación liderada por Santiago Abascal era una fuerza extraparlamentaria.

El presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado. (EFE)

El bloque conservador optó así por una competición virtuosa entre sí y por buscar puntos de encuentro, como ya se ha manifestado de cara a desalojar al PSOE de la Junta de Andalucía. Esto es, competición electoral y cooperación política. Podemos, en cambio, se convirtió en principal rival de los socialistas tras su irrupción en la arena política. Ambos lucharon por la hegemonía de la izquierda. Una batalla que se tradujo en la campaña del fallido sorpaso en 2016. Los socialistas establecieron un cordón sanitario frente a Podemos que se tradujo en el denominado 'pacto del abrazo' entre PSOE y Ciudadanos.

Lo que Iglesias tardó casi cuatro años en conseguir, hasta el advenimiento del sanchismo, Abascal lo logró antes incluso de llegar a las instituciones. Una singularidad española que contrasta con el cordón sanitario que las formaciones liberales en Europa establecen frente a los populismos blancos de derechas. El diario 'Le Monde' se ha encargado de recordarlo en un editorial: "Si el partido liberal Ciudadanos se presta a gobernar con un partido que tiene ideas opuestas a los valores europeos, tendrá que explicárselo a sus socios en el continente" (véase Enmanuel Macron). Asimismo, el exministro francés y macronista Manuel Valls, candidato independiente de Ciudadanos a la alcadía de Barcelona, también incidía en ello posteriormente: "Estoy seguro de las convicciones de Ciudadanos, no puede haber ningún pacto con Vox", remarcando que "no puede haber ningún compromiso con la extrema derecha".

El líder de IU, Alberto Garzón, ha ido un paso más allá al argumentar este lunes en una carta dirigida a sus militantes que "Vox no se entendería sin los discursos más radicales y reaccionarios de Ciudadanos y PP, de la misma forma que no se entendería sin la pervivencia desde hace décadas del franquismo sociológico en nuestro país". Antes se había acuñado el término Gobierno Frankenstein para definir una hipotética alianza de PSOE y Podemos con el apoyo de los independentistas. Un concepto que ahora se reformula como Gobierno Francostein en alusión a la posible alianza entre PP, Ciudadanos y Vox.

El voto 'anti-establishment', en consonancia con la animadversión a las "élites" de Vox, es evidente. Su liberalismo en lo económico choca con estas ideas

Ahora, mientras Podemos ofrece síntomas de estancamiento e, incluso, declive, según algunos analistas, Vox vive su bautizo institucional irrumpiendo con doce escaños y un 11% de los votos en el Parlamento andaluz. Si la dirección de Podemos siempre se afanó en destacar que la ola reaccionaria que recorría Europa no había tenido traslación en España porque la formación morada servía como dique de contención canalizando la indignación social, esta lectura o bien se ha mostrado errónea o bien muestra que los analistas que anticipan el declive de Podemos están en lo cierto. "Somos el partido de los indignados de Andalucía", proclamaba el líder de Vox en esta comunidad, Francisco Serrano, la noche electoral del pasado domingo.

El voto 'anti-establishment', en consonancia con la animadversión a las "élites" o las "oligarquías" de Vox, es evidente. Con todo, su liberalismo en lo económico choca con estos discursos. Aunque quizá por poco tiempo porque, como apuntaba José García Domínguez, miembro asesor de la fundación Denaes para la defensa de la nación española, vinculada a Vox y de la que fue presidente Abascal, "más pronto o más tarde, Vox acabará siendo un partido antiliberal también en lo económico. Si quiere un espacio propio, no tendrá otra salida". El Frente Nacional de Le Pen y la Francia Insumisa de Mélenchon, formaciones galas en las que se referencian respecticamente Vox y Podemos, también han acercado en gran medida sus posiciones económicas. Iglesias, asimismo, ha recuperado con más ahínco el discurso del soberanismo económico desde el pasado domingo.

De Podemos a Vox: similitudes y diferencias de una irrupción electoral desde el margen

La indignación ha cambiado de bando, mientras este martes el propio Ayuntamiento de Madrid decretaba el fin de ciclo iniciado con el 15-M en 2011 colocando una placa de homenaje y recuerdo a este movimiento en la Puerta del Sol. "España ha conseguido que lo más progresista y lo más reaccionario convivan al mismo tiempo", aseguraba Iglesias en el libro de conversaciones antes referido. Quizá sea un preludio de lo que está por venir.

Si uno de los grandes temores de Iglesias es que el fascismo se haga 'cool', mediante una especie de "autoritarismo moderno", tanto Podemos como Vox están jugando a una polarización que retroalimenta mutuamente a los dos partidos. La primera rueda de prensa ofrecida por Santiago Abascal tras las elecciones andaluzas, coincidiendo con la celebración de la ejecutiva nacional del partido, no da lugar a dudas, pues eligió arrancar su exposición no refiriéndose a las negociaciones, ni siquiera a Susana Díaz o a los líderes de sus potenciales socios políticos de PP y Cs, sino al líder de Podemos, quien parece dispuesto en estos primeros compases a seguirle el juego. Se refirió el presidente de Vox a lo que considera un "clima de violencia" en las calles de Andalucía "creado y teledirigido", aseguró, por Pablo Iglesias. "Ha hecho [lanzando una 'alerta antifascista'] que cientos de jóvenes extremistas salgan a las calles de las ciudades andaluzas pidiendo el desmembramiento de miembros de Vox", añadió.

"No somos fascistas, somos antipodemitas y anticomunistas", aseguraba ya Abascal en su primera entrevista televisiva después de su éxito electoral en Andalucía. Unas reacciones con un barniz narcisista con que Podemos busca frenar la desmovilización de la izquierda, aun situando en el centro de su agenda a Vox, mientras que la formación liderada por Abascal medra como casa del "antipodemismo", que según el CIS —los que nunca votarían a esta formación— representa a casi la mitad del electorado. De Podemos a Vox.

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