así se produjo el triple asesinato

Un mechero, unas gafas de sol y un tapón de agua: reconstruyendo el crimen de Usera

El asesino se hizo pasar por un cliente, mató a las dos empleadas y esperó dos horas a que llegara su objetivo, el dueño del bufete; en su lugar, sin embargo, apareció un cliente

Foto: Los efectivos sanitarios no pudieron hacer nada por los tres fallecidos. (EFE)
Los efectivos sanitarios no pudieron hacer nada por los tres fallecidos. (EFE)

A las 19.23 horas del 22 de junio de 2016, suena el teléfono en la Brigada Provincial de Policía Científica. Son sus compañeros del 091, que les indican que ha habido un incendio en un bufete de abogados y que los Bomberos del Ayuntamiento han sacado tres cadáveres. Los policías se desplazan a la dirección exacta que le habían dado sus colegas, el número 40 de la calle de Marcelo Usera. Llegan a las 19.55 horas. Allí había ya tres coches patrulla que custodiaban el edificio, los Bomberos —que habían apagado el fuego y sacado los cuerpos— y los responsables de la investigación, los componentes del Grupo V de Homicidios de la Jefatura Superior de Madrid.

Un mechero, unas gafas de sol y un tapón de agua: reconstruyendo el crimen de Usera

Nadie, aparte de los Bomberos, había accedido al inmueble ni a la zona acordonada donde yacen los cuerpos de Elisa C., Maritza O. y John Pepe C. cubiertos por una sábana. El lugar, por lo tanto, está aún cargado de evidencias y pruebas. Los funcionarios del consistorio madrileño que sacaron los cadáveres explican a los policías que nada más entrar al despacho encontraron al varón tendido en el suelo boca abajo con papeles calcinados encima. Luego, al fondo del pasillo, en el despacho que utilizaba el dueño del bufete, Víctor Joel Salas, hallaron a las dos mujeres también boca abajo y una al lado de la otra.

A pocos metros del edificio aún está el coche de John Pepe con las luces de emergencia activadas. El hombre, cliente de Salas, lo había estacionado ahí temporalmente porque entendía que su gestión duraría poco. Tan solo iba a entregar unos papeles al letrado, que estaba gestionando un asunto a su mujer. El visitante nunca llegó a dar los documentos al abogado porque Dahud Hanid Ortizdetenido en Venezuela— acabó repentinamente con su vida, por la espalda y sin darle siquiera tiempo a levantarse.

Mientras los agentes de la Policía Científica observan todos estos detalles externos, llega el titular del Juzgado 41 de Madrid, Juan Carlos Peinado, de guardia en ese momento, que se ha hecho cargo de las diligencias. Autoriza a los agentes para que realicen la inspección ocular en la escena del crimen y estos acceden al edificio, un inmueble de dos plantas sin ascensor con dos pisos por nivel. Los funcionarios suben. La puerta no está forzada y entran. En el 'hall' observan el primer charco de sangre —habría dos más—, las gafas de sol del Decathlon de John Pepe, su móvil Nokia totalmente calcinado y la carpeta de plástico en la que el cliente traía los papeles que iba a entregar a Salas.

Los policías observan el humo que todavía, más de cuatro horas después de que Dahud provocara el incendio, permanecía en el techo de toda la estancia, repleta de papeles carbonizados. Se acercan al pasillo y ven la cartera abrasada de Maritza aún con su documentación parcialmente legible. Luego, un reguero de sangre que termina en el despacho del fondo, el que ocupaba habitualmente el dueño del bufete. En la puerta de esta última instancia, encuentran una tecla de ordenador. Los Bomberos les explican que la puerta estaba cerrada cuando ellos llegaron y que dentro estaban los cuerpos de Maritza y Elisa.

Los agentes inspeccionan más a fondo la habitación. Aún huele a gasolina. Encuentran un pendiente dorado —de Maritza—, un teclado de ordenador, una tapa metálica y otra negra pertenecientes a una CPU, un fragmento de hoja de cuchillo, un tapón de botella de plástico de la marca Volvic y una botella, que aún tenía restos de la gasolina utilizada por el asesino para incendiar todas las dependencias. Junto al baño del despacho de Salas, además, los investigadores encuentran el mechero con el que presuntamente el autor de los hechos prendió fuego al piso.

Despacho calcinado tras el triple crimen ocurrido el 22 de junio de 2016 en Usera. (EFE)
Despacho calcinado tras el triple crimen ocurrido el 22 de junio de 2016 en Usera. (EFE)

Los funcionarios de la Policía Científica descartan que el incendio fuera provocado por la red eléctrica o por otro tipo de causas accidentales y observan que el foco está en los propios cuerpos de las mujeres. En sus posteriores informes reflejarían, en concreto, que el asesino amontonó papeles y otros elementos de combustión sobre los tres cadáveres para posteriormente aplicar la llama directa con el mencionado mechero. Los agentes concluirían también que el incendio fue estructural pero pequeño, pues solo afectó a apenas 10 metros cuadrados de estancia, acelerado con combustible, "provocado intencionadamente" y con una "ineludible participación humana".

En su inspección, toman muestras para extraer el ADN de los tiradores de las puertas, de las gafas de sol de John Pepe, de la sangre esparcida por todo el piso, del pulsador de la luz, de los móviles, del mechero, de la carpeta de plástico, de unas tarjetas de visitas que encontraron, de un trozo de papel con la inscripción Cártel Juárez, del pendiente, del ordenador, de un palo de escoba, del trozo de cuchillo o del tapón de la marca Volvic, entre otros elementos. Este último vestigio resultó ser posteriormente una prueba clave para encauzar la investigación.

Un mechero, unas gafas de sol y un tapón de agua: reconstruyendo el crimen de Usera

Un tapón de Volvic

El abogado y propietario del despacho declararía esa misma noche del 22 de junio ante el Grupo V de Homicidios de la Policía Nacional, cuando le enseñaron el tapón, que conocía la marca —una firma de agua mineral francesa que también se vende en Alemania— porque la bebía la hermana de una amiga suya que vivía en la zona de Frankfurt. Hasta ese momento, Salas no era capaz de reparar en persona alguna que pudiera estar detrás del crimen por más que los policías le pedían que pensara en alguien que quisiera hacerle daño. Cuando observó el tapón que le enseñaron los agentes, sin embargo, vio la luz y se acordó de Dahud, el hombre que días antes le había amenazado de muerte.

En concreto, la intimidación se produjo en el mes de mayo anterior. Salas había conocido a una chica alemana que vino a Madrid a hacer un curso de español y entabló amistad con ella. La joven se marchó de vuelta a Alemania y ambos se intercambiaron mensajes y llamadas de vez en cuando. En una de esas conversaciones telefónicas, alguien le quitó el móvil a ella de repente y le preguntó que quién estaba al otro lado. Según el testimonio del propio abogado y de la chica, el letrado se quedó impactado y preguntó quién era él. "Yo he sido soldado en Estados Unidos, me han entrenado para matar y voy a ir a por ti, ya sé quién eres, deja en paz a ella que es mi mujer", le dijo su interlocutor, Dahud.

El letrado, que admitió en su declaración que no tenía ni idea de que ella tuviera marido hasta ese momento, sin embargo, no le dio importancia a aquella advertencia. La razón, según explicó el mismo 22 de junio ante la Policía, es que apenas un día después de esa llamada, Dahud le telefoneó de nuevo para pedirle disculpas. "Perdóname, he tomado pastillas y estaba afectado por ellas cuando hablé contigo", le indicó el hombre, un soldado estadounidense que había nacido en Venezuela y que se quedó en Alemania tras conocer a su mujer durante la estancia que él pasó en una base norteamericana que ya no existe.

Según fuentes de la investigación, Dahud viajó hasta Madrid el mismo 22 de junio, fue al despacho de Salas sobre las 14.30 horas y preguntó por el dueño del bufete. Dijo que era un cliente que tenía un caso de más de un millón de euros y que quería hablar con el propietario. Elisa le atendió y le dijo que él no estaba en ese momento, que seguramente volvería por la tarde. Él no quedó satisfecho con la respuesta e insistió. Fue entonces cuando la mujer, exjueza cubana que llevaba gran parte del trabajo técnico del despacho, llamó a su jefe para explicarle la situación. Salas, que acababa de salir de los juzgados de plaza de Castilla, se ofreció a ir en ese mismo momento a la oficina, pero Elisa le dijo que mejor luego, ya que la mañana estaba acabando y parecía más lógico que el cliente regresara por la tarde.

La matanza

Tras colgar, se lo explicó a Dahud, que pidió usar el baño. El propietario del despacho volvió a telefonear a Elisa para ver si se había arreglado el asunto y esta le dijo que sí, que volvería a las 17 horas, pero que en ese momento estaba en el servicio. Acto seguido, la chica fue al baño y llamó para indicar al visitante que se disponían a cerrar. Tras ponerse unos guantes y sacar su cuchillo de guerra, adquirido días antes, salió del lavabo y apuñaló a Elisa. Luego la cogió por detrás y le cortó el cuello ante la mirada de Maritza, que corrió a la cocina a por un arma blanca larga que iba a servir como prueba en un procedimiento paralelo. La agarró mientras Dahud trasladaba a su compañera al despacho de Salas y regresó a por el hombre.

Ambos se encontraron en el pasillo. Ella levantó el arma, él puso el brazo y paró el golpe con la muñeca. Luego le quitó la herramienta y le clavó el cuchillo. Se llevó su cuerpo al mismo despacho y la siguió golpeando. Dahud se metió en el ordenador de Salas y esperó a que este llegara. A las 17 horas, sin embargo, el que primero entró por la puerta del bufete no fue el propietario, sino un cliente. John Pepe empujó el pestillo y accedió como otras veces había hecho. Como ni Elisa ni Maritza estaban en su sitio habitual, las mesas que hay junto al 'hall', decidió sentarse en el sillón de dos plazas que hay en la entrada para esperar. Se quitó sus gafas de sol y se acomodó.

Al final del pasillo, Dahud escuchó que alguien acababa de entrar. Empuñó el arma que Maritza había utilizado para golpearle y corrió hacia el 'hall'. Sin darle oportunidad siquiera para que el cliente le viera la cara, le atizó con la herramienta en la cabeza con tal fuerza que lo tiró al suelo en seco. Una vez tumbado, comenzó a ensañarse sobre su cuerpo hasta el punto de desfigurarle el rostro. No hay duda de que Dahud creía que el hombre al que machacaba era el abogado que se intercambió mensajes que con su mujer. Luego, empapeló los cuerpos, les echó un acelerante y les prendió fuego con la intención de eliminar pruebas e incendiar toda la instancia. En cuanto lo hizo, agarró el ordenador de Salas y se lo llevó.

El presunto asesino salió por el portal del edificio apenas unos pocos minutos antes de que otros dos clientes acudieran al despacho. Estos llamaron al timbre, pero nadie les abrió, hasta que alrededor de las 18 horas llegó el dueño del bufete en la moto. Este aparcó el vehículo en la acera de enfrente, se quitó el casco y vio que salía humo de la ventana. Llamó entonces al 112 y se acercó a los clientes que había en la puerta. Le pidió a uno de ellos que subiera con él y ambos fueron al primer piso. El abogado estaba nervioso y le pidió a su acompañante que abriera. Este introdujo la llave, la giró y empujó la puerta, pero salió tanto humo de golpe que los dos tuvieron que cerrar de nuevo, según explicaron ambos en sus respectivas declaraciones.

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