j. manuel costas, condenado por Macrofraude

Así cayó el carpintero gallego que entró en la lista de los más buscados de Europol

La falta de medios económicos precipitó la detención en Portugal de José Manuel Costas, líder de una trama de facturas falsas y en la lista de los 50 más buscados por Europol

Foto: José Manuel Costas.
José Manuel Costas.

En la lista de los 50 fugitivos más buscados por Europol figuraba un gallego discreto, un carpintero de 51 años que convirtió una pequeña empresa familiar de casas de madera en la mayor red de fraude fiscal descubierta nunca en Galicia. Su cara no era apenas conocida cuando hace dos años decidió desaparecer de la faz de la tierra, para eludir una condena de seis años de cárcel y afrontar otros presuntos delitos que se le siguen acumulando. José Manuel Costas cayó el 22 de junio cuando salía de un restaurante en Portugal. Se le había terminado el dinero, implicó a muchas personas y acabó haciendo demasiado ruido. La operación Fado puso fin a su aventura.

La prensa portuguesa da cuenta estos días de cómo era la vida al otro lado de la frontera del gallego más buscado del mundo, un forajido que dependía de la ayuda que le proporcionaba su novia de Belinho, en Esposende, la 'freguesía' portuguesa donde fue detenido, apenas a 80 kilómetros de la frontera con Galicia. En el último mes antes de ser capturado, ya completamente arruinado, pernoctaba en la casa paterna de su novia. Era su auténtica familia en la clandestinidad, un entorno del que también formaban parte amigos de su pareja y que en no pocas ocasiones rascaban su propio bolsillo para que José Manuel mantuviera su doble vida. No solo le prestaban dinero. Incluso comida y ropa tuvieron que dejarle para que saliera adelante mientras trataba de ocultarse de la policía.

Periódicos como el 'Jornal de Noticias' relatan que el empresario caminaba a diario varios kilómetros por montes y carreteras secundarias para desplazarse hasta el bar Central do Camionagen, donde tomaba un café y leía el periódico prácticamente a diario. No era la única precaución que tomaba. Nunca portaba consigo la documentación, como ocurrió la noche que fue detenido. El periodista portugués Joaquim Gomes relata también que cambiaba constantemente de paradero, siempre en casas alquiladas, por lo general en la zona comprendida entre Viana do Castelo y Esposende; cerca de una frontera que franqueó en repetidas ocasiones.

La gente de Esposende le conocía como Xosé. Viendo su aspecto, nadie podía imaginar que enfrente tenía a un empresario que llegó a generar un fraude de 150 millones de euros a través de una red de facturas falsas. Un camarero de Central do Camionagen, Augusto Torres, reconoce que lo vio cuatro veces. “Siempre fue muy educado, pedía el 'Jornal de Noticias' y andaba un poco mal vestido”, relató a la prensa. Su aspecto era ya casi el de un mendigo, que solo comía cuando le llegaba suficiente dinero desde España. En Belinho cundió el recelo. “Empezaba a ser visto como un indigente, causando desconfianza”, refleja el periódico de Oporto.

Así se precipitó su caída, la operación Fado. Fue en Belinho, a una hora en coche de Vigo —la ciudad en la que montó su red fraudulenta—, donde fue finalmente detenido. Había cenado en el restaurante Carioca, ajeno a tres personas que ocupaban una mesa cercana. Eran el comandante del puesto local de la GNR, Rui Sousa Caseiro, y dos agentes más, todos ellos vestidos de paisano. Llevaban tiempo sobre su pista. A la salida del establecimiento, con el apoyo de la Policía Judiciaria de Oporto y la Policía Nacional española, se acercaron a él y pusieron fin a su huida.

El relato que ha aparecido estos días en los medios portugueses contrasta con las noticias que habían trascendido hasta la fecha, que hablaban de los “holgados” medios económicos de que disponía el fugitivo. Quizá lo fueron en un principio, pero el estilo de vida y los constantes envíos de fondos desde el lado español de la frontera constatan lo contrario. Se le había acabado el dinero, y se vio obligado a pedir ayuda a demasiadas personas. Fue perdiendo complicidades y ya ni siquiera podía pagar el alquiler de las casas que fue habitando, lo que le obligó a solicitar cobijo en la casa familiar de su novia portuguesa.

La Unidad de Investigación e Información Criminal de la Policía Judiciaria portuguesa dirigió la operación. A José Manuel Costas lo trasladaron al Tribunal de Oporto, pero fue el de Guimarães, con competencia geográfica, el que decidió su extradición a España. Fue entregado el pasado 5 de julio. La transferencia se realizó en el puesto fronterizo de Caya, en Badajoz, en donde Costas bajó de una furgoneta portuguesa a otra de la Policía Nacional española. Tras ser identificado en comisaría, se le trasladó al Juzgado de Instrucción número 1 de Badajoz, en funciones de guardia. Se examinaron las euroórdenes de tres juzgados de Vigo que reclaman su ingreso en prisión y el magistrado decretó el ingreso en una cárcel de Badajoz del prófugo vigués.

Ahora tiene por delante seis años de cárcel por dirigir una trama que surtió de facturas falsas a más de 200 empresas gallegas, con una estafa fiscal de 11 millones, en lo que constituye la mayor red de fraude fiscal descubierta en Galicia y una de las mayores de España. Su huida se produjo en julio de 2016, cuando ya estaba a punto de ingresar en prisión. En este tiempo, su expediente ha seguido engordando con nuevas imputaciones y casos, incluida una demanda presentada por su antigua pareja para regularizar la guarda, custodia y alimentos de una hija que tienen en común, de 14 años. La vista estaba señalada inicialmente para el 18 de julio, pero se aplazó a raíz de la reciente captura del empresario.

El caso de las 5 Jotas se destapó a raíz de la denuncia de una empleada, que en 2009 descubrió que habían utilizado su nombre para abrir varias cuentas en una sucursal del BBVA. Al menos 50 de las compañías salpicadas son conocidas adjudicatarias de obra pública, como Sercoysa Proyectos y Obras, Puentes y Calzadas y Movexvial. El método seguido consistía en simular que eran clientes del Grupo 5 Jotas. Las empresas pagaban sus falsas facturas a través de los bancos para desgravar el IVA y reducir el impuesto de sociedades. A continuación, el importe les era devuelto en dinero en efectivo a cambio de una determinada tarifa. Para tratar de protegerse, y con la ayuda de empleados de entidades financieras, Costas llegó a abrir cuentas suplantando la identidad de hasta 70 personas.

El ya famoso defraudador reconoció los hechos, pero la investigación se dilató al enmarañarse en más de medio centenar de procedimientos. En 2016 llegaron las primeras condenas, y en julio de ese año terminó también de agotar sus opciones de recurso. Tenía que entrar inmediatamente en el centro penitenciario de A Lama, pero prefirió esfumarse e iniciar una aventura como fugitivo que concluyó casi dos años después.

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