"Aquí enseñamos a pegar a guardias civiles": así viven aún los agentes en Alsasua
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el "infierno" tras la brutal paliza de 2016

"Aquí enseñamos a pegar a guardias civiles": así viven aún los agentes en Alsasua

El sargento y su pareja siguen destinados en el cuartel, pero no salen nada más que a comprar y a pasear por los alrededores; ella tiene un miedo insuperable

placeholder Foto: Cartel en la locadidad de Alsasua con la frase 'Alde Hemendik [fuera de aquí]'. (EFE)
Cartel en la locadidad de Alsasua con la frase 'Alde Hemendik [fuera de aquí]'. (EFE)

La vida de los guardias civiles y de las personas que con ellos se relacionan en Alsasua no es ni siquiera hoy una existencia normal. El sargento agredido el 15 de octubre de 2016 junto a su pareja, su teniente y la novia de este último relató ayer que sigue destinado en el acuartelamiento del pueblo, que no ha pedido el destino porque aún no puede hacerlo y que únicamente sale de las dependencias del instituto armado para hacer la compra y, como mucho, pasear por la zona. "No frecuentamos zonas de ocio, Pilar teme por ella y tenemos una niña pequeña", apuntó. Sigue muy presente en su cabeza aquella madrugada en la que más de una veintena de personas los acribillaron a puñetazos y patadas en la puerta del bar Koxka de la localidad navarra.

"Esto es lo que vais a tener cada vez que bajéis del cuartel", le amenazó la gente después de la brutal paliza. Las palabras no se borran de la memoria del sargento casi dos años después de los hechos, que estos días enjuicia la Audiencia Nacional. Tanto él como su mujer llevaban apenas dos semanas en el municipio cuando salieron a cenar con el teniente y su novia, la única que sí es del pueblo, y luego se fueron a tomar unas copas. Jokin Unamuno, según aseguraron los cuatro en la vista, entró en el bar para encararse con los guardias civiles y comenzó una manta de golpes sobre los agentes y sus parejas que se alargó durante varios minutos y terminó con el teniente gravemente herido y el resto con diversas lesiones.

Foto: Los guardias civiles declaran en la segunda sesión del juicio de Alsasua. (EFE)

A pesar de la brutalidad de las agresiones, la vida en el pueblo no ha cambiado. Al contrario, continúa incluso peor. La propia mujer del sargento, Pilar P., describió ayer durante la vista que ella no tiene vida en el pueblo, que solo sale del cuartel —"y nunca sola"— para hacer la compra, que unicamente come con su marido y que incluso después de haber sido golpeada con tanta saña aún tiene que escuchar cómo la gente habla de ella. "Una vez en el supermercado una mujer dijo que María José era una 'puta traidora' y que yo era 'otra putilla que se habían traído al cuartel'; me callé por miedo porque prefiero que me insulten a que me peguen", explicó. "Parece que yo soy la agresora en lugar de la víctima y que encima tengo que pedir perdón porque me han pegado", describió ayer la mujer, en cuyos oídos aún resuenan los insultos que profería la turbamulta mientras los golpeaban, entre los que destaca "sargento torturador", "puto perro guardia", "llora, que ya sabes lo que pasa", "lo tenéis merecido" o "tendríais que estar muertos por ser guardias".

Continúa el juicio por el caso Alsasua

Pilar —con marcado acento andaluz— relató que, tras la agresión, tuvo una niña y que mintió sobre su dirección para que la atendieran en el hospital de una localidad cercana sin problemas. "Tenía miedo a que no lo hicieran durante el embarazo", confesó entre llantos. "Cuando tuve a la niña, se cumplió un año, llegó el Pilar, tuve mucho estrés y perdí la leche de un pecho", recuerda la mujer, que anuló todos sus perfiles de redes sociales con el fin de pasar lo más desapercibida posible. "Si ellos tienen ganas de que nos vayamos, yo tengo más ganas aún de irme", aseguró.

placeholder Los magistrados que juzgan a los ocho acusados. (EFE)
Los magistrados que juzgan a los ocho acusados. (EFE)

El sargento, por su parte, describió que aún existe un "clima de hostilidad hacia la Guardia Civil". Un compañero suyo, contó, se apuntó a un gimnasio de la localidad especializado en defensa personal nada más llegar al pueblo. Aún no era conocido, por lo tanto, cuando empezó a frecuentar el establecimiento. "Un monitor le preguntó si era guardia civil, pero él le respondió que no, que estaba de paso, a lo que el profesor le dijo que lo que ahí se enseñaba era a pegar a guardias civiles", explicó el sargento, quien apuntó también que a ese gimnasio iba al menos uno de los agresores, el experto en artes marciales que Pilar describió como el hombre que golpeaba con más saña, Ohian Arnanz, para quien la Fiscalía pide 62 años de prisión.

El teniente, por su parte, no ha vuelto al pueblo. Sí ha tenido que hacerlo su novia, María José N., que sigue teniendo a sus padres en Alsasua, porque estos continúan regentando el bar donde aquella fatídica noche cenaron antes de ir al Koxka. La mujer calificó ayer su nueva vida de "infierno". Va muy poco a la localidad y solo para ver a sus padres. "Aquella noche perdí mi vida, mi hogar, todo", describió la joven de 21 años. "Aún hoy necesito ayuda psicológica; me da miedo volver a Alsasua; tardé siete meses en regresar al bar de mis padres, que para mí ha sido mi hogar", añadió entre sollozos. "No pueden quitarme también a mis padres", subrayó antes de decir que todo su entorno la dio de lado. "Todo mi grupo social, mis amigas y mis amigos, se alejó, me aislaron totalmente", apuntilló.

Foto: El juicio por la agresión a dos guardias civiles y sus parejas en Alsasua. (EFE)

"Me veía sola, humillada, traicionada; llegué al límite de no ver salida y tratar de quitarme del medio; era la única forma de acabar con esto", relató María José, quien confesó que en esos momentos en los que tuvo ideas suicidas tuvo que ir hasta dos veces por semana al psicólogo. La novia del teniente, que trata de "rehacer su vida en otra ciudad", relató también el acoso que sufren sus padres a diario desde entonces. "Les han puesto pancartas con lemas como que 'el pueblo no perdona' frente a su casa, frente al portal, la última la semana pasada; les han rajado el coche, destrozado una máquina del bar", contó la mujer en uno de los testimonios más pormenorizados del juicio.

Su vida cambió, de hecho, desde antes de la brutal paliza. Ya cuando se convirtió en pareja del teniente, en marzo de ese mismo 2016, muchos vecinos le retiraron el saludo. Ella notaba los cotilleos, el vacío que algunos le hacían. Sus amigas la advertían, le preguntaba que qué hacía, le decían que tenía que tener cuidado. Ella, sin embargo, decidió continuar adelante con la relación porque, como dijo ayer en el juicio, nadie le iba a decir con quién tenía que salir. Jamás pensó que la cosa llegaría tan lejos. En una ocasión en la que tenía que ir al médico y se encontraba en Alsasua, trató de salir a la calle con su madre; sin embargo, nada más pisar la acera, comenzó a tener taquicardias. Y eso que el centro de salud estaba detrás de casa.

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