Independencia de Cataluña: El año más difícil de Felipe VI: del atentado en las Ramblas al intento de secesión. Noticias de España
ASÍ VIVIÓ EL MONARCA 2017

El año más difícil de Felipe VI: del atentado en las Ramblas al intento de secesión

2017 ha sido el año del intento de secesión en Cataluña. El más complejo para el jefe del Estado ante la crisis política e institucional más importante en décadas

Foto: El Rey durante el Foro Internacional del Turismo de Maspalomas el pasado 14 de diciembre. (EFE)
El Rey durante el Foro Internacional del Turismo de Maspalomas el pasado 14 de diciembre. (EFE)

Felipe VI se ha enfrentado al que podría ser su año más difícil al frente de la jefatura del Estado en un país que afronta los desafíos políticos más importantes desde la instauración de la democracia. Motivo, precisamente, que tanto pesó en la decisión de don Juan Carlos de abdicar para salvar la monarquía de la crisis institucional. 2017 ha sido el año del intento de secesión por parte de las autoridades catalanes, que llegaron a aprobar en el Parlament las leyes de desconexión y a proclamar la independencia de la comunidad autónoma (aunque después la suspendiera). Todo ello tras el punto de partida que fue la celebración de un referéndum ilegal, la consecuencia más aplastante con la mitad del ex-Govern ahora preso y el resto huido en Bélgica; y, en medio, el terrible atentado terrorista en Barcelona y Cambrils del pasado agosto y a menos de un mes de la Diada, en el que perdieron la vida 16 personas.

El Rey accedió al trono en junio de 2014 con una situación que ya era muy compleja en Cataluña. Cuando lo hizo, en medio de la vorágine que supuso la irrupción de la 'nueva política', sabía que sería la cuestión más compleja que debería afrontar, pero pudo no imaginar —como le ocurrió a gran parte de la sociedad— que este extremo llegaría. En su primer discurso de Nochebuena, siendo el más emblemático del Rey cada año, ya se refirió sin florituras a "la situación que vive actualmente Cataluña", recordando que la Constitución de 1978 seguía mereciendo todo el respeto y animando al gobierno catalán a "seguir construyendo un proyecto juntos" que respetara "la pluralidad".

En su cuarto mensaje navideño —hace apenas unos días—, don Felipe volvía a recalcar la necesaria pluralidad, pero esta vez lo hacía insistiendo en no volver "al enfrentamiento y a la exclusión" recordando, ahora sí, las nefastas consecuencias que este camino tiene, "como sabemos ya" —afirmó—: "discordia, incertidumbre, desánimo y empobrecimiento moral, cívico y económico de toda una sociedad".

Varias personas siguen el discurso del Rey del 3 de octubre en Barcelona. (EFE)
Varias personas siguen el discurso del Rey del 3 de octubre en Barcelona. (EFE)

A diferencia de los otros tres —el mencionado de 2014, el de 2015 en el que pasó de puntillas por esta cuestión centrándose en la crisis política que vivía España tras unas elecciones generales que dejaban un país ingobernable, y el de 2016 en el que su mensaje se centró en cuestiones sociales, aunque volvió a referirse a Cataluña al sostener que no eran "admisibles" actitudes y comportamientos que "ignoran o desprecian los derechos compartidos por todos los españoles"— en esta ocasión Felipe VI se dirigía a los españoles con hechos en la mano (el año vivido) y con cierta prudencia (pese a las críticas del sector independentista) al hacerlo dos días después de celebrarse unas elecciones autonómicas en las que, de nuevo, hubo mayoría de votos de partidos no secesionistas pero el resultado garantiza una mayoría parlamentaria a las fuerzas soberanistas.

En ese sentido, el Rey hizo lo que puede y debe como garante de la unidad de España y siendo un jefe de Estado sin poderes ejecutivos tal y como marca la Constitución: insistió en que debe imponerse "la pluralidad, la estabilidad y el respeto" y envió a los nuevos representantes catalanes emanados de las urnas varios mensajes en esa misma dirección: "No pueden imponerse las ideas propias frente a los derechos de los demás", es necesario "pensar en el bien común de todos" o "el camino del enfrentamiento no puede volver" fueron los más determinantes.

El mensaje, que demostró una vez más lo dividida que se encuentra la sociedad a la vista de las reacciones de los distintos partidos políticos, especialmente del lado soberanista, fue posterior al más importante que mencionaba el monarca en el año por su carácter histórico. Ocurrió el 3 de octubre desde su despacho del Palacio de la Zarzuela en una convocatoria extraordinaria a las nueve de la noche, siendo la primera vez que un monarca se dirigía a los españoles en circunstancias tan excepcionales desde 1981, cuando Juan Carlos I lo hizo tras el intento del golpe del 23-F.

El Rey irrumpía en la crisis catalana con un discurso que respondía a varios objetivos: el primero de todos era trasladar palabras de tranquilidad a la población española y, especialmente a la catalana, en momentos de tanta tensión social y cuando las redes estallaban por los cuatro costados; en segundo lugar, lanzar un mensaje a la comunidad internacional para tratar de recuperar la iniciativa, dejar claro que España era una democracia sólida y contrarrestar el efecto logrado por la Generalitat en los grandes medios de comunicación extranjeros que en esos días pusieron incluso en duda los cimientos de las instituciones españolas. El monarca aprovechó entonces para emitir una importante reprimenda al Govern por su "deslealtad" con el Estado y la conducta "irresponsable" que llevó a la sociedad catalana a "fracturarse" y "enfrentarse". El mensaje fue un indiscutible golpe de efecto: la opinión pública exterior comenzó a cambiar e incluyó la visión del Estado en su conjunto ante la inacción del Gobierno de Rajoy, incapaz de combatir el ingente suministro de información que la Generalitat proporcionaba a los informadores de medio mundo.

El rey Felipe VI. (EFE)
El rey Felipe VI. (EFE)

A aquel momento tan complicado le había precedido otra crisis institucional y comunicativa entre el Gobierno, la Casa Real y la Generalitat tras los atentados yihadistas en la ciudad condal y Cambrils de agosto. La gestión de las autoridades catalanas estuvo plagada de críticas provenientes de distintas administraciones por una politización del ataque que indignó a la mayoría de la sociedad española. Ocurrió, primero, con la organización de la masiva manifestación contra el terrorismo del 26 de agosto, a la que fuerzas políticas como la CUP anunciaron que no asistirían si lo hacía el Rey, aunque después recularan. Incluso el equipo de la alcaldesa Ada Colau diseñó una estructura para la marcha para que las autoridades como el jefe del Estado no la encabezaran, incluso provocando dificultades en los dispositivos de seguridad. A eso se sumaron distintas polémicas como la acusación por parte del Govern a Zarzuela por la publicación de fotografías de los Reyes en su visita a los hospitales en los que había menores heridos. Imágenes que solo fueron distribuidas después de obtener las autorizaciones de los padres.

Un mes después del atentado llegó la Diada y semanas más tarde el referéndum ilegal. Felipe VI pasó los días más difíciles de su reinado como quedó claro el 12 de octubre, una semana y media después en la celebración de la Fiesta Nacional, que tuvo lugar en un ambiente enrarecido y complicado por la división del país. Al evento acudió la plana mayor de los partidos denominados constitucionalistas; PP, PSOE y Ciudadanos; mientras que los secesionistas y otros partidos como Podemos no cesaron en sus fuertes críticas. Que el Rey era pesimista con la situación era evidente. Pero, sobre todo, estaba preocupado. No escondió la enorme preocupación ante una situación que llevaba gestándose tanto tiempo y que los dirigentes de distintos gobiernos no pudieron frenar.

El Rey pasó los días más difíciles de su reinado. Sintió decepción al ver el relato internacional de lo sucedido el 1-O. Su discurso fue un golpe de efecto

El Rey sintió decepción al ver el relato que los medios de comunicación más prestigiosos lanzaban tras el 1-O, mientras las imágenes de cargas policiales sacudían periódicos enteros y las autoridades catalanas animaban a sus ciudadanos a cometer una ilegalidad. Sus palabras del 3 de octubre enfadaron a un sector de la sociedad en Cataluña, los mismos que querían actuar contra la Constitución; y serenaron a gran parte de la población, española y catalana, a los que reconfortó un mensaje de esas características y de tanta claridad.

Le reprocharon al Rey desde el mundo secesionista —aunque no solo— que no hubiera palabras en catalán aquel día. La decisión se tomó con rigor: era un mensaje dirigido a un país entero que debía despejar cualquier duda sobre la defensa de los derechos comunes y la unidad de España. Los que más conocen al Rey recordaban en esos días el importante porcentaje de discursos en catalán que el monarca ha pronunciado en estos primeros años de reinado, siendo una de las comunidades autónomas que más ha visitado —si no es la primera— y a la que más guiños ha hecho entendiendo la especial sensibilidad que tiene. Felipe VI, que pronunció aquel discurso histórico en la lengua oficial del Estado, reconocía días después lo mucho que le gusta hablar y expresarse en catalán, lengua que aprendió siendo benjamín y que utiliza en todas las ocasiones posibles. El 3 de octubre no era una de ellas.

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