consecuencias de la independencia suspendida

La CUP clama contra el Govern: no volverá al Parlament y les deja en minoría

El aparato de propaganda de ERC mostraba un cartel: “Asumo el mandato de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de República. Barcelona, 10 de octubre de 2017”

Foto: Anna Gabriel en el Parlament este miércoles 10-O. (Reuters)
Anna Gabriel en el Parlament este miércoles 10-O. (Reuters)

“Nosotros, como la gente, hoy hemos venido a proclamar la independencia”. El mensaje no puede ser más claro. Y lo que se desprende del mismo es la decepción. Fue emitido por la CUP casi a las 8 de la tarde, cuando ya el presidente catalán, Carles Puigdemont, había anunciado al Parlamento que estaba allí para seguir “el mandato del pueblo de Cataluña” en el sentido de que esta comunidad “se convierta en un estado independiente en forma de República”. Dos horas más tarde, la formación antisistema anunciaba que no volverá al Parlament hasta que se den "pasos reales hasta la república". Así las cosas, Junts pel Sí se queda solo en el hemiciclo y tendrá que gobernar en minoría.

La alocución del 'president' fue aplaudida por los suyos puestos en pie, es decir, por Junts pel Sí –y algunos, con no mucho entusiasmo–. Pero la bancada de los 10 diputados de la CUP ni movió una pestaña. No hubo aplausos ni sonrisas, porque hasta el último momento los ‘cuperos’ han batallado para que se declarase formalmente la independencia en la jornada de hoy. Es más: los duros de la organización volvieron a aprobar un documento ayer lunes en el que advertían que no admitirían pacto alguno que pueda frenar la constitución del estado independiente catalán.

La CUP clama contra el Govern: no volverá al Parlament y les deja en minoría

ERC, por su parte, ya tenía preparada su campaña. Nada más terminar su discurso, el aparato de propaganda de los republicanos emitía un cartel con el logotipo del partido y una sola frase. “Asumo el mandato de que Cataluña se convierta en un estado independiente en forma de República. Barcelona, 10 de octubre de 2017”, rezaba el mensaje de los republicanos.

Pero el gran problema está en la CUP y en cómo afrontará a partir de ahora el hecho de que Puigdemont no haya ido hasta el límite. A medianoche, Arran, la organización juvenil de la CUP, alertaba de que, “con los Comités de Defensa del Referéndum (CDR), garantizamos la declaración de independencia”. Y tras la declaración de Puigdemont, llegó el infierno: “Estamos asistiendo a una traición inadmisible. Hoy, KRLS [Carles Puigdemont] frena el mandato popular claro y rotundo del referéndum”. Y minutos más tarde, anunciaba: “En el paseo de Sant Joan se respira rabia e indignación. ¿Millones de personas heridas para esto? No tenéis vergüenza, Junts pel Sí”.

Por eso, poco después, recordaban que “ahora más que nunca es preciso que continuemos organizados para exigir la aplicación inmediata de la independencia. ¡Que la prudencia no nos haga traidores!”. En otras palabras, que los militantes encuadrados en las milicias de CDR no se dispersen, sino que estén alerta.

Lo cierto es que los militantes de la CUP y de Arran, su rama juvenil, son los dueños de las calles. En estos momentos, controlan los CDR, que tuvieron un papel de relevancia en la organización del referéndum y durante la jornada del 3 de octubre se reconvirtieron en comités de huelga durante el ‘paro de país’ propiciado por el Gobierno catalán. Sirvieron como milicia y brazo civil de las instituciones catalanas, pero en un momento determinado pueden convertirse en su peor pesadilla, sobre todo si se sienten traicionados.

¿Puede Puigdemont controlar a esas milicias si deciden hacer patente su protesta en las calles catalanas? Algunas fuentes lo ponen en duda, aunque también es cierto que los Mossos d’Esquadra han movilizado todos sus efectivos (hoy sin fiestas sobrevenidas, como ocurrió el 1 de octubre, cuando el ‘major’ Josep Lluís Trapero dio permisos a un tercio de los antidisturbios para luego decir que no tenía efectivos) y los ha puesto en alerta. Su objetivo es doble: establecer un perímetro de seguridad alrededor del Gobierno catalán y vigilar, al mismo tiempo, a los comandos incontrolados que puedan revolucionar la calle.

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