“Han sido más de 40 años de amistad”

El último (y discreto) adiós a Blesa: “La vida es así de cruel e hipócrita”

En un acto muy breve, sin rostros conocidos de políticos o empresarios, los afines al fallecido hasta el último momento se han despedido del expresidente de Caja Madrid

Foto: Miguel Blesa saluda a Ana Botella en el funeral de la madre del expresidente de Caja Madrid. (Enrique/Ideal)
Miguel Blesa saluda a Ana Botella en el funeral de la madre del expresidente de Caja Madrid. (Enrique/Ideal)

“Han sido más de 40 años de amistad, por eso estoy aquí”. Al otro lado del teléfono habla uno de los pocos íntimos de Miguel Blesa que se desplazó hasta su ciudad natal para despedirle. A media mañana del viernes, las cenizas del expresidente de Caja Madrid recibieron sepultura en un acto íntimo en el panteón familiar del cementerio Jardín Virgen de Linarejos, en Linares (Jaén). Fue un acto muy breve, sin rostros conocidos de políticos o empresarios. Estaban presentes casi todos los que fueron afines al fallecido hasta el último momento, pero sin duda no estaban todos los que algún día presumieron haberlo sido.

La discreta despedida del financiero jienense (Linares, 1947) poco ha tenido que ver con la que él mismo encabezó en el funeral de su madre, Dolores de la Parra Sánchez, allá por el año 2000. Entonces, en la cumbre de su estatus en Caja Madrid, Blesa fue arropado por cantidad de próximos y allegados en ese día de dolor, con la mismísima Ana Botella, esposa del entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, como máximo exponente. Ahora, desterrado del círculo social que le acogió durante décadas, muy pocos han puesto la amistad por encima de todo lo demás.

La vida es así de cruel e hipócrita”, repite con acidez uno de sus allegados. “Cuando estás arriba necesitas manos para sacudirte a los moscardones, pero cuando tocas fondo faltan hombros sobre los que apoyarte”. Blesa fue condenado a seis años de prisión (tarjetas black) el pasado mes de febrero, pero su paso fugaz por Soto del Real una noche ya le había manchado de por vida para conservar su condición de notable madrileño. “Tengo mi opinión sobre todo lo que hizo, pero mi amistad va más allá”, recuerda este compañero de juventud, cuando Miguel era solo el hijo responsable de una familia bien de Linares.

Recordaron anécdotas, repasaron errores… e hicieron la cuenta de todos los que se arrimaron a tocar púrpura y luego se bajaron del tren

Las horas de coche que hay de Madrid a Córdoba y a Linares han dado pie para que los pocos comprometidos con el fallecido conversaran con amargura sobre el final de Blesa. Recordaron anécdotas de momentos compartidos, repasaron errores... y también hicieron la cuenta de todos aquellos que se arrimaron a tocar púrpura y luego se bajaron del tren a las primeras de cambio. “Lo que ha demostrado su muerte es que hasta para morir este país es muy complicado. Al final, me quedo con la impresión de que lo único que se trataba era de hacer sangre. Nadie ha pensado en la familia, que ha demostrado una categoría ejemplar”.

El último (y discreto) adiós a Blesa: “La vida es así de cruel e hipócrita”

El entorno de Miguel Blesa vive bajo el estupor y la desazón desde hace 72 horas. “Ha sido la sorpresa más grande de mi vida. Un autentico mazazo”. Nadie en su entono sospechaba nada, “aparentemente estaba bien”, por más que una vez sucedido el fatal desenlace puedan atarse cabos y algunos comportamientos recientes cobren un nuevo sentido. Por suerte para los suyos, el entierro deja atrás la atención mediática desplegada durante estos días. El duelo sigue con ellos. La rabia sigue rumiándose entre algunos, para quienes lo dicho y hecho sobre Miguel ha sido “desproporcionado y retorcido”.

“Lo he visto a lo largo de mi vida con muchísima gente similar”, subraya su amigo del alma, testigo de cómo Blesa era un apestado en muchos ámbitos donde antes era recibido con pompa. Otro habitual de las citas más exclusivas de Madrid recordaba ayer cómo hace pocos meses recibió la llamada de un amigo para pedirle un favor: que asistiera a su casa a cenar. El motivo era inimaginable hace solo unos años. La presencia de Miguel y su esposa había provocado varias bajas de última hora y estaba en cuadro. Necesitaba completar la mesa para no cancelar la cita y tener que salir del paso con una mentira piadosa.

Ninguno de sus próximos ha tratado de convertir al difunto en un santo. Sus años de gloria en Caja Madrid a la sombra del poderoso PP de Aznar hicieron del aplicado abogado convertido en (sub)inspector de Hacienda un remedo de financiero castizo con aires de señorito. Tampoco sus detractores han aprovechado la ocasión para pisotear su nombre. Una muerte tan trágica revela el peso del castigo con el que cargaba. Para los suyos solo quedará un gran vacío; para sus víctimas, ni siquiera la sensación de algún tipo de justicia. “No puedo decirte mucho, ya se ha escrito de todo”.

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