CUERPO A CUERPO ENCARNIZADO

Albert Rivera y Pablo Iglesias: del buen rollito con Évole a la enemistad irreconciliable

Llegaron juntos como nueva política y se han convertido en más que adversarios. Este miércoles, jugaron el debate más bronco de la moción con descalificaciones y ataques personales

Foto: Iglesias y Rivera, en el cara a cara de 'Salvados'.
Iglesias y Rivera, en el cara a cara de 'Salvados'.

Son como el agua y el aceite. La nueva política firmó este miércoles el episodio definitivo de una larga historia de incompatibilidades. Ahora parece irreversible. Son más que adversarios. Están en las antípodas y no tiene pinta de que se vayan a encontrar nunca. La afinidad que un día compartieron dos jóvenes políticos que irrumpían de lleno en el bipartidismo para “cambiar las cosas” y que toda España pudo apreciar en aquel cara a cara en televisión junto a Jordi Évole, se empezó a ver menguada en la campaña electoral del 20-D, cuando cada voto contaba y si venía de un desencantado con los viejos partidos… todavía más.

En aquellos meses, los desencuentros fueron a más y las similitudes se esfumaron por completo el 26 de junio, tras las negociaciones del verano de 2016 que sirvieron para que Ciudadanos invistiera a Mariano Rajoy presidente del Gobierno. Desde entonces, el “ustedes son la muleta del PP” acompaña al secretario general de Podemos en cada una de sus intervenciones, como lo hace el “son unos vagos y ahora toca trabajar” de la mano del líder de Ciudadanos.

Albert Rivera y Pablo Iglesias: del buen rollito con Évole a la enemistad irreconciliable

Y esta semana volvió a ocurrir. El debate más bronco de la moción de censura tiene nombres y apellidos: Pablo y Albert; Iglesias y Rivera. Ambos protagonizaron un cuerpo a cuerpo encarnizado, entre ataques políticos y descalificaciones personales que fueron desde acusaciones de vagancia —el líder centrista pidió a su adversario “bajarse del autobús de la trama y venir más a trabajar”— hasta humillaciones sobre conocimientos literarios a cargo de Iglesias, que reprochó al líder centrista carecer de “formación intelectual” y se burló de sus citas de libros “pedantes” que “ni siquiera ha leído”. “Su problema es que no ha leído ni a Dickens, ni a Savater, ni a Azaña y menos a Solé Tura”, atizó el candidato a la presidencia.

Y aquella no fue la única crítica envenenada: acusó al partido de centro en su conjunto de ser un mero “producto de 'marketing”, de “no servir para nada en política”, y a su jefe de filas le espetó que lo único que podía aprender de él era “cómo vender productos bancarios”. Iglesias sacó su perfil más faltón y llegó a tildar de “cínico” al jefe de Ciudadanos, de “bastante facha”, al recordar que estuvo afiliado al PP de Cataluña en 2002, de ser una “enorme decepción” e incluso le llamó “embustero” por haber apoyado al líder del PP convirtiéndose en su “escudero” y dejando gobernar a una “organización [hecha] para delinquir”. Y todo ello en pocos minutos.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante su intervención el miércoles por la mañana. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante su intervención el miércoles por la mañana. (EFE)

Rivera entró en escena pisando fuerte y decidido a echar por tierra el perfil de presidenciable por el que tanto había peleado el líder morado a lo largo del día anterior. Le reprochó sus propuestas “obsoletas”, “viejunas” y “fracasadas”, y denominó a su formación como “Demoliciones Iglesias” por querer destruir “toda la casa” (en referencia a España) y apoyándose en que su moción de censura solo sería respaldada por Esquerra Republicana y Bildu. “Yo me preocuparía y mucho. ¿Dónde está el botón?”, se mofó el líder naranja.

Fue en la dúplica cuando el portavoz de Ciudadanos se defendió de las pretendidas humillaciones por parte de su adversario, dejando sin respuesta la mayoría de ellas bajo la premisa de que "no hay mejor desprecio que no hacer aprecio", e ironizando en la medida de la posible con alguna de las meteduras de pata de Iglesias, como la mala pronunciación del nombre del padre de la Constitución, Jordi Solé Tura, poniendo un acento en la última a. “No es un futbolista, señor Iglesias, es un padre de la Constitución”, le espetó.

Bajaron al barro una y otra vez. Distintos tonos, distintas formas, pero mismo fondo: poner negro sobre blanco que esta historia no tiene vuelta atrás y que nada tiene que ver con aquellas semejanzas compartidas en materia de regeneración con las que se encontraron en 2015. Leyes por separado, iniciativas similares con sellos diferentes, votaciones opuestas y luchas diarias por diferenciarse. No quieren tener nada que ver el uno con el otro. Rivera culpaba a Iglesias de que Rajoy sea el presidente por no haber votado a favor de un Gobierno alternativo y progresista apoyado en el pacto que él y Pedro Sánchez firmaron. El líder morado podría preguntarse si el centrista en cambio habría apoyado un pacto parecido entre PSOE y Podemos. La respuesta parece evidente a día de hoy.

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