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Argusino

Argusino

41°16′16″N - 6°16′10″O

“Todavía recuerdo las caras de la gente el último mes de agosto que pasé en el pueblo. La gente se abrazaba y lloraba. Yo entonces no lo entendía, pero se estaban despidiendo para siempre. Familias que habían compartido sus vidas y que sabían que no iban a volver a verse nunca más. Un día veías que una de esas familias metía sus muebles y sus enseres en un carro y desaparecía”, cuenta José Manuel Fernández, que tenía entonces 18 años. Él es uno de los pocos protagonistas vivos de una de las tragedias colectivas más crueles y desconocidas del franquismo: la destrucción y posterior ahogamiento de Argusino de Sayago, un pueblo agrícola con más de siete siglos de historia que el 17 de septiembre de 1967 fue sacrificado en aras del desarrollo. Ese día, las aguas del río Tormes comenzaron a inundar los escarpados riscos del municipio. Tres años más tarde, con el pueblo sumergido ya a 40 metros de profundidad, el general Francisco Franco inauguró por todo lo alto el embalse de Almendra, 8.650 hectáreas entre Zamora y Salamanca, todavía hoy el complejo hidroeléctrico más impresionante de la península ibérica.

“Los jóvenes conseguimos salir adelante después de aquello, pero los mayores del pueblo nunca lo pudieron superar. De repente, se encontraron con que su vida, sus raíces y todo lo que habían conocido estaba bajo un pantano, y que tenían que empezar de nuevo en otro lugar donde no conocían a nadie. Todos cayeron en depresión, muchos murieron de pena, algunos se tiraron a un pozo y otros se ahorcaron. Fue un desastre”, se lamenta José Peñas, de 76 años, médico de profesión y residente hoy en Zamora. “Nos tenían que haber reubicado en otro sitio, construirnos un pueblo como hicieron en tantos otros lugares, pero en vez de eso nos echaron a palos. Ni los fincones de los cercados pagaron. Todo se fue al garete”.

“La condición era que antes de cobrar las máquinas hicieran añicos sus hogares”

Muchos fueron los pueblos y pedanías ahogados por la fiebre de los pantanos de la dictadura, pero la historia de Argusino es particularmente traumática. Enclavado en un rico valle lleno de humedales, viñedos y encinas, disponía de una población menguante pero muy dinámica, arraigada a su tierra, a sus costumbres y a su patrona, Santa María Egipciaca. La virtud de estar en el fondo de un valle con un microclima privilegiado terminó siendo su condena. Un estudio topográfico decidió que Argusino debía desaparecer bajo las aguas por el bien de España. El gobernador civil de la época, Tomás Pelayo Ros, ofreció a cada familia 30.000 pesetas por abandonar sus casas. Con una condición: antes de cobrar, las máquinas debían hacer añicos sus hogares. No hubo opción a negociar.

“Mi padre era el herrero del pueblo y hacía de tamborilero en las fiestas. Colgó el tamboril y no lo tocó nunca más. No quería salir de casa. Mi madre le decía que se fuera al bar, que hiciera algo. Pero él no quería. Su cabeza se quedó en Argusino”, recuerda Consuelo Pardal, quien ha pasado su vida adulta entre Madrid, Francia y Tarragona. Lo mismo le ocurrió a José Manuel Fernández: “Mi madre nunca más quiso volver al término de Argusino, ni a la romería que hacemos cada año ni a nada. Y le sentaba mal que viniéramos con mis hermanos y los críos a comer una paella y pasar el día. Nos llamaba sinvergüenzas por venir. ¿Qué vais a celebrar allí?, nos decía. Mi madre nunca lo superó”.

Aunque todos los habitantes de Argusino optaron, con mayor o menor éxito, por borrar de sus vidas el lugar donde nacieron y cumplir en silencio su condena, bajo las aguas se quedó un factor sentimental del que nadie podía escapar: el cementerio donde reposaban padres, abuelos, tíos y hermanos. El camposanto fue cubierto con una plancha de hormigón de 50 centímetros, cuyo único cometido era evitar que los cadáveres salieran a la superficie con el movimiento del agua. “Ni siquiera nos dejaron sacar el cementerio de allí, fue un atropello y una crueldad”, suspira Edelmiro Fernández, que tenía 23 años cuando las aguas comenzaron a devorar Argusino. Tuvo que rescatar a su padre y su hermano y llevárselos junto a él a Almeida, para luego suplicar por los pueblos de la comarca que les arrendaran o vendieran un techo donde vivir. “Todo el pueblo quería que sacaran el cementerio a un lugar seguro. Hubo muy buenas palabras pero al final echaron una capa de cemento que con el tiempo se ha levantado. Es una pena. Por eso yo le pido a mis hijos y nietos que al menos tengan ese recuerdo, que es lo único que nos queda”, continúa.

Ese llamamiento, milagrosamente, ha calado entre los descendientes. En apenas unos meses se han reencontrado a través de las redes sociales y han creado la asociación Argusino Vive, con el fin de conmemorar el 50 aniversario de la desaparición del pueblo. “Cada año, en mayo, se celebra una romería y un ofrecimiento floral en la ermita que se construyó a orillas del pantano como recuerdo del pueblo. El año pasado nos dimos cuenta de que se cumplía el cincuentenario y nos propusimos hacer unos actos que perduren en el tiempo, como es recuperar el torneo de pesca y una carrera alrededor de la presa. Nos pusimos en marcha a través de un grupo de Whatsapp, encontramos gente en Suiza, en Argentina, y ahora nuestra meta ya no es solo celebrar los 50 años, sino que la memoria del pueblo no se pierda”, resume Estefanía Vega, portavoz de la asociación y nieta de nacidos en Argusino.

Argusino tenía 450 habitantes en 1950. Casi todos dedicados a la agricultura.

El nivel del agua puede fluctuar hasta descubrir el cementerio, como ocurrió en 2012

“La asociación no tiene un carácter reivindicativo, pero sí nos gustaría aprovechar la fuerza que ha tomado Argusino Vive para reclamar aquellas cosas que llevan cincuenta años doliéndonos. Y son principalmente dos: que se cambie el nombre del embalse por el de Argusino, ya que casi toda la presa se asienta sobre lo que fue el municipio y no en el de Almendra, que está a cuatro kilómetros, y segundo, que se muevan los restos del cementerio a una fosa al lado de la ermita, para que todos podamos por fin llevar flores a nuestros familiares y los saquemos de un lugar tan poco adecuado como es el fondo de un pantano”, explica José Manuel Fernández, presidente de la entidad. “Llegaremos hasta donde la burocracia, el obispado y nuestras posibilidades económicas nos permitan”, continúa.

“No hay nada que nos pueda quitar esta pena, pero si conseguimos que el cementerio se saque del agua sería algo muy grande para todos. Me haría muy feliz poder llevarle flores a mi madre el día de Todos los Santos por primera vez en mi vida”, confiesa Amparo García, que tenía 13 años cuando tuvo que marchar de Argusino junto a su padre. Al ser un embalse de regulación, el nivel del agua en Almendra puede fluctuar hasta el punto de que se descubran calles, casas demolidas, cercados, raíces de encina y hasta el mismo cementerio, como ocurrió en 2012. Un día, la plancha de cemento surgió de entre las aguas para enorme sobresalto de todos. “Vinimos corriendo a poner flores sobre el cemento e hicimos unas cruces con las piedras. Mientras permaneció el cementerio a la vista no falté ni un día. Fueron días muy emotivos”, recuerda García. Casualmente, estos días el embalse vuelva a estar en niveles muy bajos, hasta el extremo de que casi se intuye ya la plancha del cementerio. Todos andan muy nerviosos, llamándose por teléfono para informarse de a qué nivel está el agua, preguntándose si mañana se podrá ver el cementerio como el que se pregunta si mañana lloverá o saldrá el sol.

Nivel actual del embalse de Almendra, uno de los puntos más bajos de su historia

Nivel actual del embalse de Almendra, uno de los puntos más bajos de su historia.

Algunos supervivientes, como el médico José Peñas, reclaman ir más allá y que se explore la vía de la demanda judicial contra el Estado por haber expropiado y expulsado a cientos de familias a cambio de una compensación miserable que, en tiempos de dictadura, no era posible negociar. “Pueblos como Villar del Buey o Salce han estado desde entonces cobrando de Iberdrola el canon de explotación de la presa, pero nadie de Argusino ha visto nunca un céntimo a pesar de ser nosotros los sacrificados. Es una injusticia que algún día habría que corregir”. Los más mayores todavía recuerdan cómo el alcalde y el cura fueron los primeros en “venderse” y romper la promesa de estar todos unidos contra el atropello que se estaba a punto de cometer. Ya sin el apoyo de las autoridades locales, la única alternativa para la 105 familias que vivían en el valle fue cargar los carros y marchar hacia lo desconocido.

Imagen del cementerio de Argusino en 2012, cubierto por una plancha de hormigón

Imagen del cementerio de Argusino en 2012, cubierto por una plancha de hormigón.

En el punto de la demanda, sin embargo, no hay tanto consenso. Como apunta el presidente de Argusino Vive, “esa reclamación habría que haberla hecho a los ocho o diez años de echarnos del pueblo, cuando casi todos los propietarios vivían. Pero hoy ya solo quedan los hijos y nietos. Lo veo muy difícil”. Rocío Carrascal, coordinadora del proyecto Argusino Vive, se expresa en el mismo sentido: “Lo más importante es conmemorar una fecha tan especial como el 50 aniversario y juntar a familiares y vecinos que no se ven desde entonces. Ya el año que viene valoraremos hasta dónde podemos llegar en nuestras reclamaciones”.

Uno de los pocos restos del pueblo que permanece en pie, en una imagen tomada en 2012

Uno de los pocos restos del pueblo que permanece en pie, en una imagen tomada en 2012.

María Teresa Pascual, que tuvo que emigrar a Bilbao junto a su padre y hermana Angelina, resume el sentir de los 200 nativos que quedan con vida: “Sería un sueño lograr que Argusino nos sobreviva y no tener que luchar en la comisaría cuando renuevas tu DNI para que sigan poniendo ‘Argusino’ en el lugar de nacimiento. Y que se haga justicia y el embalse pase a llamarse ‘de Argusino’ por todos aquellos que lo tuvieron que dejar todo y murieron de pena. Fue muy duro para todos, por eso tenemos que luchar por lo que nos proponenos y lograr que Argusino viva”.

Iglesia de Argusino derribada en 1967
Ermita construida en la orilla del pantano en homenaje al pueblo

A la izquierda, la iglesia de Argusino derribada en 1967. A la derecha, la ermita construida en la orilla del pantano en homenaje al pueblo.

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Reportaje: David Brunat

Formato: Brenda Valverde y Luis Rodríguez