EL BARRIO COMPARTE LA SENSIBILIDAD DE LA AFICIÓN

"No son los Bukaneros, es Vallecas la que dice no a Zozulya"

Liga y medios de comunicación se empeñan en culpabilizar a los aficionados del Rayo del caso Zozulya pese a que el apoyo entre las peñas y aficionados es abrumador

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Solo hay dos equipos de fútbol en el mundo que se consideren antifascistas, antirracistas y antihomófobos: el Sankt Pauli de Hamburgo y el Rayo Vallecano de Madrid. Hay matices. Mientras que en el caso alemán la corriente ideológica emana de la directiva, que hace 30 años la plasmó en los estatutos, en el Rayo es una realidad de facto, que viene de abajo, de las callejuelas que se apiñan alrededor de la Avenida de la Albufera.

Observar el estadio, aun vacío, ofrece muchas respuestas sobre el caso Zozulya. Los aficionados han llenado de octavillas contra la cesión del ucraniano la pared de la entrada principal; solo han dejado un espacio libre, el dedicado a la memoria de Wilfred Agbonavbare. El ex portero nigeriano, ídolo de la afición durante los años 90, murió el 27 de enero de 2015 de cáncer sumido en una situación económica precaria. Cuando supo que no se curaría, Willy, como le conocían en Vallecas, solo pidió poder ver a sus hijos por última vez. Había que traerlos de Lagos e inmediatamente la afición se movilizó para recaudar el dinero. ¿Y quién fue el máximo contribuyente? Carmen Martínez, la anciana a la que el Rayo había salvado del desahucio dos meses antes. Martínez, de 85 años, donó 10.000 de los 21.000 euros que habían recaudado para ella, aunque Wilfred nunca pudo reunirse con sus hijos por un problema en los visados. "Por tu defensa de la franja y tu lucha contra el racismo, el rayismo nunca te olvidará. Eterno Willy", reza debajo de su foto.

Esto es el Rayo, pero también es Vallecas. Son difíciles de separar. El barrio del sur de Madrid, de sobra conocido por su historial en la lucha obrera, es el único distrito de la ciudad en el que nunca ha ganado un partido conservador. Y querían más izquierda: se impuso sistemáticamente el PSOE hasta que surgió Podemos y les desplazó en la urnas. El barrio y su equipo de fútbol conviven en plena armonía ideológica. Se puede palpar en los bares alrededor del estadio, la santísima trinidad del rayismo de cañas: el Castilla, el Cota y el mesón Moreno, al otro lado de la Avenida de la Albufera.

Antonio y Joaquín son dos jubilados del barrio. No les apasiona el fútbol, pero cumplen con su papel institucional: cuando entran al bar y ven a alguien con una camiseta del Rayo, se acercan a preguntarle cómo han quedado. De lo de Zozulya se enteraron vagamente por televisión, solo saben lo que necesitan saber: "¿Es un facha, no? Pues no, no, aquí un facha ucraniano que no venga, yo lo veo normal", dice Joaquín mientras Antonio asiente. Se acerca un tercero, al escucharnos, para poner fin a la discusión: "No habrá equipos en el mundo como para que venga a Vallecas, es que hay que joderse". En líneas generales esta conversación refleja el sentir en los bares del rayismo, en los aficionados más de base: que era obvio que Roman Zozulya no iba a encajar en el Rayo e intentar traerlo ha sido una charlotada. Solo Aurelia, la mujer de Antonio, discrepa a modo de broma: "Si llegan a fichar a Messi ya verías como a estos no les importaba si es facha", dice entre risas.

¿Vive el rayismo en una suerte de macartismo inverso? Responde a la pregunta Quique Peinado, periodista deportivo, vecino del barrio e ilustre rayista: "No, nadie está imponiendo nada. Yo, como aficionado que comulga con los valores de un barrio y un equipo, no puedo aplaudir a alguien como Zozulya. Cada vez que vaya al campo le voy a pitar. Y como yo muchos más, una abrumadora mayoría de vallecanos. Quien no entienda esto es que no conoce o ha vivido en el barrio. No digo que esté bien, ojo, digo que es lo que hay". Como él, las plataformas de aficionados y peñistas han mostrado públicamente su rechazo a la llegada de Zozulya hasta el punto de frenar la operación.

La politización del estadio

En su libro 'A las armas', en el que reflexiona sobre la orientación política de Vallecas y el Rayo, Peinado establece un punto de inflexión en la ideologización del estadio: la llegada de los Bukaneros, los ultras del equipo, a mediados de los años 90. "Hasta entonces, al menos durante los años 70 y 80, el estadio era de peñistas, puros y bota de vino. Luego llegaron los Bukaneros, que crecieron muy rápidamente, y todo el campo se hizo más reivindicativo, no se puede negar. El Rayo es un club politizado por su hinchada, de izquierdas, no hay que tener miedo a decirlo. De todas formas los que comienzan en los Bukaneros son chavales del barrio que además son fiel reflejo de lo que es Vallecas: clase obrera".

Bukaneros nace en 1992 como un "grupo de animación antifascista" en el fondo del estadio. Al comienzo, indican varios testimonios, apenas llegan a las diez unidades y se ven inmediatamente desplazados a una grada lateral por el grupo dominante, las Brigadas Franjirrojas, vinculados con la extrema derecha y con los Ultra Sur del Real Madrid. Bukaneros pasa varios años en el exilio, creciendo a ritmo lento, hasta que una joint venture con los ultras del Cádiz, las Brigadas Amarillas, dispara su popularidad en el estadio. El grupo crece, regresa al fondo y, tras unas temporadas de agresiones, insultos y robos cruzados con las Brigadas Franjirrojas, en torno a 1998 se queda con el fondo del estadio en exclusiva.

Desde entonces, el grupo se ha consolidado -y regenerado en numerosas ocasiones- hasta convertirse en una imagen icónica del Rayo Vallecano, la que siempre sale en los telediarios. Su fama procede, en parte, de sus pancartas en defensa de causas sociales y de protestas tan simbólicas como dejar todo un fondo del estadio vacío, pero también del ADN que comparten con el barrio. "¿Que si son ultras de izquierda? Claro, ¿y eso qué significa? ¿Que son ultrasociales y ultrasolidarios? ¿Que frenan el desahucio de Carmen o que luchan contra el monopolio de la luz? ¡Estos ultras también son los míos! No son los Bukaneros los que le dicen no a Zozulya, es Vallecas". La frase es de Fernando Sebastián, uno de los fundadores de Rayo Herald, portal de referencia en información rayista.

Javier Tebas, presidente de La Liga, anunció ayer una querella criminal contra trece Bukaneros por insultos y amenazas contra Zozulya. No es la primera vez que tienen problemas con la ley. De hecho existe en el barrio una crítica extendida a la conducta de los Bukaneros -la Policía Nacional los considera uno de los grupos ultra más peligrosos de España-, pero no a la ideología que han implantado en el estadio, que a la postre es compartida. Directivos, aficionados y vecinos coinciden a la hora de señalar al culpable del caso Zozulya: el presidente Raúl Martín Presa. "Fue informado antes del cierre del mercado de fichajes de que se estaba moviendo por las redes sociales un dossier que demostraba la vinculación de Zozulya con la ultraderecha ucraniana y siguió adelante. Todos le avisaron y decidió personalmente llevar a cabo la cesión, contra la voluntad no solo de todo el barrio", explica Sebastián, "y ha pasado lo que todos sabíamos que iba a pasar".

La directiva contra todos

La magnitud del incidente con el futbolista ucraniano no se explica sin el malestar previo en torno al presidente. Los puentes entre la directiva y la afición están rotos desde el misterioso sabotaje durante la visita del Real Madrid a Vallecas en 2012. Aquella noche los cables que alimentan los focos del estadio aparecieron cortados y el partido tuvo que posponerse. A los pocos meses, la junta directiva del club denunció a trece de sus aficionados, que fueron detenidos y puestos a disposición judicial. "Algunos pasaron hasta tres noches en un calabozo, podrían haber perdido sus trabajos. Y encima Presa negaba al principio que hubiera puesto el club la denuncia. ¿Y todo para qué, si después no se presentaron al juicio?", explica Sebastián.

Desde Unión Rayo, la principal emisora dedicada al equipo, su director Javier Boned comparte el diagnóstico: "Sí, claro que esto es culpa del presidente. Él sabe cómo es Vallecas, cuál es la sensibilidad del barrio, y podía haberlo evitado. Ni siquiera es la primera vez que esto sucede: le pasó a Salva Ballesta cuando quiso entrenar al Celta o a Sergi Guardiola, que le echaron del Barcelona por meterse con Cataluña. El problema de Raúl [Martín Presa] es que comete demasiados errores muchas veces".

Pese a que Martín Presa controla el 98% del Rayo Vallecano y ha expresado en numerosas ocasiones que no va a vender sus participaciones, su situación ahora es volátil. Nada funciona en el Rayo Vallecano. El equipo se encuentra a cuatro puntos de descender a Segunda B y el vestuario vive en una convulsión infinita. Tanto es así que el entrenador Rubén Baraja ha optado por sacar de la convocatoria a los jugadores mejor pagados de la plantilla acusándoles de falta de actitud y contra la voluntad del presidente. Los apartados, entre los que se encuentra el capitán Roberto Trashorras y los delanteros Ebert y Miku, por su perfil, son una bomba de relojería que en cualquier momento puede volver a dinamitar un vestuario en estado ruinoso.

Para colmo, Martín Presa ha descubierto estos días que la afición se ha arrogado el derecho de veto sobre sus decisiones. Si antes se podía refugiar en la indiferencia de un sector del estadio, ya nadie le quiere al frente del club. La oferta de la afición es clara: que venda sus participaciones entre todos los rayistas y deje la gestión en manos del barrio. Sebastián ve esperanza en este conato de rebeldía del rayismo: "Ha sido la gota que ha colmado el vaso de Martín Presa. Ojalá sea la primera movilización de una afición que no quiere renunciar a lo que siempre ha sido. A mí no me interesa el fútbol moderno de los fichajes y las estrellas, yo lo que quiero es que el Rayo siga siendo solidario, antirracista... el orgullo de la clase obrera". Si de algo ha servido el caso Zozulya, que se encuentra en el limbo federativo, es para que la afición haya cerrado filas en torno a un enemigo común: la directiva. Quique Peinado resume el sentimiento generalizado: "La cosa es muy sencilla: yo pago mi abono para defender unos valores que representa el Rayo, que son los de mi barrio y los de mi familia, no por el fútbol. ¡Cómo va a ser por el fútbol, si el equipo es una mierda!".

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