El santuario vegano que da una segunda vida a los animales condenados a morir
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RESCATADOS DE LA EXPLOTACIÓN Y EL ABANDONO

El santuario vegano que da una segunda vida a los animales condenados a morir

El santuario Wings of Heart, a las afueras de Madrid, acoge a cerca de 300 animales que han sobrevivido al abandono o a la explotación ganadera

placeholder Foto: Santuario Wings of Heart. (Foto: M. Z.)
Santuario Wings of Heart. (Foto: M. Z.)

El santuario Wings of Heart, a las afueras de Madrid, acoge a cerca de 300 animales que han sobrevivido al abandono o a la explotación ganadera. Vacas, ocas, ovejas, cerdos y cabras conviven en este espacio capitaneado por Laura y Edu, una pareja que lo dejó todo para dar sentido a su filosofía de vida, centrada en el veganismo y los derechos de los animales.

Cuando Estrella se cayó por un barranco en Almería estuvo tres días sola, sin comida ni bebida, esperando que alguien fuera a ayudarla. Su pastor no quiso hacerse cargo y, sin poderse mover, su corta vida de cabra parecía que había llegado a su fin. Sin embargo, un grupo de montañeros dio la voz de alarma, y fue rescatada para tener una segunda oportunidad a quinientos kilómetros de allí.

Ahora vive en este santuario, donde cada día le dedican dos horas exclusivamente a curarla, cambiarla de pañales o darle un paseo. Estrella ya no puede saltar por el monte, aunque tiene una silla de ruedas con la que moverse, y desconfía de todo el mundo, menos de Laura. “A mí me deja que le haga de todo, soy la única con la que se tranquiliza”, cuenta la cofundadora con motivo de la visita organizada por el centro cultural Matadero de Madrid, que pone el punto final a la primera edición de Capital Animal.

Una historia, un nombre

Su historia es solo una de todas las que están detrás de cada animal que vive en este centro. En los cinco años que llevan en funcionamiento han llegado casos como el de Javi, un toro de tres años al que rescataron con un día de vida, después de que su madre fuese trasladada a un matadero. O el de Rayito, un jabalí al que encontraron siendo un bebé y que ahora recibe a los visitantes para que le acaricien la barriga. O el de su mejor amiga, Barbosa, una cerda a la que salvaron de un matadero un grupo de activistas.

“Siempre hemos participado en movimientos por los derechos de los animales y vimos que teníamos que montar un hogar donde pudieran llevar una vida en libertad”, explica Laura, cofundadora de Wings of Heart. La mayoría llega hasta aquí a través de asociaciones y voluntarios, procedentes de decomisados por casos de maltrato o abandonados a su suerte. También de accidentes de camiones que iban al matadero o varios de la inundación de la ría del Ebro del pasado año. Una vez aquí, les dan un nombre, que suele coincidir con el de la persona que lo ha entregado o rescatado, para reivindicar también que sus derechos deben ser iguales que los de los humanos. Algunos han sido protagonistas de una exposición fotográfica que ha tenido lugar hasta el 11 de septiembre en el centro cultural del Matadero.

Existen una veintena en España

Para montar este proyecto se inspiraron en la figura del “santuario”, que surgió hace veinte años en Estados Unidos con el objetivo de acoger a todo tipo de especies que hubiesen sido maltratadas. En España ya hay cerca de veinte distribuidos por toda la geografía. “Nosotros lo hicimos de animales de granja, que están pensados para el consumo, porque creemos que se les puede excluir de la alimentación y porque tampoco pueden darse en adopción”, explica Laura, quien reconoce que aunque su gesto es pequeño, pretende llegar a mucha gente. “Creemos que aunque sean pocos, ayudan a dar a conocer una realidad, y sobre todo, han tenido la oportunidad de tener una vida de paz”.

Sin embargo, su estatus no está reconocido legalmente, por lo que están constituidos como una fundación con, paradójicamente, una licencia de granja para poder tener animales. "Tenemos que pasar por los mismos controles que si fueran ganado", lamenta Laura. "Estamos en un vacío legal porque no existe conciencia de que alguien rescate a un animal para que viva".

Antes de levantarse cada día a las ocho de la mañana para dar de comer a sus peculiares compañeros, Laura estudió Bellas Artes y saltaba de un trabajo a otro mientras dedicaba su vida al activismo. Eduardo era programador y trabajaba en una empresa familiar. Juntos empezaron a rescatar animales que acogían en su casa, pero pronto vieron que no era suficiente, por lo que dejaron sus vidas en Valencia para dedicarse a tiempo completo a ampliar y cuidar de esta gran familia, con la ayuda de voluntarios que pasan largas temporadas en el santuario. Aquí dedican los días enteros a esta causa, que no les ha dado un solo día libre en dos años.

Cerca de 900 socios financian el proyecto

“Me quería dedicar al cien por cien a la causa de los derechos animales y aunque al principio tenía miedo de renunciar a mi vida, estoy contento de dedicarme a esto”, explica Eduardo, aunque reconoce que no todos los días son buenos. “Cuando ves que algunos están muy mal, te genera estrés, o cuando tienes que ir a un rescate y se complica. También nos preocupa el dinero, porque lo necesitamos para seguir adelante”.

Se financian mediante las aportaciones de cerca de 900 socios, con los que consiguen los 12.000 euros al mes que necesitan para comida, material, el alquiler de la finca de siete hectáreas y sobre todo, veterinarios y medicinas. “Muchos llegan aquí porque tienen algún problema y ya no les sirven a los ganaderos, su vida ya no es valiosa”, cuenta Laura. Sin embargo, les cuesta encontrar veterinarios que les ayuden a salvar lo que para la mayoría es un trozo de carne: “Es complicado dar con especialistas que tengan los conocimientos para salvarles la vida, cueste lo que cueste, y no solo para que produzcan”.

Ante esa falta de atención especializada, han tenido que ir aprendiendo con la experiencia, para saber, por ejemplo, cómo curarle las heridas a Evelyn, la más nueva de la casa, una oveja que llegó hace un mes con una fractura y que aún se está recuperando de la operación. También para levantar a Luna, una burra de 29 años con la cadera rota que ha pasado la mayor parte de su vida cargando y requiere que la levanten con una grúa y le curen las úlceras que le produce estar tanto tiempo tumbada.

Ella es precisamente una de las principales razones por las que están buscando un nuevo hogar, esta vez en propiedad, donde poder ir construyendo todas las instalaciones que necesitan y establecerse de manera permanente: “Estamos mirando fincas en Asturias, con un prado verde donde puedan estar en libertad”, explica Laura. “Queremos que pase lo que pase ellos tengan un hogar”.

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