preside la II Edición de los Premios de cepyme

Baño de pyme del Rey ante la sobriedad crítica de la pequeña y mediana empresa

Don Felipe se hizo un autónomo más y reclamó para sí y su generación los nuevos tiempos en los que las pymes serán insustituibles

Foto: El Rey preside la entrega de la II Edición de los Premios de la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa. (EFE)
El Rey preside la entrega de la II Edición de los Premios de la Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa. (EFE)

Antonio Garamendi, presidente de Cepyme, había preparado todo convenientemente para que el rey Felipe VI pareciera como un 'autónomo' más, como un emprendedor más, y a fe que lo consiguió. Oficiando como maestro de ceremonias en un ceremonia laica y preñada de significado, justamente ante los nuevos tiempos que tiene que administrar a título de rey Felipe de Borbón y Grecia.

Precisamente el aquelarre emprendedor tuvo lugar en el Museo Reina Sofía, al que acudieron solícitos y ciertamente entrañables alrededor de 1.300 pequeños y medianos empresarios que quisieron arropar su quehacer bajo el paraguas de Su Majestad el Rey.

Nadie podrá llamarse a engaño. Estaban todos los que son. Y 800.000 más. Jaime Alfonsín, el jefe de la Casa, lo supo intuir cabalmente cuando recibió la invitación procedente de la calle Diego de León.

Mariano Rajoy había mandado a su ministro más caro y sostenido. En la persona de Cristóbal Montoro, que, incluso, fue aplaudido, y muy aplaudido, cuando subió al estrado a reivindicar la “infinita labor” llevada a cabo por autónomos y pequeñas y medianas empresas. “Ellos son", dijo textualmente, "la gran fortaleza de España, de la España que asombra al mundo por su nivel de crecimiento y su capacidad de innovación…”.  Más aplausos. No hay que olvidar que fue este ministro tan denostado -ahora hasta la opinión publicada empieza a poner sordina a tanta crítica injusta como inveraz- el que tuvo que meter su mano en el bolsillo de los congregados y sus representados para que España no quedara finalmente en el sumidero de la historia.

Cristóbal Montoro. (EFE)
Cristóbal Montoro. (EFE)

Montoro, ya de vuelta de casi todo, presentó cartas credenciales: en 12 meses hemos conseguido que los pequeños y medianos empresarios hayan aumentado en una cifra tan escasamente desdeñable como 72.000. ¡Que venga otro y lo mejore!

Montoro, que al final ha ganado durante cuatro años casi todas las batalllas, vino a reafirmar que España es un país de “éxito” que tiene una sola clave: las pymes. Punto. Que pasen y tomen nota, porque la cuestión en si no es “ya española sino de contenido europeo”.

Señor, aquí estamos

Antonio Garamendi hizo un discurso de pequeña y mediana empresa. Pero lleno de contenidos. Que fue escuchado atentamente por Su Majestad. No se arrugó el de Bilbao precisamente. Juan Rosell supo desde el primer momento que ese no era su día de gloria. Quedaba para el vasco, que tampoco superactuó. Entendió a la perfección su lugar y su circunstancia.

Cuando escuché a Garamendi, creí oir a uno de tantos autónomos, pequeños y medianos empresarios  diciendo al jefe del Estado lo que al dueño de la carnicería de la esquina le hubiera gustado decir al imponente rey de España. Punto.

La mimetización

Don Felipe, que se las sabe todas por ser hijo de quien es, se hizo el monarca de su tiempo precisamente en el recinto que lleva el nombre de su amada y querida madre Sofía. Se hizo un autónomo más y reclamó para sí y su generación los nuevos tiempos en los que las pymes serán insustituibles.

En el cóctel, con naturalidad y sencillez borbónica al uso, puso la guinda. “La Reina -ausente- y yo os queremos transmitir el afecto y cariño que os merecéis. Estamos con vosotros y os alentamos…”.

El Ibex, salvo Juan Rosell, estuvo ausente, pero fue un acto diferente. Era la hora para la 'ordinary people', que al final resulta realmente extraordinaria. Incluso el decrépito y agotado Cándido Méndez tuvo su lugar y su papel.

No puedo concluir, no concluyo sin escribir que Jaime Alfonsín estuvo realmente en su papel: vigilante, observador y discreto.

Nobleza y, sobre todo, servicio obliga.   

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