su muñeca tatuada, símbolo contra la trata

La historia de la menor rumana que escapó dos veces de ser esclava sexual en Madrid

El código de barras que le tatuaron en su muñeca derecha es hoy la imagen de la campaña promovida por la Policía contra la trata de seres humanos

Foto: La historia de la menor rumana que escapó dos veces de ser esclava sexual en Madrid

Álex sabía que ella y su familia estaban pasando necesidades. Era joven y guapa, pero analfabeta, inocente e inexperta. Bucarest, además, no era precisamente un sitio donde fluyeran las oportunidades. Por eso la oferta de Álex era tentadora: ir a España, vivir en casa de familiares de él y comenzar a trabajar en un país con más posibilidades. El viaje, los papeles y todos los gastos corrían a cargo del nuevo amigo que ella tenía la suerte de haberse echado. Con apenas 17 años, le había tocado la lotería, y así lo transmitía su cara de ilusión e infantil alegría.

Sin embargo, el mundo real distaba mucho del que la joven se había conformado en su cabeza. Álex y la chica se trasladaron hasta Madrid en autobús una jornada de diciembre de 2011. Tres días y tres noches de carretera dejan a cualquiera baldado, pero ella tenía fuerzas y ganas de llegar a su nuevo mundo. Dos hombres esperaban a la pareja en la madrileña estación de Méndez Álvaro. Entre tanta gente agolpada y proveniente de decenas de lugares distintos, Iulian Tudorache y Alexandru Adrian –hoy juzgados por la Audiencia Provincial de Madrid por trata de seres humanos y otros delitos­– pasaban desapercibidos, aunque no para la nueva visitante, que ya vio algo extraño en sus anfitriones cuando los cuatro se subieron al Volkswagen Passat con el que habían venido a recoger a la pareja.

Tomaron la autovía dirección al sur y llegaron a Valdemoro. La chica nunca había oído hablar de esta población. Le sonaba a chino, igual que el castellano. Toda su confianza seguía depositada en su ‘amigo’ Álex, que supuestamente seguía con sus papeles en el bolsillo. El coche se paró en el número 69 de la avenida del Mar Mediterráneo. Al entrar, el mundo ideal que se había creado en la joven cabeza rumana se desmoronó definitivamente como una losa insoportable que le aplastó el corazón. Álex en realidad se llamaba Traian y en aquella vivienda no residía la familia del chico que le había prometido una vida mejor. Su ya examigo fue el encargado de contarle la verdad: ella había venido a España a ser utilizada como mercancía. La media docena de personas que la recibieron en aquella casa se quedaría con el dinero que la joven sacara por vender su cuerpo a desconocidos.

Juicio contra los proxenetas rumanos del polígono Marconi

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La cabeza y el alma de la adolescente rumana respondieron negativamente a la asquerosa proposición. Pero no era una proposición ni ella tenía voz en aquel cementerio. En ese momento, el porrazo que segundos antes había recibido su corazón lo encajó en su organismo. Nelutu, que era como llamaban a Iulian Tudorache –uno de los que la recibió en la estación–, la golpeó con una fuerza hasta entonces desconocida para ella y “la obligó a vestirse con ropa sugerente” en ese mismo momento, como describe detalladamente el escrito de acusación de la Fiscalía, que se ha leído en la Sección Quinta de la Audiencia Provincial, durante la primera sesión del juicio contra los tres hombres nombrados y otras 11 personas más, a las que el Ministerio Público acusa de los delitos de trata de seres humanos para explotación sexual, prostitución coactiva a una menor, falsedad documental, lesiones, resistencia, detención ilegal o tenencia ilícita de armas, entre otros.

No esperaron ni un minuto sus captores para ponerla a 'trabajar'. Con la ropa que le habían dado, la joven, que hoy responde públicamente al nombre de Testigo Protegida A1, fue trasladada junto a otras tres mujeres ­–también obligadas habitualmente a prostituirse– hasta la calle Montera de Madrid. El cansancio y la paliza recibida empezaron a hacer mella en su frágil cuerpo, que llevaba tres noches sin dormir en una cama y al que ahora le forzaban a afrontar la prueba más dura de su vida.

Desde aquel día, A1 nunca volvería a sonreír. La ilusión con la que abrazó las promesas de Álex sería la última que experimentaría. De hecho, el joven al que un día abrió su corazón, con el que había hecho un largo viaje lleno de conversaciones y promesas, volvió a Rumanía aquella misma noche, justo después de mandarla al infierno, con frialdad de monstruo desalmado. Dos de las acompañantes de A1 le explicaron a la menor “cómo y dónde tenía que prestar sus servicios”. Aquella noche, sus nuevas amigas le buscaron los clientes y le recogieron las ganancias, que iban íntegramente a Tudorache y sus socios, según la Fiscalía, cuyo informe sirve de base para este relato.

Palizas y primera huida

Desde ese día, todas las tardes fue trasladada junto a las otras chicas hasta Montera. Ejercía la prostitución entre las siete de la tarde y las siete de la mañana del día siguiente. Alexandru Adrian la vigilaba desde uno de los locales próximos y controlaba sus movimientos a través de un teléfono móvil que le había entregado. El terminal tenía conectados unos auriculares y el rumano le daba indicaciones por esta vía. Al finalizar la jornada, por la mañana, regresaba a la casa de Valdemoro, donde permanecía encerrada hasta la siguiente salida. Los traficantes agredían a A1 y al resto cada vez que consideraban que esa noche no habían ganado lo suficiente. Tudorache y sus colaboradores falsificaron la carta de identidad de la chica y esto le sirvió para pasar por mayor de edad hasta que cumplió los 18 años. También le cambiaron el nombre y se inventaron el resto de datos personales.

Una vez, la joven dijo con más fuerza que quería dejar de ejercer la prostitución y Tudorache le golpeó con un cable de ordenador en los brazos, en las piernas y en la espalda, le dio puñetazos en la cara y le amenazó con una pistola. El agresor quería que el castigo, además de doblegar a la víctima, sirviese de ejemplo para el resto. Y lo consiguió. La hoy testigo protegida “tuvo que permanecer tres días en la vivienda”, debido a las marcas que le habían dejado los golpes. Atemorizada, consciente de que se encontraba en un país cuyo idioma y leyes desconocía, sin recursos económicos ni apoyo familiar, analfabeta, como señala el Ministerio Público, tuvo que volver a Montera junto a sus compañeras de penalidades.

La joven siguió siendo esclavizada durante una larga semana, hasta que la noche del 13 al 14 de diciembre de 2011 logró huir, ayudada por un taxista. Al principio, la organización la dio por perdida. Incluso envió a Traian de vuelta a Rumanía para buscarle sustituta. Sin embargo, Tudorache y sus hombres nunca dejaron de tenerla en la cabeza. Tardaron varios meses, pero al fin la encontraron. La menor nunca fue a la Policía y quizá ese fue su error. El 10 de marzo de 2012, la localizaron mientras paseaban en su vehículo por la Casa de Campo. Pararon de golpe junto a ella. Tudorache se bajó y le propinó una patada en la boca. Luego la metió en el coche y la llevó a Valdemoro.

Tatuada en su muñeca su 'deuda': 2.000 euros

Ahí, siempre según describe el Ministerio Fiscal, le azotaron por el todo el cuerpo con un cable doblado, le dieron puñetazos en el rostro, le clavaron levemente la punta de un cuchillo en cuello, piernas y manos, le golpearon con una barra de hierro en los dos brazos y le hicieron el tatuaje que hoy muestran los trípticos que se exponen en todas las comisarías de España para concienciar sobre la lucha contra la trata de personas. El dibujo, grabado en su muñeca derecha, representa un código de barras, bajo el cual puede leerse la cifra “2.000 euros”. Pretendía que sirviera de recuerdo a la ya mayor de edad de que ella era sólo material comercial, que pertenecía a sus propietarios y que había costado la suma que el tatuaje indicaba.

Uno de los imputados, a su llegada a la Audiencia Provincial de Madrid. (Atlas)
Uno de los imputados, a su llegada a la Audiencia Provincial de Madrid. (Atlas)

Los hombres de Tudorache también le afeitaron el pelo y las cejas, le pulverizaron harina en la cara con un secador de pelo mientras se reían de ella –le preguntaban por qué se había ido si allí la trataban como una princesa– y finalmente le pusieron una peluca roja. También la golpearon con unos guantes de boxeo, le acercaron cigarrillos con sal a la boca y le rociaron el rostro con un espray que le provocó irritaciones en ojos, nariz y garganta.

Desde ese día, la chica fue incomunicada. Tudorache la despertaba de madrugada y la ponía a limpiar la casa mientras la golpeaba. Siete días después, entró por la puerta un rayo de luz. El 17 de marzo fue liberada por la Policía. Los agentes irrumpieron en la vivienda, la registraron y encontraron a la joven en un estado lamentable, con lesiones en la piel, la cara, el abdomen, el tórax, la zona lumbar y las extremidades. En el plano psicológico, tenía amnesia cuando se trataba de recordar determinados hechos, sensación de despersonalización, desorientación y miedo intenso. Nunca volvería a ser la misma, lo que técnicamente los facultativos califican como “un trastorno orgánico de la personalidad grave”, su mayor secuela.

Una oenegé especializada en la atención a víctimas de trata se hizo cargo de ella durante el tiempo que A1 siguió en España. Pero ese periodo no podía alargarse. Nuestro país, para aquella joven que había venido con ilusión infantil a comérselo, representaba el infierno. De ahí que, poco después de ser acogida por la citada organización, la ya mayor de edad decidiera volver a su casa, donde se encuentra hoy supervisada por las autoridades rumanas.

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