30 años de hoja de servicios al partido

El tahúr del PSOE que se quedó sin magia

El mayor enemigo de Alfredo Pérez Rubalcaba era él mismo. Rubalcaba y su pasado. Rubalcaba y su larga hoja de servicios prestados a la causa PSOE.

Foto: Rubalcaba siempre ha sabido sobrevivir a todas las crisis internas del PSOE. (Reuters)
Rubalcaba siempre ha sabido sobrevivir a todas las crisis internas del PSOE. (Reuters)

El mayor enemigo de Alfredo Pérez Rubalcaba era él mismo. Rubalcaba y su pasado. Rubalcaba y su larga hoja de servicios prestados a la causa PSOE, sobresalientes en algunos casos, como en la lucha contra ETA (“o votos o bombas”) pero insuficientes para generar lo mínimo que se le podía pedir a un candidato a presidir el Gobierno de España: ilusión. Él no lo veía así, claro, y se resistió como gato panza arriba hasta que las urnas le han dado, de nuevo, un tremendo varapalo que ha dejado a la antigua casa de Pablo Iglesias –el histórico, no el de Podemos– temblando. Era el candidato imposible, aunque haya tardado mucho en darse cuenta de que el Rey estaba desnudo.

 

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¿Por qué un hombre de genética felipista y derrotado en el XXXV Congreso del PSOE, donde apoyó la candidatura de José Bono, acabó por llegar a la cúspide, primero, y por mutar en el sepulturero, después, del zapaterismo? ¿Dirigió una campaña de agitación y propaganda entre el 11-M y el 14-M o simplemente aprovechó los errores del PP en beneficio de su partido? ¿Es el hombre que más éxitos ha conseguido para derrotar a ETA, como algunos destacan, o en cambio es el que más ha cedido ante los terroristas en busca de un interés partidista, como sostienen otros? ¿Cuál fue su papel en el vomitivo chivatazo a los etarras ya conocido como caso Faisán? ¿Qué parte de responsabilidad se le puede achacar de las decisiones tomadas por Zapatero en sus dos legislaturas al frente del Ejecutivo?

¿Peleó hasta arruinar la carrera de María Teresa Fernández de la Vega y sustituirla como número dos del Gobierno o llegó al cargo por pura inercia partiendo de sus capacidades? ¿Aniquiló la candidatura de Carme Chacón a las fallidas primarias de 2011 para hacerse con el mando absoluto del PSOE o se inmoló por el bien del partido de cara a unas elecciones –las de ese año– perdidas de antemano?

A todas estas preguntas tratamos de darle respuesta en un libro, Los mil secretos de Rubalcaba, que cuando se publicó, en las semanas previas de las elecciones generales de 2011, todavía dibujaba al político de Solares como un tahúr, sí, pero también como un estratega hábilmente preparado para ser la esperanza del PSOE en la travesía del desierto. Pero el efecto Rubalcaba, el de los laureados méritos en la lucha contra ETA, no fueron más que meros fuegos de artificio. Los votantes tenían memoria y no han olvidado. Ni entonces ni ahora. Y es paradójico que los mismos “indignados” que abarrotaban la Puerta del Sol cuando él era ministro y a los que apeló Carme Chacón, casi hecha un mar de lágrimas, el día que anunció su retirada forzada de la carrera por las primarias de 2011, hayan acabado dándole el golpe de gracia definitivo a este hombre corcho. A este hombre que ha sobrevolado por todas las etapas y todas las crisis de la historia del PSOE reciente con una enorme capacidad para salir siempre a flote y resurgir de sus cenizas cual Ave Fénix. Por eso ayer no desveló ni una palabra sobre su futuro más allá de julio. Cuesta creer que vaya a hacer las maletas y a marcharse pacíficamente a su casa.

Si se imagina la carrera política de Rubalcaba como la de un actor, podría decirse que durante varias décadas ha sido uno de esos eternos intérpretes de reparto. Esos rostros inolvidables y recurrentes que siempre han estado ahí, en un oscuro pero determinante segundo plano, y que siempre anidan en la memoria. Como ocurre con Claude Rains en Casablanca. Sin ese socarrón y maquiavélico capitán Louis Renault, la película no sería un mito.

La primera etapa política de Rubalcaba, en el seno del Ministerio de Educación, podría titularse El profesor. Fontanero incansable, creció y creció, mostró sus brillantes dotes para la negociación, al encauzar y abortar las feroces huelgas de los estudiantes, y como premio a su férrea lealtad al proyecto, acabó como ministro del ramo. Fue, junto a su mentor, Javier Solana, uno de los padrinos de la LOGSE.

Javier Solana y Alfredo Pérez Rubalcaba
Javier Solana y Alfredo Pérez Rubalcaba

Ya en 1993 el director de la película le asignó un papel bastante más complejo en la gran obra del entramado felipista. Durante el trienio hirviente que elevó la tensión política por encima de lo soportable y que acabó en 1996 con un régimen que parecía perpetuo, Rubalcaba se dedicó a ocultar escándalos, inventando o dirigiendo maniobras torticeras. Un peculiar apagafuegos contra las llamas incesantes prendidas por la hoguera de la corrupción. Donde algunos ven complicidad con los ideólogos del terrorismo de Estado y los mangantes de la peor calaña, otros observan responsabilidad y sacrificio. Un complejo episodio, entre la línea del bien y del mal, en el que la ética política y la honradez personal quedaron a veces sobrepasadas por la razón de partido. Fue, en definitiva, un soldado fiel dentro de la tremebunda cinta que bien podría denominarse La caída del imperio felipista.

Siempre intentando salvaguardar su vida privada de los flashes, APR vivió después años difíciles porque las cámaras enfocaban más al Partido Popular y a los chicos de Aznar y, cada vez menos a los felipistas,desautorizados en las urnas y camino del olvido. Maestro de la intriga, tampoco entonces estuvo de brazos cruzados, sino que continuó con sus manejos cuando menos inquietantes, como cuando viajó a Leiza, en Navarra, para reunirse, traicionando de facto al PP, con el brazo político de ETA, la mesa nacional de Batasuna. Así es el personaje. Capaz de tender una mano al prójimo y otra al Diablo con tal de saberlo todo de todos para disponer de más cartas que nadie.

Aunque en aquellos años, la telenovela socialista, inmersa en una crisis entre lo viejo que no termina de irse y lo nuevo que no acababa de llegar, a punto estuvo de suprimir su personaje para dejar paso a la nueva pléyade de intérpretes que demandaban con fuerza su derecho a un papel protagonista. Rubalcaba tampoco quiso ver que su tiempo político había acabado. El PSOE de Almunia y Borrell parecía un estudio de Hollywood con las puertas resquebrajadas y los platós destartalados. La diferencia es que cuando el resto de compañeros cayeron al abismo, él supo reinventarse otra vez.

No hay épica o terror en la carrera de Rubalcaba. Sus papeles, más bien, se encuadran en el género negro, ese del que tanto disfruta en los escasos ratos libres que disfruta entre conspiración y conspiración. En el caso de APR, no se trata de que traicionase a los suyos, sino a una de esas afirmaciones rimbombantes que los políticos olvidan alevosamente. “Con Zapatero, ni cambio ni tranquilo”, susurraba en los prolegómenos del XXXV Congreso Federal del PSOE, del año 2000. Una sentencia que para cualquier otro, no para él, habría supuesto, fácilmente, el punto final a toda su carrera. Pero sus habilidades hicieron que el nuevo director de la película decidiera incorporarlo a su equipo, para disgusto de muchos y sorpresa de otros.

Poliédrico, como todo buen actor, Rubalcaba hizo una de sus actuaciones estelares el 13 de marzo de 2004, cuando se puso ante las cámaras para agitar a las masas acusando al Ejecutivo de Aznar de mentir a la ciudadanía. Sólo que, en vez de espectadores, mirando atentamente las pantallas había millones de votantes. La consigna fue decisiva. Este alquimista de las palabras ayudó, con una sola frase, a voltear las encuestas y a llevar a Zapatero a la Moncloa.

Entre 2004 y 2006, interpretó a un portavoz parlamentario que consiguió, como reconocen en el PP, que Zapatero gobernase con mayoría absoluta sin tenerla, aunque fuera pactando con cinco partidos a la vez. Por supuesto, siempre con el objetivo de aislar a los populares de cualquier acuerdo. Superó la fama que le precedía y se convirtió en el negociador infranqueable que cínicamente era capaz de componer con Eduardo Zaplana el orden del día del Congreso y aparentar, en otra apuesta teatral, una crispación que llegaba a las calles.

Uno de sus papeles más interesantes en la gran farsa de la política fue el de piloto. Interpretó el oficio de su padre, pero, eso sí, para coordinar un proceso de paz en el que no terminaba de creer pero que intentaba llevar adelante. Tras estrellarse contra la realidad, se centró durante varios años en hacer de Fouché, aunque en versión más sofisticada y menos cruenta, como ministro del Interior. A punto estuvo de abandonar las pantallas en 2008, por la muerte de tres de los hermanos de su esposa a los que se sentía muy unido, pero volvió a sacar fuerzas de flaqueza. Y tanto creció su prestigio, paradójicamente en paralelo al deterioro del régimen zapateril del que formaba parte, que acabó por convertirse en la mano derecha del presidente del Gobierno, desplazando sin piedad a una actriz como María Teresa Fernández de la Vega, que creía que siempre sería la “vice” protagonista. Sagaz, intrigante, oscuro, inteligente y culto, consiguió que otra vez, como 17 años antes, todas las cámaras le apuntasen cada viernes a la hora de comer.

Como dice su amigo Jaime Lissavetzky, APR siempre ha sido un número uno que actuaba como número dos. Por fin, a mediados de 2011, pasó de recibir las órdenes a impartirlas, como cabeza de cartel del PSOE para las elecciones generales del 20 de noviembre. A partir de ahí comenzó su declive sin paliativos. Revalidó su liderazgo en un reñido Congreso federal en el que se impuso a Carme Chacón por sólo 22 votos. Desde entonces, las espadas internas siempre han estado en alto aguardando la segunda vuelta de aquella pelea en la que, ahora, entran en juego nuevos candidatos y un escenario distinto tras la deriva independentista abierta en canal en Cataluña.

Mientras tanto, la Fórmula APR, ambición y poder, no ha conseguido imponerse en la calle. El PSOE no ha conseguido la confianza de los votantes a los que dejó en la cuneta a partir de mayo de 2010 con la aplicación de los grandes recortes de la era Zapatero. El fantasma del expresidente y de su segunda legislatura es todavía una losa que pesa demasiado sobre Ferraz y sobre todo un discurso de renovación imposible de creer cuando quien dirige sigue siendo e mismo que ya ocupaba cargos relevantes hace 30 años. Las europeas han devorado a Rubalcaba y han desnortado de nuevo al PSOE, que sigue en busca de una hoja de ruta que no lo lleve a la autodestrucción. 

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