las sucursales les dejan dormir en ellos

La otra 'guerra' de los cajeros: indigentes no van a los albergues por miedo a los 'okupas'

El invierno ha desatado otra 'guerra' de los cajeros: la de los indigentes que se niegan a ir a los albergues por temor a que les quiten un puesto

Foto: Un indigente se dispone a pasar la noche a las puertas de una entidad bancaria. (EFE)
Un indigente se dispone a pasar la noche a las puertas de una entidad bancaria. (EFE)

La crisis ha creado un nuevo tipo de indigente: el parado de larga duración que lo ha perdido todo. Son los nuevos pobres que trasportan toda su existencia en bolsas de supermercado que encierran toda una vida. Su cama son los cajeros automáticos, cuatro paredes que se convierten en particulares albergues de noche y que no quieren ya cambiar por auxilios sociales. Mientras cualquier ciudad de España duerme, personal de las diferentes delegaciones de Bienestar Social peina las calles buscando a los inquilinos de los cajeros para ofrecerles un albergue cuando el frío les revienta los huesos.

La concejalía de Ciudad Real de Asuntos Sociales intenta hacer lo que puede. “Es increíble –nos dice una de las responsables de la delegación–: cuando nos acercamos a ellos para llevárnoslos, casi el cien por cien renuncia a venir con nosotros para no perder su veteranía de ocupación. Es decir, entre los indigentes existen unos códigos por los que se rigen y, si ocupan un cajero, otro indigente no puede entrar hasta que este lo desocupe. Es la ley de la calle. Prefieren estar aquí y tener sus posesiones (que se las prohibirían en un albergue: bolsas, ropas, animales, etc.) que abandonar lo que se han ganado, según ellos, a pulso. La ley sólo permite un máximo de noches en albergues y por nada del mundo querrían perder su plaza del cajero al abandonarlo”.

Los pactos de la ley de la calle

Los nuevos pobres cuando dejan el cajero.
Los nuevos pobres cuando dejan el cajero.
Lo único que en estos casos se puede hacer es repartir bebida caliente y mantas a los inquilinos de la calle desde la furgoneta municipal. Lorenzo es uno de ellos. Lleva varios días merodeando por la Plaza del Pilar. Es de León y está acostumbrado al frío. Ha trabajado en la obra, de camionero, de pintor... pero la crisis le ha dejado sin trabajo y sin vivienda. A las dos de la mañana, sentado en un banco a la intemperie y con todas sus pertenencias metidas en una bolsa de supermercado, sólo piensa en encontrar un cajero automático donde pasar su noche en la calle. Los que ha visto ya están ocupados. Es uno de los nuevos pobres que llegan cada día a las ciudades españolas: parados de larga duración que se quedan sin ahorros y sin prestaciones y tienen que recurrir a los bancos, y no ya para mendigar, sino para buscar cobijo en sus cajeros automáticos.

Los directivos de los bancos de Ciudad Real se han concienciado con la situación y les permiten ocupar el cubículo del expendedor de billetes, aunque en más de una sucursal ha habido quejas, “porque a los clientes les da miedo entrar a sacar dinero cuando están dentro, por si les roban”. Basilio y Constantino son dos ocupantes de la sucursal de Bankia. “Solemos entrar a dormir a las 10.30 de la noche y después, cuando amanece y llegan las limpiadoras a primera hora de la mañana, debemos abandonar. Son comprensivos y no suele haber problemas. Nos dejan estar aquí”.

Al llegar los primeros rayos hacen el hatillo y se salen a la esquina. “Aquí plantamos una manta y hay alguna gente que pasa y se enrolla y nos echa dinero o nos traen unos bollos para desayunar. Pero nosotros lo que queremos es trabajar y tener un sitio donde asearnos y vivir como personas”. Basilio dice que hay días que no saca más de 8 euros de la caridad, “y con eso poco se puede hacer. Me gustaría que hicieran algo con la gente que estamos así, que nos dieran una oportunidad para salir del bache. Que no tengamos que estar pidiendo, vagabundeando. Porque yo no me considero un vagabundo, soy una persona que quiere una oportunidad”.

Contador a cero

No quiere ser vagabundo. A muchos les cuesta creer que, pese al frío y sus precarias condiciones de vida, los indigentes de la ciudad prefieran vivir de esta manera antes que ir a alguno de los albergues municipales. “Es que nosotros 'sólo' somos parados dice Lorenzo, no yonquis ni drogadictos. Si vamos, pasas la noche allí y a las seis de la mañana ya te echan. Nos apilan en literas en lugares a rebosar. Y algunos apestan a alcohol”.  

Lorenzo es sólo un número más de los nuevos pobres. Es un hombre de la calle que vive día a día y que lleva puesto todo lo que tiene. Ni manta, ni bolsas, ni abrigo. Nada. Pasa la noche buscando cajeros y cuando sale el sol su contador empieza otra vez desde cero, sin pensar en el mañana ni en el ayer. Sólo en el hoy que le marca la vida.

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