LAS FACETAS MENOS CONOCIDAS DEL NARCOTRAFICANTE

Las diez caras de Laureano Oubiña

Una mañana de finales de agosto de 2004, abrí el buzón y me encontré un sobre grueso, manoseado y con remite de la cárcel de Zuera.

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Las diez caras de Laureano Oubiña
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    Una mañana de finales de agosto de 2004, abrí el buzón y me encontré un sobre grueso, manoseado y con remite de la cárcel de Zuera. Era una carta de Laureano Oubiña. Una carta muy personal de unas diez páginas, escrita con una caligrafía dificultosa, apretada y uniforme, con algunos tachones que evidenciaban la búsqueda de la palabra exacta por parte de un hombre no muy dado a las letras. Una carta con muchas huellas, manchones, sombras. Como si el autor hubiera pasado muchas horas sobre cada página dejando restos de vida y humores que no han gloriosamente ardido.

    En aquella carta, Laureano Oubiña hablaba de las cárceles españolas, del hacinamiento, de la pérdida progresiva de dignidad que sufren los presos, de la necesidad de revolucionar el sistema penitenciario español para hacer del objetivo de la reinserción una realidad. Era una carta idealista.

    Oubiña terminaba diciéndome que no pedía nada para sí. Sencillamente, apelaba a mi humanidad y a mi profesión para que dedicara mis esfuerzos a denunciar la precariedad en la que viven los presos españoles. La epístola moría con un “¡Viva la III República!”.

    Me quedé con expresión estupefaciente. Más estupefaciente incluso que la que se me hubiera quedado en caso de haber consumido alguna de las sustancias con las que traficaba Oubiña. El cruzado de la reinserción: una novedosa cara del narco, otra facies que agregar a su retrato cubista.

    1. El preso modélico

    Laureano Oubiña ha pasado 22 de los 66 años que tiene en la cárcel. Y nunca ha sido objeto de ningún expediente disciplinario. Sobre todo en los últimos años, su nombre estaba siempre en la lista de solicitantes de trabajo en la cárcel. Trabajos que computan para reducir condenas. Pero no se los concedían. Instituciones Penitenciarias prima a los solicitantes con menos recursos económicos (son trabajos remunerados), y a los capos de la droga no se les suele ver pidiendo en las esquinas.

    Oubiña siempre insiste en que nunca tuvo amigos en prisión. “Solo compañeros”, afirma. Y reconoce que la mayor parte de sus contactos en la trena son pequeños traficantes, sobre todo colombianos. Como Alex Calderón, a quien pillaron con un quilo de coca en el Aeropuerto de Barajas. Pedían nueve años de cárcel para él. Oubiña escuchó en el patio su triste historia, fumando uno de sus interminables cohíbas, y decidió costear la defensa del atribulado colombiano. Cortesía gremial.

    Entre febrero y marzo de 2004, Oubiña formó una cuadrilla con dos reclusos y repintó el módulo tres de Alcalá-Meco, el de seguridad y las oficinas. El capo cambadés presume de que la pintura la pagó él, punto que Instituciones Penitenciarias nunca ha querido desmentir ni confirmar.

    2. Admirador de Garzón

    El 13 de junio de 1990, Operación Nécora, Baltasar Garzón rodeado de policías llamó a las puertas del domicilio de Laureano Oubiña en Laxe. El capo se negó a abrir. Tiraron la puerta abajo y lo detuvieron con su pijama de rayas. Los 31 años de prisión que Garzón pedía para Oubiña se quedaron en una pequeña condena por delito fiscal. Y pasaron los años…

    Exactamente veinte.

    12-11-2010: Carta de Laureano Oubiña al Sr. Don Baltasar Garzón Real: En primer lugar quisiera solidarizarme con usted en sus problemas judiciales y en los limbos jurídicos que usted se ve abocado (sic). Señor Garzón, no hay derecho a lo que están haciendo con usted (…). Quisiera proponerle que cogiese mi defensa como abogado para defender mis intereses penitenciarios (…). Debo destacarle que el Sr. Gómez-Bermúdez después de presidir el juicio del 11-M por los atentados de Atocha, está muy subidito a la parra, se cree el ombligo del mundo y el mejor Magistrado Juez del mismo, lo que no es bueno para la propia justicia, y alguien tendrá que bajarle los pies a la tierra como a todos los mortales (…). Con todo lo cual, concluyo que sería usted el abogado perfecto para la defensa de todos nuestros intereses, aunque al principio le costará a usted adaptarse como abogado defensor, ya que nunca ejerció usted como tal (…). Si así lo estima usted, venga a verme al Centro Penitenciario de Topas (Salamanca) que estaré encantadísimo de recibirlo.

    No hay noticia de que Baltasar Garzón haya respondido a la oferta.

    3. El kie

    En argot penitenciario, un kie es un jefe, un baranda, alguien con poder para proteger a cualquiera o para ordenar su asesinato. Según Ricardo Portabales, el narco arrepentido que desencadenó la Nécora con sus confesiones, Oubiña era un kie en la hoy desaparecida cárcel de A Parda (Pontevedra). Moría la década de los 80, y los contrabandistas y narcotraficantes gallegos estaban convencidos de que el nervioso e inestable Portabales era el eslabón débil de la cadena. El que podía cantar.

    Una noche, Portabales estaba en su celda viendo la televisión. No oyó nada. De repente, oscuridad. Le cubrieron la cabeza con una bolsa, lo arrojaron al suelo y empezaron a patearlo.

    -Déjalo, lo vas a matar –reconoció la voz de Manolito Charlín, del clan de los Charlines.

    A causa del forcejeo, la bolsa dejaba un resquicio para ver las llamativas botas del segundo agresor: “Esas botas solo las lleva Laureano Oubiña”, le dijo Portabales a Garzón.

    Historias del talego.

    4. El capo asustado

    Laureano Oubiña le tiene miedo a algo: los coches. Desde que en la madrugada del primero de marzo de 2001 su exsecretaria y esposa, Esther Lago, falleció de forma extraña en un accidente en Cambados (Pontevedra). Su todoterreno se empotró a las 2.30 de la madrugada contra una casa, en una recta. Extraño.

    Cuando lo trasladaron a Alcalá-Meco, Oubiña adquirió una vivienda en Guadalajara para tener cerca a sus dos hijas pequeñas, que tenían entonces 13 y 14 años (tiene otros ocho hijos de su primer matrimonio). En 2004, fue destinado a la prisión aragonesa de Zuera. “¿A qué responde esta política inhumana de alejamiento de los presos?”, me preguntó entonces. Su miedo a que a sus hijas puedan sufrir un extraño accidente de coche, como el que mató a Esther Lago, le llevó a espaciar más las visitas de las niñas.

    5. Un republicano del PP

    Laureano Oubiña se jacta de haber financiado la Alianza Popular de Manuel Fraga y a la UCD de Adolfo Suárez. Sin embargo, la cárcel parece haber cambiado sus opciones políticas. No solo por su afición a rematar sus misivas con un ¡Viva la III República! En su cruzada por mejorar las condiciones penitenciarias, intentó lograr apoyos políticos dirigiendo sus denuncias a Joan Puicercós (ERC), Gaspar Llamazares (IU) y el fallecido Antonio Labordeta (Chunta Aragonesista). Todos bastante alejados del ideario de su otrora admirado Manuel Fraga.

    6. Un prófugo peculiar

    En septiembre de 1999, Oubiña desapareció. Había sido condenado a cuatro años de cárcel por transportar seis toneladas de hachís desde Holanda hasta España. Mientras la Interpol lo buscaba por todo el mundo, Oubiña no tenía reparos en llamar a sus enemigos periodistas para saber cómo estaban las cosas en España y para pedir consejo sobre si debía entregarse o no. Su relación con algunos de ellos fue siempre un tanto peculiar, pasando del insulto a la conversación amena con facilidad.

    -Que sí, Laureano. Que lo estás jodiendo todo. Entrégate, que estás a tiempo.

    -Es que si vuelvo, a Laureano Oubiña le meten cadena perpetua, y eso porque no hay silla eléctrica –protestaba usando una tercera persona napoleónica que siempre le ha gustado.

    Finalmente fue traicionado por el traficante de armas Monzer al-Kassar, que quería hacer migas con los jueces y la policía, ya que tenía varios asuntos pendientes en nuestro país. Oubiña fue detenido en un restaurante, en Grecia, trece meses después de su fuga.

    7. El chapucero

    Oubiña nunca ha tenido demasiada habilidad para buscar testaferros o disimular en entramados y excusas el origen de su fortuna. El ostentoso Pazo Baión, la finca de 287 hectáreas en la que fabricaba sus exquisitos albariños, fue comprada con un préstamo de 138 millones de las antiguas pesetas que le concedió Luisa Castela Fernández, una cacereña, viuda de un operario de Renfe, que vivía en una casita de alquiler por la que pagaba 200 pesetas mensuales.

    Fue fácil dar con el origen de los millones de esta modesta y generosa viuda: era la tía de Pablo Vioque, ex abogado de Oubiña, fundador de Alianza Popular y líder del PP en Vilagarcía. Vioque fue detenido en 1997 por intentar introducir dos toneladas de cocaína colombiana por el puerto de Cedeira (A Coruña). De resultas del fracaso de aquella operación, fue asesinado en Zamora Luis Vilas Martínez, intermediario de Vioque en la operación.

    8. El paleto malhumorado

    Mítica es la primera entrada de Laureano Oubiña en la Audiencia Nacional. Siempre vestido a la moda rural gallega, en aquella ocasión incluso osó calzar zuecos para responder al juez. Su estrategia siempre fue pasar como un aldeano analfabeto incapaz de dirigir ni una trama de contrabando internacional ni un corral de gallinas. Esta misma semana, ante la sección cuarta de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, donde compareció por un delito pendiente de blanqueo, le dijo al juez: “Yo nunca he invertido dinero de las drogas ni en casas ni en fincas ni en hostias”. Después, como siempre, pidió perdón por su brusco lenguaje, argumentando que era hombre sin estudios. Genio y figura.

    9. El ostentoso

    Como todos los salidos de la nada que hicieron dinero con el contrabando de tabaco y el tráfico de drogas, a Oubiña le encanta denotar que tiene dinero. Tras comprar el Pazo Baión, encargó dos enormes esculturas en piedra, representándole a él y a Esther Lago, para que flanqueran la puerta principal del edificio.

    10. ¿Defendido por la ONU?

    Uno de los mantras de Oubiña es asegurar que él no es un malhechor. “¿Alguien se ha muerto alguna vez por culpa del hachís?”, repite siempre que tiene oportunidad.

    Su primera condena por narcotráfico se produjo tras el descubrimiento, en 1997, de una carga de seis toneladas de hachís en Martorell (Barcelona). La conexión entre los portadores de la carga y Laureano Oubiña se estableció a través de uno de sus abogados, Gerardo Gayoso, que fue condenado a cuatro años de prisión. Gayoso lleva años intentando limpiar su nombre. Asegura que su imputación fue un montaje policial destinado a acabar con Oubiña. Hace dos años, el Comité de Derechos Humanos de la ONU revisó el caso e instó al Estado español a reconsiderar las pruebas incriminatorias: las considera totalmente débiles. Sin respuesta. Según este abogado de 45 años, si su condena se revisara y se le declarara inocente, todo aquel proceso se vendría abajo. Incluida la condena a Oubiña. ¿Y entonces? En su resolución, “el Comité de Derechos Humanos, actuando en virtud del párrafo 4 del artículo 5 del Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, considera que los hechos que tiene ante sí revelan una violación del párrafo 5 del artículo 14 del Pacto”. En resumen, que la justicia española ha incumplido en este juicio el Pacto Internacional de Derechos Políticos y Civiles de Naciones Unidas. ¿Y ahora, qué? Laureano Oubiña es la historia interminable. En persona.

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