Julio Muñoz Ramonet, el industrial millonario que jamás se dejaba afeitar
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LA INCREÍBLE HISTORIA DE JULIO MUÑOZ RAMONET

Julio Muñoz Ramonet, el industrial millonario que jamás se dejaba afeitar

Llegó a ser el hombre más poderoso de Barcelona y durante los últimos meses de su vida residió en Suiza, temeroso de que si volvía a España acabara en la cárcel por fraude fiscal

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El industrial millonario que jamás se dejaba afeitar

Muchas veces, la realidad supera a la ficción. Eso es lo que pasa con un personaje fallecido hace 20 años pero que ahora ha vuelto a plena actualidad tras una sentencia del Tribunal Supremo que determina que su millonaria herencia ha de ser gestionada por el Ayuntamiento de Barcelona. Se trata de Julio Muñoz Ramonet, un multimillonario que llegó a ser el hombre más poderoso de Barcelona y que durante los últimos meses de su vida residió en Suiza, temeroso de que si volvía a España acabara en la cárcel por fraude fiscal. El grueso de su herencia está en manos de sus cuatro hijas, que controlan un imperio económico de varios cientos de millones de euros desde su epicentro: el grupo Gaudir.

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Muñoz Ramonet nació el 18 de febrero de 1912 en Barcelona y murió el 9 de mayo de 1991 en un hotel de Saint Gallen (Suiza). En 1988, había dictado testamento dejando el palacete en el que vivía, en la calle Muntaner de Barcelona, más otro edificio cercano, así como todo su contenido (entre otras cosas, unas 500 obras de arte de renombrados pintores al Ayuntamiento de Barcelona, siempre y cuando éste crease una Fundación con su nombre. Las hijas del magnate mantuvieron en secreto este testamento, pero un antiguo colaborador, Bernd Walter, al que no pagaban un préstamo que le había hecho en Suiza a Julio Muñoz Ramonet, escribió en noviembre de 1994 al Ayuntamiento barcelonés poniéndole en antecedentes y detallando el testamento de su antiguo amigo. Al año siguiente, el consistorio creó la Fundación y reclamó la herencia. Finalmente, ha sido el pasado 14 de marzo cuando el Supremo zanjó la cuestión.

La vida del verdadero protagonista de este culebrón de pleitos y juzgados fue un desafío constante. Las conexiones de la familia Muñoz Ramonet con los servicios secretos del régimen franquista le situaron en una posición privilegiada en la que el impulsivo Julio podía hacer y deshacer a su antojo. Para él, no hubo racionamientos ni escasez de materias primas. Tenía todo lo que quería y se hizo con un patrimonio de decenas de inmuebles y hectáreas de terrenos en Barcelona, en su área metropolitana y en las costas catalana y valenciana. Se casó con Carmen, hija de Ignacio Villalonga, el hombre fuerte del Banco Central, al que más tarde se enfrentaría. Para la ceremonia, celebrada en Bilbao, contrató a la Orquesta Municipal de Barcelona y fletó dos trenes desde la capital catalana y Madrid para llevar a los invitados. Gracias a sus relaciones, consiguió del Central un crédito multimillonario en la década de los 60 que nunca retornó y cuya devolución fue alargando mientras interponía querellas contra los gestores de la entidad.

Hombre de chequera fácil

Cuentan quienes le conocieron que tenía mesa reservada en los locales de espectáculos más importantes de Barcelona. El malogrado Antonio de Senillosa, que mantenía un frecuente trato con él, contaba una anécdota que da fe de su carácter: en una ocasión, llegó a comer a un restaurante de lujo y la mesa que quería estaba ocupada. Enfadado, llamó al maître, que se veía incapaz de desalojar a los comensales ilustres de la mesa. Casi desesperado, llamó al propietario del local y sacó su chequera. Quería comprar el restaurante en aquel momento para poder comer en su mesa favorita. No lo consiguió.

Se decía que en los años 50 y 60 encendía sus puros con billetes de mil pesetas, lo que algunas fuentes consideran una exageración. Pero no hay duda de que podía permitirse ese lujo. Por aquellos tiempos, había fundado dos bancos en Suiza, el Spar und Kredit Bank de Saint Gall y la Banque Génévoise de Comerce et de Crédit. Ambos fueron intervenidos por las autoridades helvéticas en 1965, lo que aprovecharon para cambiar la legislación y endurecer las condiciones para la apertura de entidades bancarias.

En esos días, la familia Muñoz Ramonet (Julio y su hermano Álvaro) dominaba la economía catalana, con la colonia Batlló y la Central Algodonera como buque insignia (en sus fábricas textiles llegaron a trabajar más de 40.000 empleados) y el hotel Ritz, con el que se hicieron en la posguerra. Además, paulatinamente, fueron comprando la Compañía Internacional de Seguros, los almacenes El Águila y el Siglo y la inmobiliaria Águila. Y colgando de estas empresas emblemáticas una enrevesada maraña de inmobiliarias que se cruzaban propiedades entre ellas.

Julio mantenía su domicilio en el palacete del marqués de Alella, en la calle Muntaner, el mismo que ahora el Supremo ha puesto bajo el manto del Ayuntamiento de Barcelona. Pero también había comprado el Palau Robert, en la confluencia del Paseo de Gracia con Diagonal, hoy edificio oficial. En esos años, también había trabado amistad con el dictador dominicano Leónidas Trujillo, a quien atrajo hacia sus negocios. De hecho, invirtieron juntos en los almacenes El Siglo y El Águila y eso fue el principio del fin de una amistad espuria. Muñoz Ramonet acabó querellándose contra la familia Trujillo (el dictador había muerto ya hacía casi una década) por el control que querían ejercer en esas dos grandes compañías. Julio les ganó todas las batallas en los juzgados. Claro que el ambiente estaba ya envenenado porque las andanzas europeas de los dominicanos habían arrastrado a la ruina a los bancos suizos de Muñoz Ramonet y al italiano Comercial e Industrial, en el que también tenía acciones.

Una querida famosa

Como los ricachones de la época, Julio Muñoz Ramonet paraba poco en su domicilio. Durante una época, tuvo una querida que luego se haría famosa: Carmen Broto, una prostituta que se codeaba con lo más granado de las fuerzas vivas de entonces, sin mirar si eran empresarios, clérigos o militares. Broto murió asesinada el 11 de enero de 1949, en un crimen que nunca se resolvió satisfactoriamente a gusto de todos. Lo cierto es que Don Julio le había puesto pisito, pero en la época de su muerte ya la había cambiado por otras.

Entre sus costumbres, destacaba una sobre todas las demás: aunque pasase la noche fuera de casa, invariablemente iba a su domicilio para afeitarse. Esta maldita manía la copió de uno de sus ídolos, Al Capone. Porque, desconfiado por naturaleza, en las películas de gángsters, el asesinato se producía, la mayor parte de las veces, mientras el sujeto estaba siendo afeitado. Para evitar tentaciones de que le rebanasen el cuello, determinó que jamás lo afeitaría nadie.

En su casa, los invitados comían a la carta y, en ocasiones especiales, sacaba la vajilla de oro macizo, aunque cotidianamente utilizaba una de plata. Además, se hizo instalar una sala de cine para proyectar películas a sus amigos. No había nacido todavía la jet-set, por lo que no había aviones privados, pero el potentado se daba el gusto de, cuando viajaba en avión, comprar todos los asientos de primera para que nadie le molestase. Así era y así se encargaba de decírselo al mundo. Le gustaba presumir de lo que tenía y hacía ostentación de su fortuna. Fichó al chófer de Alfonso XIII, pero también a José María Gil Robles. Descubrió Kuwait mucho antes que Javier de la Rosa. Y un emir de aquellas tierras perdió unos 100 millones de pesetas de la época en sus manos, preludio de lo que vendría más tarde. Pero también se codeó con las grandes fortunas de Cuba, Tailandia o Filipinas, a donde llevó sus negocios.

Los sospechosos incendios

Su imperio comenzó a declinar en los 60. Las deudas comenzaron a ponerle en aprietos y a mediados de esa década no pudo devolver un crédito de 40 millones que había avalado con el Ritz. Por ello, puso el hotel a subasta. Se lo quedó la familia Gaspart. Sin embargo, se reservó dos cosas: la utilización del nombre y el Salón Imperial, sin acceso directo a la calle pero con derecho de paso por la recepción del hotel. Esos dos detalles dieron lugar a dos décadas de pleitos que la familia de Muñoz Ramonet ganó uno a uno a Gaspart, que al final se vio obligado a cambiar el nombre del establecimiento por el de Palace y a facilitar el paso hacia el Salón Imperial, que funciona al margen del propio hotel a pesar de estar en su interior.

Y en los 80, le llegó el turno a los últimos reductos de su imperio. Primero, fue el incendio, en junio de 1981, de los almacenes El Águila. No tenía apenas medidas de seguridad (cosa normal en aquella época), pero tenía una póliza de seguros suscrita un mes y tres días antes de la quema. Por si fuera poco, tras el incendio, el solar se revalorizó un 400 por 100. De hecho, los almacenes El Siglo también habían sufrido un conato de incendio dos años antes, en el momento en que Muñoz Ramonet quería derribar el inmueble y levantar otro, a lo que el consistorio se oponía al estar en una finca catalogada.

Y así, el magnate se quedó con un último cartucho: la Compañía Internacional de Seguros (CIS), que quebró en 1986 dejando un agujero de 4.000 millones de pesetas. Por no tener, la CIS no tenía ni propiedades, ya que incluso su sede había sido escamoteada tras una maraña de sociedades inmobiliarias creadas por el propio Muñoz Ramonet que pusieron los bienes materiales de la empresa lejos de sus acreedores y del fisco. En su caja fuerte tampoco se halló dinero, pero cuentan que en una sí había una pistola, posiblemente propiedad de un directivo. El escándalo de la CIS provocó la detención de seis altos cargos de la compañía, pero Julio Muñoz Ramonet ya estaba en Suiza desde 1986. Llamaba cotidianamente a sus amigos por si habían sido interrogados o a socios por si habían sido detenidos pero reafirmaba su voluntad de no aparecer por España por temor a ingresar en prisión.

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