Valeriano Gómez tiene un objetivo: sentar a los sindicatos a negociar

El fútbol es la pasión de Valeriano Gómez (1957), pero también la política. Y en esas estaba el pasado martes por la noche cuando alguien le

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Valeriano Gómez tiene un objetivo: sentar a los sindicatos a negociar

El fútbol es la pasión de Valeriano Gómez (1957), pero también la política. Y en esas estaba el pasado martes por la noche cuando alguien le preguntó en el estadio Santiago Bernabéu si iba a ser ministro de Trabajo. Como no podía ser de otra manera, Valeriano, como le llama todo el mundo, puso cara de póker y miró hacia otro lado.  Esa noche se llevó dos alegrías: ganó el Madrid y a esas horas sabía -salvo sorpresas de última hora- que iba a ser ministro de Zapatero. En su caso no hubo miedo escénico.

A nadie ha extrañado su nombramiento. Ni siquiera a él mismo. Y no sólo porque conoce como pocos las tripas del Ministerio de Trabajo, sino porque además sabe que nadie mejor que él puede hacer de puente entre el Gobierno socialista y los sindicatos. En particular entre Cándido Méndez y Zapatero, a quienes ha servido de forma leal en los últimos años. Pero no a cualquier precio. Y aquí está su autonomía.

Valeriano Gómez siempre ha mantenido una inteligente distancia entre el partido y el sindicato. Hasta el punto de que en algún momento ha llegado a rizar el rizo. El Gobierno le hizo caso en la última reforma laboral aceptando -entre otras medidas- su propuesta de ampliar los colectivos que pudieran acogerse al despido más barato de 33 días; pero al mismo tiempo  se manifestó en contra de la reforma laboral.

Algunos dirán que estamos ante un político bajo sospecha que quiere estar en misa y repicando -con el sindicato y con el partido-, pero sería una visión superficial. En realidad estamos ante un economista experto en cuestiones laborales con inquietudes intelectuales y académicas, y eso le ha permitido tener criterio propio y no sólo de partido. Principalmente desde el Instituto Ortega y Gasset, desde donde ha teorizado sobre la realidad de un mercado de trabajo asfixiado por el paro.

Ese perfil profesional vinculado al mundo de las ideas es el que le ha permitido construir un discurso socialdemócrata alejado del oportunismo político. Y por eso nunca llegó a estar totalmente a gusto en el Ministerio de Trabajo en los tiempos de Jesús Caldera. El ex ministro de Trabajo es un diletante y Valeriano Gómez no. Simplemente tiene un discurso articulado y lleno de matices que le impide comulgar con algunas ruedas de molino que agitan al mundo sindical desde hace años.

Y al frente del Ministerio de Trabajo tendrá la oportunidad de comprobarlo. La equidistancia entre el partido y el sindicato se ha acabado y ahora toca gobernar. No lo tiene fácil y no sólo por los 4,6 millones de parados, sino por el hecho de que en un contexto de restricción presupuestaria su margen de maniobra es escaso. Está por ver si la del 29-S habrá sido su última manifestación, como les ha ocurrido a tantos dirigentes socialistas.

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