De la Rocha-Escribano, del amor en el crucero al divorcio manu militari
El mundo del dinero encierra claves de poder y de intereses que explican el sentido de muchas operaciones y movimientos. Ibex Insider ofrece pistas para entender a sus protagonistas
España está de enhorabuena. La crisis de Indra ha demostrado que el ascensor social aún funciona. Un empresario, de formación tornero fresador, como Ángel Escribano, puede echarle un pulso a un tipo como Manuel de la Rocha, director de asuntos económicos de Presidencia del Gobierno, con un máster en Columbia, Estados Unidos, una de las universidades de más prestigio del mundo. Y lo curioso es que el pequeño empresario de un polígono de Alcalá de Henares (Madrid) le está ganando, de momento, el combate a todo un Gobierno intervencionista como el de Pedro Sánchez. El mismo que lo puso en Indra, De la Rocha, ahora lo quiere fuera. Pero Escribano ha resistido los dos embates que la semana pasada intentaron relevarle en el puesto: uno en un consejo extraordinario y el otro, en la Moncloa.
¿Cómo este dueño de una pequeña pyme se convirtió en el hombre elegido por el líder socialista para crear el campeón nacional de defensa en una tensión militar no vista desde la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué virtudes le vieron en la Moncloa para que, cuando el Ejecutivo progresista decidió tomar el control de Telefónica, sustituyendo a José María Álvarez-Pallete por Marc Murtra, le adjudicase a dedo el hueco que el propio Murtra dejaba en Indra, sin someterlo a votación previa de la Comisión de Nombramientos y Retribuciones? Todo ello en un fin de semana, el del 18 y 19 de enero de 2025, para la historia del gobierno corporativo del Ibex 35, con la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) escondida tras la cortina.
Según algunas fuentes, la relación de Escribano con Manuel de la Rocha se cimentó hace años en un crucero que el buque Juan Sebastián de Elcano hace todos los años entre Marín (Galicia) y Cádiz, como paso previo a la travesía de siete meses de instrucción para los guardamarinas de la Armada. Se trata de un pequeño viaje de cinco días, con paradas en varias ciudades portuguesas, al que se invita a determinadas personalidades del mundo de la política y de la empresa, o a particulares que lo han pedido por carta durante años.
A la última excursión asistió Josep Borrell, el único que tuvo un camarote individual. Y también Carlos Rojas, un diputado del Partido Popular, un organista de la catedral de León y unos niños que habían ganado un concurso de la Armada. Salvo el exministro socialista, el resto, como recientemente hizo la princesa Leonor, durmió en literas de tres alturas, estrechas y agobiantes, compartió baños, con una taquilla para sus cosas, y comió con escudilla en la cubierta del navío.
Un viaje en el que no hay wifi ni posibilidad de conectarse con el mundo exterior. Tampoco alcohol en el bar. Por lo que, por narices, el único divertimento es hablar con personas que no se habían conocido anteriormente, gentes diversas que en cinco días tienen la oportunidad de hacer una amistad para toda la vida. Eso es lo que hicieron De la Rocha y Escribano, que previamente se había trabajado al bando del PSOE con José Bono, exministro de Defensa, convertido en embajador del dinero para todo aquel con ganas de hacer negocio. Con el manchego intentaron introducirse en la democracia a la guineana de Teodoro Obiang, uno de los grandes caciques africanos, así como en Argelia y República Dominicana.
La travesía en el buque sirvió para que ambos se convirtieran en 'partners' de confidencias: el economista con educación de élite, que entonces pasaba por problemas personales, y el 'self-made man' del sector de la defensa en España. Escribano aprovechó la ocasión para, de repente, lograr que el Ministerio de Sanidad adjudicara a dedo a Escribano Mechanical and Engineering (EM&E) un contrato de 36 millones de euros para fabricar respiradores con los que atacar al covid, tal y como descubrió Vozpópuli. Una empresa que hacía tubos mecanizados pasó a ser proveedor de máquinas contra la pandemia.
Esa pyme de Alcalá de Henares se compró poco después, por unos 73,6 millones, un 3% de Indra, participación que más tarde elevó al 8% con un crédito —sin intereses ni pago del principal hasta dos años después— de 180 millones de JP Morgan, hasta que la terminó elevando al 14,3%. Un paquete con unas plusvalías que rondan ahora los 830 millones y que en enero de 2025 le permitió llegar a la presidencia de la compañía por decisión de Pedro Sánchez, previa sugerencia de De la Rocha.
Escribano, erigido en el hombre del Gobierno pacifista, se creyó con todo el poder para someter a todos los competidores, antiguos colegas de polígono industrial, a ponerse a su servicio, como intentó con Oesia, Aicox, Urovesa o Instalaza. Y hasta con la fuerza para hacerse con Santa Bárbara, propiedad de la estadounidense General Dynamics, y de SAPA, accionista también de Indra, con el 8% del capital. Como no pudo con estas dos últimas, optó por comprarse a sí mismo, por pagar desde la compañía controlada por el Estado 2.000 millones por su EM&E, confiando en poder sortear un conflicto de interés de una evidencia primitiva.
Nadie en la Moncloa percibió los problemas que podía generar que el comprador y el vendedor fuesen los mismos y que alguien sin experiencia en gestionar una empresa cotizada —con todo lo que eso implica para la gobernanza corporativa— fuera a hacerse, mediante la fusión de las dos sociedades, con la mayoría de Indra. Un 'deal' de manual acompañado por el tiburón de las finanzas Joseph Oughourlian, con un 5% de Indra, y también empresario de los medios, como principal accionista y presidente del Grupo Prisa (El País, la SER y Cinco Días).
Aquella relación ha saltado por los aires tras las exclusivas de El Confidencial sobre el cambio de posición del Gobierno, las llamadas de la presidenta de la SEPI al consejero delegado, José Vicente de los Mozos, pidiendo paralizar la fusión y los dosieres personales y familiares contra accionistas de la compañía.
Ambos, el político con máster en Columbia y el tornero fresador devenido en presidente del Ibex, se vieron hace diez días en un desayuno privado que organizó Europa Press para hablar de cómo veía la Moncloa el impacto de la guerra en Irán. De la Rocha llegó tarde, lo que le permitió no tener que tomar un café previo con su colega de crucero, y se fue rápido, con lo que evitó cualquier interlocución posterior. Un cara a cara que el hijo del antiguo líder socialista de los tiempos de Alfonso Guerra —la otra meritocracia— ya no pudo esquivar el pasado viernes cuando, de nuevo en la Moncloa, sede no oficial de las decisiones que afectan a empresas cotizadas, le pidió por las buenas que dejara la presidencia de Indra para pacificar el consejo de administración.
El otro, envalentonado, con un poder mediático ganado a golpe de chequera, le aguantó el pulso y le dijo que llevara esa propuesta a la reunión que el órgano de gobierno de Indra tiene este miércoles. Falta saber si Pedro Sánchez lo ejecuta o le perdona el desafío, como hizo con sus socios de Sumar en el reciente Consejo de Ministros. Ya saben, por el debate, por la democracia… o por el dinero y el poder.
España está de enhorabuena. La crisis de Indra ha demostrado que el ascensor social aún funciona. Un empresario, de formación tornero fresador, como Ángel Escribano, puede echarle un pulso a un tipo como Manuel de la Rocha, director de asuntos económicos de Presidencia del Gobierno, con un máster en Columbia, Estados Unidos, una de las universidades de más prestigio del mundo. Y lo curioso es que el pequeño empresario de un polígono de Alcalá de Henares (Madrid) le está ganando, de momento, el combate a todo un Gobierno intervencionista como el de Pedro Sánchez. El mismo que lo puso en Indra, De la Rocha, ahora lo quiere fuera. Pero Escribano ha resistido los dos embates que la semana pasada intentaron relevarle en el puesto: uno en un consejo extraordinario y el otro, en la Moncloa.