Cuando Jesús Navarro puso la primera piedra de Carmencita en 1919, las especias se vendían a granel en los bulliciosos mercados y ultramarinos. Vivía junto a su esposa en Novelda, un pueblo alicantino donde el río salado impedía la agricultura. Fue allí donde comenzaron a envasar azafrán en pequeños sobres de papel, vendiéndolos puerta a puerta. Inspirados por su hija, crearon la icónica imagen de Carmencita, una andaluza con sombrero cordobés, mantón de Manila y un clavel. Una genialidad de marketing que dio vida a una marca legendaria, cuyo aroma y tradición todavía dan sabor a millones de cocinas en todo el mundo.
Durante la Guerra Civil, Jesús y Carmen incorporaron colorante alimentario, un producto más económico, para mantenerse a flote en tiempos de crisis. “En España nos matábamos unos a otros, fue terrible. Y en cambio el negocio siguió vendiendo, la gente seguía comiendo y cocinando”, recuerda Jesús Navarro, nieto del fundador. Años después, también introdujeron tarros de cristal para especias como la pimienta y la canela, y comenzaron a exportar a las Islas Canarias, iniciando su expansión más allá de la península ibérica.
En los años 50, con 200 personas trabajando a mano en las carteritas de azafrán, llegó una máquina que amenazaba con dejar a 100 sin empleo. “Mi abuelo decidió no despedir a nadie porque era una empresa familiar, todo el mundo se conocía. Y a raíz de no despedir a nadie tuvo que buscar trabajo para esa gente y fue cuando diversificó a pimienta, canela y otras especias”, explica Navarro. De un problema nació una oportunidad: la diversificación que consolidó el crecimiento.
El 96% de las empresas familiares se destruyen a la tercera generación. Es un dato bestial
En la década de los 90, con la segunda generación al frente y la tercera incorporándose, la familia Navarro buscó un aliado estratégico para impulsar el salto a la gran distribución y profesionalizar así la empresa: vendieron el 50% del capital al grupo alimentario español Ebro Foods. Aunque unos años después decidieron recuperar su independencia recomprando las acciones y asumiendo el control total de la compañía. Un movimiento que reafirmó su esencia de empresa familiar y su compromiso con un modelo propio, donde la herencia, la calidad y la visión a largo plazo siguen marcando el rumbo.
“El 96% de las empresas familiares se destruyen a la tercera generación. Es un dato bestial”, advierte Navarro, que lleva 46 años en la compañía. Carmencita, con más de un siglo a sus espaldas, mantiene su posición en el mercado de especias en España y exporta a múltiples países. Hoy invierte en la fábrica más grande de Europa para especias. “Yo nunca seré un ‘monstruo’, como suelo llamar a los fundadores que tienen una idea y se lanzan a materializarla. Tengo la responsabilidad de continuar el legado sin el mérito de haberlo creado. Es de admirar lo que has conseguido”, le dice a Bosco Emparanza, fundador de MOA Foodtech, que hoy se sienta frente a él para compartir sus diferencias y charlar sobre sus reflexiones más profundas. Y es que, aunque ambas empresas pertenecen al sector de la alimentación, su actividad y su recorrido poco tienen que ver.
La historia de MOA Foodtech
Bosco Emparanza fundó MOA Foodtech en 2020. Es la antítesis moderna de Carmencita. Se trata de una startup especializada en biotecnología alimentaria que, combinándola con la Inteligencia Artificial (IA), transforma subproductos y residuos de la industria agroalimentaria en ingredientes sostenibles y de alto valor nutricional, principalmente proteínas. “Nacimos durante la pandemia. Trabajaba con grandes empresas agroalimentarias y vi cómo la crisis revelaba su fragilidad. Entonces pensé: ¿y si transformamos los residuos de la industria en proteínas de forma eficiente y circular? Esa idea marcó el inicio de todo”, relata.
Bosco dio el paso de la mano de Susana Sánchez, doctora en microbiología y directora científica, y José María Elorza, experto financiero y CFO de la compañía. Lo primero fue elegir el nombre: “Queríamos que reflejase nuestra ambición como fundadores”. Fue entonces cuando “una familiar de mi socia propuso MOA, inspirado en un ave de Oceanía extinguida por el ser humano. Es nuestra manera de decir que, para alimentar al planeta y a la sociedad, necesitamos alternativas para no cargarnos el propio planeta”.
En apenas un año, la compañía captó 1,5 millones de euros en una ronda semilla y ganó premios europeos como el Horizon Award. Los primeros meses fueron duros: “Nadie entendía lo que estábamos haciendo, ni siquiera la parte científica entendía nuestra propuesta. Habíamos dejado el trabajo, nos habíamos lanzado a la piscina y fue agridulce”. Pero persistieron: “Mantuvimos el rumbo fijo y fuimos cabezones, así logramos los primeros prototipos y cerramos acuerdos”.
En cinco años, la empresa ha escalado con rapidez, cerrando una ronda Serie A y asegurando 14,8 millones de euros del European Innovation Council para producir 40 toneladas anuales de ingredientes. Alianzas con gigantes como Bühler, Givaudan y Purina han llevado sus proteínas a productos como carnes vegetales y snacks saludables, reduciendo hasta un 98% el uso de agua y un 80% las emisiones frente a proteínas animales.
Dos visiones, un camino

“La marca es lo que crea valor y perdura por encima de ti. Mi abuelo murió en el 80, mi padre en 2012, pero Carmencita continúa”
Jesús Navarro CEO de Carmencita
“El emprendedor tiene que ser auténtico, valiente y un buen vendedor para posicionar el proyecto”
Bosco Emparanza Fundador de MOA FoodtechCarmencita y MOA: el poder de sus empresas
Aunque separadas por un siglo de historia, Carmencita y MOA Foodtech comparten lecciones profundas. “La clave es entender el mercado y qué está dispuesto a pagar, pero también construir una marca que se independice de ti y sea diferente”, afirma Navarro, que añade: “La marca es lo que crea valor y perdura por encima de ti. Mi abuelo murió en el 80, mi padre en 2012, pero Carmencita sigue”, reflexiona Navarro. Su desafío actual es captar al público joven sin perder la esencia. “Nuestros consumidores son principalmente personas mayores. Estamos trabajando en producto, diseño y comunicación para llegar a los más jóvenes”.
Para Bosco, la permanencia pasa por persistir en la idea inicial y rodearse de personas que compartan la ambición de construir un sistema alimentario más sostenible, y enfatiza la valentía y la transparencia como claves del liderazgo: “El emprendedor tiene que ser auténtico, valiente y un buen vendedor para posicionar el proyecto, pero sobre todo rodearse de socios e inversores que remen en la misma dirección a largo plazo”.
Ambos coinciden en que, más allá de las diferencias generacionales, la esencia está en innovar con rumbo fijo, cuidar al equipo y convertir problemas —ya sean guerras, pandemias o residuos— en oportunidades duraderas.