fin de una era

De Ramón Areces a los Albertos: el legado que deja la era Koplowitz en FCC

Tenía que ser uno de los empresarios más importantes del planeta quien tomara el relevo del apellido Koplowitz, porque la historia de FCC es una pequeña enciclopedia empresarial

Foto: Esther y Alicia Koplowitz. (EFE)
Esther y Alicia Koplowitz. (EFE)

Hay una anécdota que siempre contaba un ilustre periodista y que refleja a la perfección la relevancia que han tenido en la sociedad española las hermanas Koplowitz, y la empresa FCC. Corría noviembre de 1989, hacía apenas una semana que había caído el muro Berlín, y, sin embargo, todas las grandes revistas de información general dedicaban su portada a la ruptura de Esther y Alicia con ‘los Albertos’.

Ese año marcó un punto de inflexión en la historia personal de las hermanas, pero también en la empresarial del grupo de infraestructuras, que otra vez se enfrentaba al reto de seguir construyendo su futuro en medio de las adversidades de la familia propietaria. Un saga que ayer, casi 70 después, anunció el fin de una era con la ejecución del grueso de sus acciones por parte del mexicano Carlos Slim.

Tenía que ser uno de los empresarios más importantes del planeta quien tomara el relevo al apellido Koplowitz, no podía ser de otra manera, porque la historia de FCC es una pequeña enciclopedia empresarial, en la que se cruzan algunos de los personajes más relevantes del mundo de los negocios y la política de nuestro país desde la llegada de la democracia.

Ernst Koplowitz, judío originario de la región de Alta Silesia que se instaló en España en los años 40 huyendo del nacismo, sentó los cimientos de la actual FCC cuando, a principios de la década de los 50, compró la empresa Construcciones y Contratas. Su espíritu emprendedor y las puertas sociales que le había abierto su matrimonio con la aristócrata Esther Romero de Juseu fueron la combinación perfecta para convertir rápidamente esta empresa en uno de los grupos más importantes del país.

Carlos Slim, sentado entre Esther Koplowitz y su hija y presidenta de FCC, Esther Alcocer
Carlos Slim, sentado entre Esther Koplowitz y su hija y presidenta de FCC, Esther Alcocer

Entre sus primeras obras emblemáticas está el ensanchamiento de la Nacional VI, en el tramo próximo a Madrid, considerados los primeros kilómetros de carretera moderna del país; o la base aérea de Torrejón de Ardoz. El temprano fallecimiento de Ernst Koplowitz, en 1962, llevó a su viuda a apoyarse en un estrecho amigo de la familia, Ramón Areces, fundador de El Corte Inglés.

Entonces, Esther y Alicia eran unas niñas, de apenas doce y diez años, a quienes la vida volvió a dar un duro golpe cuando, seis años después, falleció también su madre. El equipo directivo del grupo, con Areces en la presidencia, fue clave para salvar y expandir la empresa, que construyó todos los centros del gigante de la distribución. Una muestra de la estrecha ligazón entre estos dos grupos son sus históricos colores corporativos, verde y negro, que comparten; y una anécdota, el recuerdo de cómo en las capitales de provincia de los años 60 y 70, cuando FCC pujaba por alguna licitación, en la calle se decía: El Corte Inglés va a hacer tal o cual contrato.

La revolución de 'los Albertos'

Cuando Esther y Alicia se casaron con los primos Alberto Alcocer y Alberto Cortina, respectivamente, Areces les obligó a firmar separación de bienes, un consejo que, dos décadas después, cuando llegaron sus tormentosos divorcios, les salvó de haber tenido que dividir el imperio que fundó su padre en dos, como pretendieron sus exmaridos, quienes se hicieron con las riendas del grupo durante los años de matrimonio.

Miembros de la denominada 'jet set' de aquellos años, bajo su gestión, FCC se consolidó como líder en servicios urbanos, gracias a la buena entrada que supieron tener en los ayuntamientos de una España, la de los años 70, deseosa de meter revoluciones y con una joven clase política ansiosa por vender cambio y tocar riqueza. Fue en esos años cuando FCC contrató su primera gran obra en el exterior, una canalización de 640 kilómetros para la red telefónica de Trípoli (Libia), éxito al que siguió toda la expansión internacional del área de Servicios.

Junto a la apuesta por el los servicios urbanos y el mercado exterior, la época de los Albertos estuvo estado marcada por sus aspiraciones financieras, con el intento de asalto al Banco Central de Alfonso Escámez a través de Cartera Central (operación comparable a la que años después intentó llevar a cabo Sacyr en BBVA), y el nuevo ‘sky line’ madrileño que se dibujó con Torre Picasso y KIO, dos símbolos de historia dispar.

Torre Picasso
Torre Picasso

La compra del primero fue todo un acierto del recientemente fallecido Alfonso Cortina, cuyos lazos familiares con el entonces marido de Alicia Koplowitz le auparon a la presidencia de la filial cementera, Portland Valderribas, sillón desde el cual supo ver la oportunidad de comprar a Explosivos Río Tinto el proyecto de esta icónica torre, que durante años fue, probablemente, la empresa más rentable del grupo. De hecho, FCC se la vendió a Amancio Ortega fundador de Inditex, en 2011, cuando la crisis inmobiliaria se llevó por delante la salud financiera de la empresa. Era el principio del fin.

KIO, en cambio, está detrás de uno de los mayores escándalos del país, el caso Urbanor, y sus rascacielos inclinados, aunque se han consolidados como imagen de la capital, nunca han alcanzado la relevancia de la blanca Picasso.

Una acertada fusión

Los ríos de tinta que hicieron correr sus respectivos divorcios marcaron profundamente a las hermanas, que se cerraron todavía más en su pequeño círculo de confianza, una fortaleza infranqueable que, en el terreno empresarial, tenía en Guillermo Visedo y en Rafael Montes a dos pilares

Fue entonces, en 1992, cuando Esther y Alicia tomaron una de las decisiones más acertadas de la historia del grupo: la fusión con la catalana Focsa, matrimonio del que nació la actual Fomento de Construcciones y Contratas (FCC), con Visedo en la presidencia, Montes de consejero delegado, las hermanas en las vicepresidencias, y Miguel Boyer y Carlos Koplowitz como consejeros.

Cuentan los entendidos en la materia que, en aquellos años, la nueva FCC tenía uno de los mejores equipos de construcción del país, sólo comparable a los liderados por los grandes hombres del sector, como Rafael del Pino, José María Entrecanales o Antón Durán, y todos ellos sellaron un pacto entre caballeros de no agresión que se ha mantenido hasta casi los tiempos actuales. Pero, frente a esta paz exterior, estaba a punto de llegar la gran tormenta dentro de FCC.

En 1998, ante las primeras fricciones que estaban generando las aspiraciones de las jóvenes generaciones Koplowitz, Alicia tomó la decisión de vender su parte de la empresa, un 28% del capital que le compró su hermana Esther, que tuvo que endeudarse para conservar la mayoría del capital, un esfuerzo financiero que ha arrastrado hasta ahora. En parte, por las circunstancias, en parte, porque así lo decidió ella, ya que en sus primeros años en solitario al frente del grupo su guardia pretoriana de FCC le diseñó un plan de amortización de la deuda que la empresaria no quiso seguir.

Con las vacas gordas que trajo el nuevo milenio pareció perderse el miedo a la deuda e, incluso, se impuso la idea de que estar poco apalancado era ineficiente, y que bastaba con garantizar el pago de los intereses para ser financieramente correcto. Era como si el principal no importara, hasta que el estallido de la crisis subprime tiró abajo todos estos castillos de naipes.

La empresaria Esther Koplowitz
La empresaria Esther Koplowitz

Quién sabe si la historia se habría escrito de manera diferente si hubiera cuajado una operación que durante años habían estado cociendo a fuego lento las cúpulas de FCC y Dragados, entonces dirigida por Santiago Foncillas y joya del sector, un noviazgo que estaba a punto de llegar al altar en 2002 cuando Banco Santander, por sorpresa, acordó un matrimonio de conveniencia con Florentino Pérez, que terminó fusionando a Dragados con ACS.

Una mancha de mora que el grupo se quitó con otra, como la compra de la austríaca Alpine. Eran los años de vino y rosas, pero todo cambió con el estallido de la crisis financiera. A FCC le cogió con Baldomero Falcones estrenándose en los mandos de un hólding que contaba ya con tres sociedades cotizadas en el Continuo -la inmobiliaria Realia, la cementera Portland Valderribas y la propia matriz-, un proyecto a media cuajar de concesiones, Globalvía, y una agresiva expansión internacional.

En este contexto, el nuevo presidente decidió embarcarse en el negocio de las energías renovables, una fallida apuesta que agravó la situación del grupo, que tampoco tenía ya el respaldo financiero de la Caja Madrid de Miguel Blesa, quien además de banquero de cabecera de la FCC de Koplowitz, fue consejero del grupo. En 2013, a Falcones le tomó el relevo Juan Béjar, que ya estaba al frente de Globalvía y Cementos Portland, y que respaldado por el BBVA de Francisco González y la Bankia de José Ignacio Goirigolzarri, llegó con el mandato de devolver al grupo, y a la empresaria, la salud financiera.

Para conseguirlo, se decidió encontrar un socio afín que entrara en el capital de FCC, junto a Koplowitz, movimiento que llamó la atención del mismísimo Bill Gates, que se hizó con un 6% de la compañía, y que tenía en George Soros al candidato defendido por Béjar para suscribir una ampliación de capital que devolviera la salud al grupo. Unos planes que se llevó por delante Carlos Slim. que irrumpió por sorpresa y terminó ganando la batalla: hace cinco años compró un 25% y ahora, tras ejecutar las acciones de Koplowitz, el 76,6%.

Alicia Koplowitz
Alicia Koplowitz

Con su participación reducida a menos del 5%, Esther Koplowitz marca el fin de una era, de una historia de luces y sombras, como todas, que forma parte de la historia reciente de España. "Puro corazón y generosidad", como la definen quienes la conocen, la preocupación la empresaria hace años que está centrada en el mecenazgo y la solidaridad más que en amortizaciones de principal, una manera de entender la vida que algunos tachan de ajena a la realidad; pero que ella ha defendido y cristalizado en la fundación que lleva su nombre y que sostiene toda una red de apoyo a ancianos, menores, enfermos y discapacitados.

Unos proyectos que ha seguido sosteniendo, incluso, en los momentos más difíciles, con la banca amenazando con ejecutarla y su nombre protagonizando titulares, y que en los últimos meses, con la pandemia del coronavirus, se han puesto en valor, con alguna de las residencias de ancianos que mantiene pudiendo presumir de cero contagios de covid-19.

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