primer aniversario de la quiebra

Saracho: "La venta al Santander por un euro fue la mejor solución para el Banco Popular"

El que fuera último presidente de la mayor intervención bancaria de Europa vive tranquilo, a la espera de los acontecimientos judiciales, entre comidas, monterías y salidas a navegar

Foto: Montaje: E. Villarino.
Montaje: E. Villarino.

El próximo 7 de junio se cumplirá un año de una de las noches más oscuras de la historia de la banca española. Habrán pasado 365 días desde la intervención durante la madrugada del Banco Popular por el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB). Un evento que solo tiene un símil reciente con lo que ocurrió en la noche del 27 al 28 de diciembre de 1993, cuando el Banco de España, dirigido por Luis Ángel Rojo, y el ministro de Economía, Pedro Solbes, decidieron quitarle Banesto a Mario Conde. Una entidad que tenía entre sus accionistas a varios grandes de España pocos días antes de ser tomado por las autoridades financieras locales.

En las entrañas del Popular también había muchas cuentas de personas muy relevantes del país. Muchas de ellas vinculadas con organizaciones espirituales como el Opus Dei, la institución de la Iglesia Católica a la que pertenecen un largo número de los últimos ministros y presidentes de empresas y bancos nacionales de los últimos veinte años. En total, más de 5.400 millones de euros pertenecientes a asociaciones religiosas depositadas en las cuentas de la entidad.

La relación era tan estrecha en el caso de la prelatura de Josemaría Escrivá de Balaguer que el banco tenía contratado como asesor permanente a Lazard por un millón de euros al año. El consejo de administración del Popular renovó el contrato con esta entidad americana pocos días de la quiebra, que, junto a JP Morgan, fueron designados como los responsables de buscar un comprador exprés para evitar la caída. Obviamente no lo consiguió y el nuevo dueño del Popular ya ha rescindido esa colaboración millonaria.

Como último presidente del Popular, el responsable final de aquel desenlace no es otro que Emilio Saracho, el reconocido banquero de inversión forjado en el Banco Santander y que se ganó un gran prestigio en la comunidad financiera internacional en JP Morgan. Sin embargo, su fichaje por el Popular y sus apenas cuatro meses como presidente han ensuciado un currículum inmaculado y le van a provocar una jubilación dolorosa.

El hombre que había sido propuesto para salvar el banco vive con aparente normalidad lo que con la boca pequeña reconoce como un tormento

Pero ¿qué ha sido de Saracho un año después? El hombre que había sido propuesto para salvar al que años atrás fue el banco más rentable de España vive con aparente normalidad lo que con la boca pequeña reconoce como un tormento. Para él y para su mujer, ambos con problemas de salud, lo que les llevó a plantearse irse de España para buscar más tranquilidad y distancia con todo el ruido provocado por la quiebra de la entidad. Emilio optó por continuar viviendo en su mansión de La Florida, un pequeño bosque a las afueras de Madrid, en la carretera de La Coruña, donde tiene como vecinos a César Alierta, el expresidente de Telefónica, Luis de Guindos, exministro de Economía, y, curiosamente, Ángel Ron, el hombre al que sustituyó en febrero de 2017 tras una batalla por el poder entre accionistas.

Saracho ha seguido manteniendo su agenda personal y profesional. Aunque ha decidido no dejarse ver por ningún acto público, como hacía antes tanto cuando estaba en JP Morgan como en el Popular, sale a comer y a cenar a restaurantes conocidos de Madrid. No se esconde ni teme ser abucheado como Rodrigo Rato, el expresidente de Bankia, que vivió varias escenas desagradables cuando meses atrás era increpado en determinados lugares de cierto caché. Al contrario, se deja ver con cierta normalidad por el centro de la capital con viejos amigos del universo bursátil pese a que su cara se convirtió en una de las más reproducidas.

Emilio Saracho en una foto de archivo de 2017. (Reuters)
Emilio Saracho en una foto de archivo de 2017. (Reuters)

Por supuesto, asiste a sus monterías de caza, continúa con sus salidas a navegar y mantiene sus partidos de golf, deporte del que tenía uno de los mejores hándicaps —18,6— del sector financiero. Con cierta frecuencia comparte campo con Juan Rodríguez Inciarte, precisamente uno de los veteranos directivos del Banco Santander del que Ana Botín se desprendió a los nueve meses de ser nombrada presidenta.

Según señalan personas próximas a Saracho, el exbanquero asegura estar tranquilo, confiado en que no hizo nada ilegal y que el desenlace de la histórica entidad financiera fue inevitable. Más aún, admite literalmente que la venta por un euro al Santander fue "la mejor solución posible para el Popular". Un portavoz del último presidente del banco confirma el sentido de la sentencia, pero matiza que lo que quiere decir su representado con esta expresión es que "fue la solución menos mala".

En esos encuentros que Saracho continúa teniendo por la 'city' madrileña, el ejecutivo explica que la fórmula utilizada para salvar al Popular fue mejor que la que el BCE y el Gobierno italiano aplicaron apenas tres semanas después —el 28 de junio de 2017— para evitar la quiebra de los bancos Popolare di Vicenza y Veneto Banca. Dos entidades que, exactamente como la española "estaban quebradas o en camino de serlo", según el mismo comunicado emitido por las autoridades europeas, y que fueron rescatadas por Intesa Sampaolo con unas ayudas públicas iniciales de 5.000 millones y una factura total de 17.000 millones.

Perdió el pulso con el entonces ministro de Economía antes de la intervención, llegó a decirle que el Estado tenía un problema de 30.000 M

El modelo italiano, que el 1 de junio de ese año también había salido al paso de la caída del Monte di Paschi di Siena, con una inyección de al menos 6.000 millones, provocó la indignación de los afectados del Popular, 300.000 inversores, entre particulares y profesionales, que vieron esfumarse ahorros por más de 1.500 millones en una noche. Pero, según cuentan los que se ven con Saracho, que no ha querido atender la petición de hablar con El Confidencial, para el último ejecutivo del Popular esta solución hubiera sido inviable en España tras el rescate de 22.000 millones a Bankia por el alto coste que hubiera tenido para el Gobierno de Mariano Rajoy y, posteriormente, los ciudadanos.

Una interpretación que supone de facto admitir que perdió el pulso con el entonces ministro de Economía, Luis de Guindos, al que poco antes de la intervención, llegó a decirle que el Estado tenía un problema de 30.000 millones. Una cantidad que hacía referencia a los depósitos de clientes, pequeños y grandes, que no tenían la cobertura del Fondo de Garantía por superar la cantidad de 100.000 euros. Guindos, que también se forjó entre los tiburones de Lehman Brothers y que estuvo en la cocina de la quiebra de la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) cuando hacía el papel de banquero de inversión, aguantó el pulso y facilitó en la sombra una subasta exprés para impedir, al menos, que los depositantes perdiesen su dinero.

Los inversores que si vieron evaporarse su dinero son los que más dolor de cabeza le están propinando a Saracho con las numerosas demandas interpuestas tanto en España, como en Bruselas y Estados Unidos. Ese es su verdadero calvario, el que le va a perseguir durante mucho tiempo y que presuntamente le llevará a los juzgados para dar explicaciones de su actuación. Toda una inconveniencia para un hombre que siempre tuvo a la discreción como su principal activo.

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