Un 'resacón' eN torrelodones de miles de euros

"Alquilé mi chalé una noche en Airbnb y me lo han destrozado en una juerga salvaje"

El perito que evaluó los destrozos dice que nunca había visto nada parecido y calcula que pudo haber entre 100 y 200 personas en la fiesta. "Parece que se les fue de las manos"

La mañana siguiente estaba todo en silencio y no había ni un coche en el aparcamiento. Nada más abrir el portón de la finca, Marta de Esteban, la propietaria, entendió que había pasado algo grave. Siguió el rastro de botellas y papel higiénico por el patio y luego la alfombra de suciedad que conducía hacia el interior de la casa. En el hueco de la escalera habían encajado un sillón, las hamacas de madera estaban hechas pedazos, un lavabo lo habían partido a botellazos, los pomos de las puertas estaban reventados, un tapiz rajado, los jarrones rotos, las antigüedades trituradas, un caballito de madera destripado en el suelo de la cocina... Había vasos de plástico y chustas hasta dentro de los radiadores. Estaba ante los restos de la madre de todas las juergas: un 'Resacón en Torrelodones' que va a costar muchos miles de euros.

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La mayoría de los muebles aparecieron apilados en las habitaciones y ninguna estancia era ajena al desmadre. Las escenas más desagradables se concentraban en los baños: heces debajo de una toalla en un bidé, orina en una bañera... “Fotografiamos hasta restos de semen goteando de un grifo. Era increíble. No daba crédito. La casa estaba totalmente destruida, las camas revueltas y había desaparecido ropa que tenía mi madre en un armario. Todos los cristales del invernadero reventados, las barandillas pateadas, manchas en las paredes, los retretes atrancados con objetos y cristales, el suelo lleno de manchas que ahora no se van y un olor fortísimo”. En las mesas y por el suelo, dice, había restos de diferentes tipos de drogas. “Muchos, muchísimos porros y luego unos polvos rosas y tubos para esnifar”.

Marta de Esteban, en la puerta de su chalé. (Foto: Carmen Castellón)
Marta de Esteban, en la puerta de su chalé. (Foto: Carmen Castellón)

Era la primera vez que su familia utilizaba Airbnb para alquilar su casa de Torrelodones (norte de Madrid), una mansión embellecida durante años con detalles de coleccionista: más de 386 metros cuadrados construidos en una gran finca con piscina y unas vistas espectaculares por la que decidieron pedir entre 400 y 500 euros la noche, dependiendo de la época del año y los días de alquiler. La reserva se había hecho a nombre de Iván, veinteañero, estudiante universitario de Las Rozas que en teoría solo quería pasar una velada tranquila con su novia y con otra pareja. “Acordamos el precio y los días que se iban a quedar por internet. Cuando vinieron, les enseñé la casa y tenían pinta de buenos chicos. Aun así, viendo su edad, les advertí de que no hiciesen fiestas y me dijeron que no me preocupase. Ellos estrenaron muchas cosas, como las sábanas, porque eran los primeros inquilinos. Ese mismo día compré por la mañana una tetera, por ejemplo. Me fie de ellos y ahora me siento imbécil”, dice.

La misma noche de los hechos, el viernes 6 de abril, Iván envió un mensaje inquietante. Decía así: “Perdona por haberte mentido antes, pero la verdad es que sí teníamos pensado que viniesen algunos amigos. En caso de que vengan, no te preocupes, van a traer vasos de plástico. No vamos a dejar que ninguno esté fuera para no molestar a nadie y vamos a cuidar mucho la casa”. Marta no tiene claro si la situación se les fue de las manos o si, sencillamente, la engañaron desde el primer momento. La finca está situada en una zona apartada y los vecinos no llamaron a la policía por el ruido. Dos de ellos, sin embargo, aseguran haber visto actividad durante toda la noche: coches yendo y viniendo, ruido e incluso colas en la puerta de entrada, algo que hace pensar a Marta que quizás en algún momento se llegó a cobrar por el acceso.

Tras recuperarse del impacto de ver destrozado el chalé de su infancia, Marta llamó a Airbnb. Acto seguido contactó con la policía y con una empresa de limpieza que presupuestó el desaguisado inicial en 1.718 euros. Eso sin contar los muebles rotos, la pintura, los suelos, el invernadero reventado, ni el cambio de todas las cerraduras (necesario porque había desaparecido uno de los juegos de llaves). Pasó el día completando un expediente de reclamación con Airbnb y acabó la jornada a las 22:30 en el cuartel de la Guardia Civil. Semana y pico después, dando un paseo por la casa, aún aparecen bolsas con marihuana en el patio, cubatas entre los setos y manchas sospechosas en la paredes.

Tras cruzar dos mensajes explicando que había dejado un juego de llaves en el buzón, Iván bloqueó a Marta de todas sus redes sociales y desapareció. A la guardia civil no le resultará difícil encontrarlo porque tienen el número de teléfono desde el que se hizo la reserva y su identidad completa. Además, están intentando reconstruir lo que ocurrió esa noche a través de sus perfiles en redes sociales, del registro de las llamadas efectuadas con su móvil y de los movimientos de los coches de Cabify en la zona. “Los agentes se lo han tomado muy en serio, pasaron un buen rato aquí, pero desde Airbnb no me han hecho caso, no mandaron a nadie a comprobarlo y me han dado largas, aunque hoy me han llamado para decirme que aceptan el presupuesto de limpieza que les pasé y que el resto lo irán mirando”. La familia tiene un seguro de hogar, pero no cubre este tipo de incidencias. “Solo nos han mandado un perito para la tasación".

Llevo 35 años trabajando como perito y nunca había visto algo así. Calculando muy, muy por lo bajo, habrá unos 12.000 euros en destrozos

Marta, que es abogada, actuó rápido, hizo fotos de cada rincón y ha tomado registro documental de cada detalle. El seguro de la casa no cubre los daños, pero mandó a un perito, Luis Torre, para tasar los destrozos. "Llevo 35 años en la profesión y es la primera vez que veo algo así. Me he encontrado casas deshechas después de alquileres de larga duración con impagos que acaban con desahucio, pero no había visto nada parecido a esto antes. Si estas plataformas de alquiler proliferan, imagino que se convertirá en algo más habitual", comenta Torre. Él calcula que en la fiesta "habría entre 100 y 200 personas, y quizá se les fue de las manos. Aún no hemos acabado, pero calculando muy, muy por lo bajo, habrá unos 12.000 euros de destrozos. Hay que pintar, barnizar, reparar... Si llega a hacer buen tiempo, arrasan el patio. Lo que más me sorprendió fue la cantidad de líquido, de botellas por todos lados".

Desde Airbnb aseguran que "este comportamiento no tiene lugar en la plataforma" y subrayan que ya han suspendido al huésped mientras investigan lo ocurrido. "Nuestro equipo de Confianza y Seguridad ha contactado con la anfitriona y continuaremos dándole apoyo en base a nuestro Programa de Garantías al Anfitrión". La multinacional insiste en que cada noche se alojan más de dos millones de personas en todo el mundo gracias a Airbnb y los "incidentes de este tipo son increíblemente raros". Según sus propios datos, los "daños importantes" a las propiedades (reclamaciones de más de 1.000 dólares) "fueron reportados solo en un 0,004%" de los cerca de 50 millones de estancias registradas en todo 2017. "En base a esta ratio, un anfitrión podría tener una nueva reserva cada día durante 63 años sin esperar tener que hacer una reclamación de daños en nuestro Programa de Garantías al Anfitrión".

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