se escuda en que él hacía lo mismo que todos

Narcís Serra: mal de muchos, defensa de listos

La estrategia de defensa del hombre que presidía la caja que recibió el mayor rescate es que él hizo lo mismo que todo el mundo. Y a la luz de los precedentes, puede que le funcione

Foto: El expresidente de Catalunya Caixa Narcís Serra a su salida de la Audiencia Nacional. (EFE)
El expresidente de Catalunya Caixa Narcís Serra a su salida de la Audiencia Nacional. (EFE)

Narcís Serra es un superviviente nato. Sobrevivió al final de la etapa de Felipe González y al escándalo del espionaje del Cesid a numerosas personalidades (incluido el rey Juan Carlos) que le costó su dimisión en 1995. Encontró acomodo en 2005 en la presidencia de Caixa Catalunya, controlada por la Diputación socialista de Barcelona, y mantuvo el cargo tras la fusión con las cajas de Manresa y Tarragona para formar CatalunyaCaixa. Y después del hundimiento y rescate de la entidad, fue amparado por la siempre receptiva Telefónica en el consejo de su filial brasileña.

Ahora, a sus 74 años, afronta probablemente el momento más duro de su larga carrera. Se enfrenta a una petición de cuatro años de cárcel en el juicio que se celebrará en octubre en la Audiencia de Barcelona por los sobresueldos que se otorgó a sí mismo y a los principales ejecutivos de la caja en 2010, cuando ya había recibido la primera inyección de dinero público. Ya ha tenido que depositar, junto a otros 40 imputados, una fianza de siete millones.

Y este martes tuvo que declarar en la Audiencia Nacional por otra causa en la que el FROB le acusa de causar un agujero a la entidad de 720 millones con operaciones inmobiliarias irregulares. Su defensa fue que él se limitó a hacer lo mismo que todos los demás (no solo las cajas sino también los bancos): invertir a saco en el ladrillo porque era la forma de lograr los crecimientos estratosféricos que perseguía el sector durante la burbuja... con la aquiescencia e incluso el apoyo del Banco de España. El triple salto mortal era crear sociedades conjuntas con los promotores, en las que el banco tomaba el 50% del capital aparte de darle el crédito para la construcción. Doble riesgo y doble pérdida cuando el castillo de naipes se vino abajo.

Serra y sus sucesivos directores generales, Josep Maria Loza y Adolf Todó, rizaron el rizo al invertir la causa y el efecto en su declaración. Según ellos, no había ningún agujero hasta que tuvieron que traspasar los inmuebles adjudicados y el crédito promotor a Sareb, el banco malo. El descuento que se aplicó a esa operación fue lo que provocó su insolvencia. La realidad fue la contraria: el agujero que tenía CatalunyaCaixa por no haber provisionado las pérdidas en el ladrillo fue lo que determinó su insolvencia y la necesidad de inyectarle el mayor rescate de todo el sistema en relación a su tamaño: 13.600 millones.

Los precedentes de Blesa y de Modesto Crespo

Lo peor es que es posible, e incluso probable, que le salga bien si atendemos a los precedentes. El famoso juez Elpidio Silva metió en la cárcel a Miguel Blesa por haber comprado un activo sobrevalorado (el City National Bank de Florida), exactamente lo mismo que habían hecho casi todas las entidades españolas en los años de vino y rosas. Si era delito en Caja Madrid, también lo era en el resto de la banca. El asunto acabó con la anulación de la instrucción y con Silva inhabilitado durante 17 años por un delito de prevaricación. El argumento del mal de muchos funcionó.

El expresidente de la CAM Modesto Crespo. (EFE)
El expresidente de la CAM Modesto Crespo. (EFE)

Y todavía le queda un as en la manga a Serra: el de que el presidente de una caja no se entera de lo que pasa en la caja. Aquí el rey es Modesto ​Crespo, expresidente de la CAM alicantina, la entidad que ha recibido las mayores ayudas públicas en términos absolutos: 26.302 millones según el Tribunal de Cuentas. En el juicio por la quiebra de la entidad, también en la Audiencia Nacional, basó su defensa en que no tenía labores ejecutivas y solo "acompañaba a las señoras a comprar bolsos y zapatos".

¡Y le salió bien! El Tribunal condenó a tres años a sus directores generales, Roberto López Abad y María Dolores Amorós, pero a él le absolvió porque le compró el argumento: según la sentencia, su labor "no trascendía de lo meramente protocolario y de representación, sin participar de manera activa y efectiva en la adopción de las decisiones que tomaba el comité de dirección, compuesto por los verdaderos gestores de la entidad". Si el exministro de Defensa se aferra a este precedente, lo tiene casi hecho.

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