FALLECIÓ ESTE DOMINGO A LOS 91 AÑOS

Ingvar Kamprad (Ikea), un genio sencillo que pensó en la gente ordinaria

Constancia y fidelidad a sus valores de hombre sencillo, pero también una visionaria habilidad para los negocios son las características que mejor definieron a este sueco

Foto: Fotografía de Ingvar Kamprad y un libro de condolencias a la entrada de una tienda de Ikea en Estocolmo. (EFE)
Fotografía de Ingvar Kamprad y un libro de condolencias a la entrada de una tienda de Ikea en Estocolmo. (EFE)
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Hace unos años, Ingvar Kamprad, el fundador de Ikea, revelaba a 'Forbes' su secreto: "Estar cerca de la gente ordinaria, porque, en lo más profundo, yo soy uno de ellos". Probablemente esto explica que, cuando todavía se hallaba en buena salud, visitara de incógnito alguna de sus tiendas para conversar con los empleados o se hiciera pasar por uno de ellos para atender en primera persona a los clientes.

Constancia y fidelidad a sus valores de hombre sencillo, pero también una visionaria habilidad para los negocios son las características que mejor definieron a este sueco, que de ser el hijo de un simple granjero logró convertirse en uno de los empresarios más revolucionarios del planeta.

Kamprad falleció este domingo a los 91 años y deja tras de sí un imperio compuesto por 350 tiendas en 29 países distintos, 190.000 trabajadores y unos 36.300 millones de euros en ventas.

A él se le atribuye la hazaña de haber democratizado el diseño. Hoy en día, no hay hogar en el que falte alguna de sus estanterías, lámparas, sofás, cubiertos, vajillas, cojines, edredones... Hay estadísticas, incluso, que aseguran que uno de cada 10 europeos es concebido en una cama Ikea o que cada año se imprimen en el mundo más copias de su catálogo que de la Biblia.

Pero, a pesar del enorme éxito alcanzado, Kamprad se mostró siempre ajeno al lujo y a la ostentación. Sencillamente, no iba con él, no le gustaba. Cuentan, por ejemplo, que en una ocasión, se desplazó en transporte público a uno de los locales más afamados de Estocolmo para acudir a un importante evento institucional. Pero los guardias, al ver a aquel frágil anciano que tampoco iba especialmente engalanado, no le dejaron pasar, hasta que alguien le reconoció.

Como ésta, hay infinidad de anécdotas. Su estilo y comportamiento respondían a una filosofía de vida. Era amigo del ahorro, no le gustaba gastar y a menudo decía que sus tiendas estaban pensadas para gente como él. No tenía ningún reparo en admitir, por ejemplo, que se compraba la ropa en un mercadillo y también era conocida su costumbre de llevarse los sobres de azúcar de bares y restaurantes. Por supuesto, nunca viajaba en primera clase ni tampoco dejaba que los altos ejecutivos del grupo lo hicieran. Y tampoco sentía interés por los coches caros. De hecho, hasta que pudo, condujo un viejo volvo.

Con esta actitud, Kamprad demostraba el alto valor que daba a sus orígenes. Nunca olvidó de dónde venía y puede decirse que convirtió esos valores aprendidos en casa en la esencia de su futuro modelo de negocio.

Ingvar Kamprad (Ikea), un genio sencillo que pensó en la gente ordinaria

Nacido en 1926 en Smaland, en el sur de Suecia, creció en una granja, donde aprendió a muñir vacas y a ensuciarse las manos con todo tipo de labores. Era disléxico y le costaba concentrarse en el colegio. Pero sus dotes para los negocios emergieron muy pronto, cuando, con apenas 5 años, se le ocurrió empezar a vender cerillas a sus vecinos.

En 17, gracias a una pequeña cantidad de dinero aportada por su padre, fundó Ikea, cuyas siglas son las iniciales de su nombre, Ingvar Kamprad, y las de su granja, Elmtaryd, y su pueblo, Agunnaryd.

Al principio vendía más cosas, pero, poco a poco, fue ciñendo su oferta al mundo del mueble. Contaba con proveedores locales. En 1953 abrió su primera exposición en Älmhult y, en 1958, su primera tienda. Pronto sus sillas, sofás o mesitas empezaron a agotarse. Los clientes valoraban su funcionalidad y buenos precios. Pero los proveedores no estaban tan contentos y le empezaron a boicotear.

Sus dotes para los negocios emergieron muy pronto, cuando, con apenas 5 años, se le ocurrió empezar a vender cerillas a sus vecinos

Pero Kamprad no se rindió y supo hacer de la necesidad virtud. Empezó a crear él mismo sus propios diseños y trasladó la fabricación a la Europa del Este, estrategia con la que logró abaratar todavía más los costes. Décadas más tarde, han emergido dudas sobre la ética de tales prácticas, pues se ha sabido que algunos de sus proveedores en los países comunistas habían utilizado a prisioneros políticos como trabajadores.

Es una de las sobras que también aparecen en su carrera. Aunque no la más grave. Mayor fue el escándalo que la prensa sueca generó en los años 90 tras destapar que Kamprad había simpatizado con el nazismo y había llegado a estar fichado, incluso, por los servicios de seguridad.

El empresario no lo negó sino que mostró su más sincero arrepentimiento y lo definió como el "error más estúpido" de su vida. Explicó que había sido su abuela, de origen alemán, quien había influido en su manera de pensar cuando era joven y que si se había sentido atraído por tal ideología era más por la visión de una Europa "no comunista".

País neutral durante la Segunda Guerra Mundial, el del nazismo es un tema espinoso en Suecia. El país no tomó parte en el conflicto y, si bien ayudó a muchos judíos, también envió alimentos y comerció con Alemania, nutriendo la maquinaria de guerra de Hitler.

Los suecos rinden tributo a Kamprad por haber puesto a Suecia en el mapa. Al fin y al cabo, gracias a él, su país es conocido en todo el mundo

Que su máximo empresario hubiera tenido lazos con el nazismo no sentó nada bien en el país escandinavo. Como tampoco gustó el hecho de que, en 1976, se mudara a Suiza para evitar la enorme cantidad de impuestos que le exigía su país.

Pero, ahora, tras su muerte, las cosas se ven de otra manera. Los suecos rinden tributo a Kamprad por haber puesto a Suecia en el mapa. Al fin y al cabo, gracias a él, su país es conocido en todo el mundo. Y también los colores de su bandera, el azul y el amarillo, que, no es casualidad, son los mismos que viste el icono de Ikea.

Además, tras el fallecimiento de su esposa, el empresario decidió volver a su tierra. En 2014 se trasladó a Älmhult, el pequeño pueblo rural en el que fundó su primera tienda y que hoy sigue siendo el cuartel general de Ikea.

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