DEROGACIÓN DE LA LEY DODD-FRANK DE 2010

Las reformas de Trump frenan los planes de Basilea sobre regulación bancaria en Europa

El comité de Basilea que define las normas de regulación bancaria no moverá ficha hasta conocer el grado de las reformas anunciadas por el nuevo presidente de Estados Unidos

Foto: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firma una orden ejecutiva en el Pentágono. (Reuters)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firma una orden ejecutiva en el Pentágono. (Reuters)

No saben, no contestan. Más o menos, esta es la conclusión que los grandes banqueros españoles extraen de los contactos profesionales que mantienen en las últimas semanas con los reguladores y demás interlocutores del Banco Central Europeo (BCE). La razón que atenaza las decisiones sobre la normativa bancaria en el viejo continente está en Basilea, la capital mundial de la supervisión financiera, que ha sido alcanzada por el ‘tifón Trump’. Las reformas anunciadas por el nuevo presidente de Estados Unidos para desmantelar la legislación desarrollada por Barack Obama en Wall Street han puesto en cuarentena el proceso de ajuste de la banca europea y amenazan con provocar una involución del marco regulatorio adoptado a raíz de la última y gran crisis financiera.

El terremoto que se avecina tiene, a día de hoy, su epicentro en la anunciada derogación de la Ley Dodd-Frank aprobada en 2010 y que fue el colofón de toda la regulación impuesta en Estados Unidos tras la quiebra del modelo de liberalización bancaria que supuso la caída de Lehman Brothers en 2008. El Gobierno de Washington tomó cartas en el asunto después de abordar un programa mastodóntico de rescate por importe de 700.000 millones de dólares, y estableció entonces una legislación mucho más restrictiva con el fin de proteger a los consumidores, fortalecer las entidades de crédito y controlar los riesgos en el sistema bancario a nivel federal.

El secretario del Tesoro de EEUU, Steven Mnuchin. (Reuters).
El secretario del Tesoro de EEUU, Steven Mnuchin. (Reuters).

El nuevo inquilino de la Casa Blanca no dedicó mucho tiempo de su campaña a hablar de los bancos, pero los buenos entendedores del sector tampoco necesitaron mayores explicaciones para albergar fundadas esperanzas sobre la posibilidad de liberarse de los grilletes de Obama si Trump ganaba las elecciones de noviembre. Hecho y dicho, porque el nuevo secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, no ha tardado en criticar los efectos provocados por la mencionada Ley Dodd-Frank, que en su opinión resulta demasiado complicada, lo que ha obstaculizado la evolución del crédito bancario en Estados Unidos. Toda una declaración de intenciones que no induce buenos augurios sobre el desarrollo de la normativa en cuestión.

La poderosa banca de inversión estadounidense se mantiene a la expectativa y no termina de despejar las incertidumbres que todavía suscita Trump en los mentideros de Wall Street. Sin embargo, en Europa los vientos de cambio procedentes del otro lado del Atlántico están generando un verdadero huracán de preocupaciones a nivel regulatorio, que hacen temblar los cimientos de Basilea y su célebre comité de supervisión financiera. De momento, y antes de que se confirmen los temores, el sanedrín de reguladores que se reúne en la ciudad suiza ha decidido retrasar a marzo su cónclave previsto para este mes de enero, con el fin de no precipitar ninguna decisión que luego deba ser revocada a instancias de Estados Unidos.

El Brexit dará lugar a ventajas fiscales y regulatorias para los bancos británicos que obligarán a una revisión de la normativa financiera en toda Europa

La posibilidad de que Trump desentierre la política económica de la etapa de Ronald Reagan ha dejado de ser una quimera y, en estos momentos, nadie se atreve a descartar una política de desregulación a ultranza que socavaría toda la estrategia mundial de supervisión bancaria desplegada estos últimos años. El Banco Central Europeo es consciente del cambio de marcha y sentido que deberá adoptar, a poco que la nueva Administración de Estados Unidos se ponga a regatear en corto sobre los actuales mecanismos de control y vigilancia financiera. De ahí también la fase de ‘letargo invernal’ en la que ahora parece haber caído el equipo directivo que encabeza Danièle Nouy como presidenta del Mecanismo Único de Supervisión del BCE.

La mayor amenaza que se le plantea a la banca continental, todavía en fase de rehabilitación facultativa, reside en la desventaja competitiva de un exceso de regulación que obliga a caminar con pies de plomo mientras los rivales se calzan las botas de siete leguas. Los altos niveles de solvencia exigidos por las autoridades europeas deberían ser revisados para no provocar la paralización efectiva de actividad antes de que la política monetaria a tipos cero termine por arruinar cualquier perspectiva de negocio futuro. Con este panorama de clara incertidumbre, los legisladores de Basilea y Fráncfort han preferido abrir un compás de espera que puede ser premonitorio de trascendentes cambios en el mercado financiero.

La presión inducida desde Estados Unidos se junta además con la más directa y permanente del Brexit, que tiene también un efecto perverso para el sistema bancario europeo. La ruptura con la Unión Europea obliga al Gobierno de Theresa May a cerrar filas con los bancos británicos para proteger la posición de la City de Londres y evitar la diáspora de las entidades. Las ayudas fiscales y demás prebendas normativas van a constituir moneda de uso corriente en el mercado bancario del Reino Unido, lo que obliga también a las autoridades europeas a cambiar el paso si no quieren quedarse rezagadas ante el ritmo de lo que se vislumbra como la gran contrarreforma del sistema financiero global.

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