COMPROMISO DE INDEPENDENCIA

Ron quiere cerrar el ejercicio 2016 y blindar el legado de Valls antes de dejar el Popular

El todavía presidente del Banco Popular ha tirado la toalla, pero no quiere que su inmolación resulte gratuita e intentará dejar todo "atado y bien atado" a su sustituto, Emilio Saracho

Foto: El todavía presidente del Banco Popular, Ángel Ron, durante una rueda de prensa. (EFE)
El todavía presidente del Banco Popular, Ángel Ron, durante una rueda de prensa. (EFE)

La transición de poder abierta en el Banco Popular y los tres meses de plazo acordados para el relevo de Ángel Ron por Emilio Saracho pueden deparar una batalla corporativa parecida a las que se hicieron célebres durante la primera gran oleada de consolidación llevada a cabo por el sector financiero en España a finales de los años ochenta. Los ‘episodios nacionales’ del antiguo Banco Central de Alfonso Escámez en abierta confrontación con ‘los Albertos’ o el Banesto de Mario Conde antes y después de la expropiación —sin olvidar el terremoto que dio lugar a la fusión de los viejos Banco de Bilbao y Banco de Vizcaya— están a punto de ser reeditados en la piel del último de los ‘siete grandes’ que dominaron la escena bancaria durante buena parte del pasado siglo.

El Banco Popular es, en efecto, el único superviviente de una etapa no tan lejana en la memoria, cuando las grandes instituciones financieras aparecían blindadas ante la opinión pública con el manto solemne de un poder absoluto o, cuando menos, incontestable. Una institución añeja que soportó como ninguna otra las convulsiones de la primera glaciación, pero que no ha sido indemne al virus de una crisis económica y social que amenaza con llevarse por delante el legado transmitido por Luis Valls cuando cedió el paso en octubre de 2004 a Ángel Ron. La voluntad del fallecido timonel es ahora el epitafio profesional con que el todavía presidente quiere honrar su hoja de servicios, y consiste lisa y llanamente en asegurar su proyecto empresarial para mantener a salvo la independencia de la entidad.

Las conjeturas sobre una eventual venta del Banco Popular, difundidas a través de la agencia Bloomberg, y atribuidas en algunas instancias al propio Emilio Saracho, han inflamado el ánimo de resistencia del grupo más tradicionalista y defensor de la histórica doctrina de la fe. La Sindicatura de Accionistas, como socio inmutable de referencia, se ha hecho fuerte a partir de la inmolación de Ron y está dispuesta a dar la batalla contra todos aquellos que pretendan imponer de manera unilateral un giro en la hoja de ruta establecida por el máximo órgano de gobierno. El consejo de administración está claramente dividido, pero su todavía presidente considera que la renuncia pactada es un precio suficiente para asegurar el plan de actuación vigente y rechazar los cantos de sirena interesados que puedan llegar a oídos de su sucesor.

La Sindicatura de Accionistas, representada por José Francisco Mateu, respalda el proyecto de Ron para evitar una macroampliación o una venta a terceros

Emilio Saracho debe ser consciente de que se va a meter en un avispero, por lo menos a la vista de las enconadas posiciones que a día de hoy persisten en la cúpula ejecutiva de la entidad. La consejera independiente coordinadora (CIC), Reyes Calderón, se ha distinguido como paladín de una rebelión que tiene su fundamento en la oposición descarada del inversor mexicano Antonio del Valle y la estrecha vigilancia con que el Gobierno y el Banco de España tratan de monitorizar los movimientos dentro de la entidad. A ello se unen los pretendientes habidos y por haber que, dentro del propio mercado financiero, siguen manteniendo al Banco Popular entre sus más o menos claros objetos de deseo.

Ángel Ron no ha podido sustraerse ante el fuego cruzado de tan variopintas adversidades, pero su capitulación no implica una rendición incondicional, sino más bien un armisticio que le obliga a ceder el sillón pero no a entregar la plaza. Una vez que la sentencia ha sido echada, el presidente saliente quiere irse con la cabeza bien alta, no sin cerrar previamente el ejercicio que ahora termina, y menos sin garantizar el curso natural de los acontecimientos. En otras palabras, Ron también quiere imponer su legado a Saracho, que consiste en la configuración del banco malo de Sunrise como punta de lanza para desprenderse a medio plazo de hasta 15.000 millones de euros en activos no productivos vinculados al ladrillo.

Bajo estos requisitos, el futuro presidente solo podría abordar un cambio de rumbo después de apelar al consejo de administración para conseguir un acuerdo que, hoy por hoy, se antoja bastante complicado. La posibilidad de una macroampliación amenaza con romper el equilibrio de poderes, por lo que es rechazada, de entrada, por los socios históricos. La opción de una venta a terceros resulta más factible, sobre todo teniendo en cuenta que el Banco Popular sigue estando a tiro de opa, pero solo puede adquirir carta de naturaleza si el Gobierno toma cartas en el asunto y asume el coste político de una nueva y directa intervención a corazón abierto en el sistema financiero.

Saracho no ha firmado aún su contrato, entre otras razones por la propia singularidad del sistema de retribuciones y blindajes que tiene el Banco Popular

De momento, lo único que está claro es que la sucesión no supone el final de la secesión, sino todo lo contrario, porque Ron se ha encargado de disponer claramente a sus albaceas para que contrarresten cualquier programa reformista que suponga una involución en el camino trazado. Las dos personas clave en la defensa numantina del Banco Popular son el secretario y consejero, Francisco Aparicio Valls, y el nuevo vicepresidente y representante de la Sindicatura, José Francisco Mateu Isturiz. Ellos serán los principales interlocutores de Emilio Saracho, una vez que este “acepte el cargo”, tal y como precisaba el hecho relevante comunicado a la CNMV tras el golpe de mano del pasado 30 de noviembre.

A fecha de hoy, el futuro presidente no ha firmado todavía el contrato que le devolverá a España después de una larga singladura profesional en Londres como vicepresidente del banco de negocios JP Morgan. Para Saracho, la oferta del Banco Popular supone el colofón a una carrera plena de éxitos que, en todo caso, estaba a punto de culminar, dada su jubilación inminente en el banco estadounidense. Se trata, por tanto, de una oportunidad que llega en el momento adecuado, pero que conviene amarrar en corto, sobre todo teniendo en cuenta el singular modelo de gobierno corporativo, incluidas las retribuciones de altos cargos, que exige a todo alto directivo de la casa un mínimo de cinco años para poder disfrutar de plan de ahorro o blindaje que se le parezca. Un tiempo muy largo de fiar, dadas las urgencias que presenta el Banco Popular y las muy distintas sensibilidades que se enfrentan a la hora de resolverlas.

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