bulos antes del 10-N

Por qué los 'fact checking' no van a cambiar ningún voto

Además de crédulos, dicen los expertos que cada vez somos más indulgentes con las falsedades cuando descubrimos que un político ha tratado de engañarnos

Foto: Foto: EFE
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A los políticos las mentiras les pasan poca factura. Es más, pueden incluso resultarles más útiles que nunca en campaña. De ser bochornoso, mentir ha pasado a convertirse en una estrategia pensada para que les pillen, porque es el revuelo que crea el desmentido lo que consigue marcar agenda. Incluso la proliferación del 'fact-checking' (verificación de hechos) puede jugar en favor de algunos políticos mentirosos. Desenmascarar las mentiras y medias verdades de los políticos es una obligación periodística. La pregunta es: ¿para qué sirve? A la hora de decidir a quién votar, parece que para poco. Eso es al menos lo que revelan numerosos estudios psicológicos que analizan el efecto de las mentiras en política.

En España, no es Vox el único partido que ha sacado partido abiertamente de la mentira para marcar agenda, pero sí el que con más habilidad lo ha logrado en la última semana, colocando en debates y entrevistas cifras inventadas que relacionan inmigración y criminalidad. Santiago Abascal aseguró el lunes que hay "un efecto llamada de la inmigración ilegal", aunque en 2019 la llegada de inmigrantes irregulares cayera un 49%. También se inventó que un 70% de las agresiones sexuales en grupo las cometen extranjeros (no especificó si se refería a suizos o marroquíes, pero cuando Vox dice extranjeros nadie piensa en los guiris, por más que estos también violen en manada).

Ante la incomparecencia de los demás candidatos a la presidencia del Gobierno, que no le replicaron estas mentiras en el debate electoral, proliferó después en los medios el 'fact-checking', desmintiendo repetidamente que exista una relación probada entre inmigración y delincuencia. Y a fuerza de insistir en el desmentido, un tema inexistente pasó a convertirse en un asunto central de la recta final de la campaña. 'Voilà'.

Mi candidato miente, pero tiene razón

Siempre ha habido candidatos deshonestos, la novedad es que nunca les ha salido tan a cuenta serlo abiertamente. No han cambiado ellos. Hemos cambiado, sobre todo, los votantes. Además de crédulos, dicen los expertos que cada vez somos más indulgentes con las falsedades cuando descubrimos que un político ha tratado de engañarnos.

Tanto en Reino Unido como en EEUU llevan tiempo estudiando, sobre todo desde el Brexit y la victoria de Trump en 2016, cómo afecta al votante la incorporación de las mentiras sin complejos en la estrategia política. Hay suficientes indicios de que en contextos polarizados son muchos los ciudadanos que apoyan a los candidatos que mienten a sabiendas de que lo hacen, según 'The Economist'. El índice de aprobación de Trump es 11 puntos más alto que el porcentaje de personas que confían en que dice la verdad. Un tercio de los votantes británicos ve a Boris Johnson positivamente, pero solo un quinto piensa que es honesto. Será un mentiroso, pero es nuestro mentiroso.

Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)

Pillar mintiendo al candidato favorito no cambia un voto, es más, puede servir para ganar más apoyo especialmente si el bulo confirma una idea preconcebida de la realidad (un prejuicio, vamos). Es decir, el umbral de la verosimilitud que le damos a una información depende de si sirve para darnos la razón. Sobre todo en contextos en los que la decisión de a quién apoyar en las urnas se toma con motivos más relacionados con las emociones y los miedos que con la razón. De ahí que a los partidos populistas, los que más incentivan las emociones y simplifican la realidad ofreciendo soluciones imposibles a sabiendas de que lo son, las mentiras le pasen menos factura e incluso pueda serles abiertamente útil en campaña.

Los asépticos desmentidos estadísticos del 'fact-checking' que se dirigen al cerebro son especialmente inútiles para cambiar el voto de quien decide con las tripas y el corazón. Lo que los expertos aseguran que percibimos como verosímil tiene menos que ver con la credibilidad de la fuente y más con dos precepciones muy básicas del mensaje: la familiaridad (si lo hemos oído antes) y simpleza (la facilidad de procesarlo). Es decir, somos carne de bulo.

El error en la autopercepción hace que seamos aún más vulnerables porque nos pasamos de listos

Hay otra manera de explicar que las mentiras pasen tan poca factura: la pereza. Creer a los políticos que dicen lo que queremos oír requiere menos esfuerzo que dudar de ellos. El experto en comunicación Tim Levine, profesor de la Universidad de Alabama y autor del libro 'Duped', lleva décadas estudiando la capacidad de detectar mentiras que tiene la gente y su conclusión es que somos mucho peores detectores de mentiras de lo que nos creemos. El error en la autopercepción hace que seamos aún más vulnerables porque nos pasamos de listos. En numerosos experimentos demuestra Levine que la mayor parte de la gente es incapaz de detectar cuándo le están mintiendo porque estamos diseñados para confiar en los demás inconscientemente (ahí incluye también a los agentes del FBI y la NSA).

Entre las explicaciones que encuentra Levine está la propia necesidad evolutiva de creer que los demás nos están diciendo la verdad. Es lo más eficiente confiar porque, en realidad, la mayor parte del tiempo es cierto que la gente es honesta y no tendríamos tiempo de dudar todo el rato de lo que nos cuentan, como tampoco tenemos tiempo de contrastar cada noticia que nos reenvía la familia por WhatsApp. Lo cierto es que apenas dudamos de ninguno de los cientos de mensajes y noticias que recibimos al cabo de un día. En campaña electoral pasa lo mismo con los políticos con los que nos identificamos.

Inmunes a la verificación

Cuando mentir no está socialmente castigado, la tentación de hacerlo aumenta. Y eso vale tanto para los niños como para los políticos. Un estudio de Dan Ariely, catedrático de economía conductual, demuestra que las condiciones externas influyen mucho en cuánto miente la gente. Cuando los sujetos que participaban en los experimentos del comportamiento intuían que los demás participantes no decían la verdad, eran más propensos a ser deshonestos ellos también. Además, según Ariely, las mentiras se volvían más fantasiosas cuando decir falsedades no tenía consecuencias.

Estos hallazgos resultan especialmente preocupantes ahora que cada vez estamos más acostumbrados a convivir con mentiras. Se han convertido en parte natural del paisaje digital, por lo que es normal que el coste social de engañar vaya decreciendo. Las redes sociales han multiplicado la facilidad con la que se esparcen las patrañas, pero nuestra credulidad continúa siendo igual de vulnerable. Un estudio publicado en la revista Science reveló el año pasado que hay más probabilidad de compartir una noticia falsa que una verdadera, porque los bulos inspiran "miedo, disgusto y sorpresa". El cóctel perfecto de lo viral.

Las mentiras funcionan sobre todo cuando confirman lo que ya pensamos porque nos encanta que nos den la razón, al margen de que la tengamos o no. Es lo que se llama el sesgo de confirmación. Una forma de razonar que el profesor de Yale, Dan Kahan, ha estudiado para entender por qué algunas personas rechazan creerse hechos científicos contrastados (como el cambio climático, por ejemplo). La conclusión es que el aval de los expertos no resulta convincente cuando la gente percibe que una idea ataca su identidad. Es decir, si un asunto se ideologiza hasta convertirse en un rasgo distintivo de una identidad política, resulta mucho más vulnerable a las 'fake news' y desactiva la capacidad de reconocer el valor del consenso científico. Y en vez de discutir sobre cuáles son las políticas públicas más efectivas para resolver un problema (reducir la contaminación, impulsar la economía, mejorar las políticas de igualdad, etc.), el riesgo es acabar discutiendo si este existe o no.

"Los académicos suelen pensar que si la gente estuviera mejor educada, sería capaz de distinguir la realidad de la ficción", advierte Levine en 'Duped'. "Sin embargo, un simple 'fact-checking' es improbable que ofrezca soluciones adecuadas". La inteligencia y el nivel educativo no tiene necesariamente que ver con estar dispuesto a cambiar de parecer cuando nos desmienten algún dato falso que nos hemos creído.

Hay más probabilidad de compartir una noticia falsa que una verdadera, porque los bulos inspiran "miedo, disgusto y sorpresa". El cóctel perfecto

Da igual que miles de científicos reputados llamen la atención sobre el cambio climático en un informe, solo con que haya uno que opine lo contrario gozará de más credibilidad entre los escépticos que tratan de negarlo. El cerebro trabaja para evitar que ver su visión del mundo se vea amenazada. Khan lo llama "razonamiento protector de la identidad". Y no afecta más a personas poco formadas, al contrario. Gente muy inteligente y con estudios superiores es igualmente incluso más vulnerable a este sesgo porque es más capaz de racionalizar de forma sofisticada nuevos argumentos a su medida para creer lo que mejor le convenga. De hecho, la gente más formada suele ser también la más dogmática en sus pareceres y la menos proclive a reconocer errores, según explica David Robson en 'The Intelligence Trap'.

El riesgo de rectificar un bulo

Durante mucho tiempo se ha dado por hecho que la gente desinformada lo estaba por falta de acceso a la verdad. Sin embargo, contrarrestar mentiras con simples datos no resulta tan efectivo como pueda parecer para sacar a alguien de su error. Requiere un trabajo más sofisticado. "No podemos dar por hecho que gente inteligente y educada va a absorber los hechos que les mostramos", afirma Robson. La inercia mental a creer ciertas cosas es más poderosa que nuestra capacidad de cambiar de opinión. Para combatir los bulos, Robson insiste en que, sobre todo, hay que evitar hacer hincapié precisamente en la información que se desmiente. Darle publicidad a un hecho falso al tratar de desmentirlo repetidamente es contraproducente porque multiplica el alcance de la mentira. Esto no quiere decir que las mentiras deban dejarse campar a sus anchas en campaña electoral, pero sí que la forma de hacerlo influye mucho en la credibilidad de los desmentidos.

Darle publicidad a un hecho falso al tratar de desmentirlo repetidamente es contraproducente porque multiplica el alcance de la mentira

En el caso de combatir el miedo infundado a las vacunas, por ejemplo, Robson recomienda a las instituciones centrar sus desmentidos en los beneficios de estas, en vez de dar visibilidad en el titular a la mentira que se rectifica. "Las vacunas son efectivas", desde el punto de vista cognitivo, es más efectivo que titular: "Es un mito que las vacunas causen gripe". En este último ejemplo, la verificación aumenta la familiaridad con el dato falso (que suele ser también más sencillo) y por tanto la propensión a creerlo. Además, para ser efectivos los datos han de ser tan simples como la mentira que combaten. Cuanto más complejo sea un razonamiento y más información contenga para desmentir una mentira muy simple, más dificulta que cale la rectificación.

Paradójicamente, desmentir insistentemente que la mayoría de las violaciones estén protagonizadas por extranjeros, puede reforzar la tesis de los que quieren sembrar el miedo a la inmigración basándose en bulos para convertirlo en un asunto de campaña. Tampoco ayuda a combatir mentiras, sean sobre salud, cambio climático o la presunta peligrosidad de niños huérfanos procedentes de otros países, insinuar que todo el que se los crea es un racista o un ignorante. En vez de lanzar desmentidos al vacío, Robson recomienda aportar nueva información que pueda resultar útil a la gente para combatir esos miedos sociales o económicos sin ofenderlos por habérselos creído. Incorporar nueva información puede dar herramientas para que la gente desconfíe por su cuenta y cambie de idea a su ritmo. Al cerebro humano, que es muy suyo, no le gusta que le insistan en que se la han colado. Por eso tiende a creer lo que le conviene. Es a quién votamos lo que más influye en las noticias que nos creemos y no al revés.

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