el guion de la larga primavera electoral

Frankenstein vs. trifachito: arranca la campaña del terror y el odio al enemigo

La polarización actual borra los matices y obliga a los partidos a escoger trinchera y endurecer su mensaje. El miedo es el mejor caldo de cultivo para el populismo y el tribalismo

Foto: Los partidos movilizan el voto para evitar que llegue el contrario. Ilustración: RAÚL ARIAS
Los partidos movilizan el voto para evitar que llegue el contrario. Ilustración: RAÚL ARIAS

Terror al ‘trifachito’ por un lado, terror al ‘Gobierno Frankenstein’ que amenaza con liquidar España por el otro. La larguísima primavera electoral que se avecina está marcada por el sentimiento más polarizante: el miedo. Los expertos advierten de que es precisamente el estado de ánimo más fértil para el populismo y el tribalismo, el más efectivo para sacar la política de sus goznes y bloquear el debate. La cuestión preocupa desde hace tiempo en Estados Unidos, Italia o Francia. Y se está instalando en España. Si otras campañas electorales han oscilado entre el 'thriller' y el suspense, esta vez se nos viene encima una 'horror movie'.

Manuel Arias Maldonado, politólogo y autor de ‘La democracia sentimental’, explica que casi cualquier campaña electoral se basa en dos emociones: el miedo y la esperanza de cambio. "Hobbes ya decía que el miedo es la emoción política fundamental, y Mariano Rajoy lo utilizó también en las últimas elecciones, jugó la carta del miedo a Podemos y le salió bien. La diferencia es que ahora tenemos unos villanos nuevos, con muchos matices que no estaban presentes, y que hemos alcanzado el paroxismo de la exageración. Creo que mucho más lejos no podemos ir ya", dice.

Las metáforas para frenar la llegada del contrario son esta vez apocalípticas. "La izquierda nos introduce la sensación de que lo que está en riesgo es nada menos que la propia democracia", dice Maldonado. Mientras, la derecha plantea el riesgo de la destrucción de España, de la implosión del Estado, un miedo que se hizo muy real para buena parte de la población durante el otoño de 2017. "El 'procés' como trauma no resuelto en las urnas va a tener mucha fuerza en el voto".

Ahora tenemos unos malos nuevos, con matices que no estaban presentes y, sobre todo, hemos alcanzado el paroxismo de la exageración

Es decir, aunque casi todas las campañas políticas utilizan el miedo en mayor o menor medida, la que se nos viene encima apela a terrores hiperbólicos. El primer mensaje de Pablo Iglesias tras las elecciones andaluzas fue lanzar una "alerta antifascista"; el PSOE ha rescatado el eslogan del PSC de hace una década —'Si tú no vas, ellos vuelven'— para alertar del riesgo de que gane la derecha, y la decisión de Albert Rivera de romper cualquier puente con el PSOE ha dejado una campaña de dos bloques, sin apenas propuestas más que evitar que el rival llegue al poder: Frankenstein contra Colón. "Hay que elegir entre Rufián y Abascal. Es muy jodido, es una elección que no le deseo a nadie y es la que tenemos delante 46 millones de españoles", ironiza un político de primera línea ya retirado.

La polarización actual borra los matices y obliga a los partidos a escoger trinchera y endurecer su mensaje. El centro, antes deseado, pierde su encanto. Luis Arroyo, consultor electoral tradicionalmente vinculado a partidos de izquierda, lo ilustra con la frase que le dijo una vez un amigo ecuatoriano. "Me recordó que la gente compra la camiseta del Real Madrid o la del Barcelona, pero no la del árbitro". Es decir, que las posiciones intermedias acaban mal en este contexto.

Este razonamiento explicaría, según Arroyo, lo que llevó a Albert Rivera a tomar la decisión que ha terminado de polarizar la campaña, acudiendo a la manifestación de Colón y anunciando que no pactará con Pedro Sánchez. "Sin ese gesto, sin esa foto, no estaríamos hablando en los mismos términos. Es una decisión fácil de entender desde el punto de vista estratégico. Prefiere intentar convertirse en el líder de un bloque que quedarse en tierra de nadie. Probablemente es una estrategia errónea, pero es su estrategia y tiene un motivo".

La foto de Colón es el gran motor de la campaña de la izquierda. (EFE)
La foto de Colón es el gran motor de la campaña de la izquierda. (EFE)

Cuando las campañas se polarizan mucho, el centro se deprime. Ocurrió en las pasadas elecciones catalanas. PSC y ERC iban bien en las encuestas hasta que se convirtieron en una pugna entre un discurso y otro, entre Carles Puigdemont e Inés Arrimadas. Zapatero lo confesó en 2008 a Iñaki Gabilondo en una conversación que captó un micrófono indiscretamente abierto: "Nos conviene que haya tensión".

Diez años después, la historia se repite pero con lentes de aumento. En el PSOE, están satisfechos con la polarización. En las elecciones de 2016, el PP agitaba el miedo a Podemos y hoy nadie habla de Pablo Iglesias. Sánchez es el enemigo a batir y cuanto más hablan de él PP, Ciudadanos y Vox, más crece su figura como némesis de la derecha. En cuando Rivera se fotografió en Colón junto a Pablo Casado y Abascal, en Moncloa vieron claro que era el paso que necesitaban. Solo 24 horas después, el núcleo duro del sanchismo manejaba un informe demoscópico sobre la necesidad de convocar elecciones cuanto antes para aprovechar que Ciudadanos se escoraba a estribor: sanchismo o barbarie, parecía ser la consigna.

El ambiente crispado obliga a tomar partido. Los líderes han laminado las corrientes críticas y las voces menos histriónicas se van haciendo a un lado. José María Lassalle, autor de 'Contra el populismo', fue diputado desde 2004 hasta 2018, ocupando varios cargos en gobiernos del PP e identificado abiertamente con el sorayismo. Hoy, de vuelta a la universidad, dice que no tiene ninguna intención de regresar al Congreso, que le ahuyenta esta manera de hacer política. "El debate se convierte, cada día más, en algo insoportable. Está desorbitado, en unos niveles de irracionalidad dialéctica que lo hacen insufrible, insoportable. Por eso me fui, porque uno está en política por servicio público, no para sufrir".

El ambiente crispado obliga a tomar partido. Los líderes han laminado las corrientes críticas y las voces menos histriónicas se van haciendo a un lado


"La polarización, el miedo al adversario", incide Lassalle, "es producto del populismo que se ha instalado en la vida de los partidos, de todos. Se está produciendo una transformación del relato político de la democracia, dejando atrás la institucionalidad liberal y el respeto que significaba vivir dentro de comportamientos institucionales. Hemos entrado en un escenario de democracia populista, en el que aunque aún no se hayan alterado los ejes institucionales, sí los están erosionando", opina.

Hay quien no lo ve tan claro. Carolina Bescansa, fundadora de Podemos y a punto de volver a la universidad tras no repetir en el Congreso, opina: “No lo llamaría tanto voto del miedo como voto de rechazo. En el bloque reaccionario, sus bases están muy movilizadas, aunque quizá no todo el voto esté decidido. Es en el bloque progresista donde queda más abstención y la verosimilitud de un Gobierno tripartito de la derecha aumenta la movilización del eje progresivo. Cuanto más verosímil sea ese Gobierno, más se movilizará". En Andalucía, Susana Díaz ignoró a Abascal la primera mitad de la campaña. Al final, se dedicó a azuzar el miedo a Vox, pero su mensaje no cuajó. Las encuestas le daban una amplia ventaja y los electores no creyeron que el monstruo que anunciaba fuera cierto. La izquierda no se movilizó y perdió el Gobierno.

La derecha vincula a Pedro Sánchez con Quim Torra. (Reuters)
La derecha vincula a Pedro Sánchez con Quim Torra. (Reuters)

El PSOE ahora mantiene oficialmente una campaña de mensajes positivos basados en el lema 'La España que quieres'. La España que quieres es feminista, ecologista, progresista... "Es una jugada tipo 'Braveheart'. Han entrado al corazón de la campaña de sus rivales cuando todos esperaban que el PSOE rehuyera el debate de España", comenta un asesor de campaña que pide el anonimato. Pero los mítines y los mensajes de Pedro Sánchez en privado alertan continuamente de la posibilidad de que gane la derecha, de que Vox marque el próximo Gobierno.

Dos semanas después de las andaluzas, Sánchez ya espetó a Rivera en el Congreso todo el ideario de Vox: "Señor Rivera, el señor Santiago Abascal dice cosas bastante sorprendentes. Dice, por ejemplo, que el franquismo no es y no fue una dictadura. Señor Rivera, escúcheme. Vox defiende que desaparezcan las autonomías; que una mujer, que está sola en su casa, se pega un golpe contra la pared, llama al 061 y esa noche su marido duerme en la cárcel; que las leyes contra la violencia de género son totalitarias, escuche bien, señor Casado; que el feminismo es una actitud agresiva de un grupo de señoras muy organizadas y muy subvencionadas". Las despedidas del Congreso, con los diputados de distintos grupos abrazándose, revelan que mucho de esto es simple representación.

Arash Javanbakht, profesor de psiquiatría de la Universidad de Wayne, ha escrito bastante sobre el mecanismo que faculta al populismo para colarse por la ventana del temor al adversario. "El miedo está integrado en todos los organismos vivos y es necesario porque previene la extinción", dice. "Pero en política ha servido tradicionalmente a los demagogos, porque es una herramienta muy poderosa para alterar la lógica y modular el comportamiento”.

Lassalle: "Se presentan todos como enemigos con los que confrontarse. No hay espacio para el pacto porque se interpreta una batalla sin tregua"

Javanbakht ha tratado de demostrar en sus trabajos que el miedo alimenta el tribalismo y crea la atmósfera perfecta para el populismo. "Confiar en nuestros compañeros de tribu es muy efectivo cuando hay un peligro, y el tribalismo es en realidad una ventaja evolutiva". Ante una amenaza, dice, los humanos “nos cohesionamos, nos defendemos y luchamos para sobrevivir”. Pero en el nivel tribal, advierte, "somos mucho más emocionales, menos lógicos, más manipulables". Y esa es la rendija por la que se cuelan fenómenos "como el nazismo o las guerras de religión, que juegan con nuestros instintos y nos convierten en armas contra un contrario, explotando pequeñas o grandes diferencias".

Lassalle insiste en que el lenguaje del miedo y la confrontación no son ya patrimonio de ningún partido en concreto. "Se presentan prácticamente todos como enemigos con los que confrontarse. No hay espacio para el pacto y el acuerdo porque se interpreta una batalla sin tregua donde unos ganan y otros pierden. Vox es simplemente la mayestización del fenómeno desde el silencio, disparando contra imaginarios que exacerban el debate, poniendo en evidencia su contradicción sistémica. Se nota mucho el asesoramiento explícito de populista, de [Steve] Bannon y otros, que les ayudan a hurgar en una sociedad descompuesta social e ideológicamente como la española".

Aunque la política del miedo y la confrontación siempre ha existido, Lassalle identifica la vuelta de tuerca actual en la ofensiva 'neocon' de EEUU, con la irrupción del Tea Party y el bloqueo total de posiciones que se vivió en el Congreso tras la victoria de Barack Obama, agravado posteriormente con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

"Esto se ha traspasado pronto al imaginario de los partidos europeos y ahora estamos viviendo el tsunami de lo que es una exacerbación de esa dinámica. Si no manejas un discurso político de institucionalidad y respeto al otro, acabas siendo devorado por la criatura populista. Y tenemos que recordar que el populismo es la sombra de la democracia, pero es democracia; y que es la sombra de la política, pero es política". Arias Maldonado, por el contrario, cree que el hecho definitivo en España fue la irrupción de Podemos. "Su estilo populista tiene mucho que ver con lo que ha pasado después. Ha contagiado al resto de partidos, que no han querido quedarse atrás".

El miedo en la calle

Mario Pérez Blanco en la calle Zurita. (EC)
Mario Pérez Blanco en la calle Zurita. (EC)

El mayor problema de la política del miedo y la confrontación populista es que funciona. La calle Zurita, en Lavapiés, es el epicentro podemita de la capital. En las últimas generales, Podemos obtuvo allí un 47% de los votos. "Este era un barrio obrero, de izquierdas. Allí había una sede del PCE y otra de Comisiones. Yo nací en Mesón de Paredes junto a Cabestreros, y las profesiones de los vecinos eran mozo de cuerda de Atocha, sereno, butanero”. Mario Pérez Blanco, ginecólogo, es la memoria de un Lavapiés que cambia por momentos. “Ahora, con la gentrificación y la subida del alquiler, el barrio se está repoblando de gente nueva”, explica por la calle Zurita.

La bandera española solo cuelga de un balcón. En otro hay una mexicana y más arriba hay una arcoíris. Pérez Blanco no quiere hablar de Vox y de cómo puede afectar. "Cuando yo monte un partido, quiero que se hable tanto de mí como de Vox", dice, pero otros vecinos no dudan en señalarlo como el motor de su voto. Calle arriba, Miguel sale de casa de su novio. "Anoche cenamos ocho amigos del barrio en casa y estábamos preocupados por Vox. Todo el mundo debería estarlo. En Lavapiés y en toda España".

A pocas paradas de metro de allí, en Núñez de Balboa, están las siete manzanas del barrio de Salamanca donde el Partido Popular se llevó el 77% de los votos en las últimas generales. En Juan Bravo esquina Serrano, frente a la elegante terraza del Amparito Roca, la eventual llegada de Vox a un pacto de gobierno no aterra a casi nadie. Ricardo, 74 años, psiquiatra, dice estar “profundamente decepcionado” con los políticos en general. “Pero a mi edad, la verdad es que le tengo miedo a pocas cosas. La gente que vota a Vox no lo hace porque simpatice con sus ideas, sino porque está harta de lo que ha hecho la derecha española”. Él, en cualquier caso, votará a Ciudadanos.

Juan Bravo esquina con Serrano, en Madrid. (EC)
Juan Bravo esquina con Serrano, en Madrid. (EC)

Mila, abogada de 52 años, volverá a confiar en el PP. Dice que estaba más cómoda con el bipartidismo y que está harta de la polarización y la visceralidad de la política actual. “Yo a lo que le tengo miedo es a que si seguimos así no vamos a poder ir más allá del voto del miedo y que los partidos sean tan inmaduros que no sean capaces de plantear las cosas que realmente necesita el país. En una situación así, la Transición habría sido imposible”, se queja.

"El drama de la política emocional es que funciona, y en un contexto de competición partidista constante como el actual, cuando la campaña electoral no tiene pausa y todo es apelación al votante… Es todo sentimiento y no hay espacio para las reformas serias”, dice Arias Maldonado. Esteban Cañamares, psicólogo, opina que “hacer una política que apela a los sentimientos es siempre mucho más efectivo que hacer una política que apela a la razón. Esto, que ha sido siempre así, es aún más efectivo en la sociedad actual por el lenguaje de internet y las redes sociales. Los mensajes políticos actuales apelan constantemente a nuestros sentimientos y el miedo es uno de los más fuertes, quizás el más efectivo".

¿Coyuntura o estructura?

Arroyo no cree que la polarización haya llegado para quedarse ni que vaya a marcar la política española en los próximos años. “Es algo coyuntural, no estructural, y claro que puede cambiar. Venimos de un Gobierno formado tras una moción de censura, de mucho cabreo, de ocho años de Mariano Rajoy gobernando con posiciones moderadas. Esta coyuntura está favoreciendo mucho a Pedro Sánchez. Ha habido cuatro momentos en los que el PSOE ha disfrutado de un sentimiento tan, digamos, ‘groupie’ como ahora: en el 82, en el 93, con la guerra de Irak y ahora. Un líder que dábamos por muerto convertido en cortafuegos".

En su ensayo, publicado en 2016, Maldonado planteaba que la política occidental estaba girando rápidamente hacia lo emocional, un planteamiento que apenas recogía casos de estudio de la política española porque en muchos sentidos funcionábamos aún como excepción. Pero las "epistemologías tribales" de las que hablaba han pasado a marcar la vida política española actual, con temas como el 'procés' o el auge del feminismo "en que se adoptan maneras emotivas de ver la realidad y no hay manera de cambiarlas".

"Las redes y el 'smartphone' tienen mucho que ver en lo que realmente se ha transformado: los políticos abusan del discurso emocional en busca de votantes nuevos, de gente que no son lectores de periódicos. Es una tentación muy golosa la de acercarse a personas en general poco formadas en asuntos políticos a las que llegan mensajes fáciles. No hay más que ver cómo estamos asumiendo las guerras culturales norteamericanas. Estamos entusiasmados, aunque a menudo nos pillan realmente lejos”.

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