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De los orígenes a la batalla final: las claves de la guerra entre errejonistas y pablistas
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PODEMOS FRENTE A SU PROPIO ESPEJO

De los orígenes a la batalla final: las claves de la guerra entre errejonistas y pablistas

Las diferencias entre Iglesias y Errejón no son políticas, sino tácticas y, sobre todo, responden a una lucha por el poder. Este es el origen y la evolución de las batallas internas

Las visiones políticas y teóricas de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón apenas difieren entre sí. Ambos se encasillan en los modelos posmarxistas, y dentro de estos, siempre con una mirada heterodoxa de la realidad sociopolítica, abrazan la concepción populista de izquierdas, cuya meta pasa por construir una herramienta-partido que represente la voluntad general. Para ello, entienden que el paso imprescindible es el cambio hegemónico o, lo que es lo mismo, lograr que se identifique Podemos con el instrumento de las mayorías sociales para preservar sus intereses. De ahí la reconquista de los símbolos nacionales y discurso que se resume en el neoperonista 'leitmotiv' de “pueblo, patria, Podemos”. La búsqueda de la transversalidad, asociada al errejonismo, no deja de ser también una aspiración teorizada por Pablo Iglesias. ¿Cuáles son las diferencias entonces entre ambos sectores?

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Los encontronazos internos no se circunscriben al campo de lo teórico, como queda reflejado en el ensayo que mejor condensa la hipótesis Podemos: 'En defensa del populismo' (Catarata), del filósofo de cabecera de la formación Carlos Fernández Liria, que cerró simbólicamente las listas por Madrid. Las diferencias son si cabe, tácticas, más que estratégicas y, sobre todo, responden a la inevitable guerra de poder propia de las organizaciones políticas jerárquicas. Es decir, propia de los partidos. Una guerra de nombres que trata de justificarse revistiéndola de confrontación ideológica. Si bien las contradicciones que surgen al tener que tomarse decisiones complicadas -como abstenerse o votar en contra de la investidura de Pedro Sánchez- alimentan la división entre bandos, los alineamientos en uno u otro son prepolíticos. Responden más a afinidades grupales y personales que políticas.

Una guerra de nombres que trata de justificarse revistiéndola de confrontación ideológica. Pero los alineamientos en uno y otro bando son prepolíticos

Los orígenes

La construcción de Podemos a nivel territorial se llevó a cabo mientras Pablo Iglesias lideraba el grupo parlamentario en Bruselas. Íñigo Errejón, a los mandos, junto a su mano derecha, Sergio Pascual, desarrollaron la estructura del partido, apoyando y apoyándose en determinados cuadros que fueron haciéndose con el poder a través de unas primarias plebiscitarias, diseñadas para que quien ganase se lo quedase todo. La mayoría de secretarios generales, secretarios políticos y, lo que es más importante aún, de Organización son afines. Se trata de los representantes denominados “oficialistas” en su origen y que aupó la dirección estatal desde los equipos 'Claro que Podemos' creados para tal fin. En los inicios se identificaban con una dirección unida, frente a los críticos aglutinados en Izquierda Anticapitalista (IA), pero cuando se produjo al confrontación entre pablistas y errejonistas, se quedaron con quienes habían tejido las redes de confianza: Errejón y Pascual.

Con el secretario general en Bruselas, se produjo una suerte de bicefalia en el poder que poco a poco fue deteriorando las relaciones y provocando la división en dos grandes bandos. Un tercero, el de los anticapitalistas, orgánicamente irrelevante, observaba desde la distancia esperando el momento de posicionarse. Su turno llegaría tras la eclosión de la primera gran crisis: la dimisión en bloque de los consejeros errejonistas en la ejecutiva madrileña para forzar una dirección colegiada y dejar sin responsabilidades al secretario autonómico, Luis Alegre, persona de total confianza de Pablo Iglesias. Los consejeros de IA se alinearon con Alegre y permitieron su continuidad en el cargo.

El movimiento de Madrid desató el seísmo a nivel estatal. Como un efecto dominó, la división se trasladó a todas las ejecutivas territoriales y acabó implosionando en el consejo ciudadano estatal. Pablo Iglesias dio un golpe en la mesa y, para disfrazar su minoría dentro de una ejecutiva estatal con una mayoría de fieles a Errejón y Pascual, pues eran con quienes habían trabajado codo con codo hasta ese momento, construyó una alianza táctica con los anticapitalistas. Teresa Rodríguez, perteneciente a esta organización y tradicionalmente enfrentada a Iglesias, se convirtió en una voz autorizada dentro de la dirección.

El efecto dominó

La fragilidad de las ejecutivas territoriales, por su falta de pluralidad al no integrar a todas las sensibilidades debido al sistema de primarias elegido, unida a las tensiones entre pablistas y errejonistas arrastraron dimisiones en numerosos consejos autonómicos. Varias gestoras tuvieron que hacerse cargo de las direcciones en Galicia, Cataluña, Euskadi, Cantabria y La Rioja, aunque por causas más complejas que también tuvieron que ver con su falta de autonomía respecto a Madrid en la toma de decisiones.

El poder se le escapaba a un Pablo Iglesias que había confiado la construcción de la organización a Errejón y Pascual, al mismo tiempo que veía cómo se recurría a movimientos orquestados para sacar de en medio a sus afines, como se hizo especialmente visible en el caso de Luis Alegre. Fue entonces cuando decidió cortar de raíz el problema mediante la destitución del secretario de Organización, Sergio Pascual. Los estatutos de Podemos, que habían creado en Vistalegre para centralizar la toma de decisiones y jerarquizarla, acabaron por devorar a sus propios padres.

El cese de Pascual por su “gestión deficiente” y la asunción de todas sus responsabilidades en la persona del secretario general fue una declaración de guerra. Pablo Iglesias envió un mensaje contundente que fue precedido, pocas horas antes, por el envío de una carta a la militancia en la que censuraba la existencia de corrientes o facciones “que compitan por el control de los aparatos y los recursos”. La guerra aparatera trascendía de forma premeditada y se trasladaba a un terreno de juego público, que siempre se quiso evitar para “no regalar relatos al enemigo”.

Ganan los perdedores, pierden los ganadores

La opción elegida por el secretario general para sustituir a Pascual fue Pablo Echenique. El giro fue total. El líder aragonés había confrontado, junto a Teresa Rodríguez, su modelo de partido frente al de Iglesias y Errejón en la asamblea fundacional de Vistalegre. Con su nombramiento, Iglesias colocaba en la oposición interna a quienes habían ganado junto a él el congreso de Vistalegre y en la dirección a quienes lo habían perdido. También se recuperó la figura de Juan Carlos Monedero, quien dimitió tras enfrentarse con Errejón y obligar al secretario general a elegir entre uno y otro. Iglesias enmendó así su decisión de quedarse con el que era cerebro electoral del partido y jefe de campañas electorales a escasas semanas de las autonómicas y con la maquinaria electoral engrasada para enfrentar un ciclo electoral que arrancaba.

El enemigo estaba en casa y, al margen de las treguas temporales, en período de campaña, las principales decisiones de la formación se vieron condicionadas por la guerra de bandos. El errejonismo defendió la posibilidad de una abstención en la investidura de Pedro Sánchez, siempre y cuando el PSOE no formase gobierno con Ciudadanos y colocase a personalidades progresistas e independientes en ministerios clave como Justicia y Economía. Iglesias se negó rotundamente y convocó un referéndum-plebiscito entre las bases para reforzar su posición. En minoría en el consejo ciudadano, pero con mayoría en el consejo de coordinación -el núcleo duro compuesto por 12 personas nombradas directamente por el secretario general y que determinan el día a día del partido-, fue imponiendo su táctica, una a una, sobre la de Errejón.

Las posiciones encontradas volvieron a manifestarse en las negociaciones para la confluencia electoral con Izquierda Unida. Una vez más, recurriendo al dictado del argumentario de cada sector, se justificaban las posiciones a favor o en contra de dicho pacto. Una vez más, también, la decisión del secretario general fue la que se impuso, ahora con el apoyo del secretario de Organización, reconvertido en número dos en detrimento del secretario político. La pobreza del debate político para defender una u otra postura, y la repetición hasta la saciedad de los mismos mensajes, ponen de relieve que no se trata de diferencias políticas, sino que se trata de una guerra de posiciones.

La batalla final

El último capítulo de la guerra interna comenzó a escribirse la misma noche electoral. Esta vez con una intensidad mayor que en ocasiones anteriores. Sobre la mesa, el cruce de acusaciones sobre las responsabilidades por el fracaso electoral. Los pablistas apuntando a Errejón, como jefe de campaña, por haber diseñado una campaña conservadora, ambigua al recurrir demasiado a la socialdemocracia, y con mensajes de perfil bajo. Los errejonistas, por su parte, apuntando a la responsabilidad de quienes construyeron una alianza con IU que, como ya advirtieron, no suma, sino que resta por encasillar la candidatura en la izquierda del tablero.

Cada sector trata de avanzar posiciones para ganar terreno de cara a la batalla final: el congreso extraordinario. Su convocatoria no se prevé antes del mes de octubre, pero ya no hay ningún tipo de dudas sobre su necesidad, después de que Pablo Iglesias cediese a las exigencias de celebrarlo para taponar las fugas. Por otro lado, se intenta evitar que la guerra se visibilice de puertas afuera. Las amenazas de Echenique, aludiendo a cortar las malas hierbas, han sido efectivas en este sentido.

Todo está por escribir aún, pero cada vez se hace más patente la posibilidad de que Pablo Iglesias e Íñigo Errejón compitan por el liderazgo del partido

El ambiente precongresual impregna ya todas las estructuras de la formación, mientras se tejen alianzas más allá de Princesa 2, mirando principalmente a las confluencias. Todo está por escribir aún, pero cada vez se hace más patente la posibilidad de que Pablo Iglesias e Íñigo Errejón compitan por el liderazgo del partido. Iglesias contaría con el apoyo de los anticapitalistas, que a cambio le piden una dirección coral que abra el camino a Teresa Rodríguez.

Errejón tiene una de sus mayores fortalezas en Euskadi, con una dirección aliada y avalada por los buenos resultados electorales, al tratarse de la única comunidad donde han medrado consiguiendo desbancar la histórica hegemonía del PNV.

Asimismo, Errejón también gana puntos frente al deteriorado liderazgo de Iglesias tras las elecciones y una negativa valoración en las encuestas de candidatos, solo por delante de Mariano Rajoy.

Las visiones políticas y teóricas de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón apenas difieren entre sí. Ambos se encasillan en los modelos posmarxistas, y dentro de estos, siempre con una mirada heterodoxa de la realidad sociopolítica, abrazan la concepción populista de izquierdas, cuya meta pasa por construir una herramienta-partido que represente la voluntad general. Para ello, entienden que el paso imprescindible es el cambio hegemónico o, lo que es lo mismo, lograr que se identifique Podemos con el instrumento de las mayorías sociales para preservar sus intereses. De ahí la reconquista de los símbolos nacionales y discurso que se resume en el neoperonista 'leitmotiv' de “pueblo, patria, Podemos”. La búsqueda de la transversalidad, asociada al errejonismo, no deja de ser también una aspiración teorizada por Pablo Iglesias. ¿Cuáles son las diferencias entonces entre ambos sectores?

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