HABLAN LOS TRABAJADORES DEL CONGRESO

"Para lograr un pacto tiene que haber más paciencia, más diálogo y menos ego"

Ana Rivero, taquígrafa, y Javier Gutiérrez, maître, llevan más de 30 años trabajando en el Congreso de los Diputados. Analizamos con ellos el ambiente de la nueva legislatura que no despega

Si las paredes del Congreso de los Diputados hablaran, pensarán algunos. Más bien, si los trabajadores del Hemiciclo hablaran. Los empleados del centro de la vida política de este país oyen muchas cosas pero callan otras tantas. Ponen cafés, arreglan desperfectos, trascriben sus palabras, cruzan pasillos con sus señorías y son testigos de los momentos más excepcionales.

Algunos han visto el 23-F, oído a Suarez, González… Han sido testigos del paso de las corbatas a las chaquetas de pana y ahora a las rastas. Esta pequeña ciudad con médico, cafetería y cajero propio cuenta con empleados que llevan más de 30 años entre sus pasillos. Son reservados, cuentan poco, pero son perfectos para conocer qué ambiente se respira cuando se apagan las cámaras de televisión.

Entre bambalinas y café con leche

La polémica de los gin-tonic y el precio del café de Zapatero tienen un lugar común: la cafetería del Congreso, ese lugar misterioso, una especie de agujero negro, del que no hay imágenes en prensa. Es el lugar donde sus señorías se relajan al olor del café y pueden dejar en la puerta la lista de los enemigos políticos. De esas amistades peligrosas sabe mucho su maître, Javier Gutiérrez. Lleva 31 años trabajando en la cafetería del Hemiciclo. Sabe mucho más de lo que cuenta. Esta entrevista se ha realizado en la famosa sala del cuadro de 'El abrazo' donde Pedro Sánchez y Alberto Rivera dieron la rueda de prensa conjunta porque está prohibido grabar dentro de la cafetería. “Es un sitio tranquilo, aislado”

Sus jornadas no son de 8 horas, dependen del trabajo de los diputados, de las reuniones, de la duración del pleno… Ha habido días de 14 horas sirviendo desayunos, comidas y cenas. “Ha habido sesiones de presupuestos que hemos salido a las cuatro de la mañana y al día siguiente había que estar a las 8”. Hubo un periodo, cuenta Javier, en el que la cafetería era gestionada por el Hotel Palace y como había tan pocas horas para poder dormir “nos dejaba habitaciones”.

Pedro Sánchez en su segunda votación para tratar de ser investido presidente. (EFE)
Pedro Sánchez en su segunda votación para tratar de ser investido presidente. (EFE)

Sus 31 años de experiencia le hacen intuir cómo puede ser cada jornada pero reconoce que hay mucha improvisación, que las reuniones se convocan, se alargan, no terminan y ellos deben tener la cafetería siempre abierta. La sesión de investidura del 2 de marzo, la primera votación de investidura, fue una locura. A los diputados y asesores había que sumarle los más de 700 periodistas acreditados. Entonces se tuvieron que poner en marcha los 50 profesionales que cubren las diferentes cafeterías y autoservicios que se reparten en los dos edificios que ocupa el Congreso.

Pese a ese estrés de los últimos días, antes, cuenta el maître, los diputados se pasaban más horas en la cafetería porque no todos tenían despacho, así que las reuniones se hacían en el bar. “He visto debates intensos en el Hemiciclo y luego irse al bar, tomarse un café, y empezar a dialogar y conciliar”. También, “amistades peligrosas”.

“Cuando vinieron los diputados de Amaiur era una situación complicada pero luego en el día a día el trato es distinto. He visto tomar café a diputados del PP y Amaiur y del partido socialista. La cordialidad es fantástica”. Ha sido testigo también de las despedidas de la vida política de los históricos como Alfonso Guerra, “que tomaba café con leche, cortito de café”. Javier es un tipo afable, que desprende tranquilidad y discreción. Le preguntamos por las cosas que oye en la cafetería, por los comentarios y acuerdos que luego pueden ser noticia, pero sonríe y dice que no recuerda haber escuchando nada “exclusivo” de boca de sus señorías.

“Cuando llegaron los asesores de los diputados, que era gente más joven, hubo que incorporar al menú más pasta, alguna pizza y hamburguesa”

En el Congreso se come por 9 euros en el autoservicio y en el restaurante por 14. El café se paga a 0,85 y los gin tonic a 3,45, según la adjudicataria del servicio Eurest. “Es un precio similar al del barrio”, se justifica Javier, salvo porque estos servicios de cafetería están subvencionados con 4,2 millones de euros del erario público.

El plato estrella son las legumbres, “quieren comer como en casa” y la bebida, el café. Pero comida y bebida también se ha transformado a lo largo de los años. “Antes tomarse una copa después de comer era algo normal, lo hacía todo el mundo. También se fumaba. En las últimas cuatro legislaturas la cosa ha ido cambiando y ya es más habitual el refresco que la copa”.

En cuanto a la comida, también ha habido cambios. “Cuando llegaron los asesores de los diputados, que era gente más joven, hubo que incorporar más pasta, alguna pizza, hamburguesa”. Ahora la gente se cuida más y se vende mucha más fruta “somos un poquito más sanos”, sonríe Javier.

De Zapatero habla con cariño porque le vio con ventipocos recorrer el Congreso, tomado café, aunque desapareció más de esta vida distendida cuando se fue a vivir a Moncloa. Rajoy, sin embargo, cuando era diputado “no se prodigó mucho” por la barra del bar.

Sabe que vive un momento histórico, “algo desconcertante, eso sí”, ante los nuevos partidos y la falta de acuerdo. Él, que palpa el ambiente más distendido, le preguntamos, ¿habrá elecciones? “Veo difícil que no haya elecciones pero siempre he creído que los diputados han tenido sentido común. Yo los he visto así siempre, con cordialidad y ganas de negociar”.

Ana, taquígrafa desde hace 40 años

Ana Rivero es una histórica del Congreso; 40 años como taquígrafa no los cumple cualquiera.Lleva aquí desde los 19 años. “Me llamaban el bebé porque casi entré en calcetines” y vivió con 21 el 23-F. Tuvieron que cambiar las normas de las oposiciones para que ella, elegida tres años antes como la taquígrafa más rápida, pudiera trabajar en el Congreso; hasta ese momento solo entraban los mayores de 21.

Desde que pisara por primera vez estas alfombras, hoy es jefa del Servicio de Redacción del Diario de Sesiones, ha llovido mucho pero su entusiasmo parece el del primer día. Dice que podría jubilarse pero que no puede, que esto es un momento histórico y no quiere perdérselo. Confiesa que antes de las sesiones entra a hurtadillas en el Hemiciclo a captar el ambiente “porque no es lo mismo que verlo en la televisión”.

Ana Rivero, jefa del servicio de Redacción del Diario de Sesiones. (Carmen Castellón)
Ana Rivero, jefa del servicio de Redacción del Diario de Sesiones. (Carmen Castellón)

No quiso marcharse del Congreso el 23-F, ni cuando el Guardia Civil de la puerta del Hemiciclo le impidió la entrada. “Le dije que tenía que relevar a mi compañera” pero se volvió al despacho de los taquígrafos. Oyó “la descarga” (los disparos de Tejero) y empezó a temer por la vida de sus compañeros. “Me dijeron me fuera de allí y le dije que no, que tenía que recoger lo que dijera la autoridad competente”, explica con una sonrisa de oreja a oreja.

Ha vivido sesiones tediosas pero amables, como el debate de los artículos de la Constitución, con un "clima de diálogo”. “Me acuerdo que cuando llegábamos a algún punto vital, como País Vasco, autonomías, o algunos derechos o libertades, salían Suárez, Carrillo y González y se reunían en el bar Chicote; a la mañana siguiente, escollo solventado”.

Nos enseña con la misma ilusión que un niño su cuarto de juegos la sala de los taquígrafos, a la que se entra por una puerta hecha para gigantes bajo un letrero antiquísimo. Dentro, mesas de ordenador como cualquier oficina pero con la peculiaridad de tener en sus paredes fotografías de los primeros trabajadores que transcribían lo que pasaba en 1810. Comparten espacio con el resto de fotografías que narran la vida de este país: una fotografía solo de hombres, después, la primera mujer, más tarde, la equidad, y la última foto, solo mujeres.

Son los notarios de nuestra vida política pero también los maquilladores. Si algún orador en la tribuna ha soltado algún dato mal, ellas (porque toda son mujeres), lo revisas y modifican para que en el diario de sesiones quede correcto. En el último debate de investidura alguno dijo "hace dos o tres años" cuando en realidad quería decir "hace 200 o 300 años". Las taquígrafas se dieron cuenta, lo corrigieron y así ha de quedar reflejado en el diario de sesiones.

Un momento del intento de golpe de Estado del 23-F de 1981.
Un momento del intento de golpe de Estado del 23-F de 1981.

Incluso si el discurso no tiene coherencia “hay que dársela, cómo sea”. Y si no entienden al orador, llaman y le preguntan directamente, como a Fraga “que no vocalizaba”. Peces Barba o el diputado del PNV Emilio Olabarría son para Ana buenos oradores no tan reconocidos como Suárez. Lo dice quien lleva 40 años escuchando discursos: algo de esto sabe. Cuenta que la primera vez que escuchó a Soraya Sáenz de Santamaría se quedó sorprendida. “Se lo comenté a mi marido y mira donde ha llegado”. De esta nueva hornada asegura que también hay gente “muy buena” pero no hay manera de arrancarle un nombre. Sin embargo sigue quedándose con los discurso de los años de la Transición. 

Ha escuchado tantas cosas que tiene un archivador con “las perlas parlamentarias”, aquellas frases o discursos incoherentes, graciosos, inverosímiles… “Algún día escribiré un libro”. Porque Ana desprende tan buen humor que el día que una compañera se desesperó porque un discurso de un diputado no tenía sentido y le preguntó “¿Qué hago?” Ana lo tuvo claro: “Enmarcarlo”. Y ahí está, en la mesa de su despacho. 

En un diario de sesiones se refleja todo, desde el discurso a lo que se dice desde las bancadas. “Ahora veo más falta de respeto, son más hoscos”, apunta. Antes del inicio de la entrevista no enseña el diario de la última votación para (tratar) de investir a Pedro Sánchez donde se refleja el rifi-rafe entre Patxi López, Joan Tarda y Rafael Hernando. Acotaciones como aplausos, risas… quedan escritos y reflejados en negrita en el diario.

También ha quedado reflejada la interrupción de Femen, cuando varias activistas se quitaron la camiseta y mostraron su torno desnudo, pero no el beso entre Iglesias y Domènech. “Ni que Becansa trajera a su bebé al Hemiciclo”. No describen lo que ven, solo lo que se dice o las interrupciones, pero siempre con la idea en la cabeza de que si dentro de varias generaciones alguien quiere leer el diario de sesiones, entienda lo que se está contando.

Le pedimos opinión sobre lo que está viendo, ella que palpa el ambiente cada día. “Hay que tener paciencia, diálogo y poco ego”recomienda. ¿Habrá acuerdo? “En política lo que hoy es blanco mañana puede ser negro pero hoy por hoy lo veo complicado”.

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