La nueva vida del Flatiron: de oficinas a viviendas de lujo

Por Mario Canal
 Héctor Serrano

Uno de los edificios más icónicos de Manhattan ha reformado parte de sus antiguas oficinas para alojar 38 residencias exclusivas. En un giro propio de la serie Succession, la mítica "plancha" de Burnham renace blindada por el lujo.

Suena una melodía de réquiem cuando un edificio icónico cae en las garras del elitismo inmobiliario. Como si aquello que nos pertenece por afecto y acaba convertido en una jaula dorada para un puñado de millonarios fuese una traición del destino. El Flatiron, que siempre fue un edificio de oficinas y por tanto relativamente público, ha desvelado las primeras imágenes de su nueva vida y lo que encontramos es lujo silencioso y reminiscencias art déco. Una melodía triste que tiene algo de sinfonía del fin del mundo. O de preludio para La rebelión de los simios.

Al maravilloso edificio que desde 1902 ocupa el cruce de la Quinta Avenida, Broadway y la Calle 23, el corazón de Manhattan, los neoyorquinos le pusieron varios motes porque era demasiado extraño como para llevar el nombre de la empresa promotora, Fuller Building. El de Burnham's Follly, la locura de Burnham, su arquitecto, se acercaba más a la esencia del proyecto, pero no lo retrataba. En un tiempo en el que las manzanas urbanas respondían a la lógica del rectángulo, el edificio que pasaría a la historia como Flatiron —la plancha—, por la forma triangular de su base, dislocaba la percepción visual al mirarlo de frente o de lado. También desde ese ángulo en el que el resto de la construcción desaparece casi por arte de magia y el edificio entero queda reducido a frontón. El Flatiron acabó dando nombre a todo un distrito de la Gran Manzana y convirtió aquella rareza en un icono capaz de rivalizar incluso con el Empire State.

Ahora, tras más de cinco años cerrado –desde 2019 se vio inmerso en una compleja batalla legal sobre su propiedad y destino final–, esta joya de la arquitectura sale del letargo. Los andamios que lo han recubierto para el lifting han comenzado a retirarse, pero lo que revelan no es el edificio de oficinas imposible de amueblar debido a las estrecheces que se creaban en el ángulo más cerrado, de tan sólo 25 grados. La estructura renace como el nuevo juguete de la especulación inmobiliaria. Los flamantes inquilinos serán 38 afortunados propietarios que optarán por viviendas cuyos precios van de los 11 millones de dólares para las unidades de tres dormitorios hasta los 58,5 millones por una planta completa, la 21.

‘Workshop Chair’, Jerszy Seymour. JSDW Editions, 2009
          © Jerszy Seymour Design Workshop
‘Acid Tracks’, Jerszy Seymour. Kreo Galerie, París, 2022
          © Jerszy Seymour Design Workshop

Una base triangular en una ciudad de manzanas cuadradas

El Flatiron Building nació como una operación inmobiliaria sobre uno de los solares más difíciles y centrales de Nueva York. A comienzos del siglo XX, el promotor Harry S. Black, presidente de la George A. Fuller Company, vio en ese terreno una oportunidad para levantar un edificio de oficinas que funcionara también como imagen corporativa. Black era una figura destacada del desarrollo inmobiliario neoyorquino y, a través de la Fuller Company, participó en proyectos como el Plaza Hotel, One Times Square, el Broadway Chambers Building, el Breslin Hotel –actual Ace Hotel– y el New York Hippodrome. Proyectos que mezclaban rentabilidad y espectáculo urbano. Como promotor, entendió que la ciudad de Nueva York y la modernidad pedían una arquitectura que se expresara mediante iconos que pudieran servir a los intereses corporativos de sus clientes. Capitalismo a favor del valor estético y de las cosas bien hechas.

Al frente de la obra estuvo Daniel H. Burnham, arquitecto central de la Escuela de Chicago con una trayectoria vinculada al desarrollo del rascacielos moderno y al uso de estructuras metálicas –que en inglés se conocen como cast-iron buildings– y fue el método con el que se construyó gran parte del Soho y Tribeca, conocidos distritos de Nueva York. El edificio se terminó en 1902 y alcanzó 22 plantas: alto para la época, pero un enano comparado con los rascacielos que surgieron en la ciudad en los años veinte. Su extremo más estrecho, orientado hacia el cruce de la Quinta y Broadway, lo convertía en la proa de un barco avanzando entre calles. Un icono absoluto de la ciudad y del estilo Beaux-Arts.

En términos estilísticos el Flatiron combina una estructura de ingeniería moderna con una composición clásica: base, cuerpo central y remate superior, como si el edificio se organizara en una gran columna griega de forma triangular en una ciudad donde todas las manzanas eran cuadradas. Debemos imaginar a los jubilados de la época observando su construcción con las manos entrelazadas a la espalda y burlándose de su forma. El New York Tribune lo describió como “porción de tarta rácana” y muchos pensaron que una obra tan delgada acabaría cayendo. También se hizo popular la idea de que el edificio intensificaba las corrientes de aire en la calle, capaz de levantar las faldas de las mujeres al pasar. Por ello se le atribuye una nomenclatura policial –Skidoo 23, por la calle en la que se encuentra– que codifica el delito de mirón o voyeur sexual.

‘Workshop Chair’, Jerszy Seymour. JSDW Editions, 2009
          © Jerszy Seymour Design Workshop
‘Acid Tracks’, Jerszy Seymour. Kreo Galerie, París, 2022
          © Jerszy Seymour Design Workshop

Una subasta y un interiorista mimado

En 1966 el edificio fue protegido por la ciudad de Nueva York como monumento histórico, lo cual complicaba mucho su futuro al convertirlo en intocable para un proyecto inmobiliario. El último cliente del Flatiron fue Macmillan Publishers, que abandonó el edificio en 2019 después de varias décadas de uso. Esta marcha obligó a afrontar una reforma profunda porque sus interiores respondían a otro tiempo: las plantas eran estrechas, la distribución interna se extendía en despachos pequeños alineados y cualquier intervención debía respetar su protección patrimonial.

A partir de aquí se abrió una disputa entre los propietarios. El edificio pertenecía a varios socios, entre ellos GFP Real Estate, Newmark, Sorgente Group, ABS Real Estate Partners y Nathan Silverstein. La mayoría quería llevar a cabo la reforma, cuyo coste se situaba en cifras muy elevadas, mientras que Silverstein, propietario de una participación minoritaria, se oponía. El conflicto terminó en los tribunales, los socios mayoritarios solicitaron una venta forzosa o partición de la propiedad y el proceso desembocó en una subasta pública en marzo de 2023. Pero lo que parecía un final feliz se convirtió, por un giró inesperado de guion, en un episodio malo de Succession.

Un inversor poco conocido, Jacob Garlick, ganó la puja con una oferta de 190 millones de dólares, cifra por encima de la que propuso el grupo encabezado por Jeffrey Gural, uno de los propietarios históricos. La operación parecía cerrar años de bloqueo entre socios, aunque enseguida se convirtió en otro problema: Garlick no depositó la señal exigida, equivalente al 10% de la oferta y la adjudicación quedó suspendida. El interesado nunca explicó por qué no pagó la señal, pero el sector interpretó que pretendía buscar el dinero una vez hubiera ganado la subasta, que fue en sí misma extraña: no exigía depósito previo ni prueba de fondos antes de levantar la mano.

En mayo de 2023 el grupo mayoritario recuperó el control del Flatiron por unos 161,5 millones de dólares. Y la salida elegida fue transformar el edificio en residencias de lujo, cuyo diseño estará a cargo de William Sofield, interiorista mimado de la alta sociedad neoyorquina que ha trabajado para marcas de moda como Gucci, Tom Ford, Saint Laurent y de alta joyería: Tiffany o Harry Winston, entre otros.

Interior de la planta 21 del Flatiron. Imagen cortesía del edificio Flatiron
Interior de la planta baja, imagen cortesía del edificio Flatiron
La sala de juegos, imagen cortesía del edificio Flatiron
Interior de uno de los apartamentos © Cojot Designs. Foto: William Jess Laird

El Flatiron es un icono visual de Nueva York, aunque también se ha convertido en símbolo de una ciudad cada vez más entregada al mercado inmobiliario de lujo. La misma urbe que nos pertenece un poco a todos por su peso en el cine, la fotografía, la literatura y la cultura popular, ha ido convirtiéndose en espacio privilegiado del casino global.

Sin embargo, la conversión de este edificio en viviendas de lujo coincide con un giro político delicado para ese mismo mercado. El nuevo alcalde, Zohran Mamdani, está impulsando, junto a la gobernadora Kathy Hochul, un impuesto a las segundas residencias de más de cinco millones de dólares cuyos propietarios no vivan en la ciudad. Una forma de presión fiscal sobre el Nueva York de los apartamentos vacíos. Por su parte, los millonarios ya están tomando posiciones y algunos que tienen su residencia en la ciudad han anunciado que la abandonarán para establecerse en Miami. La batalla acaba de empezar y su banda sonora no parece que sea la del viejo jazz de Manhattan, sino la del violento rap que nació en el Bronx.