Macarrón y la venganza de los bichos raros deformes

Por Alberto G. Luna
Rafa Macarrón en su estudio. Foto: Fernando Puente

Mientras sus cuadros se han expuesto en reconocidas galerías internacionales, Rafa Macarrón sigue siendo una anomalía incómoda para el tradicional circuito del arte en España. Esta es la crónica de un éxito forjado en un estudio que los grandes museos todavía no se han dignado a visitar.

En todo este mejunje de la vida contemplativa existe un hecho fenomenológico innegable: una persona puede encontrar a Dios mirando un cuadrado negro sobre un fondo blanco y, sin embargo, plantarse frente a una pintura o geometría compleja y no sentir absolutamente nada. De igual forma, el urinario de Duchamp o las latas de sopa Campbell de Warhol pueden ser hitos de la ironía contemporánea, pero para muchos carecen del más mínimo sentido. El arte es así. No es un acuerdo civilizado al que llegamos todos, sino un choque de universos aislados.

El gusto humano es una construcción aleatoria basada en el código postal de nuestra infancia, los libros que descansan en nuestra mesilla, la gente con la que nos sentamos a cenar o la carga de nuestras neurosis privadas. No obstante, más allá de la subjetividad, hay una línea, una frontera implacable que separa lo que perdura de lo que desaparece en una década. Si una obra no transmite nada, o al menos te revuelve las tripas, está muerta.

Si somos mínimamente rigurosos, convendría admitir que gran parte de lo que hoy vemos en las inmaculadas paredes de muchas salas expositivas —así como la mayoría de libros, música o películas— no aguantará el paso del tiempo. No es una historia nueva. Tendemos a mirar al pasado y venerar a Giotto o a los grandes maestros como verdades absolutas, olvidando convenientemente que su época también estaba plagada de morralla. Por cada Mozart había cien compositores que hacían insoportables óperas; lo que sería nuestro actual Netflix o cine de masas. Rafa Macarrón entiende todo esto desde una frecuencia casi mística. Para él, una obra, como lo puede ser una danza primitiva, solo sobrevive si se ha engendrado sin tener en cuenta al público y el prestigio.

CAC I, 2021, Rafa Macarrón
CAC I, 2021, Rafa Macarrón

Macarrón recurre a una prueba infalible que le transfirió su abuelo. “Coge cualquier cuadro y ponlo al lado de una obra maestra. Si no se cae, si aguanta el peso gravitacional de la historia, es que es bueno”, me cuenta. Él tuvo la suerte —y el vértigo— de ver sus lienzos colgados en el extranjero junto a los de Basquiat, Picasso o George Condo. Porque para sorpresa de nadie, él, como muchos otros artistas españoles, tuvo que abandonar su país para poder exponer en prestigiosas galerías como Pace.

El salto cuántico se produjo después de la pandemia. Una exposición en el CAC de Málaga desencadenó una demanda internacional que multiplicó el valor de sus cuadros por 10 e incluso 20. Un día, la estrella de baloncesto Jaylen Brown impartió una clase de asesoría a los jugadores más jóvenes de la NBA; chavales con contratos multimillonarios que las estadísticas dicen que acabarán arruinados antes de los treinta. Con el propósito de enseñarles que el dinero no solo sirve para acumular coches de lujo que se deprecian nada más arrancarlos, les hizo un regalo. Les entregó un dibujo de Rafa y les dijo: ya que vais a gastar el dinero, hacedlo en algo que eduque vuestro gusto, que podáis disfrutar contemplando y que, además, sea un refugio de valor para el futuro. Ironías de la vida, un chico español que se pasaba el día dibujando en clase era ahora el manual de supervivencia financiera para la élite deportiva de EEUU.

En España no te habría ocurrido nada de esto —malmeto—.

Es que aquí el ecosistema del arte es un circuito conservador y hermético —me replica sin inmutarse—.

Le pasó lo mismo a Cristina BanBan, que tuvo que emigrar a Nueva York para ser reconocida.

Yo también me tuve que ir fuera para poder entrar en una galería como Dios manda.

Tendril (2017). © Daniel Canogar

“¿El Reina Sofía? Sé que nunca voy a estar ahí, ni siquiera en 30 años”

El bañista, 2021, Rafa Macarrón

Honestamente, me sorprendió mucho cuando te fichó Cayón, siendo una galería tan tradicional…

Fueron a ver una de mis exposiciones y les cambió el chip. Para mí ha sido un paso importantísimo estar con ellos, me han dado mucho peso. Además, creo que a la galería le ha venido bien incorporar a un artista actual para rejuvenecer un poco. Ahora me llevan a Hong Kong y me exponen al lado de un Picasso.

¿Y el Reina Sofía?

Sé que nunca voy a estar ahí, ni siquiera en 30 años. Está demasiado conectada con el circuito rancio de galerías y coleccionistas. Pero me parece feo que nunca hayan venido a mi estudio. Es su labor saber qué está pasando, al menos interesarse si hay un artista español que está funcionando en el extranjero.

Es que volvemos otra vez a lo mismo. Quiénes deciden en España qué es arte y qué no.

El mercado tradicional español siempre me ha tomado a coña porque mi estilo no existía aquí. Ahora ya sí hay corrientes en las que me están intentando encasillar, pero yo intento salirme. Llevo pintando así desde que nací.

¿Qué pintores te han marcado más?

Barjola, Picasso, Bernard Buffet y Alfonso Fraile en mis primeras etapas. Luego, Rothko, Bacon y Basquiat, aunque a estos los conocí más tarde. También todo el grupo El Paso, Antonio Saura, Millares y Solana. Soy un loco de Solana.

Juan Barjola es un artista muy olvidado por el público general, pero a mí me parece brutal.

A mí me parece importantísimo. Yo conocía muy bien su estudio porque tenía relación con mi familia. La gente decía que era un poco como Bacon, morboso, pero él respondía que Bacon era morboso y él dramático.

Hay una leyenda urbana que dice que fue el propio Barjola quien, tras ver su talento temprano, animó a Macarrón a no ingresar en la Academia de Bellas Artes. Barjola creía que la formación académica convencional podría encorsetar el potencial expresivo de Rafa, y por eso le animó a ser un creador autodidacta. Ambos comparten la Nueva Figuración, esa forma de someter la anatomía humana a un estrés insoportable. Pero mientras Barjola opera en el terreno de lo visceral y lo decididamente turbulento —personajes que parecen estar sufriendo una tensión constante—, Macarrón toma ese testigo de la deformación y lo traslada a un plano más onírico. Es la misma distorsión, supongo, pero convertida en algo extrañamente habitable.

El estudio de Rafa Macarrón no es solo un espacio de trabajo; es un refugio contra el ruido. De sobra sabe que alrededor de uno siempre hay alguien con una teoría sobre lo que debería estar haciendo; sobre todo en el mundo del arte. “Si hubiera hecho caso a todas las barbaridades que me han dicho, nunca habría pintado un solo cuadro”, me reconoce. Por eso, cuando el proceso creativo se vuelve frágil, cuando la línea entre la genialidad y el error es apenas un hilo invisible, la puerta se cierra y no deja entrar a nadie.

Autodidacta y profundamente intuitivo, Macarrón comenzó su trayectoria artística desde muy joven, influido por un entorno familiar estrechamente vinculado al arte y la arquitectura. Sus padres, arquitectos y coleccionistas, le transmitieron una especial sensibilidad por el espacio y la forma; mientras que su abuelo, coleccionista, le brindó acceso constante a herramientas y recursos para explorar su creatividad. Su obra se caracteriza por la creación de universos propios poblados por personajes inconfundibles. Nunca sonríen. Y no lo hacen por una sencilla razón: “Nadie sonríe hoy en día, a menos que esté hipnotizado por la pantalla de un teléfono. La gente en el metro o el autobús viaja ensimismada en sus problemas, con el rostro endurecido”. En sus lienzos, las figuras tampoco dialogan entre sí; comparten el espacio, pero están radicalmente solas. Es una crítica a una sociedad cada vez más conectada.

Sin Título, 2021, Rafa Macarrón
Sin Título, 2021, Rafa Macarrón

Los críticos, siempre dispuestos a crear árboles genealógicos, encuentran en su trabajo retazos de tal o cual artista. Yo veo óleo, acrílico, gouache, spray y rotuladores. Veo también una cosmogonía que habita fuera de cualquier radar conocido. Como si nada le importara un bledo, lo que precisamente se supone que debe hacer un pintor serio.

Antes de marcharme lanzo una de esas preguntas vacías sobre el futuro del arte en España que uno formula solo porque ese día su cerebro ha decidido marcharse de vacaciones. “Ya no hay corrientes artísticas como antes —me devuelve con un tono de resignación tranquila—. Ahora hay grupos de coleccionistas que deciden qué vale basándose en modas o políticas de identidad. Parece que tienes que cumplir ciertas cuotas para encajar, como en las series de Netflix”.

Me hace gracia. Al escucharle hablar, me viene a la cabeza lo que en una ocasión escribió Munch sobre esas personas que miran cuadros y critican. Que desde pequeños han sabido que las hojas y la hierba son verdes, y que la piel tiene un delicado color rojizo; incapaces de entender que esos colores que pintaba eran serios, que no se trataba de un engaño chapucero ni de un momento de trastorno mental transitorio. No les entraba en la cabeza que esos lienzos estaban hechos con sufrimiento, que eran el producto de noches de insomnio y que se habían cobrado su sangre y sus nervios. Que, en definitiva, el arte nunca ha tratado de copiar el mundo como si fuera una cámara barata; sino de arrancar una pequeña verdad de lo que ocurre ahí fuera, arrojarla sobre el lienzo y esperar que, algún día, alguien se pare frente a ella y sienta que algo se rompe dentro de su propio pecho.